No es bueno que el hombre esté solo

La colonización del ámbito privado

Por Emiliano Fernández

España luego de la Guerra Civil (1936-1939) entra en un período económico de autarquía, fundamentalmente por un aislamiento exterior debido al hecho de haber ayudado a la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), que se rompe cuando la lacra primermundista, con Estados Unidos y las mismas potencias europeas a la cabeza, considera a la dictadura de Francisco Franco un aliado contra los soviéticos en el contexto geopolítico de la Guerra Fría, anticomunismo fanático y delirante del caudillo y sus huestes de por medio. El asunto deriva en unos años 50 marcados por el proteccionismo y unos 60 por el desarrollismo que eventualmente nos conducen al período terminal del régimen o tardofranquismo, etapa que por un lado deja paso a la llamada Transición a la Democracia (1975-1982), fruto tanto del fallecimiento del tirano en 1975 como del asesinato en 1973 de su sucesor a instancias de ETA/ Euskadi Ta Askatasuna, Luis Carrero Blanco, y por el otro lado consolida una serie de transformaciones neoliberales, centradas en medidas a favor del mercado y la precarización laboral, que paradójicamente coinciden con la implementación de algunos mecanismos paliativos tenues deudores del Estado de Bienestar, algo que se exacerbaría significativamente en los gobiernos posteriores de las décadas del 80 y 90 del Partido Socialista Obrero Español y el Partido Popular. Sin embargo el tardofranquismo suele ser recordado por la catarata de crisis políticas e institucionales que atravesó por la senilidad de Franco y las disputas en secuencia entre los “inmovilistas” y los “aperturistas”, provocando a la postre que la censura cultural histórica se relaje y películas como No es bueno que el hombre esté solo (1973), dirigida por Pedro Olea, no sólo sean posibles sino que ayuden a pintar el derrumbe sistemático de las máscaras conservadoras/ chauvinistas/ católicas de la dictadura, ahora efectivamente en un período de repliegue que se mezclaba con el nihilismo de los 70 y ese hippismo liberador previo que los españoles no conocieron.

 

A mitad de camino entre Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, y Tamaño Natural (Grandeur Nature, 1974), del genial Luis García Berlanga, pero también ubicándose entre la sátira terrorista de Luis Buñuel y aquel “vale todo” a nivel ético/ moral del Juan Antonio Bardem de Muerte de un Ciclista (1955) y Calle Mayor (1956), la película indaga en la existencia de Martín Freire (José Luis López Vázquez), alto ejecutivo de una empresa típica del tardofranquismo y del modelo neoliberal orientado a la especulación y la destrucción del aparato industrial, una naviera dedicada al desguace y no a la construcción de barcos, así las cosas el protagonista encontró una forma un tanto singular de esquivar el luto pleno por el fallecimiento de su esposa un par de años atrás, una tal Elena cuya personalidad, apariencia y nombre trasladó a una muñeca sexual/ maniquí con la que copula y mantiene conversaciones en la intimidad de su mansión. Si bien se siente atraído hacia otras mujeres tanto de carne y hueso como de plástico, como por ejemplo su secretaria, Mónica (Helga Liné), o algunas señoritas tiesas en un escaparate o incluso una “hermana” que compra para que le haga compañía a su amada, Paula, lo cierto es que Martín es fiel a la muñeca y no tiene intención de meterle los cuernos ni compartir el secreto con nadie y mucho menos con su única vecina, una prostituta llamada Lina (Carmen Sevilla) que vive con su hija pequeña, Cati (Lola Merino), y su alcahuete/ novio, Mauro (Máximo Valverde). Lina trabaja también sirviendo tragos en un cabaret cuyo propietario es un gordo homosexual que a su vez tiene de amante a Mauro, por ello cuando la mujer se entera lo abandona y planea extorsionar a Martín para mudarse a su casa con la mocosa, niña que descubrió a Elena colándose en el hogar del oligarca y después le contó el episodio a su madre. Martín ve impasible cómo la meretriz simula ser su esposa ante su jefazo, Don Alfonso (Eduardo Fajardo), se reconcilia con Mauro y para colmo pretende que el hombre destruya a su familia, estas Paula y Elena.

 

La propuesta combina por un lado elementos previsibles, en sintonía con esos intentos de generar suspenso en torno a la condición inanimada de Elena o su lugar ortopédico en la vida de Martín reemplazando a su esposa fallecida, giros que se ven venir a kilómetros a la distancia por las visitas al cementerio, y por el otro lado planteos interesantes que niegan en simultáneo toda corrección política y lo esperable en términos de una narrativa mainstream tradicional, en este sentido pensemos que el relato evita la sustitución símil folletín rosa de una muñeca que no habla, una sometida, por otra que sí habla, una independiente y con vida en serio, porque nuestra furcia no tiene nada de “prostituta con corazón de oro” y es más bien una arpía ultra oportunista que le invade la morada al ejecutivo desde el más puro parasitismo, en parte respondiendo a este esquema de fondo de “burgués hermético versus lumpen abierto al mundo” y en parte producto de la ensalada de géneros que nos ofrece el film, amalgama curiosa de thriller, comedia negra, melodrama y absurdo surrealista. Dicho de otro modo, todos los personajes son condenables por una cosa u otra, así Cati peca de metiche insoportable y buchona cíclica, Lina aprovecha toda la mojigatería del mandamás naviero, Mauro es otro vividor del montón y el propio Martín está pintado mayormente desde la victimización y la pusilanimidad aunque también, con el desarrollo general, ventila rasgos psicopáticos primero cuando mata a la gatita de la nena, Marilyn, al sentirse hastiado por la presencia de las dos hembras en su hogar, justo luego de una intentona de seducción por parte de Lina en su propia habitación y con el maniquí adelante, y después cuando finalmente explota en ocasión de Mauro, su opuesto masculino exacto porque el proxeneta sí está acostumbrado a lidiar con mujeres reales, toqueteando a la pudorosa Elena, por ello lo asesina y a posteriori hace lo propio con la puta con el objetivo de cobrarse que le haya destrozado a Paula y dejado su torso y sus extremidades en el garaje de la casona costera.

 

Hoy a Olea, aquí aportando la historia de base para el guión de José Luis Garci y José Luis Martínez Mollá, se lo recuerda especialmente por la película que nos ocupa y una famosa reinterpretación de la vida del asesino en serie Manuel Blanco Romasanta, El Bosque del Lobo (1970), además su primera colaboración con el extraordinario López Vázquez, actor que por aquellos años estaba saltando de la comedia costumbrista a la tragedia alegórica antifranquista, sin embargo el realizador asimismo entregó otros films atendibles como su opus con Geraldine Chaplin, La Casa sin Fronteras (1972), aquella exploración altisonante y vanguardista sobre la homosexualidad, Un Hombre Llamado Flor de Otoño (1978), una amena adaptación de una novela de 1988 de Arturo Pérez-Reverte, El Maestro de Esgrima (1992), y su Trilogía de Madrid, esa bien melodramática de Tormento (1974), Pim, pam, pum… ¡fuego! (1975) y La Corea (1976). No es bueno que el hombre esté solo, título hiper irónico que cita a la Biblia y juega con la humanización de los objetos y su adverso, la cosificación de los humanos, analiza la colonización del ámbito privado sirviéndose de un terreno proclive al chantaje y abonado por la soledad, la fantasía, la represión sexual, la timidez y el dolor por la desaparición del ser querido, amén del sustrato castrador y beato del inmundo franquismo en sí, coyuntura de mediados del Siglo XX hoy extinta y todavía caracterizada por el pleno empleo, los trabajos para toda la vida, el coito siempre vedado/ vergonzoso, el ascetismo social e institucional y una hipocresía a raíz de la distancia entre la intimidad y la imagen pública, en pantalla una esposa que “vive” mediante unos cassettes que ella misma reproduce vía un equipo de música en su espalda. A diferencia del carácter más explícito y pirotécnico de Tamaño Natural, en esta oportunidad las palabras, tanto las pronunciadas como las imaginadas y las grabadas, ocupan un rol crucial en la trama ya que garantizan el silencio de las invasoras y la sobrevida artificial de una Elena muy precaria…

 

No es bueno que el hombre esté solo (España, 1973)

Dirección: Pedro Olea. Guión: José Luis Garci y José Luis Martínez Mollá. Elenco: José Luis López Vázquez, Carmen Sevilla, Lola Merino, Máximo Valverde, Eduardo Fajardo, Helga Liné, José Franco, Raquel Rodrigo, Betsabé Ruiz, Enrique Ferpi. Producción: Luis Méndez. Duración: 88 minutos.

Puntaje: 8