Las científicos dementes y especialmente los doctores del averno constituyen toda una institución dentro del horror cinematográfico porque representan con facilidad el costado irónico del género ya que esos supuestos garantes de la vida -en la pantalla y en la praxis cotidiana también, por cierto- rápidamente se transforman en emisarios de la muerte que rehúyen del juramento hipocrático y desde el vamos se creen con la capacidad innata de decidir sobre el destino de sus pacientes y “allegados”, tantas veces metamorfoseados en monigotes para sus fines o simples conejillos de Indias con los que jugar o experimentar o saciar su sadismo. Las madres de la temática son sin duda El Gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920), de Robert Wiene, Dr. Jekyll y Sr. Hyde (Dr. Jekyll and Mr. Hyde, 1931), joya de Rouben Mamoulian, y Frankenstein (1931) y La Novia de Frankenstein (Bride of Frankenstein, 1935), ambas de James Whale, inspiración directa para clásicos variopintos como Los Ojos sin Rostro (Les Yeux sans Visage, 1960), Georges Franju, su reinterpretación desde el fantaterror Gritos en la Noche (1962), de Jesús Franco, la cómica El Abominable Dr. Phibes (The Abominable Dr. Phibes, 1971), de Robert Fuest, y las nihilistas Maratón de la Muerte (Marathon Man, 1976), de John Schlesinger, y Coma (1978), de Michael Crichton, panorama que a su vez derivaría en el grotesco modelo años 80, léase Re-Animator (1985), de Stuart Gordon, Pacto de Amor (Dead Ringers, 1988), de David Cronenberg, y El Pozo de la Muerte (The Dead Pit, 1989), de Brett Leonard, y en ese esperpento de la década del 90, pensemos en Dr. Bisturí (Dr. Giggles, 1992), de Manny Coto, Mi Obsesión por Helena (Boxing Helena, 1993), de Jennifer Lynch, y El Dentista (The Dentist, 1996), de Brian Yuzna, sin olvidarnos de los médicos psicópatas del Siglo XXI en sintonía con Autopsia (Autopsy, 2008), de Adam Gierasch, La Cura Siniestra (A Cure for Wellness, 2016), de Gore Verbinski, y Falso Positivo (False Positive, 2021), de John Lee, entre muchas otras odiseas parecidas que arrojaron diversos resultados artísticos.
Justo en la etapa previa a que el terror en su conjunto y los slashers sobre todo se volcasen a la autoconciencia exacerbada y perdiesen su magia a escala mainstream a partir de Scream (1996), del gran Wes Craven, Dr. Bisturí fue uno de los últimos y más divertidos y furiosos exponentes de aquellas carnicerías ridículas de los años 70, 80 y 90 que a rasgos generales nacieron en la “seriedad” de Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, Peeping Tom (1960), de Michael Powell, Halloween (1978), de John Carpenter, y Martes 13 (Friday the 13th, 1980), de Sean S. Cunningham, y de a poco fueron mutando bajo el halo cada año más autoparódico de las secuelas de Pesadilla en lo Profundo de la Noche (A Nightmare on Elm Street, 1984), asimismo de Craven, y Chucky: El Muñeco Diabólico (Child’s Play, 1988), de Tom Holland. De hecho, la epopeya de Coto, un profesional televisivo que en el séptimo arte no entregó otro opus memorable porque lo suyo fue colaborar en producción y guiones para Alfred Hitchcock Presenta (Alfred Hitchcock Presents, 1985-1989), Cuentos de la Cripta (Tales from the Crypt, 1989-1996), Más allá del Límite (The Outer Limits, 1995-2002), Viaje a las Estrellas: Enterprise (Star Trek: Enterprise, 2001-2005), 24 (2001-2010), Dexter (2006-2013), Next (2020) y American Horror Story (2011-2022), empieza como debe empezar toda faena gloriosa del slasher, con una fuga cruenta de un manicomio, y termina como debe terminar una celebración demencial del subgénero, con una explosión y una serie de falsos finales con un villano indestructible y mucha parafernalia hospitalaria de por medio, en este sentido lo que tenemos en el nudo en sí del relato funciona como un popurrí de lugares comunes -como el pueblito anodino, la casona abandonada/ derruida, una comisaría que no protege a nadie, la feria bulliciosa con una casa de espejos y desde ya el escondite tétrico o guarida del criminal de turno- que son revigorizados por la sinceridad socarrona de la obra y el cuidado puesto en el arsenal homicida y los engranajes narrativos, sencillos hasta la médula aunque profundamente entretenidos y muy bien administrados.
El “doctor” del título, en la piel del querido Larry Drake, es el hijo de un tal Evan Rendell (William Dennis Hunt), médico del pueblo de Moorehigh que en 1957 enloquece cuando su esposa sufre una enfermedad coronaria y termina matando a siete de sus pacientes, a los que les arranca el corazón estando vivos en un intento por realizar un trasplante, por ello mismo los lugareños lo asesinan mientras su vástago desaparece misteriosamente en medio de la justicia popular, mocoso que en realidad fue escondido por su progenitor dentro del cadáver de su esposa a puro delirio. Transcurridos 35 años desde los sucesos en cuestión, el “Dr. Risitas”, apodo que responde al original en inglés porque el susodicho se cree médico y tiende a reírse sardónicamente de sus fechorías, efectivamente se escapa del instituto psiquiátrico en el que estaba encerrado, sin que nadie conozca su verdadera identidad, y regresa al desvencijado hogar de la parentela para hacerse de las tenebrosas herramientas de su padre y encarar una revancha -un tanto en diferido- contra los habitantes de Moorehigh. El grueso de la trama gira alrededor de Jennifer Campbell (Holly Marie Combs), la “final girl” reglamentaria de 19 años que por supuesto arrastra problemas coronarios, lamenta el fallecimiento reciente de su madre, está de novia con un muchacho atolondrado, Max Anderson (Glenn Quinn), y se lleva mal con Tamara (Michelle Johnson), la nueva pareja de papi, Tom (Cliff DeYoung), una señorita que en suma se convertirá en eje de la obsesión del chiflado porque anhela reproducir el periplo de Rendell Padre y nada mejor que una ninfa que justifique la masacre y la extirpación en secuencia de corazones para “salvarla”, todo en simultáneo al deambular de los amigos de Jennifer, de una competencia romántica, la hiper putona Coreen (Sara Melson), de una vecina metiche llamada Elaine Henderson (Nancy Fish) y de un par de policías, los oficiales Hank Magruder (Richard Bradford) y Joe Reitz (Keith Diamond), el primero un veterano despreocupado de todo y el segundo un principiante afroamericano que se interesa mucho en los trágicos acontecimientos de 1957.
Muchos son los ingredientes de Dr. Bisturí que la elevan por sobre el mediocre promedio del slasher de los 90 como la música ampulosa del inigualable Brian May, compositor conocido por sus aportes al ozploitation, la excelente fotografía de Robert Draper, repleta de ángulos inclinados, primeros planos, zooms Clase B y tomas desde la perspectiva del cuerpo mancillado, y una catarata de one-liners que en un único movimiento destruyen a la profesión de los matasanos y se burlan del recurso de turno del horror y el cine de acción, éste por entonces arrastrando el chauvinismo reaganiano. Coto y su coguionista, Graeme Whifler, incluyen una genial interpelación a cámara, “¿hay algún médico presente?”, y mantienen en todo momento el dinamismo y una puesta en escena austera que nos ahorran ese aburrido desarrollo de personajes de tantos slashers que se toman demasiado en serio a sí mismos al punto de descuidar el frenesí y la imaginación de la matanza, aquí los pivotes principales al igual que la estupenda actuación de Drake, intérprete barroco y caricaturesco que supo brillar en La Oscura Noche del Espantapájaros (Dark Night of the Scarecrow, 1981), de Frank De Felitta, y Darkman (1990), de Sam Raimi, amén de intervenciones en El Viaje de August King (The Journey of August King, 1995), de John Duigan, Spun (2002), de Jonas Åkerlund, y Patología (Pathology, 2008), de Marc Schölermann. Sirviéndose además de canciones como Stateside, de los Tin Machine de David Bowie, y Bad Case of Loving You (Doctor, Doctor), cover de Paul Rogers del hit de Robert Palmer, la película puede quedarse corta en gore pero ofrece escenas maravillosas en línea con el escape del manicomio, las muertes de Elaine y Tamara, aquella de la casa de espejos en la feria a lo La Dama de Shanghái (The Lady from Shanghai, 1947), de Orson Welles, el “surgimiento” del futuro asesino desde las entrañas de su madre, la dolorosa autoextracción de la bala y toda la media hora frankensteniana del final en su conjunto, prueba rotunda de que “la risa es la mejor medicina” como bien dice el demente al principio de nuestra simpática carnicería…
Dr. Bisturí (Dr. Giggles, Estados Unidos/ Japón, 1992)
Dirección: Manny Coto. Guión: Manny Coto y Graeme Whifler. Elenco: Larry Drake, Holly Marie Combs, Cliff De Young, Glenn Quinn, Keith Diamond, Richard Bradford, Michelle Johnson, John Vickery, Nancy Fish, Sara Melson. Producción: Stuart M. Besser. Duración: 96 minutos.