Una de las grandes paradojas de los asesinos en serie hispanoparlantes y del campo de la llamada “licantropía clínica”, en esencia para designar un trastorno psiquiátrico vinculado a la psicosis y diferenciarlo de la licantropía a secas de corte mitológico o fabuloso social, es el caso del español Manuel Blanco Romasanta (1809-1854 o 1863), un hermafrodita de una familia de buen pasar económico con apariencia más femenina que masculina, de muy baja altura y rubio, que trabajó como modisto, sabía leer y escribir y fue confundido con una hembra durante los primeros años de su vida. Luego de casarse y eventualmente enviudar comienza a dedicarse al oficio de “buhonero”, léase un vendedor ambulante que además oficiaba de baqueano o guía para las personas que viajaban en ocasiones excepcionales y no conocían los precarios caminos del Siglo XIX, así con el tiempo termina con una sentencia en ausencia de diez años de prisión por supuestamente asesinar a Vicente Fernández, un alguacil que intentó cobrarle una deuda con una proveeduría de mercancías. Romasanta, de todos modos, consigue evadir a la justicia haciéndose pasar por portugués durante años y años, un tal Antonio Gómez, e incluso adquiere algo de fama vendiendo jabón y ungüentos hechos con grasa, un detalle que iría a parar a su leyenda cuando distintos habitantes de la España rural empezaron a darse cuenta de que las mujeres y niños a los que el baqueano guiaba desaparecían sin dejar más que alguna que otra misiva a sus familiares explicando que se mudaron a regiones muy alejadas, por ello con el tiempo es arrestado y confiesa trece homicidios mientras ensaya una insólita defensa, la licantropía, diciendo primero que efectivamente se convertía en lobo con la Luna Llena y luego que todo era un problemilla psiquiátrico. Aquellos ridículos frenólogos de la época lo consideraron responsable de sus crímenes y fue sentenciado a muerte por garrote vil, no obstante un hipnotista francés que vivía en Londres, Joseph-Pierre Durand de Gros alias Señor Phillips, pronto intercedió en su nombre y hasta logró que la misma reina, Isabel II, conmutara su sentencia a cadena perpetua para poder estudiar el caso, así las cosas falleció en la cárcel de manera misteriosa, algo a mitad de camino entre el cáncer de estómago y un homicidio a manos de un guardia.
Por el clásico aislamiento de gran parte de los países que hablan castellano, un cúmulo de naciones que viven encerradas en sí mismas cuando en verdad comparten idiosincrasia y padecimientos a montones, en América Latina en términos generales no se conocen las correrías del tremendo Manuel Blanco, por un lado sinónimo en España de una versión de carne y hueso del Cuco, El Hombre del Saco y el hilarante Sacamantecas, este último un monstruo con forma humana que mata a hembras y sus críos para sacarles el sebo y hacer jabones y pomadas, y por el otro lado fuente de inspiración de dos novelas que mutaron en dos películas, hablamos primero de El Bosque de Ancines (1947), libro de Carlos Martínez-Barbeito que derivaría en El Bosque del Lobo (1970), un interesante film de Pedro Olea, y segundo de Romasanta: Memorias Inciertas del Hombre Lobo (Romasanta: Memorias Incertas do Home Lobo, 2004), trabajo del gallego Alfredo Conde que se convertiría casi en paralelo en Romasanta: La Caza de la Bestia (2004), una odisea bastante mediocre de Paco Plaza orientada al mercado anglosajón y con el actor británico Julian Sands en el papel del licántropo. El Bosque del Lobo no sólo supera por mucho a la propuesta cinematográfica posterior sino que asimismo funciona como un muy buen ejemplo de cómo servirse de una colección de hechos verídicos un tanto polémicos, de esos que dejan flotando muchas dudas por la miseria e ignorancia de los ciudadanos del momento y el oscurantismo e impunidad de las autoridades, con el objetivo de construir una historia que a su vez apunta a captar el espíritu convulso de la etapa y no a retratar al pie de la letra el caso en sí. Aquí Romasanta se llama Benito Freire y está encarnado por José Luis López Vázquez, estupendo intérprete que se había hecho conocido en los 50 y comienzos de los 60 gracias a sus colaboraciones con Luis García Berlanga y Marco Ferreri para después caer en un prolongado período de trabajos cómicos paupérrimos del que comienza a salir con sus primeros films dramáticos, en sintonía con Peppermint Frappé (1967), El Jardín de las Delicias (1970) y La Prima Angélica (1974), las tres de Carlos Saura, La Cabina (1972), mítico mediometraje de horror de Antonio Mercero, y esta misma El Bosque del Lobo, sin dudas su gran cenit profesional.
Enmarcado en los versos de un romancero que abre y cierra la faena, el relato incluye una serie de flashbacks que pintan la infancia de Benito (Lorenzo Rodríguez), quien padece el catolicismo fanático de la época, se desmaya por una enfermedad desconocida, descubre el sexo viendo a un caballo montar a una yegua y sufre además las bromas crueles de otros purretes y las palizas de los mayores, pero el presente de la narración abarca su derrotero adulto de mediados del Siglo XIX y nos presenta desde el vamos un quid criminal a pleno basado en ataques de epilepsia que lo conducen a estrangular a diversas mujeres con sus propias manos en medio de la espesura verde de los caminos, dejándolo después con culpa y memoria de lo ocurrido aunque dispuesto a robarse las pertenencias de la víctima para venderlas o quizás quedárselas si se sentía atraído por la fémina en cuestión, como en el caso de la primera fallecida en pantalla, la hermosa Avelina (Nuria Torray), madre de una mocosa llamada Teresita (Inma de Santis) que queda a cargo de dos veteranas, Vigaira (Porfiria Sanchíz) y Riquitina (María Sánchez Aroca), cuando la ninfa abandona su pueblo y se marcha con Freire a casa de su tía con la esperanza de un trabajo estable y sin saber de las tendencias homicidas de su compañero. El protagonista desprecia a los menesterosos, esos que encuentra en las tabernas bajo la idiosincrasia marginal de tullidos, enanos, putas, viejos y gordos, y gusta de hacerles favores a los burgueses de alta alcurnia como un par de amantes clandestinos y algo demasiado patéticos para los que lleva y trae cartas, Pacucha (Amparo Soler Leal), una solterona que vive con su tío cura, y Don Nicolás de Valcárcel (Alfredo Mayo), un oligarca casado cuya familia tiene una proveeduría en la que Benito se abastece de mercancías. Luego de experimentar otro ataque de epilepsia ante un vendedor inglés/ protestante de Biblias que logra escapar, Robert (John Steiner), se desmaya bajo la lluvia, enferma de inmediato y termina en un hospital, no obstante a la salida es descubierto robando una caja de música de la proveeduría de Valcárcel y así revela a su esposa (María Arias) el affaire epistolar con una Pacucha a la que eventualmente estrangula después de también reventar a Riquitina y a una Teresita que fallece cuasi accidentalmente en llamas.
Olea, que firma el guión con Juan Antonio Porto y más adelante reincidiría con López Vázquez en la igualmente maravillosa No es bueno que el hombre esté solo (1973), aquí se aleja del arquetipo de los licántropos del fantaterror español que por aquellos mismos años estaba naciendo de la mano del legendario Waldemar Daninsky de Paul Naschy, hombre lobo que iría a parar a una docena de films, esos que arrancan con La Marca del Hombre Lobo (1968), de Enrique López Eguiluz, y pronto llegan a su cúspide cualitativa gracias a la recordada La Noche de Walpurgis (1971), del realizador argentino León Klimovsky, por cierto muy influenciadas por el acervo fastuoso y pirotécnico -en violencia y sensualidad- de la Hammer Film Productions y en especial La Maldición del Hombre Lobo (The Curse of the Werewolf, 1961), del inmenso Terence Fisher, un señor que ya había rejuvenecido a otros monstruos clásicos vía La Maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, 1957), Drácula (1958) y La Momia (The Mummy, 1959), una trilogía escrita por Jimmy Sangster y estelarizada por Peter Cushing y Christopher Lee. Olea, en cambio, se muestra más interesado en un retrato realista y semi etnográfico de las costumbres, supersticiones y folklore de la España bucólica de antaño, precisamente por ello la propuesta apuesta por la complejización del personaje central mostrando su niñez como cercana a la animalización, la sexualidad reprimida y la vehemencia irracional e inquisitorial del ser humano, a lo que se contrapone una adultez de víctima y victimario, o enfermo mental y asesino, que sólo es comprendido por una curandera/ “saludadora” (María de las Rivas), abuela que vive en una cueva, y por ese Robert que en el final lo entrega cuando se descubren los asesinatos por un chal que le sacó a Avelina y regaló a una colega buhonera, Queiruga (María Vico). Como otras epopeyas futuras de asesinos en serie, El Bosque del Lobo hace énfasis en las mentiras maquiavélicas del loquito y su destreza a la hora de camuflar socialmente sus perversiones, en esta oportunidad incluyendo la pedofilia, porque consigue hacer trizas la confianza que le tenían un niño inocente, Minguiños (Pedro Luis León), y un sacerdote bienintencionado, el Abad (Antonio Casas), dos ejemplos de la ingenuidad popular y lastimosa de siempre…
El Bosque del Lobo (España, 1970)
Dirección: Pedro Olea. Guión: Pedro Olea y Juan Antonio Porto. Elenco: José Luis López Vázquez, Amparo Soler Leal, Antonio Casas, John Steiner, Nuria Torray, Alfredo Mayo, María Vico, Pedro Luis León, Porfiria Sanchíz, Inma de Santis. Producción: Pedro Olea. Duración: 90 minutos.