En lo que respecta a la carrera del británico Alan Parker, cineasta que empezó su viaje en ese ámbito publicitario refulgente de los años 80 del Reino Unido que también desencadenó el derrotero profesional de Ridley Scott, Adrian Lyne, Tony Scott y Hugh Hudson, uno siempre está tentado a decir que las décadas del 70 y 80 son su período de oro y que los 90 en adelante constituyen el marco de una triste decadencia que lo acompañaría hasta el doble final, primero el retiro a principios del Siglo XXI y segundo su fallecimiento en 2020 a los 76 años de edad. Las cosas, de todos modos, nunca son tan simples como parecen y si bien por supuesto la fase inicial de su trayectoria es mucho mejor que la futura porque acumula más obras atractivas, lo cierto es que ambos ciclos tienen sus puntos a favor y sus puntos en contra y ninguno se puede obviar: después de escribir el guión para una película muy ñoña de romance infantil que suele ser festejada por el público más lelo, Melody (1971), dirigida por el hindú Waris Hussein, Parker debuta como realizador de la mano de Bugsy Malone (1976), una suerte de versión corregida de la anterior y en plan de gesta gansteril farsesca con un elenco de puros mocosos, preámbulo para su demorado bautismo de fuego en el cine para adultos con la excelente Expreso de Medianoche (Midnight Express, 1978), pesadilla carcelaria de corte racista y hasta cuasi exploitation, sin embargo de inmediato ya comienza a derrapar con dos bodrios de distinta envergadura, el musical adolescente Fama (Fame, 1980) y el melodrama Donde Hay Cenizas (Shoot the Moon, 1982), a las que compensa con una serie de cuatro realizaciones que se ubican entre lo mejor de su producción artística por lejos, Pink Floyd: The Wall (1982), la adaptación visual de la obra maestra discográfica de 1979 del querido Roger Waters, Alas de Libertad (Birdy, 1984), pequeña gran odisea sobre las cicatrices físicas y mentales de la Guerra de Vietnam, Corazón Satánico (Angel Heart, 1987), una mixtura bien agitada y contracultural de policial y terror rústico de magia negra, y Mississippi en Llamas (Mississippi Burning, 1988), gran neoclásico testimonial sobre la investigación del FBI alrededor del asesinato en los años 60 en el sur de los Estados Unidos de unos activistas por los derechos civiles por parte de miembros del infame Ku Klux Klan.
Sinceramente el resto del periplo profesional de Parker deja bastante que desear porque a pesar de la presencia de su siempre bienintencionada propensión a optar por la variedad en géneros y perspectivas estilísticas por sobre la paradigmática “especialización” pobretona y redundante de Hollywood, pareciera que a posteriori perdió la chispa creativa que motorizó sus mejores propuestas de antaño, en este sentido basta con tener presente que del pelotón siguiente sólo se pueden rescatar en parte Camino a la Fama (The Commitments, 1991), otro de sus semi musicales símil Melody, Bugsy Malone y Fama aunque ahora haciendo base en el soul, y Las Cenizas de Ángela (Angela’s Ashes, 1999), retrato de la pobreza y el alcoholismo en la Irlanda de la primera mitad del Siglo XX, debido al hecho de que sus otros films van desde lo apenas correcto de Bienvenido al Paraíso (Come See the Paradise, 1990), análisis de la xenofobia institucionalizada en yanquilandia luego del Ataque a Pearl Harbor de 1941, pasan por lo abiertamente fallido de La Vida de David Gale (The Life of David Gale, 2003), un alegato en formato de thriller -y demasiado caótico- contra la pena de muerte, y llegan hasta bodrios insufribles de la talla de Cuerpos Perfectos (The Road to Wellville, 1994), paneo por los diversos delirios médicos y puritanos del inventor de los “corn flakes”, el lunático total John Harvey Kellogg, y Evita (1996), espantosa traslación cinematográfica de la igualmente espantosa ópera rock de 1978 de los mediocres Andrew Lloyd Webber y Tim Rice. Más allá de la obsesión del director inglés con los musicales y los dramas de crisis psicológica/ existencial, esquemas en los que se destacó especialmente gracias a Pink Floyd: The Wall y Alas de Libertad, la faceta más interesante de su carrera es la siniestra, claustrofóbica e hipnótica de Expreso de Medianoche, Mississippi en Llamas, aquel cuasi videoclip de 1982 en sociedad con Waters y el ilustrador Gerald Scarfe y sobre todo Corazón Satánico, película fascinante del gótico posmoderno que retoma una premisa típica del film noir, la investigación por encargo, para coquetear con el surrealismo onírico, la alegoría faustiana, la crisis de identidad, la lascivia, el slasher y el lienzo etnográfico de la cultura afroamericana -la música y los rituales religiosos- de mediados del siglo pasado.
El guión de Parker para Corazón Satánico es el mejor de su carrera y no sólo porque supera por mucho lo hecho en ocasión de Melody, Bugsy Malone, Bienvenido al Paraíso, Cuerpos Perfectos, Evita y La Vida de David Gale, sino también porque mejora y hasta complejiza el planteo narrativo de Ángel Caído (Falling Angel, 1978), la novela original de William Hjortsberg, conocido en el ambiente cinematográfico por haberse encargado de las tramas de Truenos y Relámpagos (Thunder and Lightning, 1977), opus hoy olvidado de Corey Allen con producción de Roger Corman, y Leyenda (Legend, 1985), joya muy barroca de Ridley Scott que volcó a los cuentos de hadas hacia el enclave adulto: la historia comienza en 1955, una época en la que un detective privado de Nueva York, Harry Angel (Mickey Rourke), es contactado por un abogado, Herman Winesap (Dann Florek), que a su vez lo conduce hasta un tal Louis Cyphre (Robert De Niro), el cual le encarga encontrar a un cantante otrora famoso llamado Johnny Favorite que sufrió un trauma neurológico debido a lesiones durante su servicio castrense en la Segunda Guerra Mundial, así las cosas Harry descubre que el crooner parece estar con vida aunque desapareció hace doce años cuando abandonó un hospital psiquiátrico dejando un rastro que lleva al protagonista hasta Nueva Orleans y a toparse con una colección de cadáveres de sujetos relacionados con el caso, específicamente los del médico Albert Fowler (Michael Higgins), morfinómano patético que recibe un tiro en un ojo, Toots Sweet (Brownie McGhee), músico que es asfixiado con su propio pene, Margaret Krusemark (Charlotte Rampling), antigua prometida de Favorite que se queda sin su corazón cuando alguien se lo extirpa en su propio hogar, y Epiphany Proudfoot (Lisa Bonet), hija de 17 años de la que fuera la amante de Johnny, la sacerdotisa vudú Evangeline, ninfa deliciosa a la que le disparan en la vagina. En aquella tradición del hardboiled enfocado en la violencia, el misterio y la libido, Angel se ve tironeado por las exigencias de Cyphre, la pesquisa policial paralela de los oficiales Sterne (Eliott Keener) y Deimos (Pruitt Taylor Vince) y los matones del progenitor de Margaret, Ethan Krusemark (Stocker Fontelieu), oligarca que desea “convencerlo” de regresar ya mismo a Nueva York.
Las dos características principales de la faena fueron introducidas por Parker y no estaban en el libro de Hjortsberg, hablamos del contexto narrativo concreto de Nueva Orleans y el archiconocido desenlace con el personaje del perfecto De Niro imponiéndose como Lucifer y el pobre Angel abriéndose camino en tanto “segunda vida” de un Favorite que en 1943 le robó el alma a un soldado, ritual truculento de antropofagia de por medio, y de hecho hizo un pacto con el Príncipe de las Tinieblas a cambio de fama automática y ahora el señor de ojos amarillos y uñas prominentes pretende cobrarse el favor, divirtiéndose antes un buen rato haciendo que se busque a sí mismo y tenga sexo con su propia hija, Epiphany, quien a su vez tiene un vástago pequeño (Jarrett Narcisse) por haber sido poseída en pleno frenesí por el tremendo Mefistófeles durante una ceremonia vudú. Si bien la historia es muy simple y la andanada de crímenes de impronta gore se condice más con el slasher de la época que con el policial negro clásico, Corazón Satánico es un prodigio en materia del nerviosismo detrás del enigma de fondo y en lo que atañe al preciosismo alucinado de la fotografía de Michael Seresin, a la vez cruda para la reconstrucción semi documentalista de la cultura negra marginal del período en cuestión y muy elaborada y bastante grotesca -en línea con el videoclip, la publicidad y el videoarte- para las visiones de Harry, la célebre escena de sexo con Epiphany y/ o esos flashbacks súbitos que ponen en interrelación ambas idiosincrasias o personalidades, las del cantante y el detective privado, ya que la mente se protege en la amnesia, se canibaliza a sí misma y de a poco se manifiestan los recuerdos reprimidos de la retahíla de homicidios para resguardar el arcano y garantizar la fuga en relación al Diablo, barrabasadas de su autoría incluido el asesinato de Ethan, ahogado en una olla ardiente de gumbo, una sopa típica de la cocina cajún. Desde ya que el elemento que lo unifica todo, desde la esquizofrenia retórica hasta el retrato inconformista de blancos y negros, todos igual de violentos y supersticiosos, es la labor del inconmensurable Rourke, un genio que se luce como nunca como el descontracturado e hiper cínico Angel y que estaba en lo mejor de su carrera porque venía de 1941 (1979), de Steven Spielberg, Fundido a Negro (Fade to Black, 1980), de Vernon Zimmerman, Cuerpos Ardientes (Body Heat, 1981), de Lawrence Kasdan, Diner (1982), de Barry Levinson, Eureka (1983), de Nicolas Roeg, La Ley de la Calle (Rumble Fish, 1983), maravilla de Francis Ford Coppola, Sed de Poder (The Pope of Greenwich Village, 1984), de Stuart Rosenberg, 9 Semanas y Media (9½ Weeks, 1986), hitazo mundial de Lyne, y su estupendo díptico inicial con Michael Cimino, aquel de La Puerta del Cielo (Heaven’s Gate, 1980) y Manhattan Sur (Year of the Dragon, 1985), un realizador con el que volvería a unir fuerzas por última vez en la floja Horas Desesperadas (Desperate Hours, 1990). Bonet, Rampling y Elizabeth Whitcraft, esta última en el rol de una periodista de The New York Times y amante de Harry que lo ayuda con datos frescos, Connie, están perfectas en el viejo arte -hoy casi extinto en la avanzada neopuritana del mainstream planetario del Siglo XXI- de introducir erotismo en una epopeya mugrienta y cotidiana en la que “sólo el alma es inmortal”, como afirma Cyphre, y por ello la carne se mancilla sistemáticamente cual indicio de la debilidad de hombres y mujeres que intentan infructuosamente escapar de sus responsabilidades y del raudo castigo por sus crímenes…
Corazón Satánico (Angel Heart, Reino Unido/ Canadá/ Estados Unidos, 1987)
Dirección y Guión: Alan Parker. Elenco: Mickey Rourke, Robert De Niro, Lisa Bonet, Charlotte Rampling, Stocker Fontelieu, Brownie McGhee, Michael Higgins, Elizabeth Whitcraft, Eliott Keener, Dann Florek. Producción: Elliott Kastner y Alan Marshall. Duración: 113 minutos.