Fuego en la Llanura (Nobi)

La degradación de sobrevivir

Por Emiliano Fernández

Uno de los principales contextos de la Guerra del Pacífico (1937-1945), englobada dentro de lo que luego pasaría a llamarse Segunda Guerra Mundial (1939-1945), fue Filipinas, un país formado por 7641 islas que por aquellos años era una dependencia colonial de Estados Unidos como producto primero de la Guerra Hispano-estadounidense (1898), mediante la cual finalizó el dominio de tres siglos de España sobre el archipiélago, y después la Guerra Filipino-estadounidense (1899-1902), primera contienda de liberación del Siglo XX. En una jugada temeraria similar a la Operación Barbarroja de 1941, aquella invasión alemana de la Unión Soviética que empieza exitosa y progresivamente se convierte en los clavos del ataúd de los sueños imperialistas de las Potencias del Eje, los japoneses en ese mismo 1941 atacan la base naval norteamericana en Pearl Harbor, Hawái, e inician casi en simultáneo la Invasión de Filipinas, hegemonizando la nación insular, instaurando un régimen títere, la Segunda República Filipina (1943-1945), y forzando el ingreso de los Estados Unidos al conflicto bélico. Durante los tres años de control nipón, las guerrillas proaliados fueron un bastión fundamental de resistencia y los militares prisioneros y la población local sufrieron los crímenes de guerra de las Fuerzas Armadas del Imperio del Japón como la Marcha de la Muerte de Bataán de 1942, un traslado forzoso a pie de 76 mil reos yanquis y filipinos a lo largo de unos cien kilómetros hacia un campo de concentración, y la Masacre de Manila de 1945, léase el asesinato de por lo menos cien mil civiles de la capital de Filipinas por parte de las tropas niponas en retirada vía tácticas de terror como los fusilamientos masivos, las mutilaciones y las violaciones generalizadas. La Batalla de Leyte de 1944, ofensiva anfibia en el Golfo de Leyte encabezada por fuerzas norteamericanas y guerrilleros filipinos, dio el puntapié inicial a la Campaña de Filipinas (1944-1945), una avanzada de Estados Unidos que destruyó el país mediante un sinfín de bombardeos que forzaron el repliegue japonés, cuyos cuadros militares a su vez se inmolaron en ataques suicidas o kamikazes con tal de no conocer la indignidad de la derrota, una que finalmente llegó con la orden de abandonar las armas después de aquellos bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki de 1945.

 

Como en todo país con un ego chauvinista inflado que debe digerir un fracaso bélico y/ o político, toda la derecha nacionalista japonesa fue creando de a poco un conjunto de mitos culturales compensatorios para con la derrota tanto en aquel período correspondiente a la ocupación de la nación asiática por parte de Estados Unidos (1945-1952) como en lo que atañe a la etapa posterior y ya mucho más independiente de todo control externo, pensemos en este sentido en la idealización del coraje y la lealtad -valores extraídos del bushido o código de ética de los samuráis- de las fuerzas castrenses niponas destinadas al combate, en la ponderación de su rol de víctimas sobre el final del conflicto -tracción a escasez, olvido estatal y la necesidad de esconderse en las inhóspitas selvas tropicales de los archipiélagos- y especialmente en la negación de los crímenes de guerra cometidos por las tropas en los territorios invadidos bajo el visto bueno del Emperador Hirohito, no sólo en el país insular sino también en China en la coyuntura de la Segunda Guerra Sino-japonesa (1937-1945), recordemos la Masacre de Nankín (1937-1938), la Masacre de Changjiao de 1943 y los experimentos atroces a cargo del Escuadrón 731 de armas biológicas del Ejército Imperial Japonés. Fuego en la Llanura (Nobi, 1959), la obra maestra dirigida por Kon Ichikawa y escrita por su esposa Natto Wada a partir de la novela homónima semi autobiográfica de Shohei Ooka de 1951, es un típico opus surgido al calor de las contradicciones de su época, por un lado esta tendencia japonesa a la autovictimización y por el otro lado un incipiente progresismo cultural que empieza a aceptar las barbaridades cometidas mediante un análisis de la degradación moral y humana detrás del hecho de sobrevivir en medio de las matanzas, esquema que lleva a la locura a los soldados mediante la amalgama de las privaciones, el hambre, la desconfianza, el cansancio, la soledad, el ninguneo de los superiores, el sadismo, las enfermedades, la ausencia de pertrechos o calzados, la jungla, la brutalidad de la misma guerra, el egoísmo, la falta de atención médica, el odio de los filipinos, la sed y desde ya el canibalismo, éste sin duda el gran fantasma que sintetiza a nivel simbólico el quid fratricida de la conflagración y de prácticas asociadas como el saqueo, la tortura y el trabajo forzado.

 

Ichikawa elimina el sustrato ideológico cristiano de la novela y se sumerge en un nihilismo curiosamente humanista que señala en simultáneo la tozudez del hombre en materia de tratar de confiar en sus semejantes, por más que toda la evidencia parece contradecirlo, y la paradoja del equilibrio tambaleante entre mostrar compasión y preocuparse exclusivamente de uno mismo para salir con vida en un ecosistema bélico antropófago que hace explícitas las reglas psicopáticas del capitalismo, sobre todo eso de servirse del prójimo para el propio beneficio y “engullirlo” cuando los costos son bajos y los beneficios altos como hacen las empresas entre sí. La acción transcurre en febrero de 1945 en la Isla de Leyte, durante las postrimerías de la Campaña de Filipinas en función de las consecuencias directas y más desesperantes de la Batalla de Leyte, con los miembros del Ejército Imperial Japonés ya completamente aislados y retirándose de manera muy precaria hacia la selva bajo la doble amenaza de los norteamericanos y de la guerrilla vernácula, muy deseosa de cobrarse las atenciones recibidas luego de tres años de ocupación. El soldado tuberculoso Tamura (Eiji Funakoshi) es rechazado tanto en su compañía, transformada en apenas un pelotón, como en el hospital de campaña de la región, el cual sólo acepta moribundos porque no tiene comida ni medicinas suficientes, así se suma a un grupo de heridos, famélicos y enfermos varios que acampa en las inmediaciones, donde conoce a Yasuda (Osamu Takizawa), un militar veterano y con una pierna herida que suele comerciar hojas de tabaco mediante otro soldado, Nagamatsu (Mickey Curtis), de talante sumiso y tendiente a hacer de enfermero para que Yasuda pueda caminar. Los yanquis eventualmente bombardean el hospital y matan a todos los pacientes, por ello Tamura comienza a vagar por Leyte y consigue algo de sal en una aldea luego de robársela a una pareja de filipinos, matando a la mujer por sus gritos ensordecedores y dejando escapar al hombre. Pronto se encuentra con un escuadrón de tres japoneses que le ofrecen batatas a cambio de la sal y a su vez se une a una comitiva de soldados desmoralizados y andrajosos que marchan a Palompon para evacuar hacia la Provincia de Cebú, no obstante son emboscados por el fuego de tanques estadounidenses.

 

Desde una incisiva fotografía en blanco y negro de Setsuo Kobayashi que sabe maquillar la generosa dosis de gore de un relato siempre episódico, el film concibe un lienzo fascinante del protagonista, ese Tamura que es capaz de matar en la aldea a un perro que se abalanza contra él o de reventar a la filipina gritona, por un lado, pero también consigue huir del canibalismo en tanto rauda solución a la hambruna, por el otro, sobre todo cuando se topa con un nipón delirante que se propone a sí mismo como manjar y cuando, ya en el final, evita comerse a Yasuda vía el gesto de ejecutar a su verdugo, un Nagamatsu que como su compañero logró sobrevivir en la jungla degustando “carne de mono”, eufemismo por la práctica de cazar a filipinos y japoneses para luego tajear el cuerpo y cocinarlo. La película expande este binomio existencial de crueldad lunática y dignidad maltrecha, o de óbito y voluntad de subsistir, mediante las pertenencias del protagonista, en primera instancia una granada, con la que se le ordenó inmolarse si no lo aceptaban en el hospital, y en segundo lugar la mentada sal más algunas batatas y algo de arroz que supo conseguir en el camino, alimentos que representan la vida aunque paradójicamente Tamura no puede ingerir -al igual que la “carne de mono”- porque sus encías están muy debilitadas. Del mismo modo, siguiendo con todas estas contradicciones, el soldado del genial Funakoshi considera que está bien vagar por ahí como desertor pero opina que es indigno rendirse ante los yanquis, incluso se obnubila por unas fogatas a las que asocia con una humanidad “normal” alejada del combate, como si fuesen obra de campesinos, cuando en verdad no son más que señales de la guerrilla, por ello es asesinado en el desenlace al avanzar hacia el fuego cual suicidio camuflado homologado a esa paz tan ansiada. A contrapelo del sentimentalismo y aquella espiritualidad de El Arpa Birmana (Biruma no Tategoto, 1956), la otra épica de Ichikawa sobre la lenta derrota nipona en la Guerra del Pacífico, Fuego en la Llanura es un retrato tragicómico, alucinado y muy lúgubre de una milicia ya zombieficada que perdió el alma y mora en un limbo laberíntico a la espera del tiro del final, uno que para colmo tarda y tarda en llegar porque a veces nuestro averno es sinónimo de no saber morir en su justo tiempo…

 

Fuego en la Llanura (Nobi, Japón, 1959)

Dirección: Kon Ichikawa. Guión: Natto Wada. Elenco: Eiji Funakoshi, Osamu Takizawa, Mickey Curtis, Hikaru Hoshi, Mantarô Ushio, Masaya Tsukida, Yasushi Sugita, Yoshihiro Hamaguchi, Tatsuya Ishiguro, Yoshio Inaba. Producción: Hiroaki Fujii y Masaichi Nagata. Duración: 104 minutos.

Puntaje: 10