Rapiña

Sosiégate aquí en el pueblo

Por Emiliano Fernández

El apestoso cine de género latinoamericano del Siglo XXI -y el europeo también, ya que estamos- se debe a distintas causas que funcionan en connivencia para dejarnos con la catarata de bodrios que padecemos semana a semana: en primer lugar el asunto obedece a la bendita globalización que acható todos los niveles concebibles de las películas -calidad, producción, riqueza simbólica, temáticas, entonaciones, vueltas de tuerca, estilos, etc.- para emparejarlos hacia el gusto norteamericano o hacia los postulados del sistema de estudios hollywoodenses, de allí que continuamente nos topemos con productos que trasplantan fórmulas hiper quemadas del imperialismo cultural yanqui a países que muy lejos están del popurrí consumista a toda pompa de Estados Unidos, en segunda instancia viene la pobre formación cinéfila de los profesionales del séptimo arte del nuevo milenio a escala de la prensa y los mismos realizadores, una colección de pelmazos para los cuales el cine con mayúscula es sinónimo de Hollywood porque literalmente es lo único que conocen más allá de algunos autores/ directores muy particulares y asimismo redundantes y estereotipados, en sí representantes de una ignorancia suprema que en la praxis se traduce en legiones de bobos hablando de Alfred Hitchcock o Steven Spielberg o Quentin Tarantino o George Lucas o cualquier otro cineasta digno de una cinefilia de jardín de infantes que fetichiza a los pilares más desideologizados, neutros o formalistas del vasto lote disponible, y en tercer lugar está la mediocridad de la producción artística mundial a escala tanto del indie como del mainstream vía streaming, algo que tiene que ver con la ruina de la imaginación por una sobreabundancia de información que en vez de incentivar el intelecto genera saturación y la actitud de replegarse sobre -precisamente- esas tres o cuatro cosillas que cada uno conoce y defiende de manera ciega o fanática, viéndose reflejado en ellas ya que literalmente es lo único con lo que ha tomado contacto en el rubro artístico, en función de ello la ortodoxia se convierte en la norma hegemónica que petrifica los gustos en diminutos nichos solitarios.

 

Hasta no hace mucho tiempo, léase los años 70 y una década del 80 que ofició de período de transición, el panorama era distinto porque teníamos un cine de género de regiones marginales mayormente dividido entre por un lado productos populares en extremo, casi siempre comedias, melodramas, faenas de acción y gestas históricas, y por el otro lado obras más duras y con menos salida comercial aunque en algunas ocasiones disfrutando de un inesperado éxito en taquilla, las típicas propuestas de este rubro eran los thrillers, los opus de suspenso y hasta a veces las películas de terror: mientras que en el Siglo XXI todo el espectro cinematográfico sufre la misma merma de calidad por el carácter intercambiable e inofensivo de films cortados con la tijera anodina norteamericana, en la etapa previa el asunto era más heterogéneo en términos de los resultados cualitativos de cada vertiente ya que era posible encontrarse con obras sublimes, amenas, olvidables o espantosas en todos los ámbitos de manera caótica, sobre todo porque la aislación de antaño de las distintas regiones del globo permitía que los rasgos culturales locales pasasen al primer plano para saciar los intereses e inquietudes de cada mercado, amén del hecho de que los creadores de los años 80 hacia atrás eran más cultos, rebeldes y/ o poseían un acervo artístico mucho más rico y variado que los lobotomizados o esclavos felices o mercenarios que se suelen autodenominar directores y guionistas en el nuevo milenio. Carlos Enrique Taboada es un estupendo ejemplo de la paradoja que esta metamorfosis industrial e histórica trajo consigo porque el realizador mexicano en su momento de mayor esplendor, los años 60 y 70, fue ninguneado por el público y la prensa descerebradas de entonces, gremios que preferían a los melodramas y las comedias huecas, pero hoy por hoy es elevado al nivel de los grandes maestros del cine de género latinoamericano -en lo que atañe a la fauna de cinéfilos en serio que van más allá de la jaulita cultural estadounidense- porque sus películas son de hecho las que todos los cineastas contemporáneos quisiesen hacer si tuviesen el talento del susodicho.

 

Si bien los mejores y más conocidos opus de Taboada son sus cuatro en el terror, hablamos de dos clásicos fantasmagóricos, Hasta el Viento Tiene Miedo (1968) y Más Negro que la Noche (1975), y otros dos de jovencitas tenebrosas, El Libro de Piedra (1969) y la querida Veneno para las Hadas (1986), el señor se paseó también con gran eficacia por el cine bélico y testimonial de la mano de La Trinchera (1969), sobre la Revolución Mexicana (1910-1920), y La Guerra Santa (1979), acerca de esa infame Guerra Cristera (1926-1929), y por el suspenso pasional y ultra pérfido a lo Henri-Georges Clouzot de propuestas como Vagabundo en la Lluvia (1968), Rubí (1970) y El Deseo en Otoño (1972), trabajos siempre interesantes que se elevaron por sobre la medianía de la industria cinematográfica azteca y latinoamericana en general. Ahora bien, quizás su mejor película por fuera del horror sea Rapiña (1975), análisis del prestigio comunal caprichoso que sólo valora a la riqueza y los consumos suntuarios como signos de estatus y obra exquisita que combina la marginalidad del cine testimonial, el dejo bucólico de enfrentamientos fratricidas del western revisionista y hasta la tensión y ese desapego cada vez más impiadoso y psicopático propios del thriller claustrofóbico a cielo abierto: Porfirio (Ignacio López Tarso) es un leñador pobre que en aquel presente de mediados de los años 70 se obsesiona con los comentarios del médico del pueblito donde vive (Enrique Pontón), burgués que desprecia la ignorancia de los pobres y su conformismo, por ello cuando descubre en un monte los restos de un avión estrellado de pasajeros considera que esa es su oportunidad de escapar de la miseria robando el equipaje y las pertenencias de los finados junto a su compadre, Evodio (Germán Robles), a su vez casado con Fina (Norma Lazareno), muy amiga de la esposa de Porfirio, Rita (Rosenda Monteros), dos mujeres que manifiestan reparos pero dan el visto bueno al pillaje sin saber que los hombres mataron a un par de carboneros (José Chávez y Raúl Dantés) que también querían llevarse cosas del avión, lo que pronto motiva una investigación de las autoridades.

 

Taboada, como siempre, construye con paciencia y gran dedicación un excelente desarrollo de personajes que todo el tiempo se vuelca al nihilismo existencial porque las opciones que parecen tener los menesterosos son por un lado la apatía empardada al olvido estatal y la esclavitud de cortar leña eternamente en el bosque, todo bajo el control del clero castrador, el desprecio del aparato represivo y las burlas de la burguesía profesional aporofóbica, y por el otro lado un egoísmo caníbal moderno que está dispuesto a traicionar a quien sea con tal de pavimentar la senda hacia un edén capitalista/ plutocrático que nuestra sociedad suele maquillar con eufemismos como “autosuperación” o “progreso” o “civilización”, pavadas que ocultan el hecho de que una cultura dominante se come a la marginal como ocurrió a lo largo del Siglo XX en materia de la cultura blanca soberbia metropolitana con respecto a la negra golondrina del campo. Rapiña, enmarcada también en los dichos del progenitor de Porfirio (Manuel Dondé), el cual afirma que adonde vaya será un extraño que deberá pelear con otros para sobrevivir, tiene mucho de fábula moral alrededor del envilecimiento que trae consigo el dinero ya que los billetes de los burgueses de mierda del avión de inmediato se transforman en excusa para una antropofagia de desesperación que se carga no sólo a los carboneros sino también a Evodio y su esposa cuando todos optan por abandonar el pueblo, ante la eventual llegada de los esbirros estatales, y por atravesar el desierto detrás de la utopía de una vida mejor en alguna ciudad populosa, pelea de por medio cuando Fina una noche olvida atar a los burros y éstos escapan. López Tarso, en gran medida el protagonista excluyente, crea un personaje que cuenta con la misma potencia dramática del titular de la gloriosa Macario (1960), de Roberto Gavaldón, incluso recordando por momentos a Fred C. Dobbs (Humphrey Bogart) de El Tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, 1948), joya de John Huston que asimismo reflexionaba sobre la crueldad del fluir social y natural y la futilidad de las recompensas que se sueñan hallar al final del arcoíris…

 

Rapiña (México, 1975)

Dirección y Guión: Carlos Enrique Taboada. Elenco: Ignacio López Tarso, Germán Robles, Norma Lazareno, Rosenda Monteros, Enrique Pontón, José Chávez, Raúl Dantés, David Povall, Manuel Dondé, Ángel Casarín. Producción: Antonio Guajardo. Duración: 114 minutos.

Puntaje: 9