Admitir la existencia de un asesino en serie para las autoridades de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, incluso en la fase final del Estado bolchevique correspondiente a la llegada al poder en 1985 de Mijaíl Gorbachov y la puesta en práctica de sus dos medidas fundamentales, léase la reestructuración económica o perestroika y la liberación política o glásnost que presagiaron la disolución definitiva del país entre 1990 y 1991, resultaba casi imposible porque sería equivalente a reconocer que el gobierno comunista tenía los mismos vergonzosos problemas que Occidente en lo referido a psicópatas caricaturescos fruto de sociedades delirantes, mediocres y profundamente enfermas e injustas, rasgos que desde ya engloban a todos los seres humanos sin importar dónde o bajo qué régimen vivan. En este contexto el caso de Andréi Chikatilo (1936-1994), homicida serial hiper sádico que mató a un mínimo de 52 mujeres y niños de ambos sexos a lo largo de doce años en muchas zonas bucólicas de Rusia, Ucrania y Uzbekistán, se volvió emblemático porque los funcionarios encargados de la investigación de turno, el Coronel Mijaíl Fetisov y el patólogo forense Víctor Burakov, debieron lidiar con superiores que estaban más interesados en ocultar el asunto y respetar los mandatos de la burocracia y la propaganda socialista que en atrapar al demente, así entre el primer asesinato, aquel de Yelena Zakotnova de 1978, y el arresto del responsable, en 1990 a posteriori de un tardío cerco sobre estaciones ferroviarias, donde de hecho capturaba a sus víctimas, se perdió muchísimo tiempo deteniendo a homosexuales, pervertidos y violadores tontuelos hasta que en 1985 finalmente se consultó a un psiquiatra para que construya un perfil psicológico, el Doctor Alexandr Bukhanovsky, quien predijo con insólita precisión las características de un Chikatilo que estaba casado y tenía dos hijos, era impotente aunque solía eyacular durante las cuchilladas y por supuesto había tenido una infancia y adolescencia lamentables porque sufrió los estragos del Holodomor o genocidio inducido estalinista por hambruna en Ucrania, aquellos horrores de la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial, las subsiguientes privaciones del período postbélico, el maltrato sistemático de su madre, loca importante que para colmo habría sido violada por los nazis y solía aseverar que un hermano mayor de Andréi fue canibalizado por vecinos en el Holodomor, y finalmente una serie de padecimientos como la miopía, la impotencia, la misantropía extrema y la enuresis nocturna o incapacidad para contener la orina estando en la cama, lo que lo llevó a soportar la ridiculización tanto dentro como fuera de su domicilio.
Miembro del Partido Comunista y habiendo terminado su servicio militar de tres años en 1960, el futuro homicida se muda de su Ucrania natal a la ciudad de Rostov del Don, en la Rusia europea, donde accede a un matrimonio arreglado por su hermana menor Tatyana con una tal Feodosia Odnacheva, con la que efectivamente engendra dos vástagos aunque eyaculando en el exterior e introduciendo el semen en su vagina con los dedos. Luego de un período de agresiones sexuales en la década del 70 como profesor en escuelas primarias gracias a un título por correspondencia en filología y literatura rusa, etapa bizarra en la que comienza con sus arrebatos pederastas y sus episodios voyeuristas, masturbatorios y de frotismo y manoseo sobre nenas, Chikatilo consigue un trabajo que le permitiría recorrer la Unión Soviética sin despertar sospechas, el de encargado de suministros en una fábrica de implementos para la construcción que lo obligaba a viajar a lo largo y ancho del inmenso país para negociar contratos y garantizar materias primas. El crimen de Zakotnova, suceso que derivó en la condena a muerte en 1983 de un inocente con antecedentes delictivos llamado Aleksandr Kravchenko, patentó el modus operandi de Andréi y pronto se dedicó a repetirlo en homicidios que reemplazaban a los intercambios sexuales inexistentes con su esposa del mismo modo que las puñaladas sustituían a las erecciones, ataques que se daban en bosques e incluían barro en las bocas de las víctimas, ropa destruida, evisceraciones, mutilaciones de pechos en el caso de las hembras y del pene y los testículos en los machos, actos lúgubres de antropofagia y mordidas, laceraciones en los globos oculares, diversos golpes, estrangulamientos, orgasmos sobre los cadáveres e intentos precarios de enterrarlos con hojas y ramas antes de marcharse hacia la estación de trenes o ómnibus donde encontró a la presa en cuestión, muchas veces jóvenes vagabundos, sin hogar o muy pauperizados que eran proclives al engaño y desconocían el laberíntico sistema de transporte público de la nación. A pesar de que fue arrestado por primera vez en 1984 terminó en libertad por un error en su análisis de sangre, ya que supuestamente la suya no concordaba con la del psicópata, por ello continuó matando durante la administración de Gorbachov hasta que fue identificado como sospechoso por un policía encubierto, Ígor Rybakov, lo que condujo a su arresto y eventual confesión frente al psiquiatra que lo estudió en ausencia, Bukhanovsky, y después a un juicio bastante circense en la etapa postsoviética del que salió como culpable, siendo ejecutado a través del procedimiento estándar en Rusia, un raudo tiro en la cabeza.
De las tres películas que inspiró el caso de Chikatilo alias El Carnicero de Rostov alias El Destripador Rojo sin duda la mejor es Ciudadano X (Citizen X, 1995), toda una joya de los thrillers y docudramas de asesinos en serie, escrita y dirigida por el estadounidense Chris Gerolmo para la cadena de televisión por cable HBO, que supera por mucho a las otras dos faenas, las posteriores y apenas correctas Evilenko (2003), de David Grieco, y Crímenes Ocultos (Child 44, 2015), de Daniel Espinosa, algo que tiene que ver con el extraordinario retrato del opus sobre el entramado del poder en la Unión Soviética, el cansancio que una pesquisa tan larga genera en los responsables de mantenerla en movimiento y sobre todo acerca de los problemas institucionales en general, propios del comunismo y el capitalismo, en sintonía con los prejuicios, la inoperancia, la falta de voluntad, la corrupción, el egoísmo de los dirigentes, su gran vagancia, el pánico, las reacciones fuera de tiempo símil sabiduría trasnochada y desde ya el tráfico de influencias y esas extorsiones solapadas que se vuelven necesarias para que los funcionarios públicos hagan su trabajo o esquiven el corporativismo paranoico, la apatía y el darwinismo más patético. El guión de Gerolmo, célebre por las series televisivas Allí (Over There, 2005) y El Puente (The Bridge, 2013-2014) y por haber escrito films encomiables como Lejos de Casa (Miles from Home, 1988), de Gary Sinise, Mississippi en Llamas (Mississippi Burning, 1988), odisea de Alan Parker, y Bajo Sospecha (Above Suspicion, 2019), de Phillip Noyce, está basado en un libro de “no ficción” firmado por Robert Cullen, El Departamento de Asesinatos (The Killer Department, 1993), que precisamente cubre la investigación del forense metamorfoseado en detective Burakov (en pantalla el glorioso intérprete irlandés Stephen Rea) en pos de detener a Chikatilo (certero trabajo del norteamericano Jeffrey DeMunn), todo con la asistencia del Coronel Fetisov (el inconmensurable Donald Sutherland, hijo pródigo de Canadá) y el psiquiatra Bukhanovsky (el sueco Max von Sydow, una figura mítica del séptimo arte mundial). La trama niega las “licencias creativas” de Hollywood y se mantiene fiel a la realidad, brindando una crónica de la paulatina desesperación de un Víctor que pasa de ser boicoteado repetidamente por un burócrata autoritario del Partido Comunista y sólo preocupado por la imagen pública del gobierno, Bondarchuk (Joss Ackland), a verse sometido a un fiscal bien soberbio de Moscú, Gorbunov (John Wood), y luego alcanzar una especie de independencia cuando el coronel se transforma en general durante el comienzo del colapso en 1990 del régimen soviético.
A diferencia de la falta de paciencia narrativa del suspenso del nuevo milenio, sus múltiples torpezas dramáticas y su pusilanimidad y aburrido conservadurismo a la hora de mostrar el verdadero alcance de las truculencias o pormenores detrás de los homicidios y/ o crímenes sexuales, Ciudadano X, título que hace referencia al informe perfilístico de Bukhanovsky sobre Chikatilo en función de su por entonces anonimato, muestra al tremendo Andréi reventando una y otra vez a cuchilladas a distintos mocosos y mocosas -con episodios de canibalismo incluidos- en zonas boscosas inhóspitas como consecuencia de una pluralidad compleja de factores, desde el carácter gigantesco de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y cierta insensibilidad cultural innegable en el supuesto reino de la solidaridad, pasando por el olvido estatal, la pobreza/ precariedad popular y los efectos a largo plazo de las nefastas políticas del estalinismo, hasta el uso de la psiquiatría exclusivamente como método punitivo, léase la costumbre de encerrar en manicomios a los disidentes, y la triste negativa a concederle a Burakov una retahíla de demandas básicas que deberían funcionar dentro del sentido común de una investigación a gran escala, algo en pantalla resumido en las exigencias que formula a un comité permanente que lo evalúa como detective, hablamos de más oficiales, algunas computadoras para armar una base de datos, un contacto fluido con el Buró Federal de Investigaciones de Estados Unidos o FBI y finalmente el hecho de publicitar los delitos para advertir al público y conseguir más testigos, esto último algo que ocurriría de manera natural primero por el generoso volumen de cadáveres, ya imposibles de ocultar a la prensa incluso partidaria, y segundo por la implementación de la glásnost, aquella movida contradictoria de Gorbachov a mitad de camino entre pretender salvar al comunismo en tiempos de crisis económica y la intención de enterrarlo definitivamente a causa de un pronunciado desgaste ideológico. Gerolmo, asimismo, exprime las locaciones grises de Hungría y evita esa típica demonización o ridiculización del marco soviético del cine yanqui de la Guerra Fría porque juzga al sistema ruso por lo que fue, uno compuesto por bípedos de carne y hueso que incluyen una amplia gama que abarca la ortodoxia ética profesional de Burakov, el pragmatismo con conciencia de Fetisov, las frustraciones con el gremio de la psiquiatría de Bukhanovsky y el sustrato monstruoso de un Chikatilo siempre necio y enajenado que reemplaza una vida digna con la muerte de inocentes, subproducto de una burocracia que asesina de manera indirecta porque está presa de su ombliguismo…
Ciudadano X (Citizen X, Estados Unidos/ Hungría, 1995)
Dirección y Guión: Chris Gerolmo. Elenco: Stephen Rea, Donald Sutherland, Max von Sydow, Jeffrey DeMunn, Joss Ackland, Radu Amzulescu, John Wood, Imelda Staunton, Ion Caramitru, András Bálint. Producción: Timothy Marx. Duración: 103 minutos.