Harvey Keitel, quien por cierto debutó como actor interpretando a uno de los soldados de Reflejos en un Ojo Dorado (Reflections in a Golden Eye, 1967), aquella joya del querido John Huston inspirada en la novela del mismo título de 1941 de Carson McCullers, siempre representó el típico profesional visceral -y de propensión masoquista y muy desprejuiciada- en la tradición de Lee Strasberg y/ o el Actors Studio que llegó a la cima durante el Nuevo Hollywood de la década del 70 y que tenía de ídolos a Marlon Brando, James Dean y Paul Newman, los “caballitos de batalla” de los jóvenes de los 60 aunque correspondientes a la generación previa, la primera en Estados Unidos en imponer al naturalismo descarnado como un nuevo y revolucionario estilo de actuación para por fin quebrar todos los clichés acartonados del Hollywood Clásico de los 30, 40 y 50. Keitel, en esencia un petizo que se sabe imponer a fuerza de presencia y un carisma cuasi tenebroso, con el tiempo se ganó la fama de intérprete cumplidor pero algo volátil y durante los primeros años de su carrera fue estereotipado en roles de personajes marginales, psicopáticos, depresivos o decididamente autoritarios de índole bombástica, de hecho sus mejores trabajos dentro de una gama que progresivamente fue ampliando hasta el punto de colaborar con una selección internacional y envidiable de directores como Peter Yates, Robert Altman, Bertrand Tavernier, Stanley Donen, Nicolas Roeg, Tony Richardson, Ettore Scola, Lina Wertmüller, Fernando Colomo, el gran Brian De Palma, Peter Medak, Damiano Damiani, Carlo Lizzani, Dario Argento, Jack Nicholson, Barry Levinson, ese inefable Abel Ferrara, John Badham, Philip Kaufman, Wayne Wang, Theodoros Angelopoulos, Spike Lee, Barry Sonnenfeld, Robert Rodríguez, John Irvin, James Mangold, Paul Auster, Jonathan Mostow, István Szabó, Brett Ratner, Luc Besson, Wes Anderson, Ari Folman, Paolo Sorrentino y Taylor Hackford, entre muchos otros realizadores de todo el globo que supieron exprimir su talento en una época -los años 80 en adelante, sobre todo el nuevo milenio- en la que los actores norteamericanos ya no salían de las fronteras de yanquilandia a la hora de buscar el próximo proyecto, planteo que enfatiza el raro apego para con el multiculturalismo y la heterogeneidad del amigo Harvey.
El señor en primer lugar arrastra el “privilegio” de haber sido echado de Apocalypse Now (1979), de Francis Ford Coppola, en la que sería reemplazado por Martin Sheen, y también de Ojos Bien Cerrados (Eyes Wide Shut, 1999), de Stanley Kubrick, donde fue sustituido por Sydney Pollack, en el primer caso porque no conseguía bajarle la intensidad al rol del Capitán Benjamin L. Willard y en la segunda obra por problemas de itinerario a raíz de la necesidad de refilmaciones por un rodaje muy extenso, y en segunda instancia asimismo es muy recordado por apoyar a unos cuantos directores en las fases iniciales de sus respectivas trayectorias, un gesto poco habitual en Hollywood y el cine mundial en general, pensemos por ejemplo en el “visto bueno” que le dio al Alan Rudolph de Bienvenidos a Los Ángeles (Welcome to L.A., 1976), el Ridley Scott de Los Duelistas (The Duellists, 1977), el Paul Schrader de Blue Collar (1978), el James Toback de Dedos (Fingers, 1978), el Quentin Tarantino de Perros de la Calle (Reservoir Dogs, 1992) y Tiempos Violentos (Pulp Fiction, 1994) y aquella Jane Campion de La Lección de Piano (The Piano, 1993) y Humo Sagrado (Holy Smoke, 1999), todo por supuesto luego de hacerse conocido gracias a esa seguidilla inicial con Martin Scorsese de ¿Quién Llama a mi Puerta? (Who’s That Knocking at My Door?, 1967), Calles Salvajes (Mean Streets, 1973), Alicia ya no Vive Aquí (Alice Doesn’t Live Here Anymore, 1974) y Taxi Driver (1976), un genio con el que volvería a colaborar en ocasión de La Última Tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, 1988) y El Irlandés (The Irishman, 2019). De sus trabajos primigenios de los 70, Dedos se destaca por su misterio, complejidad, sustrato lúgubre y una muy inteligente relectura de los engranajes narrativos del film noir, abriéndose camino como la mejor película de Toback en formato realizador y como una de sus tres joyitas ficcionales, siendo las otras dos El Jugador (The Gambler, 1974), film de Karel Reisz basado en la novela homónima de 1866 de Fiódor Dostoyevski, y Bugsy (1991), dirigida por Levinson a partir de la vida del mafioso Bugsy Siegel (Warren Beatty), aquella relación romántica con Virginia Hill (Annette Bening) y su rol crucial en el desarrollo de Las Vegas, faenas para las que James aportó sendos guiones.
Jimmy “Dedos” Angelelli (Keitel) es en simultáneo un pianista clásico neoyorquino que está obsesionado con Johann Sebastian Bach y con las canciones clásicas del pop de los 50 y 60, amor por la música que heredó de su madre enferma mental Ruth (Marian Seldes), y un cobrador implacable aunque ingenuo al servicio de su padre prestamista y corredor de apuestas Ben (Michael V. Gazzo), quien pretende casarse con una furcia y vividora de mucha menor edad, Anita (Georgette Mosbacher), y le encarga dos “trabajitos” vinculados a deudores incobrables, primero el dueño de una pizzería que le debe cuatro mil dólares al usurero, Luchino (Lenny Montana, famoso por su Luca Brasi del primer eslabón de la saga mafiosa de Coppola con Brando como Don Vito Corleone), y segundo un narcotraficante y cabecilla intermedio del juego ilegal de Detroit, Patsy Riccamonza (Tony Sirico), el cual adeuda la friolera de 22 mil dólares. Ensayando en la soledad de su departamento la Tocata en Mi menor (BWV 914) de Bach para una próxima audición en el Carnegie Hall, pieza que incluso se graba tocando, y llevando siempre consigo un boombox o estéreo portátil con un buen surtido de cassettes que no teme reproducir en público, afición que provoca enfrentamientos o miradas de reproche por parte de personas que de melómanos no tienen nada, el protagonista consigue rápido el dinero de Luchino una vez que saca un revólver y le pega en la cara con el arma, sin embargo la cosa se complica con Riccamonza debido a que siempre está acompañado por dos matones, Gino (Ed Marinaro) y Butch (un muy joven Danny Aiello), por ello le manda un mensaje ultra agrio cogiéndose de parado a la salida de una piscina a su novia, Julie (Tanya Roberts). El asunto se complica aún más porque Jimmy parece sufrir una infección urinaria que lo lleva a ver a un médico, el Doctor Fry (Murray Moston), y para colmo se enamora de una artista plástica bastante anodina y putona, Carol (Tisa Farrow, hermana menor de Mia), que está en medio de una relación abusiva con un ex boxeador y propietario negro, mujeriego y soberbio de un bar, Dreems (Jim Brown), sujeto que fue un ídolo del protagonista durante su infancia, está conectado con Riccamonza y hoy pretende que Carol haga un trío con una tal Christa (Carole Francis), algo a lo que se niega.
Dedos es un título irónico que apunta tanto al piano como al revólver de Angelelli ya que esas “herramientas” simbolizan las principales dimensiones de su vida, la pasión musical y el trabajo de impronta mafiosa/ violenta, a lo que se suma su problemático derrotero sexual ya que la relación con Carol resulta forzada y obedece a una doble compulsión, léase la indiferencia semi sádica de ella y la falta de naturalidad o por lo menos de sutileza afectiva verdadera de él, amén de detalles que Toback acumula a lo largo de la trama que parecen indicar que el personaje de Keitel se debate entre la homosexualidad (suele mirar con gran curiosidad a Dreems y a un trío de maricones en un restaurant), la pedofilia (hace lo propio con una nena en una plaza), un Complejo de Edipo mal curado (la progenitora, en la única escena en la que interviene, le exige un beso en la boca como saludo) y las disfunciones amatorias en camino a una franca impotencia (los dolores al orinar y el espantoso examen anal con el proctólogo parecen sugerirlo, además Jimmy mantiene un intercambio con el médico en el que éste le desaconseja la práctica de retrasar la eyaculación para satisfacer el requerimiento femenino de “durar más” hasta el orgasmo de ella, conducta que fuerza la próstata y de seguro tiene que ver con un problema adicional -y para colmo contradictorio- de eyaculación precoz durante el coito, situación retratada en cada una de las arremetidas sexuales de Jimmy). La ópera prima de Toback en su faceta de director, como decíamos con anterioridad su única obra interesante ficcional porque la maravillosa Tyson (2008) es un documental sobre la otrora estrella de boxeo, funciona como una oda envilecida al suicidio en cámara lenta que instaura muchos de los latiguillos por venir en esa catarata de bodrios de su autoría de los años 80 en adelante, varios de ellos con el reincidente Keitel y sus otros actores fetiches, Alec Baldwin y Robert Downey Jr., así la crueldad, la cópula animalizada, el parasitismo cruzado metropolitano, los caprichos y la angustia sosegada se dan la mano en pantalla con la certeza de que en la familia, el trabajo, el sexo, la amistad y sobre todo el cariño siempre alguien domina y el otro se somete ya que el quid biológico de la supervivencia territorial se impone sobre las utopías de igualdad cual jerarquía anulada de marco horizontal, además la película refuerza una idea misógina de siempre de Toback vinculada a la defensa de un hedonismo masculino sin culpa que se muestra independiente de la sexualidad de las mujeres y esas necesidades menos “mecánicas” con respecto a las de los hombres. La frustración y la abulia marcan el compás de la existencia ciclotímica y de lo más patética de un Angelelli que no sabe lo que quiere ni cómo conseguirlo, arrinconado en una depresión que maquilla con la melomanía y llega a su cenit durante el desenlace, cuando falla en la mentada audición en el Carnegie Hall, inseguridad pueril de por medio porque no puede reproducir en público lo que ejecuta a la perfección en privado, y cuando se queda completamente solo porque ya desaparecieron sus padres, su amor imposible, su ídolo de la mocedad -Dreems- e incluso su principal némesis, ese Riccamonza que termina castrado y con balazos en su cara a posteriori de matar a Ben. Dedos, objeto de una digna remake francesa a cargo de Jacques Audiard, El Latido de mi Corazón (De Battre mon Coeur s’est Arrêté, 2005), que se anticipó a esa correcta reinterpretación de El Jugador del 2014 a instancias de Rupert Wyatt, es uno de los clásicos nihilistas olvidados de fines de la década del 70 y uno de los mejores trabajos del tremendo Harvey, aquí enriqueciendo una crónica a la par falocéntrica y tragicómica y humanizando a un Jimmy que en manos menos competentes hubiese resultado un ser unidimensional y repulsivo desde el primer minuto…
Dedos (Fingers, Estados Unidos, 1978)
Dirección y Guión: James Toback. Elenco: Harvey Keitel, Tisa Farrow, Jim Brown, Michael V. Gazzo, Marian Seldes, Danny Aiello, Ed Marinaro, Tony Sirico, Tanya Roberts, Lenny Montana. Producción: George Barrie. Duración: 90 minutos.