El Diablo Ataca de Noche (Nachts Wenn der Teufel Kam)

Los elementos patológicos

Por Emiliano Fernández

Durante muchos años se consideró a Bruno Lüdke (1908-1944) uno de los asesinos en serie más prolíficos de la Europa reciente y se lo condenó curiosamente siguiendo la estela del infame régimen nazi, ese que primero le adjudicó una serie de crímenes que probablemente nunca haya cometido, supuestamente 51 asesinatos de mujeres entre 1928 y 1943, y luego se lo quiso sacar de encima cuanto antes para que no quede de manifiesto la inoperancia del gobierno a la hora de detener a este supuesto homicida que mató en ciudades de todo el país a lo largo de la friolera de 15 años. El hombre, un gigantón que había nacido en la pequeña ciudad de Köpenick, tenía un retraso mental por un golpe en la cabeza cuando niño, que le impedía situarse en términos espaciales y temporales, y trabajaba en la lavandería familiar ya que había abandonado el colegio, lo que con el tiempo lo lleva a acumular un prontuario policial un tanto patético pero generoso que incluye maltrato de un caballo, voyeurismo y robo de gallinas, patos y algo de madera. El descubrimiento en 1943 del cadáver de Frieda Rössener, fémina de 59 años que fue estrangulada, robada y violada, provocó la llegada desde Berlín del criminólogo Heinz Franz y éste fue el que le empezó a adjudicar el resto de los homicidios a Lüdke luego de hacerlo someter a palizas por terceros, así se hizo pasar por un “policía bueno” para extraerle sucesivas confesiones que no generaron ninguna otra prueba de relevancia que permitiese confirmar las palabras del acusado/ víctima. Todo el caso generó un revuelo en la prensa y el propio Heinrich Himmler, responsable máximo de las SS y mano derecha de Adolf Hitler, ordenó que se castigue sumariamente a un Lüdke que no podía ser enjuiciado debido al Artículo 51, una disposición legal que protegía a los deficientes mentales, por ello de inmediato fue declarado demente y enviado a un centro psiquiátrico de pesadilla en Viena, Austria, controlado precisamente por las SS, donde fue castrado, sometido a crueles experimentos médicos y asesinado con una inyección letal.

 

El Diablo Ataca de Noche (Nachts Wenn der Teufel Kam, 1957), la mejor película de la última fase de la extensa carrera del cineasta germano Robert Siodmak, fue realizada en un período en el que todavía se consideraba a Lüdke el asesino en cuestión pero este detalle no lleva al director a demonizar gratuitamente símil Hollywood a Bruno porque la propuesta constituye una anomalía dentro del subgénero del suspenso consagrado a los homicidas en serie, un rubro que -palabras más, palabras menos- fue inventado por el propio Siodmak con La Escalera de Caracol (The Spiral Staircase, 1946), una de sus primeras películas interesantes en yanquilandia a posteriori de tener que exiliarse primero por el ascenso del nazismo en 1933, lo que lo llevó a Francia, y después por el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939, ya mudándose a Estados Unidos. El alemán, de regreso en Europa desde mediados de la década del 50, se obsesionó tanto con alejarse de la retahíla de policiales negros que lo habían hecho famoso en Hollywood, en sintonía con las supremas La Dama Fantasma (Phantom Lady, 1944), El Sospechoso (The Suspect, 1944), Los Asesinos (The Killers, 1946), Tras el Espejo (The Dark Mirror, 1946), Una Vida Marcada (Cry of the City, 1948) y Sin Ley y sin Alma (Criss Cross, 1949), como con la idea de “ajustar cuentas” con aquella Alemania genocida que lo obligó a huir por su condición de judío, jugada que nos dejó con una serie de películas variopintas en el viejo continente de las que se puede rescatar tres cual trilogía alrededor de la humillación nacional bélica, dos centradas en las penurias del país dividido luego de la conflagración, Las Ratas (Die Ratten, 1955) y Túnel 28 (Escape from East Berlin, 1962), y la obra que nos ocupa, nuestra El Diablo Ataca de Noche y su acometida contra las autoridades del nacionalsocialismo, régimen que Siodmak denuncia desde cierta arquitectura dramática hollywoodense aunque también optando por una amargura y una profundidad que no suelen caracterizar al mainstream norteamericano.

 

Dicho de otro modo, el director y su guionista de turno, Werner Jörg Lüddecke, se inspiran en el devenir de Lüdke, concretamente en un informe periodístico de Will Berthold, para construir una parábola de resonancias expresionistas sobre la manipulación masiva en una coyuntura no sólo dictatorial sino asfixiante, castradora y bastante improvisada, de esas que se corresponden con casi cualquier seudo democracia occidental. Los dos ejes del relato son Lüdke (Mario Adorf), aquí un sujeto corpulento y semi retrasado mental que suele repartir bolsas de papas y estrangular a diversas mujeres para robarles sus carteras, y el Inspector Axel Kersten (Claus Holm), acepción bienintencionada de Franz que arriba a Berlín con una cojera por fuego de obús después de enfrentarse a los rusos en el Frente del Este, dos personajes que están muy humanizados vía sus respectivos intereses románticos, en el caso del primero una futura enfermera llamada Anna Hohmann (Rose Schäfer), vástago del jefe explotador de Bruno y mujer de la que evidentemente está enamorado, y en lo que atañe al policía una tal Helga Hornung (Annemarie Düringer), funcionaria judicial especializada en asuntos criminales que a su vez es acosada sutilmente por su primo para que se case con él, el Mayor Thomas Wollenberg (Carl Lange). La última víctima de Lüdke es Lucy Hansen (Monika John), una camarera regordeta de un restaurant precario a la que mata durante un bombardeo aliado, provocando que sea acusado Willi Keun (Werner Peters), amante casado de la mujer y militar que evadió el combate porque le falta el pulgar izquierdo. Kersten no cree en la culpabilidad de Keun, quien tiene rasguños en sus manos porque le tocó las tetas a la occisa desde detrás, y eventualmente llega a Bruno cuando Anna lo obliga a entregar a la policía la cartera de Hansen, una que dice haber encontrado en la calle. El inspector se topa con un Lüdke que no para de confesar homicidios anteriores aunque aun así no logra exonerar a Keun por la intervención de un alto oficial nazi, Rossdorf (Hannes Messemer).

 

Siodmak trabaja muy bien tanto el patetismo insípido del asesino, un sujeto cualquiera que recorre el país repartiendo pedidos y manteniéndose vivo a través de aguardiente y papas al horno con repollos, como su verdadero interés temático, léase el control popular a través de la obsesión con la información y la imagen pública, un tópico en pantalla representado por el tremendo Rossdorf, como decíamos antes uno de los jerarcas de las SS, quien primero bendice la investigación de Kersten, éste un pregonero de la hipótesis del asesino en serie por el volumen de estrangulamientos femeninos seguidos de robo, y a posteriori la sabotea cuando se da cuenta de que aquella idea inicial, eso de utilizar a Lüdke como excusa para promulgar una ley que garantice la eliminación de los “seres degenerados” y los “elementos patológicos” de la sociedad, tiene un costo institucional demasiado alto, específicamente la ridiculización tácita del aparato policial del Tercer Reich, el cual a ojos del pueblo puede quedar como un inepto o incapaz que dejó actuar durante años y años a un retrasado mental de vocación asesina, a lo que se suma el agravante de que el susodicho no es extranjero o por lo menos judío, en cuyo caso sería mucho más fácil demonizarlo. Siodmak por un lado obtiene una excelente actuación de Adorf, intérprete legendario del cine europeo aquí en el papel que lo llevaría a la fama, y por el otro lado enfatiza el carácter “democrático” de los crímenes de Lüdke, matando a cualquier mujer del montón para conseguir suficiente dinero para cortejar a Anna, en contraposición a la intencionalidad política y punitiva de los nazis, quienes lo transforman en un monigote martirizado del poder. La obra retrata la decadencia mitómana de las cúpulas dirigenciales mediante este salto del “ejemplo social”, el loquito atrapado, a la invisibilización para escaparle a la desconfianza popular hacia el régimen, algo asimismo simbolizado en el sustrato mafioso y predatorio del nazismo arruinándole la vida a todos, desde aquellos Kersten y Hornung hasta el par de ejecutados, Keun y Lüdke…

 

El Diablo Ataca de Noche (Nachts Wenn der Teufel Kam, República Federal de Alemania, 1957)

Dirección: Robert Siodmak. Guión: Werner Jörg Lüddecke. Elenco: Mario Adorf, Claus Holm, Hannes Messemer, Carl Lange, Werner Peters, Annemarie Düringer, Monika John, Rose Schäfer, Peter Carsten, Ernst Fritz Fürbringer. Producción: Robert Siodmak. Duración: 105 minutos.

Puntaje: 9