Ya en el tardofranquismo (1969-1975), última fase de la dictadura de Francisco Franco, era evidente que el régimen tenía los días contados por el hartazgo popular para con el influjo represivo, los sucesivos atentados por parte de ETA/ Euskadi Ta Askatasuna, aquella crisis económica -inflación más desempleo y huelgas- del período, la presión de esa oposición política antifranquista que pretendía la vuelta a la democracia y especialmente la interna dentro del propio absolutismo entre “inmovilistas” y “aperturistas”, lenta derrota de los primeros de por medio debido al asesinato en 1973 del sucesor designado por Franco, Luis Carrero Blanco, a manos de ETA. Gran parte del totalitarismo hiper conservador falangista estaba basado en una legitimidad burguesa de marco burocrático que quedó en primer plano durante la Transición Española que se abre con la muerte en 1975 del dictador y se cierra con el triunfo del PSOE/ Partido Socialista Obrero Español de Felipe González en las elecciones de 1982, intervalo dominado primero por el reemplazo de Carrero Blanco, Juan Carlos de Borbón, el cual se convertiría en rey bajo el título de Juan Carlos I de España apenas dos días después de la muerte de Franco, y segundo por el político designado por el monarca para llevar adelante la metamorfosis institucional, Adolfo Suárez, líder a su vez de la coalición UCD/ Unión de Centro Democrático, dos figuras muy polémicas que por un lado desarticularon una serie de alzamientos castrenses entre los cuales el más agitado fue el Golpe de Estado de 1981 de Antonio Tejero, Jaime Milans del Bosch y Alfonso Armada, punto final tácito del intervencionismo militar en España, y por el otro lado impusieron la repugnante monarquía parlamentaria que enmarca la vida institucional de la nación hasta nuestro presente, lo que implica que la opción republicana se dejó de lado, precisamente la que pretendía el grueso del pueblo en aquel momento, y que se selló un pacto de silencio e impunidad en lo referido a los múltiples secuestros, torturas y homicidios de la dictadura.
Esta es la etapa histórica que el querido Luis García Berlanga explora en su denominada Trilogía de la Familia Leguineche, La Escopeta Nacional (1978), Patrimonio Nacional (1981) y Nacional III (1982), por ello mientras que la primera película trabajaba el marco de privilegios ya deslucidos de la aristocracia durante las postrimerías de un franquismo que se caía a pedazos y que compartía con la nobleza un conservadurismo social extremo de impronta católica, paranoica y anticomunista, la segunda realización, por su parte, ya se mete de lleno en la decadencia esperpéntica de los últimos vestigios de aquella España tradicional que moría para dejar paso al canibalismo posmoderno de los grupos económicos trasnacionales, la banca y una realpolitik fagocitando cualquier noción doctrinaria o moral que pudiese guiar el accionar de los individuos como en tiempos pasados. En este sentido, Patrimonio Nacional es una parodia de la derrota democrática española en lo que atañe a la homologación de la aristocracia en pantalla con el mantenimiento de los privilegios de todo tipo de una familia real parasitaria que poco y nada tiene que ver con el mundo de hoy en día, suerte de pieza de museo que se conserva sólo por su carácter simbólico aunque ya ni siquiera generando la adhesión popular -y mucho menos la unanimidad- del pasado, así tranquilamente se puede aseverar que el triste continuismo pancista por sobre el reformismo verdaderamente democrático constituye el núcleo de España y de la película que nos ocupa ya que las internas de las elites hegemonizan el asunto pero siempre dentro de un esquema procedimental compartido de poder que garantiza la petrificación de las prebendas de clase alta y la hipocresía ideológica llevada al extremo, aquí con los personajes constantemente esgrimiendo argumentos/ posiciones de otras épocas -monárquicos versus republicanos versus fascistas versus comunistas- cuando en realidad todas estos conflictos se deben a la codicia, las ansias de dominio y sobre todo a caprichos varios asentados en la vida privada.
La historia comienza con la mudanza a Madrid de los Leguineche, léase el Marqués alias Don José alias simplemente Pepón (Luis Escobar), su hijo onanista Luis José (José Luis López Vázquez), la esposa tuerta de este último María Jesús alias Chus (Amparo Soler Leal) y el criado Segundo (Luis Ciges), comitiva que en 1977 se lleva un caballo, una vaca y muchas gallinas al que fuera un lujoso palacio en el centro de la ciudad, hoy un inmueble derruido por la desidia y desinterés de la ex esposa de Pepón, Eugenia alias Condesa de Santagón (Mary Santpere), quien vive en el lugar con su amante y mayordomo ultra fiel, el sutilmente afeminado Goyo (José Lifante), desde que en 1947 su marido la abandonase por una golfa húngara o austríaca. Si bien el marqués afirma que durante el franquismo estuvo viviendo en su finca de las afueras de Madrid en un “exilio” por motivos políticos y la condesa, que nunca se levanta de su cama a pesar de poder caminar, dice haber desdeñado a la república por monárquica y haber sido franquista fanática por su aversión hacia los comunistas, a ciencia cierta se pelearon hace tantos años que poco y nada les importan ya los motivos o las ideologías y lo que quieren es salvar un orgullo que mantenga intacta esa posición social preeminente de la que siempre gozaron y que está en peligro debido a estos tiempos de “cambio cosmético” de régimen. Don José y su vástago, éste un obseso sexual como Segundo, pretenden incapacitar legalmente a Eugenia para quedarse con la mansión porque el único ingreso que tienen es por el alquiler del hogar campestre para safaris, para ello necesitan que toda la parentela se ponga de acuerdo y así invitan a Madrid a un sobrino del patriarca, Álvaro (José Luis de Vilallonga), para que integre el consejo de familia a cambio de la entrega de una casona veraniega en Biarritz, Francia, que también pertenece a la veterana, la cual de todos modos termina falleciendo cuando le explota en el rostro una escopeta al dispararle a Don José y al que fuera su amante, el piloto Nacho (Alfredo Mayo).
Berlanga, como siempre, llena la pantalla de personajes extraordinarios y farsescos como por ejemplo Pepón, hoy mucho más activo y estrafalario -o menos moribundo y dictatorial- que en La Escopeta Nacional, Luis José, quien tiene la desafortunada idea de sobornar a los burócratas de Hacienda porque Eugenia no pagó impuesto alguno desde 1931, y la misma condesa más Goyo, mujer que le exige a su ex marido que le consiga al mayordomo un título nobiliario, sin embargo la propuesta asimismo se luce en el campo de los secundarios porque regresan el Padre Calvo (Agustín González), capellán franquista exaltado que quiere quedarse oficiando misas en la capilla del palacio, y Viti (Chus Lampreave), la esposa de Segundo que padece intentos de violación por parte de los monos de los safaris, amén de personajes femeninos complementarios como esa Chus que en esta oportunidad se opera y recupera mágicamente su ojo, el cual había perdido en un “accidente” de caza a instancias de su marido, y la bella Solange (Syliane Stella), pareja francesa de Álvaro que despierta todas las fantasías del hilarante personaje de López Vázquez, sujeto ridículo que no puede contenerse al momento de manosear a cuanta hembra apetecible se cruce en su camino. A pesar de que la película en sí cae un escalón por debajo de La Escopeta Nacional porque se perdió la frescura de antaño, la estructura narrativa es algo mucho caótica y de hecho se extraña aquel industrial catalán dedicado a la venta de porteros electrónicos automáticos, el inefable Jaume Canivell (José Sazatornil), Patrimonio Nacional está realmente muy bien a nivel general y ello se debe a su vehemencia satírica sin frenos, la estupenda labor de todo el elenco, la fastuosidad del Palacio de Linares en Madrid, sede principal del rodaje, y la imaginación berlanguiana en materia de la andanada de diálogos cruzados y situaciones delirantes, siempre consagradas a enfatizar que la servidumbre del pueblo y la prepotencia megalomaníaca de la oligarquía de la dictadura se yerguen intactas en el postfranquismo…
Patrimonio Nacional (España, 1981)
Dirección: Luis García Berlanga. Guión: Luis García Berlanga y Rafael Azcona. Elenco: José Luis López Vázquez, Syliane Stella, Mary Santpere, Amparo Soler Leal, José Lifante, Luis Escobar, Luis Ciges, Agustín González, Alfredo Mayo, José Luis de Vilallonga. Producción: Alfredo Matas. Duración: 112 minutos.