Desde sus comienzos en el cine danés a fines de los años ochenta, Lars von Trier cultivó un interés creciente por borrar la delgada línea entre realidad y ficción, poniendo todos los dispositivos narrativos a disposición de esa misión. Al igual que en todas sus películas, en El Jefe de Todo (Direktøren for det Hele, 2006), uno de sus films menos conocidos pero no menos importante, von Trier exagera el dispositivo cinematográfico con abruptos cortes y una voz en off disruptiva que propone explicaciones e introducciones a las escenas, para representar las miserias del dueño de una pequeña empresa danesa y los trabajadores a su cargo en una charada esgrimida por el empresario para venderla a un conglomerado islandés.
Si von Trier es conocido por sus inclinaciones hacia un cine radical, lo cual demostró tanto en su alianza con Thomas Vinterberg en el manifiesto del Dogma 95 y el estreno de su Trilogía de las Heroínas, Contra Viento y Marea (Breaking the Waves, 1996), Los Idiotas (Idioterne, 1998) y Bailarina en la Oscuridad (Dancer in the Dark, 2000), bajo las reglas de este formado y solo completamente respetado en Los Idiotas, como en el extraño documental Las Cinco Obstrucciones (De Fem Benspænd, 2003), en El Jefe de Todo el director no se queda atrás en su afán innovador y provocador y menos aún en su búsqueda de desafíos experimentales, por lo que aquí planteó una nueva idea radical, hablamos del hecho de establecer una posición fija para la cámara, único trabajo aparente para el director de fotografía Claus Rosenløv Jensen, y dejar que una computadora establezca automáticamente cuándo realizar algún acercamiento, inclinación o toma panorámica, técnica que bautizó como Automavisión.
En su primer largometraje después del fracaso de público de Manderlay (2005), segunda parte de la fascinante Trilogía de la Tierra de las Oportunidades centrada en Estados Unidos, cuyo tercer eslabón, Wasington, no se ha concretado hasta la fecha y seguramente nunca se lleve a cabo, Lars von Trier presenta una historia inusual sobre un actor de poca monta con ínfulas intelectuales que se convierte de un día para el otro en el dueño de una empresa de sistemas danesa. Ravn (Peter Gantzler), propietario de una firma del rubro en cuestión, ha engañado a sus empleados y amigos desde el inicio de la compañía. Los ha inducido a creer que el verdadero dueño vive en Estados Unidos y que se dirige a ellos solo vía correo electrónico, no solo atribuyéndose a sí mismo todas las decisiones que los benefician y al imaginario jefe todas las impopulares, sino además jugando a través de estos correos con los sentimientos y las expectativas de los confundidos empleados.
Pero el momento ha llegado para que Ravn, cansado de dirigir una empresa deficitaria por los altos salarios daneses y con la única opción de trasladar todos los puestos no gerenciales a países de menor costo, decida que la mejor solución es vender la empresa a una corporación islandesa, lo cual significa el despido de todos los empleados. El único problema es que los islandeses dirigidos por el colérico Finnur (Friðrik Þór Friðriksson), un nacionalista que atribuye todos los males del país a la ocupación danesa previa a la independencia completa lograda por la isla en 1918, junto a su conspicuo traductor, Tolk (Benedikt Erlingsson), quieren conocer al “jefe de todo” antes de comprar la empresa, y que además sea él el que firme los papeles. Con tal de no confesar su ridículo secreto Ravn emprende una aún más absurda estratagema, contrata a un actor desconocido (Jens Albinus) para interpretar al jefe de todo. Por supuesto, el plan perfecto de Ravn de presentar al susodicho, firmar el documento y dejar a todos sin trabajo argumentando que fue una decisión unilateral del jefe de todo fracasa cuando el actor comienza a improvisar siguiendo las directrices de un ignoto actor de teatro experimental, un tal Gambini, e interactuando con los empleados que no conoce en persona, lo que no impide que cada uno de ellos tenga una enrevesada historia personal por correo con el misterioso jefe de todo.
A través de estas delirantes interacciones y las improvisaciones de este actor de segunda, que interpreta al dueño de la empresa con sus nulos conocimientos corporativos, transcurre la dinámica de un film en el que Lars von Trier usa su voz en off para introducir personajes disruptivos que rompen con la acción, como una abogada de los islandeses que resulta ser la ex esposa del actor, y ofrecer una alegoría final sobre las injusticias de la vida y lo absurdo de la existencia.
El Jefe de Todo es una mezcla de cine y teatro en la que von Trier lleva las reglas de ambos dispositivos hasta sus límites al igual que lo había hecho en sus películas anteriores, Dogville (2003) y Manderlay, dos films que transcurrían en un set delimitado por puntos, donde el espectador era inducido a imaginar los espacios que los personajes habitaban. Aquí el espectador es transportado a oficinas con una cámara que siempre parece un protagonista más, casi como una cámara escondida que retrata las desquiciadas acciones de todas estas criaturas. El danés crea una comedia de un humor nórdico, muy frío, cargado de una violencia que recorre los ambientes y las relaciones entre los personajes a través de engaños, estafas, enconos personales, seducciones y diversas manipulaciones psicológicas que siempre tienen al jefe de todo como eje de una acción en la que uno de los personajes, en general el propio mandamás, nunca entiende completamente qué esta ocurriendo hasta que la situación lo sobrepasa.
El director de Melancolía (Melancholia, 2011) ofrece aquí un lienzo sobre el imaginario corporativo de la relación entre dueños y subordinados desde una mirada descarnada y aséptica, que afirma que lo que el espectador obtiene de la película es lo que merece, un atisbo de su vida, de sus anhelos y miserias, una confrontación con sus acciones. En definitiva, un cine político que se ríe de todo y refuerza el sinsentido de todo y que satiriza la hipocresía empresarial, la ridiculez de las relaciones de oficina y el sustrato violento de las sociedades del Siglo XXI.
El Jefe de Todo (Direktøren for det Hele, Dinamarca/ Suecia/ Francia/ Italia/ Alemania/ Islandia, 2006)
Dirección y Guión: Lars von Trier. Elenco: Jens Albinus, Peter Gantzler, Friðrik Þór Friðriksson, Benedikt Erlingsson, Iben Hjejle, Henrik Prip, Mia Lyhne, Casper Christensen, Louise Mieritz, Jean-Marc Barr. Producción: Signe Leick Jensen, Vibeke Windeløv y Meta Louise Foldager Sørensen. Duración: 99 minutos.