La colorida carrera de Paul Bartel, uno de los grandes próceres del cine independiente norteamericano, comienza con dos cortometrajes que anticipan el resto de su producción artística, hablamos de El Cine Secreto (The Secret Cinema, 1968), rareza metadiscursiva con elementos de horror que presagia aquella existencia filmada/ vigilada de The Truman Show (1998), de Peter Weir, y La Enfermera Traviesa (Naughty Nurse, 1969), comedia erótica que unifica perversión, sadomasoquismo y represión burguesa bien hipócrita. Su período dorado en términos creativos es sin duda el inicial de sus dos dípticos ya en el terreno del largometraje, el primero consagrado a la parodia comunal lúgubre de Partes Privadas (Private Parts, 1972) y Comiéndose a Raúl (Eating Raoul, 1982), la primera una expansión del tópico de las patologías sexuales y la segunda un ataque sardónico contra el nuevo capitalismo de idiosincrasia antropófaga, y el segundo volcado a esas travesías automovilísticas también de impronta contracultural de Carrera Mortal 2000 (Death Race 2000, 1975), una sátira de ciencia ficción acerca de las industrias del espectáculo y de los deportes masivos, y Cannonball (1976), divertida aunque complementaria faena de acción sobre una competencia clandestina a lo largo de Estados Unidos. La fase posterior de la trayectoria del director y guionista es más errática y cubre desde pequeñas maravillas como Lujuria en el Polvo (Lust in the Dust, 1984), western cómico de cadencia trash, y Escenas de la Lucha de Clases en Beverly Hills (Scenes from the Class Struggle in Beverly Hills, 1989), retrato paródico de la ruina moral de la alta burguesía, hasta films decididamente fallidos en sintonía con Prohibida su Publicación (Not for Publication, 1984), opus cuasi mainstream y gran batacazo de taquilla luego del éxito de Comiéndose a Raúl, y Contra Todo Pronóstico (The Longshot, 1986), un trabajo olvidable por encargo al servicio del comediante Tim Conway, amén de Vida Útil (Shelf Life, 1993), anomalía absoluta y cuasi teatral sobre claustrofobia familiar y banalidad posmoderna que no consiguió distribución alguna aunque se acopla muy bien a la obsesión de siempre de Paul para con una estructura narrativa fragmentada cercana a los relatos corales de antaño y a un caos más preocupado por el desarrollo ideológico mordaz que por la prolijidad hollywoodense y su conformismo.
Si bien Bartel se desempeñó además como realizador televisivo, destacándose en especial El Cine Secreto (Secret Cinema, 1986) y El Baúl de Gershwin (Gershwin’s Trunk, 1987), el primero una reformulación de su corto inaugural y el segundo una relectura musical de esa fantasía histórica tan de moda en los años 80, sus dos capítulos para Cuentos Asombrosos (Amazing Stories, 1985-1987), la serie creada por Steven Spielberg y desarrollada por Spielberg, Joshua Brand y John Falsey para la NBC que seguía la estela de La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), de Rod Serling, y Rumbo a lo Desconocido (The Outer Limits, 1963-1965), de Leslie Stevens, lo cierto es que en el Siglo XXI, como decíamos anteriormente, se lo recuerda sobre todo por la legendaria Comiéndose a Raúl, por sus dos trabajos para la New World Pictures de los hermanos Gene y Roger Corman, Carrera Mortal 2000 y Cannonball, y por su extraordinario debut al servicio de Gene en solitario, nos referimos a Partes Privadas, mixtura de terror, comedia negra, suspenso y relato de iniciación o bildungsroman que utiliza al fetichismo y la confusión identitaria de la juventud como puntos de partida -o más bien como latiguillos o recursos retóricos- para pensar la muerte del hippismo desinhibido en los 70, el ascenso paralelo del neopuritanismo y la consolidación de la locura metropolitana nihilista como nuevo “sentido común” de los tiempos que corren. Cheryl Stratton (la debutante y eficaz Ayn Ruymen, hoy en su único rol importante en el séptimo arte) es una adolescente que llegó a Los Ángeles desde Ohio después de robarle dinero a sus padres para pagar los boletos para ella y su mejor amiga, Judy Adams (Ann Gibbs), con quien convive en un departamento hasta que se pelean por la costumbre de Cheryl de espiar a Judy cuando tiene sexo con su novio Mike (Len Travis). Sin otro lugar a donde ir, Stratton, nuestra semi “oveja descarriada” de cuento de hadas para adultos, opta por pedir asilo a una tía a la que no conoce, Martha Atwood (Lucille Benson), la dueña de un hotel destartalado, King Edward, y una conservadora fanática que condena a las mujeres que se pintan su rostro y/ o se visten provocativamente ya que las considera unas meretrices sucias que merecen el averno, a su vez una viuda que tuvo una hija por inseminación artificial que parece haber fallecido con el transcurso de los años.
Como si se tratase de una propuesta libidinosa de la Edad de Oro del Porno o Porno Chic (1969-1984), algo insinuado por el título del mismo modo que La Enfermera Traviesa jugaba con las expectativas del espectador más cachondo, Partes Privadas nos presenta la vida íntima de los ocupantes del King Edward, un catálogo heterogéneo que abarca a un borracho ignoto que responde al nombre de Lovejoy, una anciana demente llamada Señora Quigley (Dorothy Neumann) que suele broncearse en su hogar con una lámpara y pasearse por los pasillos a los gritos buscando a una modelo que solía arreglarle el cabello, Alice Rogers, un homosexual veterano adepto al sadomasoquismo al que todos conocen como el Reverendo Moon (Laurie Main), precisamente porque adora vestirse como un predicador protestante para recibir a taxi boys como Artie (Patrick Strong), y un fotógrafo veinteañero y bastante tenebroso, George (John Ventantonio), que comparte con Cheryl el gustito por el voyeurismo, incluso espiándola desnuda a través de distintos agujeros en las paredes, y que suele cosificar al objeto del deseo y fetichizar a unas muñecas sexuales transparentes de agua a las que viste con antifaz y lencería erótica, besa en la boca mediante fotos de alguna hembra de su preferencia y luego destruye inyectándoles en la región pélvica algo de su propia sangre con una jeringa hipodérmica, amén de una Martha que tampoco se queda atrás y suele concurrir a funerales de desconocidos porque afirma que en los entierros/ ritos fúnebres se puede sentir cómo el espíritu del difunto se libera de la cárcel en la que estuvo cautivo cuando vivo, su cuerpo, mazmorra que según ella debilita, enferma y corrompe el alma. Tanto Judy como Mike se presentan en el hotel reclamando un dinerillo que Stratton le robó a la ninfa antes de marcharse de la morada que compartían y ambos son asesinados por ese mismo George que resulta ser la hija travestida de una Atwood que la crió como varón para esquivar la inmundicia moral femenina, por ello se obsesiona con Cheryl, quien a su vez está enamorada de ella/ él sin saber de su condición andrógina, como antes se obsesionó con Alice, a la que mató cuando lo rechazó justo como está dispuesto a matar a un amigo de la occisa, Jeff (Stanley Livingston), púber que trabaja de cerrajero e invita a un recital de rock a una curiosa y pícara Cheryl, siempre proclive a explorar el inmenso hotel.
Honestamente sin nada que envidiarle a esa colección de excesos temáticos, surrealismo, planteos corrosivos, exploitation y delirios del grotesco más absurdo de Carrera Mortal 2000, Comiéndose a Raúl, Lujuria en el Polvo y Escenas de la Lucha de Clases en Beverly Hills, la película por un lado adopta la premisa del loquito torturado símil el proto slasher de Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, Peeping Tom (1960), de Michael Powell, y Repulsión (1965), de Roman Polanski, para construir lo que podría definirse como una amalgama de John Waters, Russ Meyer y Rainer Werner Fassbinder, y por el otro lado responde a una época en la que comenzaba a aceptarse la presencia de travestis en pantalla dentro de un espectro que va desde la sátira contracultural de Myra Breckinridge (1970), de Michael Sarne, y The Rocky Horror Picture Show (1975), de Jim Sharman, hasta el acervo dramático clásico de Reflejos del Miedo (A Reflection of Fear, 1972), de William A. Fraker, y Tarde de Perros (Dog Day Afternoon, 1975), de Sidney Lumet, de hecho anticipando al mismo exacto giro argumental final de otros exponentes del campo del horror, los thrillers y el suspenso psicológico en línea con Vestida para Matar (Dressed to Kill, 1980), de Brian De Palma, Campamento del Terror (Sleepaway Camp, 1983), de Robert Hiltzik, y El Juego de las Lágrimas (The Crying Game, 1992), de Neil Jordan. Bartel, también un intérprete muy prolífico en trabajos de De Palma, Ron Howard, Joe Dante, Jonathan Kaplan, Allan Arkush, Samuel Fuller, Tim Burton, John Landis, Michael Schroeder, Jim Wynorski, Bryan Singer, Mario Van Peebles, Julian Schnabel, John Carpenter y Michael Almereyda, entre muchos otros, aquí se reserva un hilarante cameo, en la piel de un vagabundo nocturno con los pantalones desabrochados que asusta a Cheryl en un parque, y evidentemente reescribe el guión de Philip Kearney y Les Rendelstein con la idea de exacerbar las parafilias, sumar un álter ego maricón, el Reverendo Moon, y faltarle el respeto a los delirios religiosos de una Martha que le traspasa el ascetismo inquisitorial a su sobrina, chica que en el desenlace queda tildada/ traumada frente a un George que sufre porque carece de pene, herramienta sexual fundamental para la ansiada metamorfosis, y destruye a sus conquistas de plástico y carne ofreciéndoles sangre símil menstruación, alma translúcida y acuosa de por medio…
Partes Privadas (Private Parts, Estados Unidos, 1972)
Dirección: Paul Bartel. Guión: Philip Kearney y Les Rendelstein. Elenco: Ayn Ruymen, Lucille Benson, John Ventantonio, Laurie Main, Stanley Livingston, Ann Gibbs, Len Travis, Dorothy Neumann, Patrick Strong, Charles Woolf. Producción: Gene Corman. Duración: 86 minutos.