James Gray constituye toda una anomalía dentro del gremio de los directores y guionistas trabajando en el Hollywood actual porque el señor desde el comienzo de su carrera, allá a mediados de la década del 90 del milenio pasado, ha apostado por un clasicismo que por cierto se diferencia del conservadurismo político y cierto sentimentalismo vetusto de los trogloditas del séptimo arte y tiene mucho más que ver, en cambio, con un naturalismo muy sensato orientado a no forzar la vinculación entre los personajes, privilegiar el desarrollo dramático por sobre el artificio burdo y sobre todo construir historias que tengan algún tipo de resonancia humanista en el espectador más allá de los recursos retóricos y temáticos habituales de cada género en cuestión, los cuales en el caso de Gray casi siempre funcionan de a pares porque uno domina y el otro complementa todo lo expuesto por el relato. El norteamericano empezó su derrotero profesional aplicando la fórmula en la comarca del film noir, léase aquella trilogía de policiales y/ o dramas criminales compuesta por Little Odessa (1994), The Yards (2000) y We Own the Night (2007), a posteriori entregó dos propuestas románticas con un mismo corazón adulto pensante y ambientación antagónica, Two Lovers (2008), una de las tantas adaptaciones de Noches Blancas (Bélyie Nóchi, 1848), de Fiódor Dostoyevski, y The Immigrant (2013), faena histórica que hizo foco en la Gran Manzana de la década del 20 del milenio anterior, panorama que nos deja finalmente con dos epopeyas de aventuras que vuelven a ubicarse en extremos opuestos, The Lost City of Z (2016), basada en el periplo del explorador Percy Fawcett (Charlie Hunnam), y Ad Astra (2019), estupenda obra de ciencia ficción en el espacio con una gran actuación de Brad Pitt.
La nueva realización de Gray, Armageddon Time (2022), respeta el camino trazado con anterioridad pero vuelve a torcer el rumbo en cuanto a los géneros elegidos, la máscara para ese clasicismo histórico y no intrusivo del cineasta que todo lo abarca: el drama familiar -o mejor dicho, el melodrama sutil- siempre estuvo moviéndose detrás de cada nueva película de James y ahora salta al primer plano en un trabajo pegado en lo formal al bildungsroman o faena de aprendizaje aunque de idiosincrasia coral y, como aseverábamos, sustentada en las idas y vueltas de una parentela cual retrato de una lógica particular, la de un ecosistema hogareño específico con sujetos repetidos, que sirve de ejemplo de muchos otros clanes semejantes de la comunidad que nos ocupa en un período determinado. Paul Graff (Banks Repeta) es un nene de origen hebreo que en 1980 asiste a una escuela pública de Queens, Nueva York, y se hace amigo de un compañero afroamericano, Jonathan “Johnny” Davis (Jaylin Webb), dúo que comparte experiencias de marginación aunque a destiempo, en primera instancia aquella del pasado, la del judío cuyos antepasados fueron expulsados de Ucrania por los pogromos, y esa otra del presente, la que efectivamente padece el negro tanto por su color de piel como por ser pobre, huérfano y estar al cuidado de su abuela con demencia. Paul, un chico interesado en el arte y con vocación de bufón que disfruta de la rebeldía de Jonathan, no se toma muy en serio a su maestro, el ridículo Señor Turkeltaub (Andrew Polk), ni tampoco a sus aburridos padres, Irving (Jeremy Strong) y Esther (Anne Hathaway), y sólo se lleva bien con su abuelo, Aarón Rabinowitz (Anthony Hopkins), el cual procura su felicidad y lo ayuda en todo lo que necesite dándole un apoyo fundamental.
Gray, como siempre, se aparta de los reduccionismos, las muchas mentiras, la banalidad y la idealización boba del acervo promedio mainstream en materia del “sueño americano” y la pubertad -recordemos para el caso el romanticismo hueco y derechoso de los años 80 de John Hughes- y es por ello que aquí nadie es perfecto aunque tampoco nos topamos con monstruos, así las cosas su hermano mayor Ted (Ryan Sell) es un adolescente atolondrado, su progenitor de poca autoestima pierde los estribos e inflige alguna que otra golpiza, su madre está sobrepasada de tareas y es tan simplona como Irving, el docente de la escuela no tiene nada de paciencia para con sus alumnos “díscolos”, Mickey (Tovah Feldshuh), la abuela materna y esposa de Aarón, es una judía a la que se le escapan frases paranoicas y racistas en una comida familiar y finalmente su marido consiente al nieto de ambos dándole diversos regalos aunque derrapa al considerar que la única solución para el comportamiento errático del joven es trasladarlo a una escuela privada de la elite oligárquica local, Forest Manor, uno de los bastiones del privilegio capitalista, blanco, clasista e hiper intolerante en relación a todo lo diferente. El álter ego del realizador, Graff, atraviesa experiencias propias de la edad como eso de fugarse con su amigo de una excursión escolar, la muerte de Aarón después de una cirugía por cáncer óseo, el ser atrapado por Turkeltaub mientras fumaba marihuana con Davis en un baño, la paliza mencionada de parte del patriarca, el proceso de adaptación en el flamante colegio y hasta un “coqueteo desafortunado” con los esbirros del aparato represivo cuando los mocosos roban una computadora de Forest Manor y luego son denunciados ante la policía por el dueño de la casa de empeño cuando pretendían venderla.
Armageddon Time no es particularmente original ni avasallante en su planteo insistente centrado en la comparación entre los sueños artísticos de Paul, los cuales por supuesto están destinados a concretarse, y sus homólogos del condenado social desde el vamos Jonathan, quien anhela transformarse en astronauta de la NASA o por lo menos en piloto de la Fuerza Aérea, no obstante administra con sabiduría y paciencia el choque entre los atropellos del mundo y las utopías de una infancia que todavía no conoce verdaderamente la crueldad, la indiferencia y la rauda explotación que la rodea, algo simbolizado en el relato a través de las secuencias fantásticas de Graff recibiendo loas por un dibujo en el Museo Salomón R. Guggenheim o imaginándose cómo sería un eventual viaje hacia la Florida, donde vive un hermanastro de Davis, con el hipotético dinerillo que sacarían vendiendo la computadora robada. La ausencia de maniqueísmo y arrebatos sentimentaloides se unifica con un gran desempeño por parte de los dos actores infantiles principales, Repeta y Webb, y del enorme Hopkins, en pantalla representando a una de las últimas víctimas de un antisemitismo que se desvanece y muta en el neoliberalismo que desprecia a los pobres, al Estado y a toda asistencia pública que no engrose las arcas de los conglomerados mafiosos, hambreadores y parasitarios del país del norte y todo el planeta, esos de Ronald Reagan aunque también de los “benefactores” de Forest Manor, Fred Trump (John Diehl) y su hija Maryanne (Jessica Chastain), nada menos que el padre y la hermana del excrementicio Donald Trump. Gray evita toda nostalgia patética actual y apuesta por explorar la inequidad de ayer, esa de la justicia sesgada y la marginación económica, que es la misma inequidad del Siglo XXI…
Armageddon Time (Estados Unidos/ Brasil, 2022)
Dirección y Guión: James Gray. Elenco: Banks Repeta, Anthony Hopkins, Jaylin Webb, Anne Hathaway, Jeremy Strong, Ryan Sell, Andrew Polk, Tovah Feldshuh, Jessica Chastain, John Diehl. Producción: James Gray, Anthony Katagas, Marc Butan, Rodrigo Teixeira y Alan Terpins. Duración: 115 minutos.