Alguien detrás de la Puerta (Quelqu'un derrière la Porte)

Identidad y recuerdos implantados

Por Emiliano Fernández

Alguien detrás de la Puerta (Quelqu’un derrière la Porte, 1971), dirigida por el cineasta húngaro Nicolas Gessner, es una realización bastante extraña y no sólo a escala temática o conceptual sino más bien en lo que respecta a la dinámica de los dos actores principales en pantalla, nada más y nada menos que Anthony Perkins y Charles Bronson, intérpretes de origen norteamericano que se ubicaban en las antípodas a nivel de los personajes que solían componer aunque pertenecían casi a la misma generación, con Bronson -nacido Charles Dennis Buchinsky en 1921- siendo apenas una década mayor. Ambos por aquellos años estaban atravesando una suerte de “fase europea” de sus carreras aunque por motivos muy distintos, en el caso de Perkins porque todavía estaba luchando contra el encasillamiento profesional luego de calzarse los zapatos del legendario Norman Bates en Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, y contra esa homofobia de la época que arrastraba desde que se hiciese gay por el abuso sexual al que fue sometido por su propia madre, Janet Esselstyn, batalla que eventualmente perdería cuando en los 70 se dejó convencer por una psicóloga nefasta, Mildred Newman, para someterse a una terapia de conversión a la heterosexualidad aduciendo que el homoerotismo estaba entorpeciendo su felicidad, por lo que no sólo se separó de su pareja de siete años, el bailarín Grover Dale, sino que incluso llegó a casarse en 1973 con una actriz, Berry Berenson, que moriría en los Ataques del 11 de Septiembre del 2001 en Estados Unidos, relación que se extendió hasta el fallecimiento de Anthony en 1992 a los 60 años por complicaciones de salud relacionadas con una neumonía a causa del SIDA. Bronson, por otra parte, disfrutaba de un semi exilio europeo a fines de los 60 y comienzos de los 70 debido primero al éxito que tuvieron en el viejo continente films como Adiós al Amigo (Adieu l’ami, 1968), de Jean Herman, y Érase una vez en el Oeste (C’era una volta il West, 1968), del inmenso Sergio Leone, y segundo al odio que sentía por buena parte del aparato hollywoodense que lo marginó a “roles étnicos” en aquellos años 50 y 60.

 

La propuesta fue escrita por Gessner y dos guionistas de amplia experiencia, Marc Behm, quien colaboró con Stanley Donen, Richard Lester, Just Jaeckin, Claude Miller y Stephan Elliott, y Jacques Robert, autor de la novela homónima de 1967 en la que se basó el film y responsable además de las tramas de faenas varias de Henri Decoin, Julien Duvivier, Gilles Grangier, Robert Siodmak, Georges Lautner, Michel Deville y Édouard Molinaro, entre otras luminarias del ecosistema cinematográfico europeo. Laurence Jeffries (Perkins), un psiquiatra y neurocirujano, parece estar casado felizmente con una tal Frances Jeffries (Jill Ireland, la esposa de Bronson y otro eslabón en esta cadena de tragedias porque moriría en 1990 a la edad de 54 años por cáncer de mama), no obstante la tranquilidad de su hogar en Folkestone, una ciudad portuaria del Reino Unido, oculta el “secreto sucio” de una doble infidelidad porque el matasanos se acuesta con una enfermera y es un adicto al trabajo y su hermosa esposa suele compensar la falta de afecto/ atención intimando con un periodista francés, Paul Damien (Henri Garcin), con el que se ve regularmente en París cada vez que le miente a su esposo aseverando que visitará al hermano de la mujer, Andrew (Adriano Magistretti). Cuando una mañana, luego de una cirugía cerebral nocturna, se aparece en el hospital un amnésico sin nombre conocido y con un rasguño claramente femenino en su pecho (el tremendo Charles, siempre con cara de desorientado), Laurence se hace cargo del caso y deja dicho en el hospital que lo llevará hasta una estación ferroviaria para que tome un tren hasta Londres porque se trata de un simple caso de alcoholismo, sin embargo decide trasladar al susodicho hasta su morada aunque no sin antes pasar por una playa cercana que aparece en sus recuerdos nebulosos, donde descubre un cadáver femenino que no reporta. El extraño lentamente comienza a ser manipulado por el médico para que crea que Frances es su esposa y Paul el responsable de su ira a raíz de la traición de fondo, todo con la idea de cargarse a la mujer de manera tercerizada, quien no sabe que su marido sabe del affaire.

 

Ubicada a mitad de camino entre el esquema de suspenso semi teatral de entorno cerrado y/ o una sola locación símil La Soga (Rope, 1948), de Hitchcock, Espera la Oscuridad (Wait Until Dark, 1967), gran joya de Terence Young, Juego Mortal (Sleuth, 1972), de Joseph L. Mankiewicz, Trampa Mortal (Deathtrap, 1982), del querido Sidney Lumet, La Muerte y la Doncella (Death and the Maiden, 1994), de Roman Polanski, y Una Pura Formalidad (Una Pura Formalità, 1994), del italiano Giuseppe Tornatore, y el cine de comportamiento inducido, lavado de cerebro, olvidos un tanto convenientes, juegos mentales peligrosos o quizás denuncia del carácter tiránico de la psiquiatría en línea con El Gabinete del Doctor Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920), opus de Robert Wiene, Cuéntame tu Vida (Spellbound, 1945), también de Hitchcock, El Nido de las Víboras (The Snake Pit, 1948), de Anatole Litvak, El Hombre Terminal (The Terminal Man, 1974), del realizador inglés Mike Hodges, Arlequín (Harlequin, 1980), de Simon Wincer, El Vengador del Futuro (Total Recall, 1990), de Paul Verhoeven, Spider (2002), de David Cronenberg, El Origen (Inception, 2010), de Christopher Nolan, y La Isla Siniestra (Shutter Island, 2010), de Martin Scorsese, la película por un lado efectivamente transcurre casi por completo en el domicilio del personaje de Perkins, aquí en una versión atenuada de sus clásicos villanos gracias a una pizca de su impronta sensible, y por el otro lado juega con perspicacia con los problemas identitarios de la criatura de Bronson, actor célebre por sus antihéroes de acción y en esta oportunidad acoplándose muy bien a las exigencias de un papel que no parecería cuajar con su idiosincrasia taciturna y su laconismo interpretativo, peleas de rodaje de por medio que llevaron a que Charles agarrase del cuello a Gessner y lo sacudiese durante el último día de filmación por desacuerdos sobre cómo estructurar la historia, un episodio que Ireland presenció al punto de afirmar que el director era un poco tonto, asimismo conocido por la genial La Muchacha del Sendero (The Little Girl Who Lives Down the Lane, 1976).

 

Desde el momento inicial en el que Jeffries despide a su esposa en otra supuesta visita a su hermano y le concede cuatro días libres a la sirvienta de la casa, Lucy (Agathe Natanson), pasando por la confirmación en boca del Sargento Gordon (Colin Mann) sobre la verdadera naturaleza del amnésico, un paciente psiquiátrico que escapó de un manicomio y violó y estranguló a una ninfa que paseaba feliz por las dunas (Viviane Villamont), hasta el ansiado homicidio de Damien, el tercero en discordia, y el intento de violación y asesinato sobre Frances, la cual no parece sorprenderse mucho de la frialdad de su marido, el film mantiene atrapado al espectador no tanto en función del relato o el misterio psicológico en sí, hoy un tanto previsible para el espectador posmoderno aunque sin duda muy avant-garde para fines de los 60 y primeros años de la década del 70, sino gracias a la interesante y enrevesada estratagema de Laurence en torno al extraño, de hecho implantándole recuerdos ajenos y reconduciéndolo de a poco hacia una fantasía de perfidia y de ansias de venganza que no le son propias, de allí la homologación de Jeffries con un hipnotizador terrorífico a lo Caligari o Svengali que toma posesión de un tercero por puro placer del poder maquiavélico o para asignarle tareas poco agradables o socialmente condenadas, esquema en pantalla sustentado -a diferencia de la ciencia ficción pomposa futura- en minucias cotidianas como pastillitas, palabras falaces, algo de caligrafía y el hecho de sacar una bala de la pistola del demente o ofrecerle una valija “suya” con pistas varias como una carta de Paul robada a Frances, una guía turística de París y una foto de la ninfa desnuda para estimular la libido y demonizar al amante galo, quien en la construcción tendenciosa del neurocirujano mató al personaje de Ireland por celos en la playa y por ello merece ser ajusticiado cuanto antes. Como tantas otras epopeyas del rubro de estas miserias cerebrales del ser humano, Alguien detrás de la Puerta le pega con ganas a una institución médica que se supone debe ayudar al paciente pero suele caer en la megalomanía y una soberbia que destruye vidas desde su impunidad…

 

Alguien detrás de la Puerta (Quelqu’un derrière la Porte, Francia/ Italia, 1971)

Dirección: Nicolas Gessner. Guión: Nicolas Gessner, Marc Behm y Jacques Robert. Elenco: Charles Bronson, Anthony Perkins, Jill Ireland, Henri Garcin, Adriano Magistretti, Agathe Natanson, Viviane Villamont, Colin Mann, Yves Elliot, Carl Studer. Producción: Nicolas Gessner, Maurice Jacquin y Raymond Danon. Duración: 94 minutos.

Puntaje: 7