Lamentablemente a los skinheads el público ignorante en general, sobre todo aquellos que no formaron parte de la otrora refulgente cultura de las tribus urbanas de las décadas del 80 y 90, los suele homologar a los patéticos grupos neonazis cuando en realidad estos últimos constituyen sólo una parte del movimiento ya que sus orígenes son de distinta envergadura, léase aquellas postrimerías de los años 60 cuando el idealismo colorido y de cabellos largos de los hippies de clase media fue interpretado como un ataque por los jóvenes proletarios ingleses y por ello optaron por el ascetismo masculino de raparse la cabeza y volcarse al consumo de géneros musicales entre marginales y recreativos del acervo inmigratorio negro como los tres principales provenientes de Jamaica, el ska, el rocksteady y el notorio reggae. Aquella primera camada skinhead eventualmente desapareció durante los primeros años de los 70 aunque resultaría el modelo para la segunda fase del movimiento, la correspondiente a fines de esa misma década y caracterizada por el reemplazo de la música negra, cada vez más vinculada al ecosistema rastafari y la militancia política de los africanos, por el punk modelo Sid Vicious solista y por consiguiente recargado de símbolos nazis que agudizaban el escándalo social, no obstante el asunto no quedó allí porque esta segunda encarnación de la corriente retomó el racismo y la xenofobia de una facción de los skinheads originales de los 60 que se dejaron llevar por la retórica antiinmigratoria del político conservador Enoch Powell, llegando incluso a participar en arremetidas símil pogromos en el Reino Unido contra migrantes de Asia del Sur y en especial de Pakistán, grupo étnico “preferido” por las organizaciones anglosajonas de extrema derecha a la hora de ejercitar el músculo del odio ridículo e infantil que niega al diferente. Reemplazando al nihilismo de los punks por un discurso de supuesta defensa de la clase trabajadora que se mezclaba con el chauvinismo racista y detalles antisemitas, masoquistas, homofóbicos, delirantes y misóginos, los nuevos skinheads se la pasaron peleando desde fines de los años 70 y principios de los 80 con los skinheads antifascistas, multiculturales y de izquierda, crearon su propia rama del punk, sintetizada en un género neonazi bautizado “Oi!”, y coquetearon con la militancia política organizada clásica mediante su acercamiento hacia un partido neofascista británico bastante minoritario y adepto al supremacismo blanco furioso, el Frente Nacional (National Front).
Así las cosas, las diatribas anticomunistas, populistas, antiinmigrantes, retrógradas y contra cualquier individuo que no sea caucásico y no celebre todas las virtudes de la marginalidad autoritaria antiestatal e hiper derechosa se fueron amalgamando con la iconografía nazi, el punk y una actitud militante que podía variar desde las manifestaciones violentas contra determinados sectores comunales hasta un repentino “lavado de cara” a lo imagen pública más amigable vinculada a la simple defensa de la identidad blanca y ese nacionalismo de una pureza utópica que se veía acechada por la abundante entrada al país de extranjeros provenientes sobre todo de la India y del señalado Pakistán. La mundialización escalonada de los skinheads neonazis es un fenómeno mucho más complejo y más reciente que abarca las décadas del 80 y 90 y tiene que ver con una red semiterrorista o de identidad musical/ ideológica/ étnica que creció de a poco por una multitud de factores contextuales, como por ejemplo la potencia del rock malentendido por los jóvenes intolerantes, el culto morboso de los medios de comunicación amarillistas hacia el neofascismo y neonazismo, las sucesivas crisis económicas y políticas del capitalismo, la subcultura muy asociada de los hooligans/ barras bravas del fútbol, las teorías conspirativas y paranoicas típicas del declive educativo de la posmodernidad, el evidente apoyo o protección que los colectivos de extrema derecha reciben a instancias de la policía, la masificación de Internet en tanto vía de comunicación central de estos grupos a lo largo del planeta, el chauvinismo del nuevo milenio y otras reacciones locales en contra de la globalización, el mentado aprovechamiento partidario o gubernamental de las arengas de unos skinheads muchas veces vistos como las “bases” del espectro político de derecha, la demonización o persecución por parte del Estado -opción inversa a la anterior y a veces accesoria desde el maquiavelismo pragmático o realpolitik- y la existencia en cada territorio de entidades racistas, cristianas o segregacionistas previas en línea con el tristemente célebre Ku Klux Klan de Estados Unidos. Hecho en Gran Bretaña (Made in Britain, 1982), película realizada para la cadena inglesa de televisión abierta ITV por el director Alan Clarke y el guionista David Leland, fue sin duda una de las primeras exploraciones -y una de las mejores y más recordadas e inteligentes- acerca de esta segunda camada de los años 80 de los skinheads, cuando su poder y visibilidad social estaban a tope.
Tanto Leland, un actor que escribiría Servicios Personales (Personal Services, 1987), de Terry Jones, dirigiría Si Estuvieras Aquí (Wish You Were Here, 1987) y colaboraría con Neil Jordan en Mona Lisa (1986) y Los Borgia (The Borgias, 2011–2013), como Clarke, uno de los realizadores más famosos, polémicos y talentosos de la historia de la televisión británica, eran especialistas en el realismo social inglés y discípulos de las dos corrientes fundamentales de aquella vanguardia obrerista de los 50 y 60, la documentalista del Free Cinema y la ficcional de la Nueva Ola Británica, por ello ambos siguieron los pasos de las primeras obras de Lindsay Anderson, John Schlesinger, Karel Reisz, Tony Richardson, Jack Clayton, Bryan Forbes y John Osborne, entre otros, y se volcaron a un cine crudo que evitaba el sustrato maniqueo del thatcherismo neoliberal y aporofóbico y recuperaba el inefable “realismo de fregadero de cocina” (kitchen sink realism) de mediados del Siglo XX, pensemos que Hecho en Gran Bretaña forma parte de Cuentos fuera de la Escuela (Tales Out of School, 1983), ambicioso ciclo de cuatro unitarios escritos por Leland sobre el sistema educativo vernáculo, colección que se completa con Nacimiento de una Nación (Birth of a Nation), otro neoclásico dirigido por Mike Newell sobre el castigo corporal en las aulas, Volando en el Viento (Flying Into the Wind), opus de Edward Bennett acerca de la enseñanza hogareña en detrimento de la institucional, y En Realidad Aquí Sólo de Nombre (Really Here in Name Only), obra de Jane Howell en torno a la marginalidad delictiva rosa, amén de joyas adicionales de Clarke como Escoria (Scum, 1979), retrato brutal del sistema nacional de correccionales de menores, La Firma (The Firm, 1989), faena alrededor del submundo de los hooligans, y Elefante (Elephant, 1989), mediometraje acerca del Conflicto Norirlandés (1968-1998). Hecho en Gran Bretaña no cuenta con una historia tradicional y se basa en el vagabundeo del explosivo Trevor (Tim Roth), un skinhead racista y ladrón de autos de 16 años que detesta la autoridad y los burócratas del Estado y que termina en un centro de evaluación por arrojar un ladrillo contra la ventana del hogar de un inmigrante pakistaní, el Señor Shahnawaz, por ello su trabajador social asignado, Harry Parker (Eric Richard), se lo entrega al jefe comprensivo del lugar, Peter Clive (Bill Stewart), quien lo aloja con un delincuente juvenil que lo admira, el negro Errol Dupray (Terry Richards).
Los tres pivotes o núcleos cruciales del telefilm son primero el extraordinario desempeño del debutante Roth, el cual saltaría al séptimo arte al año siguiente vía La Ejecución (The Hit, 1984), aquel neo noir de Stephen Frears, hoy apabullando con una presencia escénica tenebrosa semejante a la de Ray Winstone en Escoria gracias a su carisma y su intensidad dramática burlona, segundo el uso extensivo de la steadicam por parte de un Clarke que se inspiró en El Resplandor (The Shining, 1980), de Stanley Kubrick, y que exacerbaría el recurso visual/ narrativo/ formal en ocasión de Elefante, ahora en pantalla volcado a seguir a Trevor en sus correrías criminales y autodestructivas metropolitanas en sintonía con el hecho de lanzar un pedazo de mampostería contra el escaparate de una oficina de empleo, comprar algo de pegamento para inhalar junto a Errol, pelearse violentamente con el chef del centro de evaluación porque el muchacho llegó tarde al horario de almuerzo, orinar y defecar sobre los archivos del lugar, robar más y más coches en la calle, volver a romperle la ventana a ese pakistaní -ahora con piedras- que lo denunció ante la policía y finalmente estrellar la furgoneta de Clive contra otros vehículos cerca de una comisaría, y tercero el análisis del discurso paradójico e iconoclasta del propio protagonista, quien por un lado denuncia con razón el sustrato unificador, hipócrita y castrador del entramado educacional y el aparato represivo y judicial moderno, claros ejes de las instituciones disciplinarias que apuestan a un conformismo que suele pasar del fetichismo discursivo al control y el castigo sobre los disidentes, y por el otro lado se consagra a la contradicción racista, xenófoba y supremacista blanca de perseguir a los inmigrantes asiáticos acompañado por su “perro faldero”/ semi amigo, Errol, un negro al que eventualmente termina abandonando para su captura antes de entregarse él mismo a Parker, otra paradoja de por medio porque parece respetarlo a pesar de ser otro testaferro del marco asfixiante estatal. Entre la exaltación del espíritu rebelde y suicida de la juventud y el retrato del ciclo de la pobreza que lleva al crimen que lleva a la cárcel para que todo recomience una vez más, la propuesta aprovecha la música de The Exploited y el florido slang denigratorio y desarma las certezas skinheads porque la confusión lo domina todo en la senda hacia una adultez baladí hegemonizada por la resignación occidental en lo que respecta a la asquerosa sociedad que hemos heredado…
Hecho en Gran Bretaña (Made in Britain, Reino Unido, 1982)
Dirección: Alan Clarke. Guión: David Leland. Elenco: Tim Roth, Terry Richards, Bill Stewart, Eric Richard, Geoffrey Hutchings, Sean Chapman, John Bleasdale, Noel Diacomo, Maurice Quick, Christopher Fulford. Producción: Margaret Matheson. Duración: 76 minutos.