Cielo Líquido (Liquid Sky)

La euforia preprogramada

Por Emiliano Fernández

Pocas películas surgidas de la escena punk de fines de la década del 70 y comienzos de los 80 fueron tan bizarras e influyentes a futuro como Cielo Líquido (Liquid Sky, 1982), obra dirigida por Slava Tsukerman, señor que nació en 1940 en aquella Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y que emigró en 1973 a Israel junto a su esposa de siempre, Nina V. Kerova, y en 1976 a Estados Unidos, asentándose en la ciudad de Nueva York. En una época donde abundaban los intentos por parte del séptimo arte en pos de comprender no sólo el sustrato paradójico del punk como una suerte de revolución conservadora, que nos retrotraía al rock primigenio de los 50 y 60 para superar el carácter más pomposo de la primera aristocracia de la “música joven” de los 70, sino también las limitaciones de esta actitud de lucha contra el establishment y los procesos de demonización social que tuvo que soportar por parte de la lacra institucional y sus exponentes más reaccionarios y/ o fascistas, Cielo Líquido en términos concretos no incluye música punk pero recupera muchos de sus postulados como ese quid contracultural, el nihilismo, cierta tendencia a la autodestrucción, el apego por el anarquismo, aquella creación comunitaria, el rechazo hacia la autoridad, la vestimenta y los peinados rimbombantes, la identidad y el inconformismo como núcleos centrales del sujeto y esas preocupaciones paradigmáticas en materia de “no venderse” al mercado y ser fiel a la filosofía del “hazlo tú mismo”/ “do it yourself”, todos ingredientes que irían a parar en mayor o menor medida a realizaciones variopintas del período que van desde En el Abismo (Over the Edge, 1979), de Jonathan Kaplan, Fuera de Control (Out of the Blue, 1980), de Dennis Hopper, y Cruising (1980), opus de William Friedkin, hasta Descontrol (Spetters, 1980), de Paul Verhoeven, La Ley de la Calle (Rumble Fish, 1983), de Francis Ford Coppola, y Sid & Nancy (1986), de Alex Cox, entre muchas otras películas dispuestas a reinterpretar alguna arista del fenómeno mundial con el objetivo de ponderar su potencia o quizás explotarla desde ese clásico capitalismo de la moda que fagocita lo popular y lo elitista eliminando cualquier atisbo de conciencia social o izquierda verdadera, banalizando los discursos más agitados y transformando en “mascotas” del marketing a los protagonistas de turno, una estrategia muy utilizada por la publicidad durante el Siglo XXI.

 

Rodada de manera clandestina en la Gran Manzana con un presupuesto bastante modesto y por un equipo muy reducido encabezado por Kerova, productora asociada y diseñadora de producción, Yuri Neyman, el excelente director de fotografía y encargado de los efectos especiales, y Tsukerman, en simultáneo productor/ financista, editor -junto a Sharyn L. Ross- y realizador en su debut ficcional luego de una exitosa carrera en la Unión Soviética y en Israel como documentalista y director de televisión, Cielo Líquido cuenta con un guión delirante digno de Ed Wood, en este caso a cargo de Tsukerman, su esposa y Anne Carlisle, la protagonista principal de la faena, y con un diseño de producción apabullante deudor de Zona Prohibida (Forbidden Zone, 1980), de Richard Elfman, el díptico de Jim Sharman y Richard O’Brien, léase The Rocky Horror Picture Show (1975) y Tratamiento de Choque (Shock Treatment, 1981), y aquel John Waters en paulatino camino hacia el mainstream de Problemas Femeninos (Female Trouble, 1974), Viviendo Desesperadas (Desperate Living, 1977) y la gloriosa Polyester (1981), un esquema estético que con el tiempo iría a parar a la escena musical del electroclash, de fines de los años 90 e inicios del nuevo milenio, junto con la banda sonora de krautrock minimalista y proto electropop bien disruptivo de Brenda I. Hutchinson, Clive Smith y el propio Tsukerman, trío que trabajó con el primer sampler de la historia, el Fairlight CMI. La hermosa Carlisle interpreta a dos personajes adictos a la cocaína que se ganan la vida como modelos, Jimmy, literalmente sólo preocupado por la droga e hijo de una productora televisiva hedonista, Sylvia (Susan Doukas), y Margaret, una veinteañera bisexual que vive en un departamento neoyorquino con su novia Adrian (Paula E. Sheppard), narcotraficante y vocalista/ compositora avant-garde. En el techo del hogar de Margaret aterriza una diminuta nave espacial circular con un alienígena inmaterial símil entidad eléctrica que se alimenta de una sustancia química semejante a la heroína y los opiáceos en general, visitante que descubre que los orgasmos humanos producen unas moléculas equivalentes, las endorfinas, y por ello hace desaparecer a los bípedos cercanos en el clímax del coito para ingerirlos, panorama que a su vez provoca un malentendido por parte de la modelo, que piensa que su vagina puede asesinar cual mandato lunático divino.

 

A pesar de una duración un tanto mucho excesiva de casi dos horas, vinculada a la libertad absoluta del underground cinematográfico, y la hilarante propensión de Tsukerman y Ross en lo que respecta al abuso del montaje paralelo, una y otra vez saboteando las secuencias desde una adorable esquizofrenia narrativa, la película posee un encanto freak innegable que se deriva de la condición de extranjero del cineasta ruso y de la triple perspectiva involucrada, primero la del alienígena en sí, monstruo mudo y en apariencia inteligente que en pantalla es representado a través de una visión termográfica manipulada que se adelanta a aquella de Depredador (Predator, 1987), de John McTiernan, segundo la óptica de un astrofísico de Berlín Occidental que llega a Nueva York para identificar OVNIs, Johann Hoffman (Otto von Wernherr), quien monta un telescopio en el departamento de Sylvia con la meta de presenciar las andanzas amatorias y asesinas de Margaret mientras se resiste a los intentos de seducción de la madre de Jimmy, y tercero el punto de vista de la modelo, el dominante en el relato porque le ofrece a Tsukerman la excusa perfecta para combinar estos motivos del horror y la ciencia ficción mediante un andamiaje prototípico muy en boga en aquellos años, el del slasher; así las cosas Margaret lleva al orgasmo a Owen (Bob Brady), un ex docente suyo con el que tiene sexo que reprueba su colorida vestimenta y su actitud nihilista, después a Paul (Stanley Knapp), un escritor fracasado y heroinómano que vive de su novia Katherine (Elaine C. Grove) y una noche viola a Margaret, y finalmente a Jimmy y la propia Adrian, todo en el contexto de una sesión fotográfica muy concurrida en donde ambos personajes se muestran abusivos con la muchacha, la cual a posteriori también desata su furia contra un actor de telenovelas que la golpeó y la violó en las escaleras de su avejentado edificio, Vincent (Jack Adalist). Sirviéndose apenas de la visión termográfica y dos latiguillos visuales para las muertes, un cristal puntiagudo clavado en el cerebro y esas desapariciones con detalles de papel de aluminio arrugado en stop motion, Cielo Líquido, un título que alude a una frase del slang yanqui para designar a la heroína, construye una fábula intimista y ultra indie acerca de la intersección entre marginalidad social, vanguardia artística, mainstream publicitario y esoterismo de raigambre tan espacial como homicida.

 

Desde ya que lo que flota por detrás del film de Tsukerman no sólo es la metamorfosis del punk en post punk primero y new wave arlequinesca después, basta con tener presente que la propuesta asimismo recupera y analiza el acervo pirotécnico de Tennessee Williams, la estilización del kabuki o teatro tradicional japonés, el rock andrógino modelo David Bowie, New York Dolls, Elton John y Freddie Mercury de Queen, el cine de Paul Morrissey bajo el mecenazgo de Andy Warhol, la idiosincrasia trash de los citados Wood, Sharman, O’Brien y Waters, las excentricidades del gran Nicolas Roeg circa El Hombre que Cayó a la Tierra (The Man Who Fell to Earth, 1976), aquellas ciencia ficción y fantasía de impronta Clase B de los 50 y 60, la epidemia de heroína en el Primer Mundo de los años 70 y 80 y sobre todo la obsesión posmoderna con la pérdida mortuoria de la naturalidad en el reino del engaño, la impostación y/ o la hipocresía metropolitana, algo que en esta oportunidad se unifica con una especie de parodia tácita del puritanismo reaganista y la caza de brujas de los 80 contra la contracultura mordaz que negaba los pivotes del neoliberalismo, en línea con la codicia, la aporofobia, la superficialidad y el canibalismo como estilo de vida del empresariado y sus secuaces. El tópico de la euforia y el éxtasis preprogramados, ambos palpables tanto en el vestuario y el maquillaje profusos como en la certeza de la muerte a raíz de la cópula o en la mítica canción que canta Adrian al comienzo, Yo y mi Caja de Ritmos (Me and My Rhythm Box), suma potencia a un marco pesadillesco y al mismo tiempo kitsch ridículo que simboliza el paso del nihilismo aguerrido y militante de los 70 al cinismo que marcaría a fuego a las generaciones siguientes, esas que sólo parecen preocupadas por la virtualidad totémica -nuestro alienígena inmaterial- y ya no por el sexo, las drogas o el contacto con el prójimo, frigidez melancólica de Margaret de por medio. El desempeño del elenco amateur es bastante flojo con la salvedad de Sheppard, una petiza diabólica y electrizante que sólo trabajaría en otra película, Alicia, Dulce Alicia (Alice, Sweet Alice, 1976), slasher o cuasi giallo de Alfred Sole, y Carlisle, cuya carrera pronto se estancaría -como la de Tsukerman, por cierto- en los años venideros y especialmente luego de su otro protagónico, Testigo en Silencio (Perfect Strangers, 1984), thriller de bajo presupuesto del querido Larry Cohen…

 

Cielo Líquido (Liquid Sky, Estados Unidos, 1982)

Dirección: Slava Tsukerman. Guión: Slava Tsukerman, Nina V. Kerova y Anne Carlisle. Elenco: Anne Carlisle, Paula E. Sheppard, Susan Doukas, Otto von Wernherr, Bob Brady, Elaine C. Grove, Stanley Knapp, Jack Adalist, Lloyd Ziff, Roy MacArthur. Producción: Slava Tsukerman y Nina V. Kerova. Duración: 113 minutos.

Puntaje: 8