La Viuda Couderc (La Veuve Couderc)

Romance maldito o ascenso del fascismo

Por Emiliano Fernández

En el contexto de la industria editorial de hoy en día, pauperizada en términos cualitativos al extremo de buscar éxitos inmediatos de ventas a cualquier costo dentro de un mercado cada año más reducido por el aumento de los índices de pobreza, el alza de los precios de los libros y la pérdida progresiva del hábito de leer páginas impresas, el caso de Georges Joseph Christian Simenon alias simplemente Georges Simenon (1903-1989) resulta casi incomprensible porque incluso los escritores del Siglo XXI padecen la fragmentación y colonización del tiempo por parte del aluvión digital capitalista: hablamos de un belga que llegó a acumular a lo largo de su vida la friolera de 400 novelas escritas, muchísimas de ellas bajo una infinidad de seudónimos, y de 500 millones de libros vendidos, notoriedad comercial en gran medida sostenida en el personaje ficticio que lo hizo famoso en todo el globo, el Detective Jules Maigret, protagonista de 75 novelas entre 1931 y 1972 y emblema por antonomasia del policía que tira por el drenaje los fetiches más repetidos de la novela negra, hablamos del whodunit, las deducciones y la andanada de pistas a seguir, porque lo importante en las tramas existencialistas y psicológicas craneadas por Simenon es primero indagar en el alma, la angustia y los anhelos varios de las personas comunes y corrientes y segundo situar al investigador en los zapatos de la víctima y/ o el victimario para dilucidar los motivos del crimen de turno cual planteo humanista insólitamente sincero en pos de comprender a los personajes en lugar de juzgaros o condenarlos a priori, de hecho como sucede en la enorme mayoría de los thrillers literarios desde comienzos del Siglo XX. Este enfoque inusual, sumado a una carrera prolífica y errante que lo llevó a vivir en Francia, Canadá, Estados Unidos y Suiza, lo convirtió en el escritor ineludible del enclave de las novelas sobre inequidades sociales y culturales escritas para ser leídas por todo el mundo, desde un lenguaje breve y preciso -o sin floreo alguno- con vistas a garantizar su difusión.

 

Simenon ha sido adaptado a la gran pantalla en incontables oportunidades por gente como Jean Renoir, Julien Duvivier, Henri Decoin, Ladislao Vajda, Jean-Pierre Melville, Marcel Carné, Luis Saslavsky, Claude Chabrol, Henri Verneuil, Édouard Molinaro, Phil Karlson, Jean Delannoy, Denys de La Patellière, Jacques Deray, Henry Hathaway, Claude Autant-Lara, Bertrand Tavernier, Patrice Leconte, Georges Lautner, Cédric Kahn, Jean Becker, Béla Tarr y Mathieu Amalric, entre otras luminarias, no obstante aquellos ásperos años 70 y principios de los 80 están hegemonizados por cuatro excelentes traslaciones a cargo del talentoso Pierre Granier-Deferre, hablamos de El Gato (Le Chat, 1971), protagonizada por Jean Gabin y Simone Signoret, La Viuda Couderc (La Veuve Couderc, 1971), ya con la presencia de Signoret y Alain Delon, El Tren (Le Train, 1973), en esta ocasión estelarizada por Jean-Louis Trintignant y Romy Schneider, y La Estrella del Norte (L’Étoile du Nord, 1982), con Signoret y Philippe Noiret, cada una de ellas un astuto estudio de las relaciones de pareja atravesadas por diversas cuestiones como la edad, las clases sociales, el contexto histórico, la ideología, la guerra, el deseo o la falta de éste, la venganza, el aislamiento, los celos, la represión estatal, la raza, el trabajo, los intereses, el aburrimiento y las infaltables “compensaciones simbólicas”, régimen afectivo en el que cada uno busca lo que le falta o mejor dicho lo que el otro puede ofrecer. En su carrera Granier-Deferre entregó otros opus relativamente atractivos como la comedia criminal La Metamorfosis de las Cucarachas (La Métamorphose des Cloportes, 1965), el thriller nihilista El Caballo (La Horse, 1970), el film noir de influjo político Adiós, Detective (Adieu, Poulet, 1975) y sobre todo el drama social satírico Un Asunto Extraño (Une Étrange Affaire, 1981), no obstante lo mejor de su trayectoria se condensa en la tetralogía de adaptaciones de Simenon, acervo que también podría incluir La Jaula (La Cage, 1975), obra similar con Lino Ventura e Ingrid Thulin.

 

Definitivamente más cerca del condicionamiento histórico trágico y aquella atracción entre marginales de El Tren y La Estrella del Norte que de las batallas de entrecasa de El Gato y La Jaula, aunque de todos modos compartiendo con éstas la claustrofobia y la tensión permanentes que caracterizaron a las mejores obras de Granier-Deferre por fuera del drama intimista de suspenso, en sintonía con El Caballo, Adiós, Detective y Un Asunto Extraño, La Viuda Couderc respeta la novela homónima de 1942 de Simenon recuperando uno de los leitmotivs del belga, el pueblito asfixiante de provincia donde dominan personajes lúgubres e hipócritas que buscan beneficiarse a costa de los demás en connivencia con un entramado comunal injusto, violeto e intolerante: Jean Lavigne (Delon), hijo de un físico que estaba destinado a estudiar medicina, es un joven que en 1934 escapa de la cárcel y en una ruta inhóspita se encuentra con Tati Couderc (Signoret), veterana que ha enviudado hace muchos años y que a veces tiene sexo con su suegro, el gagá y semi sordo Henri (Jean Tissier), porque ha tenido una vida mísera desde que entró a esta familia de granjeros a los 14 años como sirvienta y fue violada por el patriarca y por su fallecido hijo, un muchacho que la embarazó aunque el crío no sobrevivió, así las cosas cuidó a la madre del clan y al borracho de su vástago hasta que ambos murieron para el disgusto de Françoise (Monique Chaumette), cuñada egoísta de Tati que pretende desalojarla para quedarse con la casa y que para colmo vive justo enfrente con su hija putona y tonta de 16 años, Félicie (Ottavia Piccolo), la cual anda de acá para allá con su recién nacido sin saber quién fue el padre, y con el vago de su marido, Désiré (Boby Lapointe), quien se dedica a levantar y bajar un puente fluvial que une los extremos de un canal, panorama que deriva en una rauda relación laboral entre Lavigne y la Viuda Couderc y después en un cariño que se mezcla tanto con celos, por el affaire de Jean con Félicie, como con ese odio lunático de Françoise y Désiré.

 

Granier-Deferre fue un cineasta avezado en el patetismo lacónico de raigambre mundana y en La Viuda Couderc lo vuelca de manera inteligente hacia uno de los tópicos favoritos de siempre del cine latino de izquierda, el fariseísmo social hermético y santurrón que no sólo no permite que los individuos controlen su propia existencia sino que desparrama furia cuando alguien osa criticarlo o contradecirlo o simplemente ningunearlo, por ello mismo por un lado los excluidos se atraen, léase el homicida fugitivo de la ley y la menopáusica que encima padece una castración comunal simbólica por mostrarse independiente, y por el otro lado los burgueses corruptos tradicionales se dividen entre la escoria de derecha amiga de las autoridades, la cuñada y su marido, y los idiotas cómplices de turno, una Félicie que le roba a Jean sus documentos falsos y un Henri que se presenta en el destacamento policial para reproducir un discurso falaz de denuncia armado por su maquiavélica hija, Françoise, quien alerta al Comisario Mallet (Pierre Collet) acerca del paradero de Lavigne diciendo pavadas como que sedujo a Tati y violó a nuestra ninfómana tarada de 16 años. La película y la novela, desde esa simpleza paradójicamente enrevesada y apasionante de Simenon, responden también al ciclo de análisis de mediados del Siglo XX sobre la desproporción en el uso de la fuerza estatal y el ascenso más prosaico de las dictaduras fascistas, pensemos en este sentido que el operativo para atrapar a Jean resulta sumamente demencial porque incluye un enorme volumen de gendarmes y hasta atrae a una banda de milicianos fascistas de la época -presentes en muchos países por las simpatías que generaron Benito Mussolini y Adolf Hitler, como la liga francesa Cruz de Fuego- que se aparecían en cualquier entorno que permitiese desplegar una violencia punitiva/ asesina/ racista/ conservadora/ chauvinista. Con un gran trabajo de Delon y Signoret y la esplendorosa música de Philippe Sarde, aquí Granier-Deferre ofrece otro retrato certero de un romance maldito en tiempos de cambios…

 

La Viuda Couderc (La Veuve Couderc, Francia/ Italia, 1971)

Dirección: Pierre Granier-Deferre. Guión: Pierre Granier-Deferre y Pascal Jardin. Elenco: Simone Signoret, Alain Delon, Ottavia Piccolo, Jean Tissier, Monique Chaumette, Boby Lapointe, Pierre Collet, Jean-Pierre Castaldi, André Rouyer, François Valorbe. Producción: Raymond Danon. Duración: 89 minutos.

Puntaje: 9