La Noche de la Iguana (The Night of the Iguana, 1961), célebre obra de teatro de tres actos de Tennessee Williams que nació de un cuento propio de 1948 y luego atravesó diferentes versiones para las tablas entre 1959 y 1960 hasta llegar a su forma final, se suele considerar el “broche de oro” de la etapa más interesante del legendario dramaturgo norteamericano, período que abarca además a clásicos eternos de la talla de El Zoo de Cristal (The Glass Menagerie, 1944), Un Tranvía Llamado Deseo (A Streetcar Named Desire, 1947), La Rosa Tatuada (The Rose Tattoo, 1951), La Gata sobre el Tejado de Zinc Caliente (Cat on a Hot Tin Roof, 1955), Orfeo Descendiendo (Orpheus Descending, 1957), De Repente, el Último Verano (Suddenly, Last Summer, 1958) y Dulce Pájaro de Juventud (Sweet Bird of Youth, 1959), verdaderos estereotipos del teatro estadounidense e internacional. Enmarcada en los confines del gótico sureño, especie de subgénero literario especializado en temáticas como la exclusión social, la locura, las depravaciones sexuales, la decadencia económica y/ o moral, la melancolía, las frustraciones hogareñas, aquel afán de redención, el racismo, la violencia, la represión psicológica, los mitos que se desvanecen, la pobreza, la costumbre de autoengañarse, la decrepitud y sus coletazos, la debacle familiar, la desesperación, el ensimismamiento, los anhelos de independencia, los personajes bizarros, las supersticiones religiosas, los augurios de un horror por venir, el amor condenado al fracaso y la confusión entre víctimas y victimarios porque estos últimos gustan de proclamar a los cuatro vientos su supuesta indefensión desde el maquiavelismo y la hipocresía, la trayectoria de Williams se retroalimentó -durante su era dorada de los años 40, 50 y 60 pero también en ocasión del lento ocaso futuro- de unas adaptaciones cinematográficas que lo hicieron famoso en todo el globo, odiseas dirigidas por Irving Rapper, Elia Kazan, Daniel Mann, Richard Brooks, Joseph L. Mankiewicz, Sidney Lumet, Peter Glenville, José Quintero, George Roy Hill, Sydney Pollack, Joseph Losey, Paul Newman, Nicolas Roeg y Jodie Markell, entre muchos otros realizadores que probaron suerte en el querido “circo humano” del amigo Tennessee.
Si bien el grueso de la producción del dramaturgo está volcada al drama psicológico hiper claustrofóbico de desarrollo bombástico de personajes, el señor no se privó de coquetear con la comedia negra con resultados dispares y todo este asunto se reprodujo al pie de la letra en su faceta profesional vinculada al séptimo arte, por ello mismo en primera instancia debemos recordar que de hecho sus dos primeras traslaciones fueron dramas a toda pompa, hablamos de El Zoo de Cristal (The Glass Menagerie, 1950), de Rapper, y Un Tranvía Llamado Deseo (A Streetcar Named Desire, 1951), de Kazan, amén de haberse sumado al pelotón de guionistas de Senso (1954), de Luchino Visconti, sin embargo efectivamente luego nos topamos con una apertura estilística de la mano de obras que en mayor o menor medida apostaron a la comedia sarcástica, intimista y en algunas oportunidades incluso erótica, así tenemos un díptico cuasi fallido o por lo menos situado por debajo del nivel de calidad promedio de Williams, léase La Rosa Tatuada (The Rose Tattoo, 1955), de Mann, y Del Matrimonio al Amor (Period of Adjustment, 1962), de Hill, y una dupla mucho más atractiva y desde ya más cercana a la comedia dramática sádica, esa de Baby Doll (1956), joya de Kazan con Karl Malden, Carroll Baker y Eli Wallach, y La Noche de la Iguana (The Night of the Iguana, 1964), del maravilloso John Huston, esta última perteneciente al ciclo de tragedias de aquella primera fase de la trayectoria del director, una seguidilla que incluye a La Hiena (In This Our Life, 1942), Moulin Rouge (1952), Freud (1962), Reflejos en un Ojo Dorado (Reflections in a Golden Eye, 1967) y Paseo por el Amor y la Muerte (A Walk with Love and Death, 1969). A pesar de que el contexto de la obra teatral de base resulta un tanto insólito para el estándar de Williams, nada menos que México, en realidad el autor traslada todos los motivos y los recursos paradigmáticos del gótico sureño al país azteca y le deja todo servido a Huston para redondear el eslabón intermedio de su trilogía mexicana, compuesta además por El Tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, 1948) y Bajo el Volcán (Under the Volcano, 1984), tres epopeyas de fugas ajadas.
El guión de John y su socio asiduo Anthony Veiller, quien asimismo lo asistió en Moulin Rouge, La Burla del Diablo (Beat the Devil, 1953) y La Lista de Adrián Messenger (The List of Adrian Messenger, 1963), además de haber colaborado en la trama de Los Asesinos (The Killers, 1946), dirigida por Robert Siodmak y coescrita por Huston, Veiller y Brooks a partir del cuento homónimo de 1927 de Ernest Hemingway, gira alrededor del Reverendo Doctor T. Lawrence Shannon (Richard Burton), un clérigo episcopal de mediana edad que fue expulsado de su parroquia y de la Comunión Anglicana después de protagonizar un affaire con una joven catequista que intentó suicidarse por culpa con la hoja de afeitar de su padre. Trabajando de guía turístico en México para una empresa estadounidense de baja categoría, Blake’s Tours, junto con un conductor de autobús algo cándido, Hank Prosner (Skip Ward), Shannon se ve sometido de nuevo a las “tentaciones de la carne” cuando la única púber de un grupillo de profesoras menopáusicas de una escuela femenina bautista, la ricachona y malcriada Charlotte Goodall (Sue Lyon), se enamora de golpe de él y comienza a perseguirlo con fantasías de una vida en conjunto, lo que le gana al varón el odio de la chaperona oficial de la hermosa ninfa, Judith Fellowes (Grayson Hall), la cual a su vez se obsesiona con denunciarlo por estupro o por lo menos con hacerlo despedir de la agencia de turismo de Texas. Cerca de un ataque de nervios que podría regresarlo a épocas oscuras de alcoholismo, el ex sacerdote conduce a la comitiva de hembras, deseosas de parar en un lujoso hotel de Puerto Vallarta, hacia un alojamiento económico de Mismaloya, llamado Costa Verde y administrado por una amiga de Lawrence, Maxine Faulk (Ava Gardner), la viuda de un tal Fred y la amante de un par de mexicanos cazadores de iguanas que también son sus empleados, Pepe (Fidelmar Durán) y Pedro (Roberto Leyva). El protagonista roba el distribuidor del motor del vehículo, para evitar que Fellowes lo denuncie, y conoce a una artista plástica sin dinero, Hannah Jelkes (Deborah Kerr), mujer que viaja junto a su abuelo poeta de 97 años apodado Nono (Cyril Delevanti), en esencia un dúo de artistas itinerantes.
Huston por un lado aprovecha la exquisita y meticulosa fotografía de Gabriel Figueroa, mítico especialista del rubro que trabajó con Luis Buñuel y un Emilio Fernández que aquí tiene un cameo sutil como el dueño de un bar, y por el otro lado regresa a sus temáticas preferidas como la crisis de la mediana edad, las compulsiones, el límite entre realidad y fantasía, la ridiculez del turista, la solidaridad entre todos los marginados, la comunicación fallida, los callejones sin salida de la cotidianeidad, el rol determinante del sexo y el placer en la vida prosaica, la necesidad de lo sublime para resistir y los intentos por conciliar las diferentes facetas de la verdad con esta dimensión espiritual cuyo humanismo parece no llevarse muy bien con la mugre capitalista y el conservadurismo nauseabundo del grueso de los bípedos del planeta. Muchas veces al hablar de John se pasan por alto dos dimensiones que en La Noche de la Iguana quedan en primer plano, primero su talento para la dirección de actores, hoy por hoy destacándose lo hecho por Burton, Kerr, Gardner, Hall, Delevanti y una esplendorosa Lyon que venía de Lolita (1962), hazaña de Stanley Kubrick inspirada en la extraordinaria novela de 1955 de Vladimir Nabokov, y segundo su enorme destreza para la comedia irónica, algo que en pantalla se percibe en prácticamente todos los intercambios entre la Jelkes de Kerr y los personajes de Burton y Gardner, en este sentido la propuesta sistematiza con paciencia los diferentes modelos de feminidad porque pasamos de la putita descerebrada promedio de la burguesía, Charlotte, a la lesbiana tácita amargada, Judith, la veterana que explora su sexualidad aunque se siente solitaria, Maxine, y la mojigata que hace de su frigidez su bandera, Hannah, no obstante esta última aparece en el relato en una acepción algo insólita ya que la criatura de Kerr se nos presenta como una especie de monje que no sólo no juzga a nadie a su alrededor sino que se toma el trabajo de escuchar a sus semejantes, desde el sustrato autodestructivo del clérigo y de la propietaria de Costa Verde hasta los estertores de su abuelo, presto a completar un poema final que permita liberarnos del yugo y las injusticias de la vida, sogas que atan a las iguanas y a los seres humanos…
La Noche de la Iguana (The Night of the Iguana, Estados Unidos, 1964)
Dirección: John Huston. Guión: John Huston y Anthony Veiller. Elenco: Richard Burton, Deborah Kerr, Cyril Delevanti, Ava Gardner, Sue Lyon, Skip Ward, Grayson Hall, Emilio Fernández, Roberto Leyva, Fidelmar Durán. Producción: Ray Stark. Duración: 118 minutos.