La confusión de una enfermera suiza alrededor de la identidad de una beba recién nacida es el trasfondo de Gracias por el Chocolate (Merci pour le Chocolat, 2000), uno de los últimos films del legendario realizador francés Claude Chabrol, uno de los pilares de la Nouvelle Vague, aquella reacción francesa al cine de masas norteamericano de la década del cincuenta, surgida al calor de la revista Cahiers du Cinéma, fundada en 1951 por André Bazin.
Chabrol crea aquí un thriller psicológico de una sutileza inusitada que comienza con el descubrimiento casual de un secreto. En un almuerzo Jeanne (Anna Mouglalis), una joven pianista suiza con un gran futuro por delante, recibe una revelación que sacude toda su vida: cuando nació una enfermera la presentó como hija de André Polonski (Jacques Dutronc), un renombrado pianista suizo cuyo único vástago nació en el mismo día y hospital que la joven. A pesar de que el malentendido es un hecho del pasado y olvidado por todos, la curiosidad de Jeanne la conduce a visitar de improviso a Polonski en su mansión de Lausanne para presentarse como la beba que tuvo en brazos hace muchos años, tal vez su hija. La alegre y desenvuelta Jeanne es recibida calurosamente por Polonski y su esposa, Marie-Claire Muller alias Mika (Isabelle Huppert), quienes la acogen como si fuera una pariente más. Pero la extraña bienvenida de André y Mika, presidenta de una empresa que elabora chocolates en Suiza, es la contracara del malestar de Guillaume (Rodolphe Pauly), el hijo del pianista con la hermana fallecida en un accidente automovilístico de Marie-Claire, Lisbeth (Lydia Andrei). La cálida aceptación genera la suspicacia de Jeanne cuando ve a Mika tirar deliberadamente un termo con chocolate caliente destinado a Guillaume para que parezca un torpe accidente. La joven le entrega un diario con restos del chocolate a su novio, Axel (Matthieu Simonet), un joven químico contratado en el laboratorio clínico donde trabaja su madre, Louise (Brigitte Catillon), para averiguar si el chocolate contenía algo. Jeanne descubrirá que el chocolate tenía una droga para hacer perder el sentido. Cuando se lo cuente a Guillaume ambos comenzarán a sospechar de las intenciones y acciones de Mika, esas que condujeron a la muerte a Lisbeth.
A lo largo del film Chabrol va construyendo cuidadosamente la personalidad de sus protagonistas. Mika es la presidenta y dueña de una exitosa empresa suiza productora y distribuidora de chocolate con algunos problemas, patrimonio de su familia desde hace muchos años, casada con -y divorciada de- André Polonski durante su juventud y vuelta a casar con él después de la muerte de su hermana, la anterior pareja de su esposo, fallecida trágicamente en un accidente automovilístico hace unos años. Jeanne, por su parte, es una joven desenvuelta que aprovecha un malentendido ocurrido durante su nacimiento para presentarse desvergonzadamente en la casa de su ídolo, el gran pianista André Polonski, y conseguir clases, apadrinamiento o quizás solo el hecho de poder estar al lado de la aclamada luminaria del piano. Polonski es un afable pianista que recibe a Jeanne con los brazos abiertos como si fuera su hija, al igual que Mika. Guillaume, ya taciturno de por sí, desentona en la algarabía familiar, desinteresado de todo, sin encontrar nada que lo apasione, por ello deambula como un hijo mimado que no tiene afán de destacarse en un mundo que lo aburre.
Pero en esta situación perfecta de personalidades exitosas, cuyos presente y futuro parecen promisorios, no todo es color de rosa. Tanto Jeanne como el espectador sospechan que Mika pone algo en el chocolate caliente que prepara todas las noches y que la muerte de su hermana tiene que ver que esta causa. Pero si en el pasado Mika adulteró el chocolate para que su hermana muriera en un accidente mientras manejaba, ¿cuál es el motivo que la impulsa ahora a envenenar el chocolate? ¿Y por qué lo volcó justo antes de servirlo?
Chabrol maneja el enigma como ningún otro director y la cara de piedra de Isabelle Huppert tampoco ayuda al espectador a elucidar qué trama Mika. En Gracias por el Chocolate, el director y guionista construye un relato sombrío sobre la banalidad del mal, acerca del impulso adictivo por materializarlo. Lo que parece indicar el realizador de La Bestia Debe Morir (Que la Bête Meure, 1969) es que el poder causa una cierta inclinación a hacer el mal, que en un comienzo puede ser divertido o responder a personalidades sociopáticas, pero que en algún punto se convierte en una adicción, en un comportamiento más sin significado, una manifestación de esa necesidad de ser descubierta que arrastra Mika, la única manera de enfrentarse consigo misma que tienen las personas, una búsqueda de ser desenmascarada en sus mentiras para que finalmente la obliguen a asumir sus responsabilidades.
Al fin y al cabo, será responsabilidad del espectador dilucidar la verdad, atreverse a enfrentar que tal vez la maldad no tiene sentido o lo que quizás sea más perturbador, que sí lo tenga. Durante todo el film el público se preguntará: ¿qué es lo que pasa por la mente de Mika? ¿Y qué la motiva a hacer lo que hace? Sea lo que sea que el espectador descubra, será algo sobre sí mismo porque el mal es inherente al ser humano y reside en cada persona, y qué es lo que lo dispara solo cada uno lo puede saber.
Junto a Caroline Eliacheff, colaboradora asidua del director desde La Ceremonia (Le Cérémonie, 1995), Claude Chabrol emprende aquí la adaptación de la novela de misterio y crimen de la prolífica escritora norteamericana Charlotte Armstrong, obra jamás traducida al castellano, La Telaraña de Chocolate (The Chocolate Cobweb, 1948), de la que Chabrol ya había adaptado anteriormente The Balloon Man (1968) mediante La Ruptura (La Rupture, 1970).
Si la inclusión del popular cantante Jacques Dutronc, icono de la canción francesa desde la década del sesenta, y la camaleónica presencia de Isabelle Huppert no son suficientes en esta puesta en escena de Chabrol, la gran actuación de una joven Anna Mouglalis y las breves pero extraordinarias apariciones del inefable Michel Robin, como un empleado de la empresa de chocolates, son más que suficientes alicientes para adentrarse en este thriller cotidiano, sobre la maldad por la maldad misma, de escenas perfectas sin desperdicio.
Gracias por el Chocolate es una película que piensa la maldad, su origen y sus ramificaciones, sus consecuencias, pero también es una obra que permite apreciar los detalles de un estilo de construcción narrativa hoy casi desaparecido, hablamos de la madurez de la intensión de contrarrestar el cine de entretenimiento vacío con un cine reflexivo e inteligente, que interpele al espectador, acervo que hoy parece en vías de extinción.
Gracias por el Chocolate (Merci pour le Chocolat, Francia/ Suiza, 2000)
Dirección: Claude Chabrol. Guión: Claude Chabrol y Caroline Eliacheff. Elenco: Isabelle Huppert, Jacques Dutronc, Anna Mouglalis, Rodolphe Pauly, Brigitte Catillon, Michel Robin, Mathieu Simonet, Lydia Andrei, Véronique Alain, Isolde Barth. Producción: Marin Karmitz. Duración: 101 minutos.