Solo Michael Haneke, un director que busca desgarrar al espectador con esa visión aciaga de la vida que siempre encuentra la llaga de la herida abierta en una sociedad que se pretende perfecta pero esconde grotescos fantasmas, podía llevar al cine la impactante y lacónica novela de 1983 de la escritora Elfriede Jeninek mediante La Profesora de Piano (La Pianiste, 2001), una de las obras más perversamente geniales de la autora de Deseo (Lust, 1989).
Una profesora de piano embelesada por la obra del compositor austríaco decimonónico Franz Schubert es invitada junto a su madre (Annie Girardot), con la que tiene una relación deletérea que llega a altos puntos de violencia en los momentos más álgidos de las peleas familiares, a una velada para tocar el piano en una casa de alta alcurnia en París para un grupo de melómanos, entre los que se encuentra el sobrino de los dueños, Walter Klemmer (Benoit Magimel), un atractivo, apasionado y enérgico joven estudiante de piano que queda impactando por la erudición de Erika Kohut (Isabelle Huppert) y su entrega a la música, de la que se declara devota.
Si ya desde el comienzo el espectador sabe que el talento para el piano de la profesora es diametralmente opuesto a la normalidad de su vida privada, viviendo con su madre y hasta durmiendo en la misma cama, las visitas a los locales de pornografía, el fetiche con el semen de la masturbación, la excitación como voyeur en los autocines y la automutilación vaginal en su baño son algunos de los indicios de que su forma de acoplarse a la sociedad y abrazar el placer distan de las normas aceptadas comunalmente. Estas actividades de voyeurismo, sumadas a la autoagresión, son las respuestas de Erika ante el férreo control de su madre, que la sigue a todos lados, le impide tener cualquier tipo de intimidad y ha depositado en su talento como pianista sus posibilidades de comprar el departamento en el que viven, ya que es Erika la que con el sueldo de profesora de piano en el conservatorio paga las cuotas del crédito hipotecario.
Pero como en la vida no todo es blanco o negro, entre Erika y su madre existe una relación de dependencia mutua forjada a lo largo de muchos años, un amor que las lleva a herirse y maltratarse, un afecto desbocado pleno de desazón y decepción. La madre de Erika está desilusionada de que el talento de su hija no haya sido suficiente para procurarle fama y dinero, mientras que Erika está desencantada de todo el resultado de su vida, de la crianza que ha recibido, anhelando que algo o alguien la arrastre fuera de esta situación desesperante en la que se encuentra en parte por su progenitora y en parte por voluntad propia de autoflagelación.
Isabelle Huppert interpreta aquí brillantemente a Erika Kohut, una mujer que usa un vocabulario erudito, docto y severo, casi confrontativo, capaz de lastimar a una alumna y de proveer instrucciones sadomasoquistas a su potencial joven amante. Pero al igual que la obra de Elfriede Jelinek, autora galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2004, la película de Haneke propone la demolición de todos los preconceptos y la aceptación de que las formas de percibir y vivir la vida pueden variar de forma drástica de persona en persona, y por supuesto que la realidad nunca es tan monocromática como a veces parece. Si Erika lastima a su talentosa y nerviosa alumna, Anna (Anna Sigalevitch), en parte es por envidia y para tocar en lugar de Anna la pieza de Schubert que la chica iba a interpretar en el teatro, pero también es para impedir que su alumna siga su mismo camino. Erika se ve reflejada en ella, en la relación que ambas tienen con sus madres y en la exigencia y responsabilidad que depositan en sus hijas, en la presión de tener que ser la mejor y triunfar, y Erika conoce como nadie el camino al que esa olla a presión conduce.
En la relación de Erika con Walter, la película presenta el desencuentro de dos almas que buscan cosas completamente distintas y que ven en el otro a una persona ideal en la que depositar todos sus deseos, anhelos y miserias. Si Walter cree que Erika es la profesora rígida y arisca apasionada por Schubert su veta sadomasoquista lo dejará primero anonadado y asqueado, y después excitado y hasta perturbado. Erika, por su parte, le revela a su alumno que lo quiere como un varón violento y dominante que deberá someterla y convertirla en su esclava, lo que la profesora lleva anhelando desde hace muchos años, lo que indica que el comportamiento gregario de muchas personas es una máscara para ocultar la personalidad que subyace en el ámbito privado y espera encontrar la confianza para emerger. Pero la relación no será tan ideal como ambos pretenden, y Erika descubrirá que en realidad su anhelo de ser sometida no es tal y que Walter es más conservador y perverso de lo que ella creía. El joven amante también descubrirá algo sobre sí mismo en su tortuoso camino, una faceta violenta y cruel, una personalidad que subyacía enterrada y que dejará marcas indelebles en Erika.
La rígida actitud de Erika ante la música es la fachada de su vulnerabilidad, al igual que sus modos adultos son una máscara de una actitud infantil que se manifiesta en la vida privada con su madre. El anhelo de amor y reconocimiento se transformarán aquí en culpa por su aborrecible acción contra su alumna y en odio hacia Walter, pero esta combinación será fatal para la profesora de piano, que no podrá soportar su propia vida teñida de humillación y desesperación ante los anhelos imposibles. La trama creada por Elfriede Jelinek y retomada por Haneke acerca de la cercana relación entre la alta cultura y la perversión no es novedosa, pero sin lugar a dudas ambos artistas llevan las circunstancias hacia sus últimas consecuencias en una historia marcada por el sello circunspecto y desgarrador del director de Amor (Amour, 2012).
La película es la primera colaboración de Haneke con el director de fotografía, también austríaco, Christian Berger, el cual lo acompañará en algunos de los films más aclamados del realizador, como Caché (2005), La Cinta Blanca (Das Weiße Band- Eine Deutsche Kindergeschichte, 2009) y Happy End (2017). Berger y Haneke interpelan a los protagonistas en violentos primeros planos que ponen en aprietos a unos protagonistas que revelan ante la cámara su verdadera y perversa naturaleza. La escena estática final de Erika huyendo del teatro con una toma de la magnífica entrada, que se repite en otras secuencias de la obra, enmarca la fastuosidad de la arquitectura de los espacios culturales donde anidan estos comportamientos fuera de la norma, donde la represión de las emociones, que deja a las psiques en un estado de absoluta vulnerabilidad, es la norma.
En este concierto de actuaciones magistrales, además de la soberbia interpretación de Isabelle Huppert, se destaca el gran desempeño de Anne Girardot como la madre de Erika, Benoit Magimel como Walter y Anna Sigalevitch como la alumna de Erika en un film lleno de tensión que trabaja con astucia las miserias que anidan en los altares de la alta cultura y cómo la disciplina y la exigencia muchas veces son el corolario de problemas que crecen descontroladamente en el interior de las personas hasta destruir la llama del amor al arte, dejando tan solo disgusto y rencor debido al sometimiento a un régimen de arduos requerimientos que muy pocas veces logran entronizar a algún individuo en los pináculos del arte.
La Profesora de Piano (La Pianiste, Francia/ Austria/ Alemania, 2001)
Dirección y Guión: Michael Haneke. Elenco: Isabelle Huppert, Benoît Magimel, Annie Girardot, Susanne Lothar, Udo Samel, Anna Sigalevitch, Cornelia Köndgen, Thomas Weinhappel, Georg Friedrich, Philipp Heiss. Producción: Veit Heiduschka. Duración: 131 minutos.