Los primeros misioneros cristianos llegaron al Japón en el Siglo XVI provenientes de Portugal, un puñado de monjes jesuitas, franciscanos y dominicos que querían ganarle a la competencia protestante avanzando con la evangelización modelo católica en regiones del globo hasta ese momento muy poco tenidas en cuenta por la jerarquía eclesiástica del viejo continente, por ello se la pasaron convirtiendo a los campesinos nipones, asignándoles nombres europeos y confraternizando con los “señores de la guerra” locales, esos mismos con los que empezaron una mínima campaña de represión contra los exponentes de los dos credos más difundidos del país, el budismo y el sintoísmo. La relativa descentralización de la primera etapa del Shogunato Tokugawa (1603-1868) permitió que algún que otro señor feudal/ daimio adscribiese al cristianismo y obligase a todos sus súbditos a convertirse, un panorama que eventualmente condujo al enfrentamiento político/ militar de siempre cuando el poder de los misioneros adquirió un peso propio lo suficientemente grande como para que otros señores feudales deduzcan una estrategia de colonialismo europeo mediante la cultura y la religión, así las prohibiciones parciales no tardaron en llegar y constituyeron el caldo de cultivo para una “sublevación paraguas” de la época, aquella Rebelión Shimabara de 1637 y 1638 que además fue motivada por la hambruna y los impuestos elevados sobre el pueblo para financiar campañas militares y la construcción de castillos. El shogunato aplasta el alzamiento ejecutando a unas 37 mil almas, por cierto el episodio insurreccional más grande del Período Edo, y comienza a centralizar/ modernizar el país con una serie de medidas entre las que se destaca precisamente la persecución de los cristianos, quienes fueron arrestados, torturados y asesinados con la pretensión de aislar por completo al Japón de las potencias foráneas y mantener inalterable el statu quo. El doble mecanismo utilizado para difundir el terror entre los fieles, eso de someter a los cristianos nipones a presenciar los tormentos sobre sus colegas y obligarlos a pisar un fumie, léase una figura de Jesús o la Virgen María construida sobre bronce, madera o piedra, no erradicó la fe y la iconografía heréticas sino que las transformó en clandestinas hasta que se dictó la libertad de culto en 1871 durante la Restauración Meiji o crisis del shogunato/ traspaso del poder al emperador.
Sin duda la mejor y más famosa película sobre el acoso estatal contra los cristianos, cuyo auge se condice con la primera mitad del Siglo XVII o los años previos y posteriores a la Rebelión Shimabara, es Silencio (Chinmoku, 1971), la despampanante obra maestra de temática sacra de Masahiro Shinoda a partir de la novela homónima de 1966 de Shûsaku Endô, aquí firmando el guión junto al director, respetando al pie de la letra los sucesos del célebre libro y de nuevo inspirándose en las figuras verídicas del italiano Giuseppe Chiara (1602-1685) y el portugués Cristóvão Ferreira (1580-1650), dos jesuitas que atravesaron los años más candentes de la prohibición cristiana porque el primero entró al Japón buscando al segundo y ambos terminaron sufriendo el destino estándar en lo que atañe a los “elementos sociales extranjerizantes”, la tortura y necesidad de apostatar para salvar la vida, así con el tiempo se hicieron budistas, se casaron con sendas mujeres, ayudaron a apresar e interrogar a otros cristianos y murieron en la nación insular asiática. En pantalla Chiara responde al nombre de Sebastião Rodrigues (buen trabajo de David Lampson) y en ese Siglo XVII llega a las costas niponas junto con otro sacerdote portugués, Francisco Garrpe (Don Kenny), en busca del mentor de ambos, Ferreira (Tetsurô Tanba), con quien perdieron contacto cinco años atrás después de que fuese arrestado por las autoridades. El Judas Iscariote de turno es nada menos que el barquero que los trajo desde Macao, una colonia portuguesa en China, Kichijiro (Mako Iwamatsu), cristiano pusilánime y egoísta que apostató cuando quemaron vivos a sus hermanos y que entrega a Rodrigues por 300 monedas de plata al Magistrado de Nagasaki, Inoue Chikugonokami (Eiji Okada), mandamás que suele trabajar con un cruel lugarteniente/ intérprete (Rokkô Toura) y opta por ensayar diversas técnicas para conseguir que Sebastião renuncie a su fe, como por ejemplo mantener conversaciones teológicas con el susodicho, o hacerlo presenciar el tormento sistemático sobre un samurái católico, Okada Saemon (Yasunori Irikawa), y su esposa, Kiku (Shima Iwashita), u obligarlo a ser testigo del martirio de un Garrpe del que se separó y que termina apaleado y ahogado, o someterlo al tétrico tsurushi, una técnica de tortura que implica colgar al reo boca abajo sobre un foso lleno de excrementos y con sus orejas heridas para bajar la presión sanguínea de la cabeza.
La película sintetiza los dilemas del cristianismo en Japón, una religión muy minoritaria que ronda el uno por ciento de creyentes totales del país, y la posición siempre pesimista de Endô, el intelectual por antonomasia de linaje católico nipón, primero mediante el choque de las perspectivas irreconciliables del magistrado y Rodrigues, hablamos respectivamente del cristianismo como un parasitismo cultural que para colmo llega unilateralmente/ sin ser invitado y la noción ortodoxa occidental de que verdad hay una sola y debe extenderse a todo el planeta, y segundo a través del conflicto discursivo y bastante mundano entre las tres posiciones principales del ecosistema religioso marginal de entonces, así por un lado tenemos el fundamentalismo de un Sebastião que evidentemente siente dudas sobre su vocación divina pero las calla por testarudo cual mecanismo de autoafirmación identitaria, así de a poco pasa de predicar la resistencia ante el hostigamiento y el dolor infligido a renunciar al masoquismo y transar con la desesperación del cuerpo flagelado, por otro lado viene ese muy payasesco Kichijiro que se debate constantemente entre apostatar e intentar volver al rebaño cristiano por culpa, por ello continúa orbitando alrededor de Rodrigues en busca de su perdón e incluso le entrega todo su dinero a una meretriz (Yoshiko Mita) a cambio de que lo escupa en el rostro del mismo modo en que los esbirros del Shogunato Tokugawa hacen a los fieles pisar y escupir el fumie y afirmar que la Virgen María es una puta, y finalmente está la posición más nihilista del lote, la del propio Ferreira, en el último acto reconvertido al budismo y respondiendo al nombre de Chuan Sawano porque trabaja para el magistrado como experto en astronomía y especie de ayudante en las campañas de denuncia de las falacias del cristianismo, en este sentido la movida de Inoue de presentarle a Rodrigues a su ídolo ya derrotado, cínico y complaciente con el poder oficia de “golpe de gracia” sobre la tambaleante voluntad de rebeldía del protagonista, el cual se sorprende cuando descubre el enorme desprecio que el otrora difusor cristiano siente hacia un Japón que conoce desde hace dos décadas, a la vez considerándolo un pantano en el que las raíces católicas jamás podrán crecer y censurando la fusión con las creencias vernáculas en línea con el sincretismo o esa inculturación que desdibuja el sufrimiento cristiano fetichizado.
Utilizando de manera magistral la música disonante de Tôru Takemitsu, un tono retórico entre elegíaco, histérico y brutal y cierto extrañamiento producto de las traducciones muy laxas del intérprete y los insólitos diálogos en inglés para curas portugueses, Shinoda se pasea por tópicos superpuestos y/ o interconectados como el absolutismo, la explotación feudal, la soberbia del fanático, la devoción clandestina, la ignorancia popular promedio y su impronta de borregos prestos al sacrificio, la romantización del maestro/ consejero/ guía espiritual, la traición de los propios ideales, las vicisitudes de la existencia bucólica, la religiosidad cuasi pagana de los excluidos de la comunidad, el concepto caprichoso y necio de herejía, la desesperación cotidiana por sobrevivir, la delación como escapatoria inducida de la muerte, la inquisición institucionalizada y por supuesto el pragmatismo acomodaticio tanto del vulgo como de la oligarquía intolerante en cuestión. Más allá de las dos grandes paradojas irónicas de fondo, primero el hecho de que el barquero funcione de entregador a las autoridades y segundo esa apatía silente a la que apunta el título como signo máximo de la presencia de un Dios Todopoderoso que nada hace para salvar a sus acólitos, la película piensa al hombre como un producto de su tiempo, sus combates y sus delirios morales y al arte de apostatar como una triste moneda de cambio en un entramado burocrático orientado a eliminar al adversario extranjero desde la paranoia, la xenofobia y una de todos modos comprensible desconfianza para con una lacra europea petulante que coloniza mediante armas, cultura y dogma sacro, así en el relato queda muy en primer plano la obsesión para con una misión de por sí martirizada y algo mucho estúpida que muta en desengaño por un héroe caído en desgracia pero también debido a la propia incapacidad a la hora de entender al débil/ pérfido/ cobarde/ cómplice que habita dentro de cada uno de nosotros. El trasfondo peculiar de la realización, esto de ser uno de los grandes estudios sobre la fe de la historia del cine pero desde un distanciamiento y desde una minuciosidad analítica que no están presentes en sus dos remakes posteriores, la mediocre Los Ojos de Asia (Os Olhos da Ásia, 1996), de João Mário Grilo, y la admirable aunque católica obsecuente Silencio (Silence, 2016), de Martin Scorsese, tiene mucho que ver con la extraña idiosincrasia de Shinoda, un director y guionista que fue una de las figuras fundamentales de la hiper macabra Nueva Ola Japonesa de los años 50, 60 y 70 -junto con Seijun Suzuki, Nagisa Ôshima, Hiroshi Teshigahara, Shôhei Imamura, Toshio Matsumoto, Yasuzô Masumura, Kon Ichikawa y Kaneto Shindô- sin nunca descuidar el querido cine de género, basta con tener presente que se paseó por el policial negro, los opus testimoniales, el melodrama, el cine de yakuzas, el thriller de misterio, las faenas de acción, la comedia, el chanbara u odisea de samuráis, la fantasía, la gesta bélica, el horror y el drama costumbrista o más bien folklórico, algo que puede verse en la heterogeneidad de sus propuestas más famosas como el film noir de Flor Seca (Kawaita Hana, 1964), la epopeya política de Asesinato (Ansatsu, 1964), el chanbara enrarecido de Espía Samurái (Ibun Sarutobi Sasuke, 1965), el suspenso de venganza de Isla del Castigo (Shokei no Shima, 1966), el dejo experimental de Doble Suicidio (Shinjû: Ten no Amijima, 1969) e Himiko (1974), el terror sádico de la recordada Bajo los Cerezos en Flor (Sakura no Mori no Mankai no Shita, 1975), la alegoría feminista de Balada de Orin (Hanare Goze Orin, 1977) y la fantasía melancólica de El Estanque Maldito (Yashagaike, 1979). Silencio señala no sólo la hipocresía gubernamental, hablamos de la persecución de un cristianismo incipiente al que el shogunato consideraba cuasi inofensivo y al que podría haber limitado sin tantas masacres, sino además la clásica esquizofrenia del fervor, léase estas idas y vueltas de los creyentes o ateos o híbridos según las imposiciones del entorno social, los intereses públicos y privados de cada momento y la necesidad de transformación de los sujetos para no estancarse eternamente en lo mismo, una urgencia de la intimidad que el dúo de Shinoda y Endô invoca sardónicamente en la pantalla mediante la ignominia definitiva de Rodrigues bajo el peso ya asfixiante de un aparato estatal que desprecia todo regalo cristiano compulsivo, pensemos en un desenlace en el que después de pisar el fumie el ex monje se ve “obligado” a acostarse con Kiku, una mujer, lo más corrupto e innoble desde la óptica de los siervos de Jesús, suerte de reasignación de recursos que incluyen el cuerpo femenino y el nombre del esposo, un Okada que fue ejecutado luego de apostatar…
Silencio (Chinmoku, Japón, 1971)
Dirección: Masahiro Shinoda. Guión: Masahiro Shinoda y Shûsaku Endô. Elenco: David Lampson, Don Kenny, Tetsurô Tanba, Mako Iwamatsu, Shima Iwashita, Eiji Okada, Yoshiko Mita, Rokkô Toura, Yoshi Katô, Taiji Tonoyama. Producción: Tadasuke Ômura, Kinshirô Kuzui y Kiyoshi Iwashita. Duración: 130 minutos.