Perdidos en América (Lost in America)

Fuga utópica burguesa

Por Emiliano Fernández

Si bien en términos generales hoy en día es mucho más conocida la trilogía de los años 90 de Albert Brooks, aquella de La Musa (The Muse, 1999), su sátira del narcisismo baladí y autovictimizante de Hollywood, Madre (Mother, 1996), un análisis sobre el Completo de Edipo, la insatisfacción social generalizada y el comportamiento pasivo-agresivo, y Visa al Paraíso (Defending Your Life, 1991), su reinterpretación de ese formato romántico de impronta fantástica/ religiosa/ fantasmagórica/ existencialista que va desde Escalera al Cielo (A Matter of Life and Death, 1946), de Michael Powell y Emeric Pressburger, hasta El Cielo Puede Esperar (Heaven Can Wait, 1978), opus de Warren Beatty y Buck Henry, lo cierto es que las películas verdaderamente interesantes de nuestro “hombre orquesta” en cuestión -siempre oficiando de protagonista, director y guionista- son las tres de sus inicios como realizador, hablamos por supuesto de Perdidos en América (Lost in America, 1985), odisea farsesca acerca de la vieja fantasía de las sociedades plutocráticas de desprenderse de las obligaciones y vagar como espíritus libres por las carreteras del interior bucólico, Romance Moderno (Modern Romance, 1981), retrato de la neurosis detrás de las relaciones contemporáneas y de un afán de control enraizado en el conservadurismo ciego, y Vida Real (Real Life, 1979), proto parodia de unos reality shows televisivos que recién estaban naciendo en los 70 de la mano de Una Familia Americana (An American Family, 1973), la revolucionaria serie documental del productor Craig Gilbert para el Public Broadcasting Service o PBS sobre una parentela suburbana de alto poder adquisitivo de Santa Bárbara, en el Estado de California, los Loud. Dejando de lado su última, curiosa y apenas simpática propuesta en el rol de director, Buscando Comedia en el Mundo Musulmán (Looking for Comedy in the Muslim World, 2005), otra de sus sátiras antropológicas marca registrada símil Vida Real y Perdidos en América, la primera trilogía de Brooks de los 70 y 80, aún con su sustrato muy errático, supera a la segunda, mucho más hollywoodense tradicional.

 

Dentro del lote de turno es su tercer largometraje el más inteligente o por lo menos sensato y oportuno porque se estrenó en el momento justo en el que el idealismo de los años 60 se había transformado en una pieza de museo y el nihilismo ya decididamente pragmático de los 70 había mutado en la cultura de los yuppies del reaganismo neoliberal salvaje de los 80, en este sentido Perdidos en América puede incluso leerse como una reflexión alrededor del intento inútil de determinados sectores de las clases media y alta, las subdivisiones que se consideran a sí mismas progresivas o inconformistas en algún aspecto de su identidad, de regresar al “paraíso social” ingenuo de los años de las quimeras del hippismo, el Flower Power, el pacifismo, la vida en comunas, la Revolución Sexual y las drogas fetichizadas, todo desde ya después de haber ensayado -y fracasado también- en materia de una vuelta a otro edén aunque de un signo ideológico opuesto, nos referimos al proyecto de reflotar la sociedad compartimentalizada del período prebélico y especialmente los años 50, cuando se instaló en el inconsciente norteamericano y en gran medida occidental/ planetario la idea de una “normalidad” homologada a la parentela blanca, sonriente y cristiana de gran poder adquisitivo, suerte de utopía del progreso mentiroso capitalista a la que todos los sectores de la comunidad global continúan adhiriendo en el Siglo XXI, ya sea para negarla (cortesía de las minorías de izquierda) o exaltarla (algo que le corresponde a la mayoría reaccionaria, por ello todavía la concepción mantiene su poder y consigue reproducirse con una eficacia envidiable bajo ataques y ya sin ningún asidero en la praxis). Como el cinismo ochentoso y todo su egoísmo especulativo ya hacían imposible regresar a la familia modelo de antaño, desde esa época una y otra vez nos hemos encontrado con sucesivas tentativas de rescatar distintas facetas de la última verdadera revolución idiosincrásica, aquella de los años 60 que llevó a la juventud al primer plano social para luego ser fagocitada por el mercado, de allí la frustración cuando la realidad golpea duro sobre los anhelos retros de propios y extraños.

 

El guión de Brooks y Monica Mcgowan Johnson, su colaboradora histórica en el arte de escribir hasta el repentino fallecimiento de la mujer en 2010 a los 64 años de edad por un cáncer de esófago, se centra en un matrimonio de yuppies de Los Ángeles, David (Brooks), un ejecutivo publicitario en una importante agencia de Estados Unidos, y Linda Howard (Julie Hagerty), muy cómoda en un mando intermedio alto de una cadena de venta por departamentos. Justo cuando están por mudarse a una casa más grande en la previa de lo que piensan será un ascenso del varón, de director creativo al puesto de vicepresidente en la empresa de turno, Ross & McMahon, a David le entran dudas acerca de la previsibilidad anodina de sus vidas de treintañeros exitosos que de todos modos apaga con la posibilidad de comprarse un Mercedes-Benz personalizado y con el objetivo tácito de fondo de tener hijos en un futuro, de allí la necesidad de ampliar el espacio consagrado al ámbito privado. Los planes rápidamente se van al drenaje cuando el presidente de la firma, Paul Dunn (Michael Greene), le comunica que decidió ascender a otra persona, un tal Phil Shubano que está en la empresa hace unos dos años que no rivalizan con los ocho del personaje de Brooks, para colmo pretende trasladarlo a la sede de Nueva York de Ross & McMahon y asignarle a un evidente tarado, Brad Tooley (Tom Tarpey), como compañero en una nueva y suculenta cuenta, nada menos que la Ford Motor Company, por ello opta por confrontar de manera agresiva con Dunn y es despedido luego de algunos insultos. David convence a Linda de renunciar a su trabajo y vender el inmueble donde viven y el resto de sus bienes con vistas a comprar una casa rodante y salir a recorrer el país siguiendo el ejemplo de Busco mi Destino (Easy Rider, 1969), la obra maestra con Dennis Hopper, Peter Fonda y Jack Nicholson, fuga de la vida burguesa que deriva en fracaso porque la mujer pierde los ahorros, unos 145 mil dólares, jugando a la ruleta en un casino de Las Vegas, el Desert Inn, lo que genera peleas varias y la necesidad de buscar trabajos mal pagos y algo denigrantes.

 

Brooks, fiel a su estilo, se sirve de un humor seco y muy paciente para explorar la locura o mediocridad delirante que subyace agazapada en todos los seres humanos, ya sea en los neuróticos, insoportables y narcisistas como David o en los apáticos, aburridos y sumisos como Linda, amén de sus típicas referencias cinéfilas, el apego para con las secuencias dialogadas extensas, el coqueteo con el drama a lo Woody Allen y su proverbial obsesión con homologar al entretenimiento y la publicidad/ el marketing con la manipulación masiva de pobres diablos que inconscientemente incorporan como propias las ideas y conductas ajenas. El director, quien a lo largo de su carrera en esencia interpretó al mismo personaje ciclotímico y exasperado que no sabe bien lo que quiere y por ello salta de opción en opción hasta dar con la considerada correcta, constituye una rara avis dentro del ecosistema cinematográfico estadounidense porque en sus obras tiende a privilegiar la precisión del planteo discursivo por sobre el fetiche con agradar al espectador, una manía casi siempre patética que lleva a Hollywood a lo sentimentaloide barato cual atajo entre lo odioso del antihéroe promedio norteamericano del montón y lo querible de esa criatura redimida que pretenden vendernos los desenlaces del mainstream del séptimo arte. Perdidos en América, película que en el escapismo pueril del nuevo milenio sería imposible de producir, habla de manera franca al público adulto sobre la idiotez de un gesto a priori encomiable, el buscar la libertad si uno se percibe atado y/ o esclavizado, de allí que la superficialidad caprichosa con la que nuestra pareja burguesa encara el asunto desencadene no sólo la debacle latente inevitable, léase el descubrimiento de la ludopatía de Linda, sino el doloroso despertar ante la verdad de que eran unos privilegiados en un mundo siempre injusto cuyo inconformismo de cotillón se siente vacuo al chocarse con una realidad que de publicitaria/ idílica no tiene nada. El film, una de las pequeñas grandes comedias olvidadas de los 80, piensa la ruina ética de una supuesta izquierda que ve a su coyuntura desde la jaula de oro de la derecha…

 

Perdidos en América (Lost in America, Estados Unidos, 1985)

Dirección: Albert Brooks. Guión: Albert Brooks y Monica Mcgowan Johnson. Elenco: Albert Brooks, Julie Hagerty, Michael Greene, Tom Tarpey, Garry Marshall, Donald Gibb, Charles Boswell, Herb Nanas, Raynold Gideon, Maggie Roswell. Producción: Marty Katz. Duración: 92 minutos.

Puntaje: 8