Si para los europeos la década del 60 fue la cúspide de las antologías o películas ómnibus de resonancias entre cómicas y dramáticas aunque con una sutil preponderancia de las risas picarescas, recordemos Boccaccio 70 (1962), Los Monstruos (I Mostri, 1963), Ro.Go.Pa.G. (1963), Alta Infidelidad (Alta Infedeltà, 1964), Los Complejos (I Complessi, 1965), Las Reinas (Le Fate, 1966), Las Brujas (Le Streghe, 1967), aquellas Historias Extraordinarias (Histoires Extraordinaires, 1968), Capricho a la Italiana (Capriccio all’Italiana, 1968), Amor y Rabia (Amore e Rabbia, 1969) y Las Parejas (Le Coppie, 1970), entre muchísimas otras, en el caso de Hollywood el asunto derivó en una serie de exploitations pomposos camuflados de una de las primeras comedias épicas de la historia y sin duda la más exitosa en términos comerciales, hablamos desde ya de La Vuelta al Mundo en 80 Días (Around the World in 80 Days, 1956), epopeya de Michael Anderson con David Niven, Shirley MacLaine, Cantinflas y un seleccionado de estrellas cinematográficas del momento, a su vez parte de un ciclo de adaptaciones anglosajonas de relatos de Julio Verne -entre el proto steampunk y la efervescencia retórica/ narrativa más descabellada- que incluye a 20.000 Leguas de Viaje Submarino (20.000 Leagues Under the Sea, 1954), de Richard Fleischer, De la Tierra a la Luna (From the Earth to the Moon, 1958), opus de Byron Haskin, Viaje al Centro de la Tierra (Journey to the Center of the Earth, 1959), de Henry Levin, y La Isla Misteriosa (Mysterious Island, 1961), de Cy Endfield. En parte por la tradición de siempre del mainstream estadounidense en torno a las odiseas fastuosas y en parte a raíz de la estela del perfeccionismo o puntillosidad en comedia, esa que se remonta hasta Charles Chaplin y Buster Keaton y llega a genios contemporáneos de la talla de Jerry Lewis y Jacques Tati, este último justo entregando por aquellos años la monumental e incomprendida Playtime (1967), lo cierto es que Hollywood ofreció distintas variantes de los enredos épicos y/ o ambiciosos durante los años 60, pensemos en el western de Cómo Casi se Perdió el Oeste (The Hallelujah Trail, 1965), de John Sturges, en la parodia política/ bélica de Dr. Insólito o Cómo Aprendí a Dejar de Preocuparme y Amar la Bomba (Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964), de Stanley Kubrick, y ¡Ahí Vienen los Rusos, ahí Vienen los Rusos! (The Russians Are Coming, the Russians Are Coming, 1966), de Norman Jewison, o en el infaltable musical de Pepe (1960), de George Sidney, Mi Bella Dama (My Fair Lady, 1964), de George Cukor, y El Millonario más Feliz (The Happiest Millionaire, 1967), propuesta hoy olvidada de Norman Tokar para Walt Disney.
Dejando de lado anomalías de distinta magnitud como las aventuras africanas de ¡Hatari! (1962), de Howard Hawks, o esa cruza ultra bizarra de western y canciones que fue La Leyenda de la Ciudad sin Nombre (Paint Your Wagon, 1969), de Joshua Logan, sin lugar a dudas otro de los subgéneros más extraños que recorrió aquella etapa de cambios sociales profundos y gozó del acompañamiento popular es la road movie de carreras o competencias polirubro de la velocidad de opus varios en sintonía con El Mundo está Loco, Loco, Loco, Loco (It’s a Mad Mad Mad Mad World, 1963), del gran Stanley Kramer, Los Intrépidos y sus Máquinas Voladoras (Those Magnificent Men in Their Flying Machines or How I Flew from London to Paris in 25 Hours 11 Minutes, 1965), de Ken Annakin, y la semi secuela de la anterior El Rally de Montecarlo y los Locos del Volante (Monte Carlo or Bust!, 1969), también de Annakin. Sin embargo la película más radical y apasionante del gremio de las rutas sesentosas siempre será La Carrera del Siglo (The Great Race, 1965), una rareza absoluta dentro del rubro en cuestión aunque una película muy coherente vista dentro de los parámetros inconformistas y cerebrales del derrotero de su artífice máximo, el director y guionista Blake Edwards, quien logró conseguir un presupuesto enorme para su tiempo -y mucho más para una comedia, género casi siempre frugal- de doce millones de dólares porque venía de un ciclo de éxitos comerciales y/ o de crítica, léase Sirenas y Tiburones (Operation Petticoat, 1959), Desayuno en Tiffany’s (Breakfast at Tiffany’s, 1961), El Mercader del Terror (Experiment in Terror, 1962), Días de Vino y Rosas (Days of Wine and Roses, 1962) y el díptico de La Pantera Rosa (The Pink Panther, 1963) y Un Disparo en la Oscuridad (A Shot in the Dark, 1964), racha sublime que efectivamente lo llevó a una posición de poder poco habitual para un cineasta de su tiempo y le permitió concebir a la película que nos ocupa como una carta de amor al slapstick o comedia física del cine mudo, una de sus grandes obsesiones desde niño porque su padrastro, Jack McEdward, fue el hijo de un prolífico realizador del período, J. Gordon Edwards, y además siempre admiró a los comediantes primigenios y sobre todo a El Gordo y el Flaco (Laurel and Hardy), aquel dúo compuesto por Stan Laurel y Oliver Hardy, a quienes La Carrera del Siglo está dedicada cual influencia que ya se sentía en La Pantera Rosa y Un Disparo en la Oscuridad y luego crecería hasta niveles insospechados en ocasión de La Fiesta Inolvidable (The Party, 1968), una faena mítica que cierra los años dorados del director norteamericano, por entonces en éxtasis e inaugurando su fama futura de derrochador y autor desparejo en calidad y taquilla.
La propuesta, que por cierto inspiraría Los Autos Locos (Wacky Races, 1968-1969), aquella magistral serie animada de impronta absurda y muy surrealista creada por William Hanna y Joseph Barbera para la CBS, ofrece una lectura laxa/ lejana/ bien heterodoxa de una de las primeras competencias automovilísticas transcontinentales, la Carrera desde Nueva York a París de 1908, disputa metamorfoseada en un periplo que le debe tanto a las coreografías del slapstick y a la guerra folletinesca inmortal entre machos y hembras como a la parodia cultural o metadiscursiva en boga y al delirio cuasi anarquista de los Looney Tunes y las Fantasías Animadas de Ayer y Hoy (Merrie Melodies), queridos productos de la Warner Bros. La historia gira alrededor de la rivalidad entre dos personajes que hacen las veces de los arquetipos por antonomasia de la bondad y la maldad en términos melodramáticos, por un lado El Gran Leslie/ The Great Leslie (Tony Curtis, actor fetiche de la primera fase de la trayectoria de Edwards), un aventurero temerario que realiza diversas pruebas en aire, agua y tierra ante un público embelesado que celebra su look de héroe buen mozo, astuto, cortés, valiente y siempre vestido de un blanco impecable, y por el otro lado el Profesor Fate/ Professor Fate (Jack Lemmon, el cual ya había trabajado con el director en Días de Vino y Rosas, retrato descarnado del alcoholismo), un villano exacerbado de galera, traje y bigote negros, risa maquiavélica a toda prueba y una clara tendencia a los gritos cuando se frustra, lo que ocurre seguido porque a diferencia del éxito en secuencia de su contrincante una y otra vez se topa con el fracaso a pesar de sus proyectos ampulosos destinados a lucirse y derrotar a El Gran Leslie. Motivado por una suerte de nacionalismo industrial, la criatura de Curtis, siempre acompañado por un mecánico y asistente llamado Hezekiah Sturdy (Keenan Wynn), propone a los fabricantes yanquis de coches una carrera de Nueva York a París y por ello le ofrecen un automóvil diseñado para el evento, El Especial de Leslie/ The Leslie Special, que de inmediato genera un vehículo de respuesta por parte del Profesor Fate, ese Aníbal Doble-8/ Hannibal Twin-8, a su vez copilotado por su reglamentario secuaz, el torpe a más no poder Maximillian Mean alias “Max” (Peter Falk). De los siete corredores Max sabotea cuatro coches y por ello quedan los autos de Leslie, Fate y una tal Maggie DuBois (Natalie Wood), interés romántico bastante histérico de Leslie y una señorita que reclama la igualdad de los sexos y que cubre la carrera para un periódico de Nueva York, El Centinela, para lo cual extorsionó a su director Henry Goodbody (Arthur O’Connell), esposándose a los baños masculinos, y se ganó a su esposa Hester (Vivian Vance), también una sufragista.
Como era habitual en el cine de Edwards especializado en sketchs, hablamos sobre todo de la saga centrada en el Inspector Jacques Clouseau (Peter Sellers), La Carrera del Siglo está estructurada en bloques/ actos muy concretos con intenciones narrativas o discursivas entre complementarias e independientes, por ello mismo después de la introducción tenemos una sátira del western que abarca todo el episodio en el pueblo de Borracho, donde estalla una pelea gigantesca en un teatro símil cantina o cabaret porque una cantante bobalicona, Lily Olay (Dorothy Provine), se muestra cariñosa con Leslie estando de novia con el forajido vernáculo, Texas Jack (Larry Storch), y por ello el último tramo de los esplendorosos 160 minutos de metraje funciona como una parodia de las versiones de 1937 de John Cromwell y de 1952 de Richard Thorpe de El Prisionero de Zenda (The Prisoner of Zenda, 1894), la famosa novela del británico Anthony Hope, así las cosas Fate es secuestrado por el Barón Rolf von Stuppe (Ross Martin) y el General Kuhster (George Macready), el poder en las sombras del Reino de Carpania, para un intento de Golpe de Estado que implica reemplazar al príncipe heredero, el borrachín caricaturesco de Friedrich Hapnick (Lemmon de nuevo), con el profesor para que se convierta en rey y hacerlo abdicar, planteo que incluye una legendaria guerra de pasteles y estupendas composiciones de Henry Mancini, amén de un segmento intermedio en el Estrecho de Bering -vía un témpano de hielo que lleva a los protagonistas y sus vehículos hasta Rusia- que forma parte de esa multifacética tradición del “cine helado” internacional que va desde El Enigma de Otro Mundo (The Thing from Another World, 1951), de Christian Nyby, Los Salvajes Inocentes (The Savage Innocents, 1960), de Nicholas Ray, y Doctor Zhivago (1965), de David Lean, hasta Estación Polar Zebra (Ice Station Zebra, 1968), de Sturges, y la extraordinaria El Gran Silencio (Il Grande Silenzio, 1968), de Sergio Corbucci. Curtis, cerca de su decadencia profesional, está muy bien pero aquí los que se llevan las palmas son tanto los histriónicos Lemmon y Falk, dos genios supremos de la farsa, como la hermosa y carismática Wood, quien luego del rodaje intentaría suicidarse con ansiolíticos por una depresión de larga data. Edwards recupera con mano maestra las hipérboles de antaño y en el trajín nos entrega un film siempre fascinante que utiliza la maquinaría mainstream más opulenta para una inventiva de corte iconoclasta, en sí una catarata de ironías que retoman la screwball comedy o comedia alocada de los 30 y 40, señalan el artificio del espectáculo y los deportes masivos y ridiculizan las paradojas ideológicas de los movimientos de izquierda y el influjo caníbal de la derecha en el poder…
La Carrera del Siglo (The Great Race, Estados Unidos, 1965)
Dirección: Blake Edwards. Guión: Blake Edwards y Arthur A. Ross. Elenco: Jack Lemmon, Peter Falk, Natalie Wood, Tony Curtis, Keenan Wynn, Arthur O’Connell, Dorothy Provine, Larry Storch, Ross Martin, George Macready. Producción: Martin Jurow. Duración: 160 minutos.