Durante gran parte de su derrotero el cine de Hong Kong se desarrolló por fuera de todo apoyo estatal y dentro de un marco comercial oligopólico muy agresivo que favoreció la constante concentración en pocas compañías productoras, recorriendo un largo camino que comienza con la típica obsesión de la primera mitad del Siglo XX con los tres formatos cruciales de los inicios del séptimo arte, léase los melodramas, las comedias y los musicales una vez que el enclave mudo muta en sonoro. Fue durante aquella posguerra que se abre un proceso de verdadera heterogeneización a nivel general, algo que comparte con sus dos vecinos y competidores, el cine chino y el cine taiwanés, por ello a mediados del milenio pasado de a poco las epopeyas de época fueron dejando paso al wuxia fantástico para ya en los 60 desencadenar el cine moderno de kung fu, principal producto a exportar a Occidente en la década siguiente en lo que atañe al boom de las artes marciales alrededor de primero dos grandes productoras, Shaw Brothers y Golden Harvest, usinas de propuestas de muchos géneros aunque con un fuerte acento puesto en las odiseas de acción, y segundo la triste martirización de Bruce Lee luego de alcanzar la fama mundial gracias a Enter the Dragon (1973), el clásico de Robert Clouse, y su repentino fallecimiento, hecho que rápidamente provocó una tendencia oportunista orientada a duplicar los rasgos del actor conocida como bruceploitation, basada sobre todo en imitadores y opus semejantes a los de Lee. A partir de los 80 el otrora rígido sistema de estudios de Hong Kong comienza a resquebrajarse y surge una pluralidad de productoras que posibilitan un segundo auge en el mercado internacional del cine vernáculo mediante el surgimiento de dos corrientes creativas interconectadas, la denominada Nueva Ola de Hong Kong, simbolizada en el cine de género de Tsui Hark y los films sociales de Ann Hui, y esa Matanza Heroica (Heroic Bloodshed) que tanto influiría en Hollywood, cuyos máximos representantes son los extraordinarios John Woo y Ringo Lam.
Es a partir de los 90 que todo cambia de nuevo porque la piratería, la saturación productiva local, el traspaso de la soberanía de Hong Kong -del Reino Unido a la República Popular China- y las políticas más belicosas de Hollywood, un emporio determinado a destruir las cinematografías nacionales de todo el globo que resultaron una competencia comercial durante los 60, 70 y parte de los 80, constituyeron factores de crisis al extremo de generar las primeras ayudas estatales masivas, lo que originó de sopetón primero una Segunda Ola dentro de la Nueva Ola previa que abarcó cineastas más minimalistas en línea con Stanley Kwan, Mabel Cheung y el más conocido del lote por su presencia habitual en el circuito de festivales internacionales, Wong Kar-wai, y segundo la consabida indiferenciación entre el acervo productivo chino y su homólogo de Hong Kong, ya borrándose los límites no sólo por la intervención del régimen comunista sino por la influencia de la globalización o triunfo de Estados Unidos en la Guerra Fría o achatamiento de los gustos culturales en todo el planeta bajo el patrón estándar norteamericano, el único considerado válido a ojos del espectador promedio por más que el cine de autor continúe dando muestras aisladas de sobrevida. Una de las pocas consecuencias positivas dentro de este panorama calamitoso de los 90 y comienzos del Siglo XXI, exacerbado a posteriori por la aparición del streaming y su nuevo impulso hacia la uniformización discursiva y formal del cine, fue la colaboración más fluida entre artistas del continente asiático, así fue posible encontrarse con antologías de terror con distribución mundial asegurada como Three (Sam Gang, 2002), de Kim Jee-woon, Nonzee Nimibutr y Peter Ho-Sun Chan, y su secuela Three Extremes (Sam Gang 2, 2004), realizada por el chino/ hongkonés Fruit Chan, el surcoreano Park Chan-wook y el japonés Takashi Miike, esta última más conocida y mejor que la primera y no sólo por el alto perfil de Park y Miike, sino especialmente por el cortometraje de Chan, Dumplings.
Si bien Cut, de Park, y Box, de Miike, estaban bastante bien fue el episodio de Chan el que lograba destacarse en Three Extremes y ello tenía que ver con su curiosa y visceral premisa, metiéndose de lleno en distintos tabúes sociales como suele ocurrir con el cine de horror y especialmente el asiático: una ex actriz cuarentona que todavía la siguen reconociendo en las calles por su intervención en telenovelas, la Señora Li (una correcta Miriam Yeung), acude al departamento marginal de una anciana con el físico de una veinteañera, la Tía Mei (esa efervescente Bai Ling), que se dedica a vender dumplings -manjares hervidos a mitad de camino entre las empanadas, los ñoquis y las albóndigas- hechos con fetos humanos que consigue en una clínica de abortos, todo bajo la idea de que los susodichos le devolverán la juventud y la belleza al comensal en cuestión, en esta oportunidad una Li obsesionada con salvar de la ruina a su matrimonio o por lo menos recuperar el interés de su esposo (Tony Leung Ka-fai), un oligarca millonario que está protagonizando un affaire con otra mujer. La versión en largometraje del corto, Dumplings (Gau ji, 2004), mantiene en líneas generales el argumento original y expande un poco más el trasfondo de la perfidia del Señor Li, en este caso con su joven masajista (Pauline Lau), y los pormenores de aquel feto abortado de cinco meses que la Tía Mei le prepara a la ansiosa clienta para acelerar los efectos deseados en su apariencia y libido, un crío que perteneció a una adolescente de 15 años, Kate (Miki Yeung), que fue violada por su padre y por ello su progenitora (Wong So-foon) le ruega a la veterana que aborte al purrete cuanto antes, sacándoselo del cuerpo y así provocando eventualmente un sangrado que la lleva a la tumba. Chan, asimismo, amplifica el contraste de fondo entre por un lado la ex actriz, una burguesa culposa, muy anodina, esclava en una cárcel de oro y sometida a su marido, y por el otro lado la cocinera/ abortera/ ex médica, lumpen desprejuiciada, siempre vital, libre entre la miseria y sin lazos visibles con nadie.
El guión de Lilian Lee alias Lee Pik-wah, aquella de Rouge (Yim ji kau, 1987), de Kwan, A Terra-Cotta Warrior (Qin yong, 1989), de Ching Siu-tung, Green Snake (Ching se, 1993), de Hark, y Farewell My Concubine (Ba wang bie ji, 1993), la joya de Chen Kaige, retoma la parábola faustiana de la venta del alma a Mefistófeles pero desde un naturalismo irónico que se mezcla con el lirismo del indie noventoso y tópicos variopintos como por ejemplo el peso psicológico de la función reproductiva femenina, la búsqueda insistente de perfección y mocedad, el marco moral detrás de todos nuestros alimentos, la oposición entre remedios tradicionales y medicina moderna/ empresas farmacéuticas, el lugar en la sociedad cínica y asexuada actual de los afrodisíacos, las correlaciones entre placer sexual y gozo culinario, el fantasma de las adicciones más bizarras, el apego ridículo al exotismo de lo new age, el parasitismo entre clases sociales, con los estratos acomodados siempre ensimismados en banalidades y caprichos masoquistas mientras los menesterosos ven escapárseles la vida al servicio de estos oligarcas, y finalmente las consecuencias de la política de hijo único en China, impuesta en 1979 y abandonada recién en 2015 para permitir dos vástagos, y del poco o nulo valor de las hembras -y las “esposas trofeo”- en una sociedad sexista que tiende a fetichizar el rol de los machos. Chan, un especialista en comedias y dramas del montón que fue englobado con justicia en la Segunda Ola a raíz de la recordada Made in Hong Kong (Heung Gong jai jo, 1997), genial drama criminal de resonancias neorrealistas a la asiática, se regodea en el canibalismo de fondo y en el incesto potenciando la antropofagia aunque paradójicamente obvia la ponderación o la condena del aborto, evitando tanto el neopuritanismo inquisitorial de la derecha oligofrénica como la apropiación simbólica del asunto por parte del feminismo blanco, burgués y sin conciencia social, incluso se podría decir que el film parodia el mito payasesco de la solidaridad “natural” entre las mujeres…
Dumplings (Gau ji, Hong Kong, 2004)
Dirección: Fruit Chan. Guión: Lilian Lee. Elenco: Miriam Yeung, Tony Leung Ka-fai, Bai Ling, Pauline Lau, Miki Yeung, Wong So-foon, Lau Po-lin, Wong Sum-yeung, Chan Wai-ling, Chuk Ho-fung. Producción: Peter Chan y Eric Tsang. Duración: 91 minutos.