El Francotirador (The Deer Hunter)

La desproporción chauvinista

Por Emiliano Fernández

La analogía entre El Francotirador (The Deer Hunter, 1978), obra eternamente polémica de Michael Cimino, y El Nacimiento de una Nación (The Birth of a Nation, 1915), odisea de D.W. Griffith que no se queda atrás en materia de controversia insistente a lo largo del tiempo, sirve para ilustrar la significancia de ambas películas, respectivamente una de las primeras obras en tratar el por entonces tema tabú de la Guerra de Vietnam (1955-1975) y la epopeya que revitalizó al Ku Klux Klan y al espantoso supremacismo blanco en Estados Unidos, amén de pulir todos los engranajes paradigmáticos del lenguaje cinematográfico moderno y popularizarlos entre las generaciones subsiguientes de cineastas y espectadores: en primera instancia se puede decir que ambas son gestas patrias que muchos consideran entre lo mejor de la producción del séptimo arte en su conjunto, algo que tiene que ver con esa tendencia tontuela -típica del mainstream cultural- a homologar gigantismo con calidad o éxito económico/ de repercusión dentro del gremio cinéfilo, en segunda instancia ambos trabajos hacen gala de un racismo y una falsificación históricas que francamente resultarían risibles si no hubiesen inspirado a tantos lunáticos fascistoides en el pueblo, la política y la burguesía intelectual, personajes nefastos que siempre abrazan al reduccionismo histórico más burdo como antes se abrazaba a la Biblia como “resumen mítico” del ideario humano llevado al nivel de la hipocresía doctrinal, y finalmente tenemos la esquizofrenia de los respectivos directores, quienes ante las acusaciones de delirio y manipulación reaccionaria para retrasados mentales optaron por construir justo a continuación obras diametralmente opuestas en términos ideológicos, en el caso de Cimino un western marxista sobre la Guerra del Condado de Johnson (1889-1893) llamado La Puerta del Cielo (Heaven’s Gate, 1980) y en lo que respecta a Griffith una epopeya humanista cuyo título señala la obsesión de base, Intolerancia (Intolerance: Love’s Struggle Throughout the Ages, 1916). Mientras que El Nacimiento de una Nación retrataba el período conocido como la Reconstrucción (1865-1877) como una etapa saboteada por los “salvajes” esclavos negros liberados durante la Guerra de Secesión (1861-1865) mediante la Proclamación de Emancipación de 1863 de Abraham Lincoln, todo para colmo glorificando a los linchamientos del Ku Klux Klan y recurriendo a la técnica del blackface -actores blancos con rostros maquillados con betún- para representar a los afroamericanos, El Francotirador no se queda atrás y ofrece otra interpretación demencial de otro colectivo “no caucásico”, el asiático del Viet Cong/ Frente Nacional de Liberación de Vietnam, una guerrilla comunista que operaba en Vietnam del Sur y Camboya y luchaba contra el imperialismo yanqui y en favor de Vietnam del Norte, el bando que resultaría vencedor en 1975 y que en pantalla es retratado a puro desvarío o prejuicio hollywoodense jugando/ apostando a la ruleta rusa con sus prisioneros de guerra.

 

Cimino por entonces venía de escribir los estupendos guiones de Naves Misteriosas (Silent Running, 1972), joya de la ciencia ficción ecologista de Douglas Trumbull con el inefable Bruce Dern, y Magnum 44 (Magnum Force, 1973), film de Ted Post que ofició de primera secuela del legendario arrebato de derecha del querido Don Siegel protagonizado por Clint Eastwood como el Inspector Harry Calahan, Harry el Sucio (Dirty Harry, 1971), y de ser apadrinado precisamente por Eastwood en lo que respecta a Especialista en el Crimen (Thunderbolt and Lightfoot, 1974), una buddy movie muy amena con Clint y Jeff Bridges que nunca se decidía entre la comedia, el cine de acción y las películas de atracos o heist film, acervo previo que sinceramente jamás podría haber anticipado el tono sepulcral de El Francotirador y su férrea partición retórica en tres capítulos, aquel primero centrado en Estados Unidos y en un reclutamiento castrense bobalicón/ tendencioso/ suicida símil Sin Novedad en el Frente (All Quiet on the Western Front, 1930), de Lewis Milestone, aunque ahora en versión invertida y simplista ya que el chauvinismo de la Guerra Fría sustituye al pacifismo de izquierda, el segundo volcado a ese exploitation racista al que nos referíamos con anterioridad, siempre retratando a los vietnamitas como unos psicópatas amantes de la violencia y el dinero, y el tercero regresándonos a yanquilandia cual cuento moral acerca de la responsabilidad sobre las propias decisiones -tanto las públicas como las privadas- en lo que podría definirse como una hipotética mixtura entre la afectación psicológica/ corporal de Regreso sin Gloria (Coming Home, 1978), de Hal Ashby, y las ironías existenciales en cuanto a la amistad y los regímenes de lealtad en general de El Soldado de Orange (Soldaat van Oranje, 1977), maravilla de Paul Verhoeven, revisionismo histórico que se condice con el nihilismo de los años 70 a nivel planetario. En la diminuta ciudad industrial de Clairton, ubicada en el Estado de Pennsylvania, tres obreros de una compañía siderúrgica que forman parte de la primera generación estadounidense de unos inmigrantes rusos, Michael “Mike” Vronsky (un estupendo Robert De Niro), Nikanor “Nick” Chevotarevich (ese surrealista Christopher Walken) y Steven Pushkov (John Savage en plan de víctima necia), abandonan sus respectivos hogares luego del casamiento de este último con Ángela (Rutanya Alda), una hembra embarazada a instancias de otro hombre, para marchar hacia Vietnam, donde son capturados por el Viet Cong y sometidos a juegos compulsivos de ruleta rusa, de los que a su vez pueden escapar matando a sus captores aunque con consecuencias horribles ya que Steven pierde sus piernas y su brazo izquierdo, Nick se hace adicto a la heroína y entra en el ficticio circuito vietnamita de las apuestas de ruleta rusa y Mike, por su parte, padece tribulaciones psicológicas que “cura” entablando una relación romántica con la que fuera la pareja/ prometida de Chevotarevich, Linda (Meryl Streep), empleada de un supermercado.

 

En gran medida un producto de la cristalización del Síndrome de Vietnam en lo que atañe al freno temporario al imperialismo norteamericano -en especial hasta la Primera Guerra del Golfo (1990-1991)- y a la puesta en cuestión de la autojustificación payasesca de las elites dirigentes yanquis para con sus incursiones bélicas parasitarias en todo el planeta, El Francotirador recupera uno de los tópicos por antonomasia del Nuevo Hollywood de la época, aquella pérdida de la inocencia por el licuamiento del sueño americano del progreso capitalista sin mayores conflictos, resistencias o dilemas en el horizonte, y construye un retrato fragmentario y semi alucinado de la amistad masculina clásica tomando por eje la relación entre los tres varones y otro trío que adquiere un tamiz complementario, léase dos obreros siderúrgicos más, Stanley alias “Stan” (John Cazale) y Peter “Axel” Axelrod (única labor actoral de Chuck Aspegren, el capataz de una acería en Chicago), y el aparente dueño de un pub, John Welsh (George Dzundza), vínculo mayormente sostenido en rituales de la muerte (la caza de ciervos y el fetichismo para con las armas son ejemplos clarísimos), una camaradería alcohólica permanente (el primer acto es una gran fiesta de despedida de los futuros “héroes” de Clairton que coincide con la boda de Steven a lo ceremonia de entrada en la adultez por parte de supuestos veinteañeros interpretados por actores que rondaban los 30 años) y el rol desdibujado y siempre accesorio de las mujeres (el infaltable Complejo de Edipo aparece mediante la “mamá gallina” de Pushkov, interpretada por la mítica Shirley Stoler, y el resto de las hembras son homologadas a oportunistas, como Ángela, anodinas, como Linda, o putas descerebradas, como las conquistas de Stanley). Si bien las escenas más famosas son sin duda las dos que involucran la mentada ruleta rusa sobre la sien de los personajes de Walken y De Niro, la de la captura de mediados del metraje y la memorable del final en torno al intento fallido de Michael en pos de rescatar a Nikanor de la locura, el masoquismo y una drogodependencia que incluye esa adrenalina de jugarse la vida por unos dólares que luego envía a Steven, lo mejor del film no son las falacias ridículas del capítulo en Vietnam ni el melodrama de triángulo amoroso tácito del último acto sino la extensa presentación del principio del edén estadounidense destinado a desaparecer, unos 70 minutos que juegan con la antropología cultural documentalista rusa/ norteamericana, citan a El Padrino (The Godfather, 1972), de Francis Ford Coppola, en materia de los ritos de pasaje y el envilecimiento en ciernes, e incluso retoman sutilmente el influjo altisonante del Werner Herzog de Fata Morgana (1971), Aguirre, la Ira de Dios (Aguirre, der Zorn Gottes, 1972) y Corazón de Cristal (Herz aus Glas, 1976) y de la Leni Riefenstahl de El Triunfo de la Voluntad (Triumph des Willens, 1935) y Olympia (1938), gigantismo lírico, visceral, hiper estilizado y/ o propagandista de por medio para las escenas de las cacerías.

 

Sopesando el frenesí insensato y furioso de la juventud y la ebullición identitaria de estos descendientes de inmigrantes que anhelan con ahínco la asimilación cultural en una nación de impronta híbrida como lo son todas las del continente americano, el guión de Cimino y Deric Washburn, construido a partir de una historia esquemática previa de Louis Garfinkle y Quinn K. Redeker, utiliza metáforas muy sencillas, como la del ciervo cual sacrificio del inocente y la de una ruleta rusa -escenificada desde la brutalidad gore como si fuese un combate de boxeo o una riña de gallos- empardada a la enajenación homicida azarosa de las contiendas bélicas, con el objetivo de apuntalar una ciclotimia actitudinal que por un lado parece denunciar al idiota mediocre, soberbio y borrachín del vulgo que no puede prever lo obvio, nos referimos a la destrucción de su propia vida al destruir la de terceros, porque es un esclavo del nacionalismo tosco de su tiempo o del maquiavelismo de la intelligentsia capitalista, de allí surge el contraste narrativo a lo bestia entre el paraíso yanqui y el averno irrefrenable en Asia del imperialismo de esta conflagración injusta, mientras que por el otro lado el opus asimismo deja abierta la interpretación contraria ya que luego de la muerte de Nick, “suicidado” en otra ruleta rusa durante la Caída de Saigón de 1975, la reunión de los amigotes en Clairton parece sellarse no en el odio hacia el país adoptivo que los utilizó como carne de cañón, Estados Unidos, sino en un amor aún más grande como lo demuestra el hecho de que todos cantan al unísono Dios Bendiga a América (God Bless America, 1918), canción patriótica de Irving Berlin, un desenlace muy conservador extraído a la distancia de La Patrulla Infernal (Paths of Glory, 1957), gesta de Stanley Kubrick, aunque nuevamente invirtiendo la polaridad ideológica porque aquí los personajes no aprenden a desconfiar de las elites dirigentes/ castrenses/ patronales y continúan presos de ese lavado de cerebros del clero, el Estado, los medios de comunicación y el mercado que entroniza a Dios, la nación, los deportes, el alcohol, el ocio vacuo y una fraternidad violenta y baladí, digna de infantes sin capacidad de pensamiento crítico. Así como la dureza de Vronsky -y de un veterano ignoto que se aparece en la boda de Pushkov- anticipa la debacle por venir y explora las máscaras que ocultan nuestra vulnerabilidad y este binomio humano de coraza externa/ interior lacrimógeno, el personaje del talentoso y malogrado Cazale, actor de 42 años que estaba casado con Streep y moriría en ese mismo 1978 por un cáncer de pulmón, simboliza al lunático cobarde promedio símil John Wayne que porta siempre un arma que saca en cualquier momento para sentirse “importante”, amén de un francés al paso, Julien (Pierre Segui), que reintroduce a Chevotarevich en el mundo de la ruleta rusa después del ejército y por ello oficia en simultáneo de figura mefistofélica y de fantasma de la Guerra de Indochina (1946-1954), el otro conflicto anticolonialista por antonomasia de la región. Con inserts documentales varios y una excelente y melancólica música de Stanley Myers y una fotografía muy cuidada de Vilmos Zsigmond, la desproporción polirubro de Cimino generaría muchas faenas semejantes sobre prisioneros de guerra olvidados en Vietnam y en parte se entroncaría con obsesiones suyas de siempre como aquella amistad en el camino de Especialista en el Crimen y la espiritualista new age Viaje Violento (The Sunchaser, 1996), la agitación política y social de La Puerta del Cielo y El Siciliano (The Sicilian, 1987), esta última acerca del polémico Salvatore Giuliano, el racismo y la xenofobia de Manhattan Sur (Year of the Dragon, 1985), quizás el mejor trabajo con su actor fetiche Mickey Rourke, y por supuesto la tensión claustrofóbica de Horas Desesperadas (Desperate Hours, 1990), olvidable remake del clásico de 1955 de William Wyler. Ni una obra maestra rotunda del séptimo arte, como se señaló en la época de su estreno, ni el bodrio que muchos creyeron descubrir de manera retrospectiva cuando se toparon con la versión mutilada de La Puerta del Cielo, película cuyo corte de poco más de tres horas y media sí rankea en punta como una de las grandes joyas del enclave cinematográfico anglosajón, El Francotirador casi de inmediato sería superada por otras realizaciones mejores sobre aquella bancarrota moral de yanquilandia y el tópico del “Infierno deshumanizador vietnamita” en línea con la citada Regreso sin Gloria, Los Chicos de la Compañía C (The Boys in Company C, 1978), de Sidney J. Furie, Apocalypse Now (1979), de Coppola, Pelotón (Platoon, 1986), de Oliver Stone, Nacido para Matar (Full Metal Jacket, 1987), del inmenso Kubrick, y Pecados de Guerra (Casualties of War, 1989), de Brian De Palma, sin embargo esta epopeya de tres horas sigue detentando una magia particular que se condice con su ingenuidad fascistoide de fondo y ese dejo operístico que siempre acompañó al egocéntrico de Michael Cimino…

 

El Francotirador (The Deer Hunter, Estados Unidos/ Reino Unido, 1978)

Dirección: Michael Cimino. Guión: Michael Cimino y Deric Washburn. Elenco: Robert De Niro, Christopher Walken, John Cazale, Meryl Streep, George Dzundza, John Savage, Chuck Aspegren, Shirley Stoler, Rutanya Alda, Pierre Segui. Producción: Michael Cimino, Michael Deeley, John Peverall y Barry Spikings. Duración: 184 minutos.

Puntaje: 9