La pedofilia y los abusos y asesinatos varios de niños nunca fueron temáticas precisamente “populares” en términos cinematográficos pero es posible identificar distintos exponentes del rubro que van desde aquella obra maestra fundacional de Fritz Lang, M (1931), y sus excelentes remakes, léase M (1951), de Joseph Losey, y El Vampiro Negro (1953), del uruguayo filmando en Argentina Román Viñoly Barreto, hasta la variante existencialista de El Hombre del Bosque (The Woodsman, 2004), de Nicole Kassell, el formato de cacería y/ o castigo para con el depredador en cuestión símil Hard Candy (2005), de David Slade, y Trust (2010), de David Schwimmer, y la modalidad del encierro prolongado a lo Gritos en el Silencio (Eden, 2012), de Megan Griffiths, y 3096 Días (3096 Tage, 2013), de Sherry Hormann, o aquellas dos adaptaciones del espantoso caso de 1965 de tortura, violación y asesinato de Sylvia Likens, Crímenes Imperdonables (An American Crime, 2007), de Tommy O’Haver, y La Chica de al Lado (The Girl Next Door, 2007), de Gregory Wilson, la primera basada en la andanada de hechos en sí y la segunda en la novela homónima que Jack Ketchum escribió en 1989 sobre ellos. Una propuesta muy interesante del rubro que se suele pasar por alto es Nunca Aceptes Dulces de un Extraño (Never Take Sweets from a Stranger, 1960), joyita que Cyril Frankel dirigió para la productora británica Hammer Film Productions y que pasó sin pena ni gloria en su momento porque tanto crítica como público consideraban tabú los tópicos interconectados de la pederastia y el ataque sexual contra menores y adolescentes, a pesar de que la película fue distribuida en el mercado yanqui y mundial por nada menos que la Columbia Pictures: son la honestidad y el realismo visceral del film, elementos comunes de cierto cine inglés que unificaba el thriller con el marco testimonial o los comentarios sociales, los ingredientes que golpearon en el inconsciente de la época y generaron el ninguneo cobarde automático, típico de quien no acepta la realidad.
Inspirado en una puesta teatral de Roger Garis, The Pony Trap (1954), el guión fue escrito por un veterano de la Hammer, John Hunter, compañía para la que volvería a trabajar en ocasión de Los Piratas del Río Sangriento (The Pirates of Blood River, 1962), gesta de aventuras de John Gilling, y para la que había escrito las hoy olvidadas El Caso Rossiter (The Rossiter Case, 1951) y Nunca Mires Atrás (Never Look Back, 1952), dos ejemplos de film noir con tintes melodramáticos al mando de Francis Searle. La acción se centra en un pueblito canadiense de aquellos años iniciales de la década del 60, donde llega una familia británica para asentarse porque el hombre de la casa, Peter Carter (Patrick Allen), consiguió el puesto de director en el colegio local, así su esposa, Sally (Gwen Watford), su hija de nueve años, Jean (Janina Faye), y su suegra, Martha (Alison Leggatt), lo acompañan en la odisea de adaptación a una cultura foránea. La alegría dura muy poco porque un día Jean y su flamante amiga Lucille (Frances Green) jugando en un columpio pierden el dinero que tenían guardado para comprar golosinas, por ello la niña autóctona propone visitar a un anciano que suele regalar dulces a las “nenas buenas” que bailan desnudas para él, Clarence Olderberry (un mudo y perfecto Felix Aylmer), oligarca y dueño de prácticamente todo que los vecinos consideran intocable. El matrimonio Carter desoye el consejo de Martha, eso de olvidarse del evento desde una perspectiva pragmática para congraciarse con la comunidad y conservar el trabajo del varón, y presenta la denuncia a pesar de la hostilidad del máximo representante del aparato policial, el Capitán Hammond (Budd Knapp), y del heredero del pedófilo, Richard Olderberry (Bill Nagy), cabeza del aserradero que construyó el pueblo. Luego de una ardua batalla entre el fiscal (Michael Gwynn) y el abogado defensor (Niall MacGinnis) que involucra llevar a las lágrimas a una confundida Jean, Clarence termina absuelto en esencia porque los progenitores de Lucille le impiden testificar en el estrado.
La película sorprende al espectador debido al hecho de que trabaja realmente muy bien el tema de la complicidad pancista e hiper mediocre social a la hora de cerrar filas con vistas a defender a una figura endiosada aunque con fechorías conocidas por todos ya que Clarence incluso estuvo en un manicomio, desde el capitán de policía, pasando por la lacra escolar y las autoridades municipales, hasta llegar a las chismosas de la peluquería cual ejemplo de todo el barrio en el que viven los Carter, una situación que además despierta ese fervor acomodaticio de buena parte de la humanidad que en pantalla queda representado no sólo en Martha sino también en el padre de Lucille, Tom Demarest (Robert Arden), sujeto que tiene controlada a la anodina de su esposa (Vera Cook) y niega la presencia de la chiquilla en la casa de Olderberry ya que trabaja en otra de las propiedades del clan del pedófilo, un molino. Este contrapunto entre la sumisión proletaria de Demarest y el mayor margen de maniobra de Peter, un burgués de estirpe intelectual que encima es un recién llegado a la región, invierte la premisa de base de lo que fuera el realismo de fregadero de cocina/ “kitchen sink realism” de la Nueva Ola Británica de los 50 y aquellos años 60, muchas veces centrado en figuras de mentalidad obrera que se rebelaban desde la falta de recursos o la marginalidad semi criminal contra las corruptelas, la estructura de clases o la mojigatería del momento, dejándole a las clases media y alta el trasfondo reaccionario e inmovilista de una sociedad tradicional que se pretendía petrificada y/ o incuestionable. Nunca Aceptes Dulces de un Extraño incluso desdibuja las previsibilidades de su época en lo que respecta a los géneros involucrados, empezando en el suspenso y el melodrama de “pueblo chico, infierno grande”, luego mutando en un thriller legal en versión anglosajona y finiquitando el asunto en la paradigmática comarca del horror cuando el anciano no puede esquivar sus compulsiones malsanas y después de su absolución continúa acosando a las dos mocosas.
Desde el punto de vista de la Hammer la faena constituyó el intento más serio -de allí la incomodidad que despertase en público y prensa- dentro del formato del thriller asfixiante o claustrofóbico, un gremio poco conocido entre la fauna cinéfila porque el terror gótico de la empresa terminó hegemonizando la memoria popular con el transcurso de las décadas, pensemos para el caso en films maravillosos como La Máscara Submarina (The Snorkel, 1958), de Guy Green, Infierno en la Ciudad (Hell Is a City, 1960), de Val Guest, Atraco a la Moderna (Cash on Demand, 1961), de Quentin Lawrence, El Sabor del Miedo (Taste of Fear, 1961), de Seth Holt, Paranoico (Paranoiac, 1963), de Freddie Francis, Pesadilla (Nightmare, 1964), otra obra de Francis, y La Niñera (The Nanny, 1965), del gran Holt, y en propuestas menos interesantes aunque dignas en sintonía con Trágica Mentira (The Full Treatment, 1960), también de Guest, Maníaco (Maniac, 1963), opus de Michael Carreras, ¡Muere, Muere, Querida Mía! (Die! Die! My Darling!, 1965), de Silvio Narizzano, y desde ya Histeria (Hysteria, 1965), del amigo Francis. Sin embargo el detalle quizás más peculiar se resume en el propio director, Frankel, un especialista de larga data en comedias como lo demuestra su película más famosa por lejos, Escuela para Pillos (School for Scoundrels, 1960), codirigida junto a Robert Hamer y Hal E. Chester, señor que regresaría al ámbito de las emociones fuertes en ocasión de su otro trabajo memorable para la Hammer, Las Brujas (The Witches, 1966), y un par de thrillers deficitarios, Al Borde del Terror (The Very Edge, 1963) y Permiso para Matar (Permission to Kill, 1975). Nunca Aceptes Dulces de un Extraño evita la pavada hollywoodense de siempre, eso de reducir a la minoridad en riesgo a un hecho puntual que se agota en el lunático de turno, y piensa en cambio al tópico sin psicologismos baratos y echándole la culpa con razón a la sociedad en su conjunto, la cual tiende a demonizar a las víctimas y no se moviliza hasta que es tarde y el daño está hecho…
Nunca Aceptes Dulces de un Extraño (Never Take Sweets from a Stranger, Reino Unido, 1960)
Dirección: Cyril Frankel. Guión: John Hunter. Elenco: Janina Faye, Frances Green, Gwen Watford, Patrick Allen, Felix Aylmer, Niall MacGinnis, Alison Leggatt, Bill Nagy, Michael Gwynn, Budd Knapp. Producción: Anthony Hinds. Duración: 81 minutos.