Al igual que la carrera de tantos otros directores y guionistas italianos que con los años se fueron adaptando a las distintas vicisitudes y exigencias de aquella industria de su país, el devenir profesional de Tonino Valerii ejemplifica a la perfección las idas y vueltas del cine de Italia durante la segunda mitad del Siglo XX o más precisamente en su boom planetario posterior a la Segunda Guerra Mundial, un ecosistema particular que pasó del fetiche de siempre para con el melodrama, el musical y la comedia picaresca hacia el neorrealismo primero, léase el retrato de las penurias de la posguerra inmediata con ecos del realismo poético francés, y el cine de género enloquecido después, este último el principal pivote en la construcción de una industria enorme que abastecía no sólo a Europa y muchos mercados marginales del planeta sino también al suculento enclave estadounidense, uno más que ávido durante los 50, 60 y 70 de producciones subidas de tono que contrarrestasen el marco mayormente puritano y/ o castrador de Hollywood. Precisamente pensadas para satisfacer tanto la sed de “emociones fuertes” de los europeos, en una etapa de liberación carnal y guerras civiles maquilladas entre derecha e izquierda, como el afán mucho más culposo de los norteamericanos en este mismo sentido, un mercado al que los productos llegaban doblados y a veces censurados o simplemente reeditados para reducir el metraje obviando el contenido más escandaloso y el desarrollo de personajes, las realizaciones italianas de la época se subdividieron en diversas categorías que en sí no tenían nada que envidiarle a los rótulos comerciales descriptivos de yanquilandia, pensemos en el auge simultáneo o hasta escalonado de las películas mondo o falsos documentales hiper violentos, el giallo o thriller de misterio con una generosa dosis de carne y gore, los spaghetti westerns o traducción grotesca e irónica del Lejano Oeste hollywoodense, el poliziottesco o film noir adrenalínico de cadencia nihilista agresiva, la commedia sexy all’italiana o erotismo liviano masivo de la revolución sexual y la querida euro war u odisea bélica de anclaje deliciosamente Clase B.
Luego de una primera etapa en la que ofició de guionista y/ o asistente de dirección, fase en la que se destacan sus dos colaboraciones iniciales con Sergio Leone, las inmortales Por un Puñado de Dólares (Per un Pugno di Dollari, 1964) y Por unos Dólares más (Per qualche Dollaro in più, 1965), y sus dos incursiones en el horror, las muy entretenidas La Cripta del Terror (La Cripta e l’Incubo, 1964), de Camillo Mastrocinque, y Los Largos Cabellos de la Muerte (I Lunghi Capelli della Morte, 1964), de Antonio Margheriti, en éstas dos bajo el apodo de Robert Bohr, Valerii comienza su trayectoria como director propiamente dicho y se va ganando con el tiempo la fama de profesional cumplidor y rígido que suele garantizar buenos dividendos en taquilla y sabe lidiar con estrellas rutilantes de su momento y sobre todo reescribir las historias cuando éstas no funcionaban sin reclamar crédito alguno por la tarea, así las cosas el puntapié inicial fue una recordada retahíla de tres spaghetti westerns, aquella de Cazador de Recompensas (Per il Gusto di Uccidere, 1966), con Craig Hill y el español Jorge Martín, Días de Ira (I Giorni dell’Ira, 1967), con Lee Van Cleef y Giuliano Gemma, y Ringo y el Precio del Poder (Il Prezzo del Potere, 1969), un opus protagonizado por Gemma y Fernando Rey. Ante el miedo proverbial a ese encasillamiento típico de ayer y hoy, el amigo Tonino decide saltar de inmediato al melodrama libidinoso símil commedia sexy all’italiana de pretensiones serias de Las Perversiones Sexuales de una Chica Llamada Julio (La Ragazza di Nome Giulio, 1970) y a aquel giallo morboso marca registrada de Mi Querido Asesino (Mio Caro Assassino, 1972), la primera un verdadero bodrio y la segunda una joyita olvidada del formato. El período de gloria del cineasta se cierra con un díptico, ese del spaghetti de Una Razón para Vivir, otra para Morir (Una Ragione per Vivere e una per Morire, 1972), con Bud Spencer, James Coburn y Telly Savalas, y Mi Nombre es Nadie (Il Mio Nome è Nessuno, 1973), ahora con Terence Hill y un Henry Fonda invirtiendo su villano de Érase una vez en el Oeste (C’era una volta il West, 1968), al servicio de Leone.
Valerii, en este sentido, suele ser homologado al género de sus mejores obras, el western, cuando en realidad asimismo coqueteó con el poliziottesco en Gorila (Vai Gorilla, 1975), el thriller de acción en Golpe Perfecto en el Sáhara (Sahara Cross, 1977) y el macaroni combat o euro war en Hermanos de Sangre (La Sporca Insegna del Coraggio, 1987), no obstante resulta indudable que sus cúspides creativas son dos realizaciones fuertemente entrelazadas, Días de Ira y Mi Nombre es Nadie, la primera una suerte de ensayo general para la segunda porque ambas comparten el motivo del pistolero joven aprendiendo del veterano con la salvedad de que el film con Hill y Fonda trepa muchísimo en calidad por la participación de Leone como productor, guionista e incluso director en un puñado sublime de secuencias. Días de Ira arranca retratando la marginación padecida en Clifton, Arizona, por Scott (Gemma), un muchacho que limpia los retretes, recoge la basura y barre las calles del pueblo porque es hijo de una prostituta y un padre desconocido, ganándose de modo automático el rótulo de paria a ojos de casi todos los lugareños salvo Bill (José Calvo), un mendigo tuerto, y Murph Allan Short (Walter Rilla), otrora un sheriff respetado y hoy por hoy el encargado de un establo de caballos. Cuando el pistolero de temer Frank Talby (el inoxidable Van Cleef, quien venía de trabajos para Leone, Sergio Sollima y Giulio Petroni) llega a Clifton y mata a uno de los abusones de Scott, un tal Perkins (Romano Puppo), el joven se obsesiona con transformarse en su cuasi pupilo aprovechando lecciones previas de disparo de parte de Murph, por lo que eventualmente construyen una sociedad orientada a recuperar 50 mil dólares que otro forajido, Wild Jack (Al Mulock), le arrebató a Talby cuando una década atrás planeaban atracar un cargamento de oro y fueron traicionados por los popes de Clifton, hablamos del banquero Turner (Ennio Balbo), el juez Cutcher (Lukas Ammann), el hotelero/ empresario Abel Murray (Andrea Bosic) y el ranchero Bill Farrow, este último asesinado por las huestes de Wild Jack mientras Frank se cargaba al susodicho.
Si Mi Nombre es Nadie a posteriori pensaría los procesos mentirosos de mitificación de la identidad nacional, Días de Ira en cambio explora la etapa previa de construcción sucia del poder y sus influencias non sanctas sirviéndose del paulatino ascenso de Talby y su ladero, rebautizado Scott Mary por Frank en honor a la meretriz que fuera su madre, hacia la cima hegemónica del pueblo, lo que implica neutralizar primero al irrisorio sheriff vernáculo, Nigel (Giorgio Gargiullo), y al sicario contratado por estos burgueses de pasado mafioso, Owen White (Benito Stefanelli), y luego al trío en sí de señores feudales maquillados, esos Turner, Cutcher y Murray que verduguearon a la criatura de Gemma, éste como se suele decir uno de los pocos personajes en toda la historia del western -clásico o spaghetti- que experimenta una metamorfosis importante desde saco de boxeo de la oligarquía, pasando por pistolero anárquico semejante a su maestro, hasta “nuevo rico” con síndrome de culpa que por supuesto se enfrenta en el desenlace con Talby una vez que Frank ataca a Murph, el flamante sheriff de Clifton, por no querer entregar su revólver. Valerii, responsable de la historia junto con Renzo Genta y Ernesto Gastaldi, consigue actuaciones supremas de los dos protagonistas, incorpora un gran soundtrack de Riz Ortolani y unifica con solvencia las diferentes lecturas posibles del film, en sintonía con una epopeya de autoestima, una fábula de venganza por un sinfín de abusos, un estudio más del masoquismo que del sadismo, una alegoría acerca de la ingenuidad que no sabe cómo responder ante la violencia, una oda a esta revolución encarada por un lumpen y su socio bandolero, una semblanza mefistofélica a cambio de experiencia, un cuento moral sobre la corrupción, la ajena y la propia que se pretende obviar hasta que estalla en nuestra cara, y un paneo en torno a alternativas éticas que son sinónimo de una lealtad tambaleante que salta de la confianza tácita de la relación entre tótem y creyente hacia una solidaridad puesta en duda en este canibalismo capitalista de las masacres en espiral, donde la única pedagogía válida es la del cinismo y las armas…
Días de Ira (I Giorni dell’Ira, Italia/ Mónaco/ República Federal de Alemania, 1967)
Dirección: Tonino Valerii. Guión: Tonino Valerii, Ernesto Gastaldi y Renzo Genta. Elenco: Lee Van Cleef, Giuliano Gemma, Walter Rilla, Ennio Balbo, Lukas Ammann, Andrea Bosic, José Calvo, Giorgio Gargiullo, Benito Stefanelli, Al Mulock. Producción: Henryk Chroscicki y Alfonso Sansone. Duración: 114 minutos.