Luego de la política de los años 70 de la Détente o aligeramiento de la tensión entre los Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, algo consensuado por los principales dirigentes de ambas naciones, Richard Nixon y Leonid Brézhnev, en función de los enormes gastos de la carrera armamentista, las ansias de mejorar el comercio entre los dos bloques, el fantasma persistente de la Crisis de los Misiles de Cuba de 1962 y el vuelco hacia el capitalismo del estrafalario comunismo chino, la década del 80 vio un inesperado resurgir del costado más nefasto y asfixiante de la Guerra Fría con motivo del ascenso al poder en yanquilandia de Ronald Reagan, un militarista, neoliberal y anticomunista furioso que atacó la Libia de Muamar el Gadafi y apoyó los regímenes o milicias autoritarias/ fascistoides prooccidentales en Guatemala, Nicaragua, El Salvador y Granada, amén de introducir una cepa de laboratorio de dengue hemorrágico en Cuba y sostener la dictadura de Sadam Huseín. Con el contexto adicional de la Invasión Soviética de Afganistán (1979-1989), aquel intento fallido de los rusos de apuntalar un Estado socialista que elimine la alternativa política de los guerrilleros muyahidines, éstos por supuesto a su vez apoyados por una alianza occidental con Estados Unidos y el Reino Unido a la cabeza, la geopolítica de fines del Siglo XX no sólo se acercó a la paranoia nuclear de los años 40 y 50, etapa posterior a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y a los Bombardeos Atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki de 1945, sino que la intensificó porque Reagan estaba obsesionado con el desarrollo tecnológico, informático e industrial aplicado a la Guerra Fría al extremo de que se dedicó a fetichizar lo que denominó la “Iniciativa de Defensa Estratégica”, un delirio que fue parodiado por los medios de comunicación bajo el nombre de Guerra de las Galaxias -por la película de 1977 de George Lucas- y que abarcaba armas espaciales símil escudo mundial, lo que eventualmente derivaría en los misiles antibalísticos del Siglo XXI.
El séptimo arte se hizo eco de este estado de cosas de manera más que pronunciada y por ello tanto el mainstream como el indie optaron por bombardear al mercado con muchas películas postapocalípticas o concernientes en general a la etapa previa, el devenir y los días subsiguientes a un holocausto atómico, un acervo en el que confluyeron elementos del horror, el suspenso, el drama de supervivencia, la ciencia ficción, el thriller testimonial e incluso la parodia política modelo Dr. Insólito o Cómo Aprendí a Dejar de Preocuparme y Amar la Bomba (Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964), de Stanley Kubrick, y Cómo Sobreviví a la Bomba (The Bed Sitting Room, 1969), de Richard Lester, un pelotón de films del que perduraron en la memoria cinéfila Testamento (Testament, 1983), opus de Lynne Littman, Juegos de Guerra (WarGames, 1983), de John Badham, El Día Después (The Day After, 1983), de Nicholas Meyer, Hilachas (Threads, 1984), de Mick Jackson, La Noche del Cometa (Night of the Comet, 1984), obra de Thom Eberhardt, La Tierra Tranquila (The Quiet Earth, 1985), de Geoff Murphy, Cuando Sopla el Viento (When the Wind Blows, 1986), de Jimmy T. Murakami, y Miracle Mile (1988), del querido Steve De Jarnatt. La Noche del Cometa funciona como uno de los exponentes más humildes a nivel narrativo e ideológico del pánico nuclear de los 80 porque se propone reorientar una veta específica de la debacle radioactiva en la gran pantalla, la existencialista que nace con Cinco (Five, 1951), de Arch Oboler, y El Mundo, la Carne y el Diablo (The World, the Flesh and the Devil, 1959), de Ranald MacDougall, hacia una mixtura entre la típica comedia adolescente del período, donde el coito y las ironías son fundamentales, y las aventuras terroríficas en una ciudad devastada/ desértica/ vaciada en línea con las dos primeras adaptaciones de Soy Leyenda (I Am Legend, 1954), la mítica novela de Richard Matheson, esa de 1964 de Ubaldo Ragona y Sidney Salkow y la de 1971 de Boris Sagal.
La trama, cortesía del propio realizador, es sencilla y gira alrededor de Regina “Reggie” Belmont (Catherine Mary Stewart), una chica de 18 años fanática del videojuego Tempest que trabaja como acomodadora en un cine californiano, tiene de semi novio al proyectorista del lugar, el experto en copias piratas Larry Dupree (Michael Bowen), y sobrevive a una catástrofe nocturna y bien bizarra que se debe al hecho de que la Tierra orbitó a través de la cola de un misterioso cometa once días antes de la Navidad, por ello los cielos quedaron teñidos de rojo, la mayoría de la población se transformó en polvo, hay zombies/ infectados desparramando violencia por doquier y sólo sobrevivieron quienes estuvieron aislados en compartimentos de acero durante el evento cósmico, como por ejemplo la hermana de 16 años de la protagonista, Samantha “Sam” Belmont (Kelli Maroney), quien discutió con su madrastra Doris (Sharon Farrell) y pasó la noche en el cobertizo del jardín del hogar, o el camionero Héctor Gómez (Robert Beltrán), una especie de sex symbol latino que estuvo encerrado en la parte trasera de su vehículo con una señorita de la ruta, o la misma Reggie, la cual estuvo protegida en la cabina de proyección de la sala cinematográfica porque se dedicó a mantener relaciones sexuales con un Larry que termina asesinado a golpes por uno de los muertos vivientes tácitos que pululan a lo largo y ancho del film, por cierto una fauna parlanchina y bastante consciente de sus actos que se aleja tanto del carácter pútrido de sus homólogos de Lucio Fulci como del sustrato primario de aquellos de George A. Romero. Gómez y las hermanas Belmont se conocen en una estación de radio y pronto forman una alianza para sobrevivir que se corta cuando deben separarse porque el hombre marcha hacia San Diego para chequear a su familia, encontrando sólo a un niño zombie, así las jóvenes pasan de enfrentarse a una pandilla de infectados en un shopping center a ser secuestradas por unos crueles científicos del gobierno que quieren drenar su sangre para crear un suero.
Combinando detalles paradigmáticos de la Clase B y el cine trash como actuaciones algo erráticas y la presencia de dos “bestias sagradas” del momento, nos referimos a Geoffrey Lewis y Mary Woronov en los roles del jefe malvado y la rebelde/ díscola humanista de la tecnocracia estatal, respectivamente, e ítems sorpresivos como un narrador cincuentoso al principio del metraje (Michael Hanks) o ese sueño dentro de un sueño de Sam en torno a policías zombificados, algo que remite a El Discreto Encanto de la Burguesía (Le Charme Discret de la Bourgeoisie, 1972), de Luis Buñuel, Un Hombre Lobo Americano en Londres (An American Werewolf in London, 1981), de John Landis, y El Cuarto Hombre (De Vierde Man, 1983), de Paul Verhoeven, la película se sostiene especialmente primero en la belleza y el sutil encanto de Stewart y Maroney, hoy además conocidas por sus intervenciones en El Último Guerrero Espacial (The Last Starfighter, 1984), el opus de Nick Castle, y Robots Asesinos (Chopping Mall, 1986), de Jim Wynorski, segundo en el carisma de Beltrán, señor que compuso al Comandante Chakotay en Star Trek: Voyager (1995-2001) y colaboró con el extraordinario Paul Bartel en Comiéndose a Raúl (Eating Raoul, 1982) y Escenas de la Lucha de Clases en Beverly Hills (Scenes from the Class Struggle in Beverly Hills, 1989), y tercero en el tono ligero aunque enérgico que impone Eberhardt en materia de administrar con paciencia el suspenso por la metrópoli despoblada y burlarse del militarismo de Reagan mediante el cariño de las hermanas hacia las armas, algo heredado de su padre ausente, un típico esbirro norteamericano y castrense de la época que desde Honduras lucha contra la izquierda en Nicaragua y El Salvador. La Noche del Cometa, junto con la ópera prima Único Superviviente (Sole Survivor, 1984), aquel antepasado muy poco tenido en cuenta de Destino Final (Final Destination, 2000), de James Wong, es de hecho lo único potable del cineasta, a posteriori una usina de comedias insulsas u olvidables que por lo menos aquí nos ofrece un resumen celestial de latiguillos ochentosos como esa música grasienta, los peinados exagerados, el erotismo, la interpretación clasista de la sociedad, los videojuegos y las computadoras, el humor tontuelo, la vehemencia a tope, los infaltables muertos vivos caníbales, la fascinación con el consumismo, un amor algo mucho idealizado, la vigilancia institucional, el cinismo, una adolescencia hiper desbordada, las pandillas citadinas o tribus urbanas, esa elegancia banal ultra fetichizada, la permanente desconfianza en el gobierno, las luces de neón, los espejos y el humo por todas partes, la nocturnidad como espacio de peligro y desde ya esa paranoia nuclear que enmarca esta pesadilla con elementos de sueño húmedo porque la faena por un lado festeja la desaparición de casi todos los insoportables bípedos y por el otro lado lamenta que no haya quedado demasiado para elegir -en lo que a sobrevivientes se refiere- a la hora de intimar/ intercambiar fluidos con el sexo opuesto…
La Noche del Cometa (Night of the Comet, Estados Unidos, 1984)
Dirección y Guión: Thom Eberhardt. Elenco: Catherine Mary Stewart, Robert Beltrán, Kelli Maroney, Sharon Farrell, Mary Woronov, Geoffrey Lewis, Peter Fox, John Achorn, Michael Bowen, Michael Hanks. Producción: Andrew Lane y Wayne Crawford. Duración: 95 minutos.