La Uruguaya

Cruzar el charco

Por Martín Chiavarino

Lucas Pereyra (Sebastián Arzeno), un escritor argentino de cierto renombre, otrora gran promesa de la literatura, sucumbe al característico problema de su profesión. En sus cuarenta y cinco años ha perdido el impulso y no encuentra inspiración para abordar una nueva historia. Abotargado por su paternidad y su estancada relación con Catalina (Jazmín Stuart), Lucas necesita un escape, que encuentra en su relación a distancia con Magali Guerra Zabala (Fiorella Bottaioli), una joven uruguaya de veinticinco años a la que conoció en una lectura en un festival en las playas de Barra de Valizas hace poco. Con la excusa de retirar el adelanto de su próxima novela, quince mil dólares depositados en Montevideo para evitar la pesificación forzosa y el cepo cambiario, Lucas planifica en su mente un día de sexo con Magalí en el famoso y céntrico Hotel Radisson, en una habitación en la que en algún momento se alojó Damon Albarn durante una de sus giras por Sudamérica, con vista privilegiada al Palacio Salvo, histórico rascacielos de la ciudad diseñado por el arquitecto italiano Mario Palanti, el mismo que ideó el Palacio Barolo en Buenos Aires para unir ambas ciudades por los puentes de luz de los faros de sus cúpulas, lo que finalmente no fue posible por errores de cálculo. Albarn precisamente utilizó una foto del Palacio Salvo tomada desde una de las habitaciones del hotel para ilustrar el quinto single, titulado Heavy Seas of Love, de su primer álbum solista, Everyday Robots (2014), un disco íntimo alejado de las canciones más resonantes de sus bandas Blur y Gorillaz. Por supuesto, una vez en Uruguay las cosas no salen cómo Lucas las prevé. Magali no es el objeto sexual que se ha imaginado en sus fantasías sino una persona de carne y hueso que lo conduce por las calles de Montevideo en una aventura romántica que trastoca los apresurados planes del estancado escritor.

 

La película adapta la última novela del argentino Pedro Mairal, considerado una de las grandes promesas de la literatura local a fines de los noventa (cualquier similitud es pura casualidad o causalidad, lo que el lector/ espectador prefiera), cuando ganó la primera edición del Premio Clarín de Novela con su primer trabajo, Una Noche con Sabrina Love (1998), que tuvo un jurado de lujo integrado por Augusto Roa Bastos, Adolfo Bioy Casares y Guillermo Cabrera Infante. Tras su primera incursión en la novela, Mairal publicó luego El Año del Desierto (2005) y Salvatierra (2008), todas editadas en Argentina por la editorial Emecé, fundada en 1939 por los inmigrantes españoles Mariano Medina del Río y Álvaro de las Casas, sello adquirido por el Grupo Planeta en 2002. Recién ocho años después pudo plasmar la que hasta ahora es su última novela, La Uruguaya (2016), libro que logró posicionar a Mairal nuevamente entre los mejores escritores argentinos, lo que también tuvo como consecuencia un reconocimiento mayor de su obra en España de la mano de la editorial independiente Libros del Asteroide, que se destaca por publicar excelentes obras de autores poco conocidos en el viejo continente.

 

A diferencia de la novela de Pedro Mairal, narrada en primera persona por el personaje de Lucas, el guión escrito en colaboración por Josefina Licitra, Sofía Badia, Alejo Barmasch, Marcos Krivocapich, Melania Stucchi y Juan Games, con la supervisión de Christian Basilis, relata la historia a partir de la mirada de Catalina, la pareja de Lucas, para poner el eje en un tercero que reflexiona con ironía sobre la adaptación masculina a la igualdad de género. Catalina narra la aventura de Lucas según lo que ella interpreta sobre la base del periplo narrado por su pareja, reproduciendo uno de los clichés femeninos sobre la masculinidad que la novela alienta, que los hombres son muy básicos y apenas se enamoran o ven la posibilidad de tener sexo se les encienden las terminaciones nerviosas que tenían pausadas por el tedio de la monotonía cotidiana y las dificultades económicas causadas por un trabajo creativo sin un itinerario y restricciones que condicionen el caos y permitan estructurar el proceso de escritura.

 

Desde un comienzo la película ofrece un pulso atrapante producto de una buena lectura de parte de los guionistas de la novela de Mairal, que ya de por sí es excelente y muy divertida, y de un gran trabajo de la directora Ana García Blaya, que indaga muy bien en esta interpretación femenina de la mirada masculina del escritor argentino, el cual supervisó el guión, aparece como extra en varias escenas e incluyó un tema, La Vidita, de su proyecto musical junto al escritor Rafael Otegui, Pensé que era Viernes, del disco La Tormentosa (2020), una bella canción compuesta y escrita por el propio Mairal con aire folklórico uruguayo que oficia de tema principal del film.

 

Una de las cuestiones que más llaman de la atención de la película fue su realización, dado que se financió con el sistema de crowdfunding o micro mecenazgo, un esquema que logró el apoyo de 1961 socios de la comunidad Orsai, que edita la revista homónima, dirigida por el periodista argentino Hernán Casciari. La película convirtió el proceso de filmación en una experiencia pedagógica para los socios, que pudieron intervenir en la toma de muchas de las decisiones como por ejemplo esos roles protagónicos para los que fueron seleccionados Sebastián Arzeno y Fiorella Bottaioli, que ofrecen un desempeño maravilloso. La soltura, expresividad, fluidez y frescura de Bottaioli como Magalí es uno de los puntos más destacables de la propuesta, en la que también sobresalen las decisiones de Blaya, que anteriormente había dirigido Las Buenas Intenciones (2019), una emotiva comedia dramática protagonizada por Javier Drolas, Jazmín Stuart, Amanda Minujín y Sebastián Arzeno. La fotografía de Florencia Mamberti elige tomas que evocan mucho el texto de Mairal, logrando una comunión extraordinaria entre el film y la novela.

 

Jazmín Stuart como Catalina y Gustavo Garzón en un pequeño pero significativo papel, el de un colega de Lucas, completan el elenco de esta película que cuenta con una breve aparición del propio Casciari y de la escritora Dolores Reyes, cuya primera novela, Cometierra (2019), logró un gran éxito tanto crítico como de ventas en Argentina de la mano de la editorial independiente Sigilo.

 

La Uruguaya (2022) transforma muy bien el eje de la novela para generar un efecto de retroalimentación con la obra de Mairal en una aventura muy rioplatense sobre la crisis de los cuarenta, que incluye una mirada perspicaz en los diálogos y en la reflexión de Catalina sobre el episodio en Montevideo. El desfasaje de los adultos de más de cuarenta con la juventud del sexo opuesto, las relaciones de pareja en las que no siempre el hombre resulta el proveedor, la paranoia ante la inseguridad mundial producto de los movimientos ilegales de grandes cantidades de efectivo por considerar las cargas impositivas inmorales, los rasgos infantiles que no desaparecen en la adultez y los anhelos de sentirse deseados son algunas de las temáticas sobre las que cualquier espectador puede identificarse, deplorar, cuestionar o envidiar, además todo funciona como una fantasía típica que -aunque se hace pedazos ante la realidad- no deja de sorprender, lo que nos deja con una historia plausible, realista, bella, patética y entrañable, muy bien resuelta desde la primera hasta la última escena, sin ninguna toma de más ni de menos.

 

La Uruguaya (Argentina/ Uruguay, 2022)

Dirección: Ana García Blaya. Guión: Josefina Licitra, Sofía Badia, Alejo Barmasch, Marcos Krivocapich, Melania Stucchi, Juan Games y Christian Basilis. Elenco: Fiorella Bottaioli, Sebastián Arzeno, Gustavo Garzón, Jazmín Stuart, Josefina Gali, Emiliano García Blaya, Hugo Giachino, Juli Guerriero, Ignacio Merlo, Joaquin Marques Borchex. Producción: Ana García Blaya. Duración: 78 minutos.

Puntaje: 7