Cuando Carlos Enrique Taboada encara Más Negro que la Noche (1975), su tercera odisea de terror luego de las supremas Hasta el Viento Tiene Miedo (1968), joya de internado femenino con elementos espectrales y hasta de venganza y posesión, y El Libro de Piedra (1969), pequeña maravilla sobre corrupción infantil y una espeluznante magia negra, el contexto histórico y cinematográfico había cambiado bastante en apenas un puñado de años porque lentamente el horror comenzaba a ser aceptado por el mainstream mundial bajo la influencia de un Hollywood que comprendió su potencial comercial masivo -a partir de presupuestos un tanto exiguos- gracias al éxito del filón satánico y sobrenatural de El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), de Roman Polanski, y El Exorcista (The Exorcist, 1973), de William Friedkin, el cual a su vez pronto sería duplicado por Carrie (1976), de Brian De Palma, y La Profecía (The Omen, 1976), de Richard Donner, especie de proceso de modernización internacional del género que implicaba por un lado que se estaba dejando atrás la etapa neogótica de transición de la Hammer Film Productions, productora inglesa que a su vez había retomado los monstruos clásicos de la Universal Pictures incrementando los niveles de gore y erotismo, y por el otro lado se pasaba a una fase más explícita que de hecho es la que sobrevino a partir de la revolucionaria Masacre en Texas (The Texas Chain Saw Massacre, 1974), epopeya de Tobe Hooper que fue anticipada por Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, y que influiría decididamente en mojones similares posteriores que pavimentaron la génesis del slasher alias cine de cuchilladas, léase Las Colinas Tienen Ojos (The Hills Have Eyes, 1977), de Wes Craven, Halloween (1978), de John Carpenter, y Martes 13 (Friday the 13th, 1980), inesperado blockbuster de Sean S. Cunningham. En el ámbito del esporádico horror latino sucedió algo similar porque se pasó del suspenso de los argentinos Carlos Hugo Christensen y Román Viñoly Barreto de las décadas del 40 y 50 al gore exacerbado e iconoclasta del brasileño José Mojica Marins de los años 60, preámbulo para este modernismo neoclasicista de Taboada que exprime con astucia recursos antiguos.
El director azteca fue uno de los pocos que supo escaparle a todos esos géneros populares e históricos ya en crisis, especialmente las comedias, el melodrama y los musicales, probando suerte en propuestas de estilos más duros o poco frecuentes en el ambiente latino, algo que se vincula no sólo con la influencia anglosajona sino también con el fantaterror de España, aquel de Paul Naschy, Jesús Franco, Amando de Ossorio, Jorge Grau, Vicente Aranda y el recordado Narciso Ibáñez Serrador, entre otros, y con antecedentes propios de México en sintonía con dos estupendas propuestas del ecosistema vernáculo, hablamos de la comedia negra El Esqueleto de la Señora Morales (1960), de Rogelio A. González, y la alegoría fantástica faustiana Macario (1960), de Roberto Gavaldón, anomalías totales que quebraron el panorama demasiado gris de la época en materia de la repetición incesante del enclave masivo bobalicón moviéndose en paralelo a una flamante corriente independiente imbuida del neorrealismo italiano y esa Nouvelle Vague de los cineastas franceses de los 50 y 60. Más Negro que la Noche comienza con el fallecimiento de un infarto de la siempre estricta pero justa Tía Susana (Tamara Garina), una veterana que vivía feliz en un caserón con su mascota, un gato negro llamado Becker que como todo felino celebra su autonomía, y una sirvienta asimismo entrada en años, Sofía (Alicia Palacios), lo que provoca que herede la sobrina de Susana, Ofelia Escudero (Claudia Islas), actriz rubia y única pariente viva que hasta ese momento compartía inmueble con dos amigas, la bibliotecaria Aurora (Susana Dosamantes), histérica que adora su canario, y la divorciada Pilar (Helena Rojo), otra mujer de pelo castaño que vive del dinero que le saca a su ex marido Roberto (Pedro Armendáriz Jr.), un trío que se completa con una cuarta pata que se sumó recientemente, Marta (Lucía Méndez), una modelo y prima de Aurora de corta edad y cabellos también castaños. Ofelia, a punto de casarse con Pedro (Julián Pastor), y las otras tres féminas se mudan a la añeja mansión y la nueva propietaria decide mantener como empleada a Sofía y adoptar a Becker para el disgusto de las otras burguesas que odian a los gatos y/ o desconfían de la sirvienta.
Como en toda faena de Taboada, la historia parece sencilla y el detonante deudor de una simpleza absoluta tan milenaria como los sustos y los gritos de los bípedos prosaicos, en este caso la aparición del cadáver de Becker en el sótano del inmueble y el surgimiento del fantasma furioso y vengador de una Tía Susana que definitivamente no cree en la ridícula “versión oficial” que las señoritas le dan a Ofelia acerca del encierro accidental del animal en las catacumbas del hogar y su eventual muerte por falta de comida luego de varios días de desaparecido y justo después de que atacase y matase al canario de Aurora, sin embargo la riqueza narrativa, el desarrollo de personajes y la construcción concreta de cada escena exudan una maestría artesanal insólita en Latinoamérica que nunca más volvería a darse, por ello mismo la realización no sólo nos presenta la esperable andanada de asesinatos fantasmales -primero fallece Aurora de otro infarto en la biblioteca donde trabajaba, luego Pilar cae de las escaleras del caserón y finalmente Marta aparece con dos agujas de coser clavadas en su pecho- sino que edifica con inusitada paciencia y poderío discursivo un retrato del choque entre por un lado un tradicionalismo mágico y de índole semi humanista, representado sin duda por la morocha Sofía, cuyo exterior lúgubre o de pocas palabras en verdad esconde una personalidad afectuosa y sabia que comprende lo que ocurre, y Ofelia, que tiene una relación cordial con el paternalista y aparente oligarca Pedro, y por el otro lado un modernismo cínico y cosificador que hace del egoísmo, las mentiras y la paranoia sus principales banderas, en este caso simbolizado por Aurora, elurofóbica que desprecia a Becker, Pilar, una amargada eterna que sigue enamorada del tarado de su marido, y Marta, ninfa tan linda como las anteriores que parece seguir la corriente mayoritaria en pos de esa necesidad de “siempre encajar socialmente” de tantas mujeres. El film incluso juega con la posibilidad cierta de que este plano neutro negativo de la modelo se oponga a su homólogo positivo de la sirvienta, quien siempre respetó al gato como ser vivo diferente y no lo utiliza como las otras hembras -la excepción es Ofelia- para canalizar sus patéticas frustraciones.
Esta lectura funesta de la feminidad, gremio completamente igualado al masculino por su condición de envidioso y sádico, retoma la represalia de ultratumba de Hasta el Viento Tiene Miedo y la expande no sólo en cantidad de cadáveres sino además en materia del leitmotiv del pavor homicida, en términos prácticos la pesadilla de los gemidos, las voces espectrales y la presencia de la Tía Susana colonizando de a poco la vida tanto nocturna como diurna de las responsables de haber matado a golpes a su querido felino, detalle que anticipa por mucho el fetiche conceptual por antonomasia del J-Horror y de gran parte del terror posmoderno industrial. Más Negro que la Noche, título que hace referencia a una frase de Sofía describiendo el pelaje del animal, combina el barroquismo de la Hammer, el proto slasher sobrenatural, el destape macabro e intimista de El Bebé de Rosemary y El Exorcista, la fábula o cuento de hadas para adultos que condena la soberbia, aquel giallo gótico y muy nihilista de Mario Bava, el ecologismo radical de “ojo por ojo, diente por diente”, algo de erotismo -sobresale en este apartado la secuencia en la que las señoritas se prueban la ropa de la tía finada- y desde ya la denuncia del individualismo consumista sin marco moral ni respeto alguno por el diferente, siempre burlándose de todo lo que no se entiende y banalizando las cosmovisiones sociales alternativas que niegan el racionalismo plutocrático/ capitalista de la burguesía. Taboada en esta oportunidad aprovecha sutilmente pivotes ancestrales del horror como la herencia, la casa embrujada, el gato negro, la criada tétrica, las ninfas putonas o ultra frívolas, el espíritu acosador, la oscuridad enigmática, esa hipocresía de convivencia a toda pompa, la belleza que resulta asesina y una invasión de hogar tácita con el objetivo de ponderar socarronamente la única relación sincera y afable en serio de toda la película, esa que unía a Becker con Susana, por ello los títulos iniciales se explayan al respecto y Sofía le avisa a Ofelia que cuando ella se vaya de la mansión de todos modos seguirán apareciendo flores en la tumba de Becker, emblema del cansancio de los seres humanos para con los seres humanos y el amor compensatorio por los animales…
Más Negro que la Noche (México, 1975)
Dirección y Guión: Carlos Enrique Taboada. Elenco: Claudia Islas, Susana Dosamantes, Lucía Méndez, Helena Rojo, Pedro Armendáriz Jr., Julián Pastor, Alicia Palacios, Tamara Garina, Enrique Pontón. Producción: Alfredo Salazar y Alberto A. Ferrer. Duración: 102 minutos.