En esencia perteneciente a la camada de realizadores que coquetearon con el polar o film noir francés, que reincidieron en algunas ocasiones en el género o que directamente se especializaron sin medias tintas en la ambigüedad moral de los bajos fondos metropolitanos y la estampa elegante de sus máximos exponentes, grupito por cierto conformado por gente de la talla de Henri Verneuil, Claude Sautet, Robert Enrico, Alain Corneau y el tremendo José Giovanni, sinceramente Jacques Deray jamás llegó al nivel de calidad de Jean-Pierre Melville, sin dudas el director y guionista por antonomasia del polar, aunque sí fue tan prolífico como el susodicho y se la pasó insistiendo en el género con un ahínco inigualable que abarca cuatro décadas desde aquellos inicios de los años 60 hasta fines del Siglo XX, cuando ya se vuelca de manera definitiva a la televisión y cae en el olvido. Se podría afirmar que Deray probó suerte en el melodrama, la comedia, las aventuras y una catarata de thrillers variopintos, sin embargo a decir verdad lo suyo fue una obsesión con el film noir que empezó con Rififí en Tokio (Rififi à Tokyo, 1963), precisamente inspirada en Rififí (Du Rififi chez les Hommes, 1955), joya de uno de los padres del polar, aquel Julius Dassin que junto con Henri-Georges Clouzot y Jacques Becker sentó las bases del relato moderno de suspenso en consonancia con otros seguidores de Louis Feuillade, hablamos sobre todo de Alfred Hitchcock, Fritz Lang y el Georges Franju de Los Ojos sin Rostro (Les Yeux sans Visage, 1960), Foco en el Asesino (Pleins feux sur l’Assassin, 1961) y Judex (1963). Amén de propuestas interesantes y muy poco vistas como Sinfonía para una Masacre (Symphonie pour un Massacre, 1963) y No se Muere más de Dos Veces (On ne Meurt que Deux Fois, 1985), la persistencia del amigo Jacques en la memoria cinéfila del nuevo milenio se debe especialmente a sus colaboraciones con dos de los titanes del cine comercial europeo de las décadas del 60, 70 y 80, nada más y nada menos que Alain Delon y Jean-Paul Belmondo.
En el caso de ambos actores, tanto en términos de su carrera en general como en lo que respecta a la partición que nos ocupa, léase sus colaboraciones específicas con Deray, se reproduce el mismo patrón profesional porque al lado de mega clásicos del cine de género francés se ubican películas descartables o por lo menos fallidas que nos hablan del carácter errático de Jacques, de la heterogeneidad estilística del acervo mainstream de antaño y de la hilarante fábrica de películas para el gran público del período, en sí un encadenamiento de proyectos -a veces varios por año y siempre con la cocina del siguiente empezando durante la postproducción del último- que por un lado respondían a fórmulas patentadas de amplia repercusión en taquilla, reproduciendo el esquema yanqui, y por el otro lado atesoraban un generoso margen de experimentación para evitar el aburrimiento de los responsables detrás de cámaras y de un público ávido de epopeyas de sabor e idiosincrasia locales, especie de antídoto cultural para el sustrato invasivo de Hollywood en un tiempo en el que las masas todavía reclamaban arte no hablado en inglés. Mientras que Belmondo nos regaló un par de trabajos de acción un tanto grasientos aunque muy disfrutables, El Marginal (Le Marginal, 1983) y El Solitario (Le Solitaire, 1987), y una propuesta primigenia craneada en piloto automático, Secuestro bajo el Sol (Par un Beau Matin d’été, 1965), el verdadero socio de Deray fue Delon, pensemos para el caso en clásicos como La Piscina (La Piscine, 1969), Borsalino (1970), la simpática secuela Borsalino y Compañía (Borsalino and Co., 1974), Historia de un Policía (Flic Story, 1975) y Tres Hombres para Matar (Trois Hommes à Abattre, 1980), trabajos que corren en paralelo a bodrios inexplicables en línea con Los Gangsters (Le Gang, 1977), Un Crimen (Un Crime, 1993), El Oso de Peluche (L’Ours en Peluche, 1994) y una insólita y paupérrima comedia coprotagonizada por Paul Meurisse y Nathalie Delon, la ex esposa del señor, Yo te amo, Natalie (Doucement les Basses, 1971).
Borsalino, el regreso de Jacques a la mafia de Rififí en Tokio, constituye una rareza en el ecosistema meditabundo del polar porque, de hecho, se aleja de la seriedad minimalista del legendario convite inmediatamente previo, La Piscina, eco a lo lejos de otra propuesta con Delon y Maurice Ronet, A Pleno Sol (Plein Soleil, 1960), de René Clément, y en paralelo se juega por un tono esquizofrénico que por momentos parece anticipar la levedad discursiva de El Golpe (The Sting, 1973), la recordada película de George Roy Hill con Paul Newman y Robert Redford, y en otras ocasiones se asemeja a cierto polar semi adusto o un poco más afable que el promedio, incluso preludiando la relectura posterior del film noir a instancias del Hollywood nihilista setentoso de Contacto en Francia (The French Connection, 1971), de William Friedkin, Harry, el Sucio (Dirty Harry, 1971), de Don Siegel, Shaft (1971), de Gordon Parks, El Padrino (The Godfather, 1972), de Francis Ford Coppola, La Fuga (The Getaway, 1972), de Sam Peckinpah, y Obsesión Mortal (Play Misty for Me, 1971), de Clint Eastwood. El guión de Deray, Sautet, Jean Cau y el gran Jean-Claude Carrière está basado muy a la distancia en la vida de dos gangsters, Paul Carbone y François Spirito, que se dedicaron al proxenetismo, el tráfico de opio, el chantaje y el sicariato para las autoridades políticas y policiales de Marsella, llegando a colaborar con los nazis en la Francia de Vichy y a ayudar a fundar la red internacional de tráfico de heroína conocida como la “conexión francesa”. En pantalla estos señores se llaman Roch Siffredi (Delon) y François Capella (Belmondo) e inauguran su relación, en la Marsella de los 30, peleándose por una linda señorita llamada Lola (Catherine Rouvel), no obstante pronto se hacen amigos y comparten faenas varias como el robo de caballos, los combates de boxeo arreglados y el sabotaje de competidores en el mercado de la venta de pescado a favor de una tal Simone Escarguel (Françoise Christophe), mujer que los introduce en las cúpulas de la mafia de entreguerras.
El trasfondo bien bizarro de Borsalino, título que hace referencia a la empresa italiana por antonomasia dedicada a la fabricación de los sombreros fedora, los favoritos de nuestros antihéroes y de aquellas décadas del 30 y 40, se condice con cierto dejo posmoderno de la película vinculado a un pastiche que jamás se preocupa por construir una historia verdadera o por maquillar el hecho de que estamos ante un vehículo comercial que unifica motivos, latiguillos y recursos del polar y el neo film noir internacional de entonces, así las cosas el asunto se homologa de a poco a un gracioso popurrí de secuencias sin demasiada lógica ni sustento dramático en las que Capella y Siffredi trepan hasta lo más alto de los sindicatos delictivos de Marsella llevándose puestos no sólo a los dos jefazos de turno, Poli (André Bollet), el dictador del mercado vernáculo de la carne, y Marello (Arnoldo Foà), amigo del abogado mafioso Rinaldi (ese siempre estupendo y muy medido Michel Bouquet), sino también a un empresario cabaretero asimismo al servicio de Marello, Bailarín (Christian de Tillière), y de sopetón al interés romántico de François, una ninfa bautizada Ginette (Nicole Calfan) que cae asesinada por las huestes de su “novio oficial”, el gigantón Poli. Otra de las paradojas de Borsalino, además de este carácter algo artificial o impostado que no repercute en el disfrute del espectador por el oficio narrativo de Deray, la alegría detrás del leitmotiv para pianola de Claude Bolling y la sutil presencia escénica de dos genios como Belmondo y el también productor Delon, pasa por la evidente tensión entre las dos estrellas a pesar de interpretar a supuestos “mejores amigos”, situación que derivaría en juicios cruzados por incumplimiento de contrato -sus otras dos aventuras juntos son las olvidadas Una Rubia Peligrosa (Sois Belle et Tais-toi, 1958), de Marc Allégret, y Los Profesionales (1 Chance sur 2, 1998), de Patrice Leconte- y que curiosamente logra potenciar la estampa pícara del personaje de Belmondo, un adepto a los puños y las monedas de la suerte falseadas, y el perfil gélido de la criatura de Delon, aquí una especie de psicópata apenas camuflado que gusta de lanzar cuchillos y ve enemigos por todas partes aunque se reprime bastante a la hora de avanzar sobre su gran amor, la esposa de Rinaldi (Corinne Marchand). Retomando a discreción el libro periodístico Bandidos de Marsella (Bandits à Marseille, 1959), de Eugène Saccomano, Deray, el cual también entregaría un par de películas con el afamado Lino Ventura, la mediocre Red Siniestra (Avec la Peau des Autres, 1966) y la misteriosa Una Mariposa sobre la Espalda (Un Papillon sur l’Épaule, 1978), y otra más rescatable con Jean-Louis Trintignant, Ann-Margret, Roy Scheider y Angie Dickinson, Funeral en Los Ángeles (Un Homme est Mort, 1972), en Borsalino presagia tanto las muertes de El Padrino, anticipadas en los óbitos de Poli, Bailarín y Marello, como esa obsesión con el ragtime de El Golpe, hoy menos melancólica y más lúdica y paradójicamente mecánica…
Borsalino (Francia/ Italia, 1970)
Dirección: Jacques Deray. Guión: Jacques Deray, Jean-Claude Carrière, Claude Sautet y Jean Cau. Elenco: Alain Delon, Jean-Paul Belmondo, Michel Bouquet, Catherine Rouvel, André Bollet, Françoise Christophe, Arnoldo Foà, Corinne Marchand, Nicole Calfan, Christian de Tillière. Producción: Alain Delon y Henri Michaud. Duración: 124 minutos.