La Corte Marcial del Motín del Caine (The Caine Mutiny Court-Martial)

Hacia el sur o hacia el norte

Por Emiliano Fernández

El período tardío de la carrera de William Friedkin (1935-2023) no es ni remotamente tenido en cuenta por la prensa y los cinéfilos cuando se habla del accidentado derrotero del mítico director norteamericano, tanto si lo comparamos con las palabras vertidas para su fase inicial, aquella de lo más errática de Buenos Tiempos (Good Times, 1967), Fiesta de Cumpleaños (The Birthday Party, 1968), Los Alegres Veintes (The Night They Raided Minsky’s, 1968) y Los Chicos de la Banda (The Boys in the Band, 1970), como si pensamos en los diversos análisis que desencadenaron primero su trilogía de obras maestras de los queridos 70, léase Contacto en Francia (The French Connection, 1971), El Exorcista (The Exorcist, 1973) y Sorcerer (1977), y segundo su díptico pirotécnico de la década siguiente, Cruising (1980) y Vivir y Morir en Los Ángeles (To Live and Die in L.A., 1985), faenas a su vez realizadas en medio de dos comedias que dejaron bastante que desear, ¿Y Dónde Está el Ladrón? (The Brink’s Job, 1978) y El Contrato del Siglo (Deal of the Century, 1983). Luego de un par de convites francamente demenciales o por lo menos fallidos que subrayan el carácter siempre imprevisible de Friedkin, Rampage (1987) y Ángel de las Sombras (The Guardian, 1990), la primera un thriller de asesino en serie con chispazos de courtroom drama y la segunda un regreso al terror sobrenatural de El Exorcista, el señor confirma su fase de decadencia con un intento deslucido de película deportiva, Todo por Ganar (Blue Chips, 1994), y un típico blockbuster erótico noventoso escrito por un Joe Eszterhas que venía de Bajos Instintos (Basic Instinct, 1992), Sliver: Invasión a la Privacidad (Sliver, 1993) y Showgirls (1995), Jade (1995), no obstante de repente levanta el nivel de calidad con 12 Hombres en Pugna (12 Angry Men, 1997), remake televisiva del clásico de 1957 de Sidney Lumet, para justo después volver a caer en ocasión de Reglas de Combate (Rules of Engagement, 2000), otro courtroom drama pero consagrado al ecosistema militar, y La Cacería (The Hunted, 2003), una mezcla extraña entre Rambo (First Blood, 1982), de Ted Kotcheff, y El Fugitivo (The Fugitive, 1993), de Andrew Davis, que tampoco pasaba de lo apenas correcto y que enfatizaba una esquizofrenia creativa tendiente al choque ampuloso.

 

Sin duda el verdadero renacimiento profesional del amigo William, en esencia uno de los mejores y más famosos directores de derecha con inclinación al exploitation de vocación bien polémica, se produce gracias a su alejamiento del mainstream y su repliegue hacia un circuito indie que termina simbolizado de maravillas en sus dos colaboraciones al hilo con el actor, dramaturgo y guionista Tracy Letts, Peligro en la Intimidad (Bug, 2006) y Killer Joe (2011), dramas claustrofóbicos con fuertes elementos de comedia negra que fueron lo último que hizo hasta la aparición de El Diablo y el Padre Amorth (The Devil and Father Amorth, 2017), una epopeya algo cruda que lo retrotrajo tanto a su completamente olvidada vertiente documental de los años 60, aquella de El Pueblo contra Paul Crump (The People vs. Paul Crump, 1962), como a los días de aclamación popular con motivo de El Exorcista, hablamos precisamente de una exploración muy bizarra de la labor como demonólogo y purgador de demonios de Gabriele Amorth, un cura católico que a su vez sería interpretado por Russell Crowe en la reciente El Exorcista del Papa (The Pope’s Exorcist, 2023), film de medio pelo de Julius Avery. Antes de fallecer por neumonía e insuficiencia cardíaca a la edad de 87 años Friedkin finiquitó la que sería su película póstuma y su gran regreso al cine ficcional después de los doce años transcurridos desde el estreno de Killer Joe, La Corte Marcial del Motín del Caine (The Caine Mutiny Court-Martial, 2023), odisea estupenda craneada para Paramount+ y Showtime que está basada en la obra de teatro homónima de 1953 de un Herman Wouk que también firmó aquella novela seminal autobiográfica, El Motín del Caine (The Caine Mutiny, 1952), dos trabajos que ya fueron adaptados a la gran pantalla por Edward Dmytryk en 1954 y Robert Altman en 1988. Si bien el libro y la puesta teatral mantienen el mismo núcleo temático, la rebelión del Teniente Stephen Maryk contra el Comandante Philip Francis Queeg en el destructor buscaminas USS Caine en el contexto de la Segunda Guerra Mundial y el Tifón Cobra de 1944, un ciclón tropical muy poderoso que hundió tres destructores y mató a 790 marineros, la primera cubre las etapas previa y posterior al consejo de guerra y la segunda se limita en términos narrativos a este último.

 

Aquí Friedkin escribe el guión, traslada la acción al presente y prácticamente no sale de la sala en San Francisco de la corte marcial en cuestión, esa que filma con la misma dinámica arrolladora que ya había utilizado en sus otros exponentes del courtroom drama, Rampage, 12 Hombres en Pugna y Reglas de Combate, desde ya primos lejanos de sus trabajos con Letts y de sus adaptaciones teatrales primigenias, Fiesta de Cumpleaños y Los Chicos de la Banda, la primera basada en la obra de 1957 del legendario Harold Pinter y la segunda en la conocida puesta de 1968 de temática gay de Mart Crowley. El tribunal es presidido por el Capitán Luther Blakely (Lance Reddick, a quien la película está dedicada porque también moriría en 2023 aunque de problemas cardiovasculares y a los 60 años), en sí el encargado de mediar entre los dos bandos en pugna, de nuevo los correspondientes a Queeg (Kiefer Sutherland) y Maryk (Jake Lacy), y de controlar la munición pesada jurídica/ militar/ ética que se lanzan los respectivos abogados, nos referimos a la fiscal del caso, la Comandante Katherine Challee (Monica Raymund), y el defensor al azar, el Teniente Barney Greenwald (Jason Clarke). El centro aparente de la batalla dialéctica pasa por la pelea entre Queeg y Maryk acerca del rumbo que debería tomar el Caine para hacer frente a un tenebroso tifón, sur o norte, no obstante el verdadero quid del proceso legal es la vulnerabilidad del poder o en la praxis el estado mental del comandante durante dicha jornada, el 18 de diciembre de 2022, por ello desfilan por el estrado un navegante experto, el Capitán Randolph Southard (Francois Battiste), un marinero bisoño, Junius Urban (Gabe Kessler), dos especialistas en el laberinto psicológico, la Capitana Joan Lundeen (Elizabeth Anweis) y el Teniente Allen Bird (Jay Duplass), un amigo escritor de Maryk que dice condenar sus acciones, el Teniente Thomas Keefer (Lewis Pullman), un allegado al acusado que respalda el motín porque considera al comandante un desequilibrado total, el Teniente Willis Keith (Tom Riley), y por supuesto los protagonistas de la disputa, ese Queeg que se ganó el odio de sus oficiales cercanos a través de una andanada de órdenes abusivas y un Maryk que llevaba un registro detallado de la tiranía, paranoia, cobardía y negligencia de su superior a lo largo del tiempo.

 

Fiel a su estilo, el director y guionista corre a la aristocracia militar por izquierda durante buena parte del metraje, señalando su sello dictatorial y delirante en lo que atañe al trato brindado a sus subalternos en estas misiones variopintas e inútiles en el Golfo Pérsico, y en el desenlace señala la hipocresía de la izquierda volcando a la epopeya hacia una derecha chauvinista aunque no tan jingoísta como aquella desplegada en Reglas de Combate, giro que tiene que ver con el éxito de la defensa de Greenwald, orientada a masacrar a un Queeg que finalmente se pone en ridículo él solito al ventilar su despotismo desquiciado, y en simultáneo con el lento descubrimiento del abogado defensor del hecho de que Maryk era un títere o más bien un testaferro inconsciente de Keefer, autor de una novela próxima a publicarse y todavía incompleta, Multitudes, Multitudes, y responsable en las sombras del motín y de la imposibilidad de todo diálogo porque fue labrando esta lapidación tercerizada del comandante para salir impune, quien será un demente en potencia que necesita apenas de un empujoncito para derrapar en actitudes de ególatra pero asimismo lleva 21 años en la marina norteamericana mientras que sus verdugos son ejemplos del patriotismo exaltado y fugaz que barrió la nación durante la década posterior a los atentados del 11 de septiembre de 2001. Friedkin no sólo consigue actuaciones admirables de todo el elenco y en especial de Sutherland, Clarke y Reddick, un trío de veteranos prodigiosos, sino que además explora muy bien la complejidad moral de la situación y de cada personaje en particular enfatizando las múltiples diferencias involucradas, como esas distinciones de fondo de rango, edad, experiencia, clase social, sabiduría, intereses y amparo concreto del que gozan por parte de las fuerzas armadas ante fallos y/ o antojos que ponen en primer plano el corporativismo castrense, de allí que la moraleja del relato sea al mismo tiempo relativista, condensada en esto de que siempre existe un tercero que saca partido de los fanáticos, peones o palurdos porque no hay héroes y villanos absolutos y la manipulación suele colarse, y conservadora, ya que se refuerza la idea de unas instituciones sociales muy necesitadas de reglas, ejes y jerarquías para sobrevivir a los cuestionamientos del pancismo maquiavélico del montón…

 

La Corte Marcial del Motín del Caine (The Caine Mutiny Court-Martial, Estados Unidos, 2023)

Dirección y Guión: William Friedkin. Elenco: Kiefer Sutherland, Jason Clarke, Jake Lacy, Monica Raymund, Lewis Pullman, Jay Duplass, Tom Riley, Lance Reddick, Elizabeth Anweis, Francois Battiste. Producción: Matthew Parker y Annabelle Dunne. Duración: 109 minutos.

Puntaje: 9