Thomas Harris, periodista norteamericano que mutaría en escritor y se haría muy famoso en todo el globo por su saga de cuatro novelas centradas en Hannibal Lecter, léase El Dragón Rojo (Red Dragon, 1981), El Silencio de los Inocentes (The Silence of the Lambs, 1988), Hannibal (1999) y Hannibal: El Origen del Mal (Hannibal Rising, 2006), todas adaptadas al séptimo arte entre los años 80 y el nuevo milenio a instancias de profesionales de la talla de Michael Mann, Jonathan Demme y Ridley Scott, se inspiró para el que sería su bautismo de fuego literario, Domingo Negro (Black Sunday, 1975), primero en el colectivo terrorista Septiembre Negro, uno de los brazos armados de la Organización para la Liberación de Palestina u OLP, esa que a partir de 1994 se transformaría en la Autoridad Palestina de Cisjordania y Franja de Gaza, y sobre todo de aquel Fatah de Yasser Arafat, partido político que controló a la anterior durante buena parte de su historia y que pasó de la lucha contra Israel por la autodeterminación de los palestinos a una suerte de entendimiento a partir de 1988 en el contexto de la Primera Intifada, y segundo en la Masacre de Múnich durante los Juegos Olímpicos de 1972, un atentado terrorista con toma de rehenes que derivó en el asesinato de once miembros del equipo olímpico israelí y de cinco de los ochos militantes de Septiembre Negro a cargo del operativo, quienes exigían la liberación de 234 palestinos presos en cárceles de los sionistas y de los líderes de la Fracción del Ejército Rojo, Andreas Baader y Ulrike Meinhof, recluidos en Alemania, episodio que puso en primer plano tanto la inoperancia de la dirigencia y el aparato represivo de la República Federal de Alemania a raíz del rescate fallido como la osadía en sí de la organización islámica, la cual a posteriori repitió la hazaña mediante el secuestro de ese mismo año del Vuelo 615 de Lufthansa, que cubría la ruta entre Damasco y Frankfurt, para exigir la liberación de los tres militantes sobrevivientes de la arremetida en Múnich, Adnan Al-Gashey, Mohammed Safady y Jamal Al-Gashey, los cuales recibieron asilo en la Libia de Muamar Al-Gadafi después de que el gobierno de Alemania Occidental aceptase las demandas. Israel, por su parte, se vengó de la matanza de 1972 mediante la denominada Operación Cólera de Dios (1972-1992), una serie de asesinatos en Europa de miembros de la OLP y Septiembre Negro autorizados por la primera ministra israelí Golda Meir, y la suboperación Primavera de Juventud de 1973, otras incursiones del Mossad fuera de todo marco legal contra palestinos de Beirut y Sidón.
Perteneciente al frenesí del cine catástrofe de la década del 70 y formalmente similar a una película muy inferior, Pánico en el Estadio (Two-Minute Warning, 1976), odisea de Larry Peerce con Charlton Heston, John Cassavetes y Martin Balsam, Domingo Negro (Black Sunday, 1977), joya del inefable John Frankenheimer, cuenta con un guión que se mantiene bastante cerca de la novela de Harris y que cayó en manos de luminarias anglosajonas del rubro, hablamos de Kenneth Ross, artífice de los thrillers políticos El Día del Chacal (The Day of the Jackal, 1973), de Fred Zinnemann, Odessa (The Odessa File, 1974), de Ronald Neame, y La Cuarta Guerra (The Fourth War, 1990), otra de Frankenheimer, Ivan Moffat, colaborador reincidente de John en El Desafío (The Challenge, 1982) y responsable de Gigante (Giant, 1956), clásico de George Stevens que fue la última propuesta estrenada de James Dean, y el célebre Ernest Lehman, otrora socio de gente como Billy Wilder, Walter Lang, Robert Wise, Alexander Mackendrick, Mark Robson, Mike Nichols, Gene Kelly y el Alfred Hitchcock de Intriga Internacional (North by Northwest, 1959) y Trama Macabra (Family Plot, 1976). La historia está consagrada a un atentado de una célula de Septiembre Negro compuesta por Dahlia Iyad (una correcta Marthe Keller), militante que perdió a toda su familia en manos de los judíos en la Guerra Árabe-Israelí de 1948 y la Guerra del Sinaí de 1956, y Michael Lander (el estupendo Bruce Dern), pareja enloquecida de la anterior, prisionero durante seis años en la Guerra de Vietnam y piloto de bombarderos separado de su esposa y destituido de la milicia por haber denunciado el belicismo imperialista yanqui en una filmación del Viet Cong. Ambos planean un ataque suicida contra el Super Bowl, el partido final del campeonato de la Liga Nacional de Fútbol Americano, usando 600 kilos de explosivos plásticos y miles de mortíferas flechettes para matar al mayor número posible de asistentes al encuentro de 1976 en el Miami Orange Bowl entre los Dallas Cowboys y los Pittsburgh Steelers, todo con la idea de denunciar la opresión de los palestinos y castigar a los Estados Unidos por su apoyo sistemático al imperialismo israelí, ahora con los hebreos metamorfoseándose en los nazis de Medio Oriente y haciendo de la Franja de Gaza un gran campo de concentración desde la Guerra de los Seis Días de 1967. Un agente del FBI, Sam Corley (Fritz Weaver), y dos esbirros despiadados del Mossad, el Mayor David Kabakov (Robert Shaw) y Robert Moshevsky (Steven Keats), encabezan la unidad contraterrorista.
A lo largo de sus 143 minutos de tensión ininterrumpida y un minimalismo curiosamente paciente y enérgico, Domingo Negro retrata a nivel espiritual la cruzada de descolonización previa a la “guerra santa” fundamentalista subsiguiente contra la lacra judía y se impone como uno de los mejores films de acción de su época porque sobrepasa por mucho las limitaciones discursivas del cine catástrofe y se abre camino como un peldaño crucial en el desarrollo del thriller moderno sobre terrorismo o guerrilla urbana, no sólo humanizando el sufrimiento de todos los personajes sino ya alejándose de las gestas de magnicidios y las obras de aventuras en tierras exóticas acerca de misiones caprichosas, aquí reconvertidas en una lucha encarnizada entre enemigos líquidos/ fantasmales y por demás maquiavélicos y desesperados, amén del obvio desequilibrio de poder de fondo entre la enorme trituradora del imperio y estos pequeños artesanos de la muerte del ecosistema musulmán. Si bien las explosiones del último acto no están precisamente logradas, nos referimos a aquellas del helicóptero de la policía y del Dirigible Goodyear utilizado para transportar la bomba y pilotado por Lander con la asistencia de Iyad, a decir verdad el óbito del Capitán Tekiaki Ogawa (Clyde Kusatsu), jerarca de un barco nipón que trae de contrabando a yanquilandia el explosivo necesario camuflado en estatuillas de la Virgen María símil yeso, es exquisito y además la película ofrece escenas magníficas como la de la redada en Beirut por parte del comando de Kabakov contra la unidad de Domingo Negro de Iyad, la nocturna en la costa de Los Ángeles cuando el dúo de terroristas recibe el cargamento del japonés, esa otra del interrogatorio de Ogawa a cargo de los israelíes hasta que le explota la cabeza al asiático por una bomba oculta en su teléfono cortesía del piloto, la del homicidio de Moshevsky con cloruro de potasio en el hospital donde estaba internado su colega, amigo y superior, la de la pistola en la boca de Muzi (Michael V. Gazzo), importador turco del material explosivo, aquella de la prueba de la bomba en un hangar en el desierto californiano, el encuentro en Washington D.C. entre David y un militar de Egipto, el Coronel Riat (Walter Gotell), la persecución por las calles y playas de Miami detrás de Mohammed Fasil (Bekim Fehmiu), el contacto de Dahlia y supuesto organizador de la Masacre de Múnich, y desde ya la hora final del metraje en su conjunto, cuando los militantes de Septiembre Negro matan al piloto designado, Jack Farley (Tom McFadden), y montan la bomba en la góndola del dirigible.
Frankenheimer aquí entrega una fotografía incisiva e hiper cerebral, ahora cortesía de John A. Alonzo, que contrapone el ansia de paz de la privacidad de los protagonistas con el agite inescrupuloso belicista que determina su faceta pública cual sociedad que todo lo corrompe, esquema que ya podía verse tanto en aquel expresionismo experimental de su Trilogía de la Paranoia, una compuesta por El Embajador del Miedo (The Manchurian Candidate, 1962), Siete Días de Mayo (Seven Days in May, 1964) y El Otro Sr. Hamilton (Seconds, 1966), como en obras variopintas futuras que lo alejaron de ese costado intimista de su producción artística que marcó a su trío de convites sobre mocosos rebeldes, El Joven Extraño (The Young Stranger, 1957), Los Jóvenes Salvajes (The Young Savages, 1961) y A Cada Cual su Propio Infierno (All Fall Down, 1962), y al bello díptico carcelario de La Celda Olvidada (Birdman of Alcatraz, 1962) y El Hombre de Kiev (The Fixer, 1968), en este sentido basta con aseverar que lo que el director hace por el terrorismo y el contraterrorismo en Domingo Negro lo hizo por la Resistencia Francesa en El Tren (The Train, 1964), la Fórmula Uno en Grand Prix (1966), aquellos saltos al vacío desde las alturas de Llegan los Paracaidistas (The Gypsy Moths, 1969), el buzkashi y los rústicos jinetes afganos de Los Centauros (The Horsemen, 1971) y el narcotráfico y unas brigadas policiales que pretenden obstruirlo en Contacto en Francia II (French Connection II, 1975), secuela siempre polémica del opus original de 1971 de William Friedkin. A pesar de que es muy sabido que Frankenheimer se desencantó de la política y el cine de discurso contracultural férreo luego del asesinato en 1968 de su amigo Robert F. Kennedy, la película que nos ocupa deja bien en claro que el campeón de Occidente, ese Kabakov de un genial Shaw que terminaría falleciendo en 1978 a unos tempranos 51 años de edad por un infarto repentino, es capaz de avizorar el conflicto palestino-israelí desde ambas perspectivas e incluso comprende que su trabajo represivo para el Mossad y las autoridades sionistas fue el que parió no sólo a Iyad sino a buena parte de las organizaciones islámicas de Medio Oriente, relativismo ideológico insólito que por cierto desaparecería en la infinidad de thrillers chauvinistas posteriores que retomarían la fogosidad de Domingo Negro pero banalizándola vía copias burdas del glorioso soundtrack de John Williams, mil cortes por minuto para las escenas de acción y una cámara movediza permanente que no deja apreciar nada de lo acontecido y/ o entorpece la narración en sí…
Domingo Negro (Black Sunday, Estados Unidos, 1977)
Dirección: John Frankenheimer. Guión: Ernest Lehman, Ivan Moffat y Kenneth Ross. Elenco: Robert Shaw, Bruce Dern, Marthe Keller, Fritz Weaver, Steven Keats, Bekim Fehmiu, Michael V. Gazzo, Clyde Kusatsu, Walter Gotell, Tom McFadden. Producción: Robert Evans. Duración: 143 minutos.