La Celebración (Festen)

El primer dogma

Por Martín Chiavarino

Los directores daneses Lars von Trier y Thomas Vinterberg lanzaron el manifiesto Dogma 95 como una afrenta a la concentración de poder de los estudios cinematográficos, que cercenaban las decisiones de los creadores artísticos para dar lugar a la búsqueda de entretenimiento a través de la repetición de fórmulas gastadas. Reproduciendo las ideas vertidas por François Truffaut, crítico de cine de Cahiers du Cinéma que inauguraría la Nouvelle Vague con el ensayo Una Cierta Tendencia del Cine Francés, publicado en la revista en 1954, von Trier y Vinterberg iniciaron un gran revuelo proponiendo un cerrado sistema de filmación y tratamiento de los films para concentrar la atención del espectador en el guión y las actuaciones, evitando los efectos especiales. Los directores introdujeron una fresca brisa de originalidad y vanguardismo en base a diez reglas que proponían el uso de cámara en mano, la filmación en locaciones reales, la prohibición de la producción del sonido aparte de la imagen, del uso de lentes, filtros o luces especiales, de temáticas de género, mención alguna al director o la locación o el período, entre algunos de los más resonantes puntos que contenía el restrictivo manifiesto Dogma 95, que se convirtió en un desafió para muchos realizadores, especialmente para von Trier, que de su Trilogía del Corazón de Oro solo logró que Los Idiotas (Idioterne, 1998) alcanzase la certificación, mientras que Contra Viento y Marea (Breaking the Waves, 1996) y Bailarina en la Oscuridad (Dancer in the Dark, 2000) solo tomarían algunos de los puntos del manifiesto, descartando la mayoría.

 

A diferencia de von Trier, Vinterberg puso todas las cartas sobre la mesa desde el comienzo para crear un film con todas las restricciones que él y von Trier habían propuesto como un ideal tal vez impracticable según los cánones de filmación de la época. Así nació La Celebración (Festen, 1998), la primera película certificada por el colectivo Dogma 95, que sumaría adeptos a medida que los films de von Trier y Vinterberg cosecharan premios y aclamaciones, reconocimiento y distribución internacional.

 

En un hotel alejado de la ciudad en algún lugar de Dinamarca una familia se reúne para festejar el cumpleaños sesenta del patriarca (Henning Moritzen) y dueño del hotel, quien no parece tener una opinión demasiado positiva de sus hijos, dolidos a su vez por el suicidio de la hermana melliza de Christian (Ulrich Thomsen), el hijo mayor. Revisando el cuarto en el que murió su hermana, Pia (Trine Dyrholm), Helene (Paprika Steen) encuentra una carta dirigida a todos los hermanos, pero especialmente a Christian, escondida en un lugar que solo ellos podrían descubrir. El contenido de la carta es tan devastador que Helene se da cuenta de que lo que allí la chica denuncia va a destruir a la familia para siempre, por lo que la esconde y trata de seguir con la celebración como si nada hubiera ocurrido. Vertiginosamente, con una cadencia arrasadora, el festejo se sale de control cuando Christian anuncia que su padre los ha violado a él y a su hermana fallecida durante años, lo que desata un verdadero pandemónium en la fiesta. Las mucamas se roban las llaves de los invitados para que no puedan irse a instancias del jefe de cocina, un amigo de la infancia de Christian que conoce la historia y desea que el hombre pueda realmente cerrar sus heridas de una vez por todas. Para colmo llega el novio de Helene, Gbatokai (Gbatokai Dakinah), un hombre de piel negra que desata toda la provisión de racismo acumulada de los arios daneses de clase alta dirigidos por el benjamín de la familia, Michael (Thomas Bo Larsen), un personaje violento y alcohólico que ya ha perdido los estribos en otros festejos anteriores.

 

En un principio ni el espectador ni los alegres comensales, que abusan copiosamente de las deliciosas bebidas espirituosas, saben cómo reaccionar ante la denuncia de Christian, joven que parece completamente perturbado por la situación. Oscilando entre el silencio y la incomodidad, sin entender si es una especie de broma familiar o una grave acusación que romperá el alborozo, los familiares menos cercanos buscan escapar mientras los hermanos intentan que la familia no se venga abajo. Pero, por supuesto, la situación sigue escalando hasta hacer estallar la celebración en mil pedazos.

 

Como todas las películas del Dogma 95, La Celebración es un film en el que importan tres cosas, la trama, la cámara y los actores. Con respecto a lo primero, la película presenta a unos personajes muy ricos en emociones contenidas, problemas y sentimientos a punto de estallar. Christian se ha ido hace mucho hacia París para convertirse en empresario gastronómico. Los abusos sufridos le impiden cualquier tipo de acercamiento a las mujeres y además siente una culpa agobiante por haber abandonado a su hermana. Helene se ha rebelado y se ha convertido en antropóloga y tiene un novio negro, algo imperdonable es una familia aria de ideas nazis. El irascible Michael, hermano menor que fue enviado a un internado desde pequeño y tiende a abusar del alcohol hasta perder el control de sus acciones, casado y con tres hijos, tiene una relación de maltrato permanente con su esposa, que admite y tolera estos arrebatos, que en muchas ocasiones terminan en feroces relaciones sexuales. El padre es la figura patriarcal por antonomasia, un capitalista hotelero que maneja todo, dice quien entra y quien no y castiga a los hijos si no cumplen sus reglas, con una esposa que lo acompaña silenciosamente sin cuestionar nada. Pero todo el entramado familiar está a punto de romperse por la actitud de Christian, que no puede ocultar más su secreto.

 

La cámara y los actores se relacionan buscando la mejor perspectiva. Si la cámara intenta captar las escenas desde cualquier lugar, con contrapicados, planos cenitales, primeros planos o planos generales, dependiendo de la necesidad de cada toma según la decisión del director, los actores buscan posicionarse en el mejor lugar para que sus vicisitudes sean atrapadas por la movediza cámara, que logra mantener el vertiginoso trajín de una historia apasionante que deja a cualquier espectador anonadado desde el principio hasta el final con una serie de mazazos capaces de quebrar cualquier voluntad.

 

La Celebración narra la locura que anima en el interior de las familias, los secretos, las dinámicas de relaciones y alineamientos de un familiar con otro, las complicidades, los manejos, los amigos, las parejas, los maltratos, los maltratadores y los maltratados. La historia de Vinterberg administra estas relaciones con unas síntesis y velocidad impactantes, que no dan respiro y dejan sin aliento al espectador.

 

Con actuaciones perfectas, una historia de una fuerza increíble y una dirección que se asoma al abismo para emerger renovada, La Celebración fue -y aún es- uno de los mejores productos de la experimentación cinematográfica, de la recuperación de los ejes centrales del cine, la relación entre la historia, la cámara y los actores, un regreso a los orígenes que produjo una verdadera revolución, al menos en el anquilosado cine europeo, que no daba hasta ese momento señales de una nueva ola vanguardista que ponga todo patas para arriba como habían hecho sus precursores franceses, alemanes e italianos, ofreciendo una nueva forma de hacer cine, de entenderlo, percibirlo, disfrutarlo o padecerlo como corresponde, con todo el cuerpo.

 

La Celebración (Festen, Dinamarca/ Suecia, 1998)

Dirección: Thomas Vinterberg. Guión: Thomas Vinterberg y Mogens Rukov. Elenco: Henning Moritzen, Ulrich Thomsen, Thomas Bo Larsen, Paprika Steen, Birthe Neumann, Trine Dyrholm, Helle Dolleris, Therese Glahn, Klaus Bondam, Bjarne Henriksen. Producción: Birgitte Hald. Duración: 105 minutos.

Puntaje: 10