El Gran Rugido (Roar)

Un edén felino

Por Emiliano Fernández

Existen películas que son un tanto indescriptibles por su carácter anómalo, en el caso de que uno quisiese ofrecer un resumen a alguien que no las haya visto, y existen otras de las que prácticamente no se puede decir nada nuevo que no se haya dicho antes, esto último por lo general aplica a las obras estadounidenses más conocidas, quemadas o comentadas, no obstante hay otro grupo de propuestas -mucho más raro, por cierto- que incluso siendo en apariencia muy simples y sin ser particularmente famosas por fuera de determinados nichos de la comunidad cinéfila mundial generan problemas serios para tratar de explicar/ entender/ dilucidar cómo demonios llegó eso a la pantalla. El Gran Rugido (Roar, 1981), escrita, producida, protagonizada y dirigida por Noel Bangert alias Noel Marshall (1931-2010), es un claro ejemplo de faena inaprehensible y de talante suicida que se mueve en un terreno honestamente demencial por fuera de cualquier conjunto de palabras que uno pueda conjugar para intentar darle sentido. La mejor estrategia sería empezar por quién fue el chiflado crucial, Marshall, sujeto que desarrolló un interés por los animales salvajes cuando de joven trabajó por poco tiempo en el Parque Zoológico de San Luis y que a posteriori se desempeñó en distintos rubros en términos laborales como la fabricación de carrocerías de automóviles con fibra de vidrio, la administración de las carreras de los artistas -a estos intermediarios chupasangres los norteamericanos los denominan “agentes de talento”- y el marketing para las empresas de medicina prepaga de yanquilandia, siendo precisamente durante aquellos 60, años en los que se desempeñaba como agente en Hollywood, cuando conoce y se casa en segundas nupcias con Nathalie Kay “Tippi” Hedren, una modelo que había saltado al séptimo arte cuando fue descubierta por Alfred Hitchcock y estelarizó dos de sus clásicos de la época, Los Pájaros (The Birds, 1963) y Marnie (1964), luego de lo cual la relación se rompió por el supuesto acoso sexual del cineasta inglés sobre la ninfa, por ello se vengó saboteándole la carrera mediante el contrato de exclusividad que habían firmado y no dejándola actuar hasta Una Condesa de Hong Kong (A Countess from Hong Kong, 1967), último y deslucido opus de Charles Chaplin en el que tenía un pequeño papel.

 

Si bien los dos extremos del matrimonio tendrían una carrera más allá de sus respectivos estereotipos profesionales, en lo que atañe a ella sus trabajos con Hitchcock y en lo referido a él un insólito rol como productor ejecutivo en El Exorcista (The Exorcist, 1973), episodio muy azaroso porque su agencia tenía en la nómina a William Peter Blatty, autor del guión y de la novela original de 1971 en la que se basó la obra maestra de William Friedkin y quien lo eligió como productor luego de que el original, Paul Monash, se fuese por disputas varias con Blatty, la verdad es que el resto del derrotero de ambos cae bastante por debajo de esas cúspides y prueba de ello son los bodrios en los que Marshall ofició de productor, hablamos de las hoy olvidadas La Guerra del Señor Kingstreet (Mister Kingstreet’s War, 1971), de Percival Rubens, y El Experimento Harrad (The Harrad Experiment, 1973), de Ted Post, las dos con Tippi en el elenco, y Una Noche en la Vida de Jimmy Reardon (A Night in the Life of Jimmy Reardon, 1988), opus de William Richert en el que por lo menos trabajada una versión adolescente del eventualmente malogrado River Phoenix, amén de una catarata de participaciones televisivas del montón y films lamentables protagonizados o secundados por Hedren entre los que se salvan sus colaboraciones con artistas como John Schlesinger en El Inquilino (Pacific Heights, 1990), el genial Alexander Payne en Ciudadana Ruth (Citizen Ruth, 1996), Paul Marcus en Atrapada (Break Up, 1998), David O. Russell en Yo Amo Huckabees (I Heart Huckabees, 2004) y Billy Bob Thornton en Infierno en Alabama (Jayne Mansfield’s Car, 2012). Ahora bien, la excepción fundamental en las trayectorias de Marshall y Hedren es la película que nos ocupa, obra bizarrísima que les consumió toda la década del 70 y exactamente once años desde que se les ocurrió a fines de los 60 durante el rodaje de La Cosecha de Satanás (Satan’s Harvest, 1970), una propuesta de aventuras de George Montgomery rodada en Mozambique, donde se enteraron de los estragos de la caza furtiva de felinos y de hecho vieron un hogar invadido por una manada de leones, hasta el estreno en 1981 en Australia, Japón, Alemania, Italia y el Reino Unido, recién logrando un escueto acuerdo de distribución para Estados Unidos en 2015 a través de Drafthouse Films.

 

En El Gran Rugido la realidad cotidiana y la ficción están interconectadas porque luego de la “revelación” en Mozambique y la escritura en 1970 de un guión tentativo entre Marshall y Ted Cassidy, éste muy recordado por interpretar a Largo en Los Locos Addams (The Addams Family, 1964-1966), la mítica serie de televisión creada por David Levy para la ABC, la pareja comenzó a adquirir elefantes, aves exóticas y todo tipo de felinos gigantes en zoológicos y circos hasta llegar a acumular más de cien animales que de hecho irían a parar -sin entrenamiento alguno y semi domesticados por la crianza y dependencia para con los seres humanos- a la locura en cuestión, una epopeya rodada en Kenia y sobre todo en los ranchos californianos de Marshall/ Hedren que atravesó una infinidad de problemas como una inundación, incendios sucesivos, falta de financiamiento y una enorme cantidad de lesiones cortesía de los leones, tigres, panteras, pumas, jaguares y leopardos, además de la paciencia en sí en lo que respecta a esperar a que los cuadrúpedos hagan algo que pueda incluirse en pantalla como parte de una narración más o menos coherente. Entre cuadros para nada simpáticos de gangrena por las múltiples mordidas que padeció el matrimonio, el espantoso escalpelamiento que sufrió el director de fotografía holandés, ese famoso a futuro Jan de Bont, y la incluso peor embestida que experimentó el asistente de dirección Doron Kauper, mordido en la garganta y la mandíbula y por poco a punto de quedarse sin una oreja por un movimiento que fue malinterpretado como violento por uno de los felinos, el rodaje derivó en una trama muy esquemática y/ o “atada con alambre” que se centra en un naturalista estadounidense, Hank (Marshall), que vive y trabaja en Tanzania, donde posee una delirante casona elevada a orillas de un lago y una enorme cantidad de felinos símil santuario o más bien edén porque hacen todo lo que quieren e incluso tienen una especie de granero o galpón precario con techo para dormir. Tres son las vertientes del relato, a saber: primero el viaje al aeropuerto por parte de Hank, su amigo Mativo (Kyalo Mativo) y dos tigres para recibir a la parentela de visita del naturalista, un periplo ultra accidentado por un barco hundido y una cubierta pinchada de un coche, segundo la llegada en sí de la familia y el descubrimiento de que nadie vino a recibirlos, por ello optan por tomar un ómnibus hasta el enclave de turno y al arribar deben refugiarse del popurrí de gatitos, en esencia un clan conformado por Madeleine (Hedren), la esposa de Hank, y sus tres hijos ya adolescentes, John (John Marshall, hijo mayor de Noel con Jaye Joseph Marshall), Jerry (Jerry Marshall, vástago menor de Noel) y Melanie (nada más y nada menos que Melanie Griffith, la única hija de Hedren, en este caso producto del matrimonio con el ejecutivo publicitario Peter Griffith), y tercero el devenir de los villanos infaltables de nuestra aventura, Prentiss (Steve Miller) y Rick (Rick Glassey), cazadores furtivos y miembros de un comité encargado de revisar la subvención que recibe Hank, un dúo que es atacado por los animales y pretende desquitarse matándolos a todos a tiros. La historia en sí terceriza la justicia asignándole el asesinato de las malvados a Togar, bello león rebelde que suele competir con el líder de la manada, Robbie, con quien en el desenlace lucha hasta que de repente llega una paz que se condice con el quid ciclotímico del film, siempre pendulando entre la comedia inocentona familiera y el terror por la posibilidad de que el asunto se desmadre de un instante al otro.

 

Los defectos formales e “inconvenientes” éticos/ morales de la propuesta son muchos y saltan a la vista sin demasiado esfuerzo analítico, como por ejemplo los muchísimos errores en continuidad, una edición caótica que evidentemente hizo todo lo posible con el material disponible, la ausencia de un desarrollo elaborado o con un mínimo peso discursivo propio, la improvisación poco sutil a raíz de tamaña imprevisibilidad de los felinos y un metraje kilométrico y documentalista registrado a lo largo de cinco años con cámaras Panavision de 35 milímetros, actuaciones caricaturescas por parte de toda la parentela/ elenco que desfila por la pantalla, diálogos extremadamente simplones que explican las motivaciones de los personajes humanos y le dejan vía libre a estas queridas bestias para que “hagan lo suyo”, demasiado humor tontuelo que incluye una sobreexplotación de bicicletas y motos, una más que evidente irresponsabilidad e ingenuidad en el manejo de los felinos y finalmente los gritos insoportables -y por momentos bien hilarantes, hay que reconocerlo- del mismísimo Marshall, un claro “no actor” que hace lo que puede y que no baja nunca el volumen de su voz porque los alaridos los utiliza para espantar a los animales e incluso cuando llega el momento de hablar como una persona más o menos normal con otros bípedos tampoco puede tranquilizarse debido a la confianza que mantiene con los felinos, los cuales apenas lo ven una y otra vez se abalanzan contra él para abrazarlo como sinónimo de afecto, saludo y/ o invitación al juego, siendo este último el único posible las mordidas, los manotazos y el control de la inmovilización tirándose o sentándose encima del amigo en cuestión. Sin embargo la película asimismo cuenta con sus puntos a favor en sintonía con el amor a la fauna salvaje, un entretenimiento innegablemente eficaz y horroroso por lo real, un mensaje ecologista durante el cenit del primer aluvión verde militante de los 70, muchas situaciones interesantes con los gatos gigantes vinculadas a lo lúdico señalado, la ferocidad de fondo símil thriller y las arremetidas en tropel de los leones, éste el único felino que disfruta en serio de la sociabilidad y precisamente por ello suele pelearse seguido con sus pares, un astuto aprovechamiento de los climas de suspenso y de folletín infantiloide hollywoodense, la exaltación de la magnificencia de la naturaleza sin metáforas de por medio, el ataque ideológico contra los cazadores y la explotación de la fauna (un poco contradictorio, desde ya, considerando las circunstancias del rodaje), la apología del juego anárquico en tanto principal núcleo comunicacional entre humanos y animales y entre estos últimos entre sí, el shock exploitation constante del peligro a toda pompa y por supuesto esa noción del paraíso felino que a posteriori se materializaría en la Reserva Shambala (Shambala Preserve) y la Fundación Rugido (Roar Foundation), santuario para todos los animales de la película e institución encargada de su administración y controlada por Hedren después del divorcio de 1982 de Marshall, quien en gran medida enloqueció durante el rodaje de la odisea, llegó a obsesionarse con terminar la película cueste lo que cueste, concretamente le tomó bronca a Griffith, desoyó sus palabras de miedo y por ello nunca más dirigió nada por fuera de este experimento sin igual, su ópera prima, tantas veces señalada como el opus más peligroso de la historia del séptimo arte y la “home movie” más cara jamás filmada, increíble vendaval de secuencias que se debaten entre la observación sutil y la clásica manipulación humana…

 

El Gran Rugido (Roar, Estados Unidos, 1981)

Dirección: Noel Marshall. Guión: Noel Marshall y Ted Cassidy. Elenco: Tippi Hedren, Noel Marshall, Melanie Griffith, John Marshall, Jerry Marshall, Kyalo Mativo, Frank Tom, Steve Miller, Rick Glassey, Lenord Bokwa. Producción: Noel Marshall, Tippi Hedren y Robert Gottschalk. Duración: 91 minutos.

Puntaje: 6