Devorados Vivos (Eaten Alive)

Ese viejo cocodrilo

Por Emiliano Fernández

Antes de ser semi desterrado del mainstream entre fines de los años 80 y comienzos de los 90 por nunca saber adaptarse del todo a los caprichos de Hollywood y debido a una serie de fracasos cinematográficos o películas que no rindieron lo esperado en taquilla, situación que lo llevó a una crisis artística lamentable y a verse obligado a rodar con presupuestos ínfimos durante los años venideros, Tobe Hooper disfrutó de un extenso período de gloria creativa que a su vez se divide en tres etapas, la primera de índole indie y experimental y conformada por Cáscaras de Huevo (Eggshells, 1969), La Masacre de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 1974) y Devorados Vivos (Eaten Alive, 1976), una segunda fase ya volcada al mainstream propiamente dicho de la época, aquella de la miniserie para la CBS El Misterio de Salem’s Lot (Salem’s Lot, 1979) y las películas Carnaval del Terror (The Funhouse, 1981) y Poltergeist (1982), y la tercera consagrada de lleno a su contrato de tres colaboraciones con Cannon Films, la mítica productora de los israelíes Menahem Golan y Yoram Globus, hablamos por supuesto de Fuerza Siniestra (Lifeforce, 1985), Invasores de Marte (Invaders from Mars, 1986) y la secuela farsesca La Masacre de Texas 2 (The Texas Chainsaw Massacre 2, 1986), amén del hecho de que por aquellos años fue expulsado por desacuerdos de diversa envergadura de La Oscuridad (The Dark, 1979) y Veneno (Venom, 1981), faenas muy poco felices que terminarían siendo dirigidas respectivamente por John “Bud” Cardos y Piers Haggard. Todo el período posterior está dominado por una mezcla de “directos a video”, encargos para la caja boba y films que lograron estrenarse en salas con mucho esfuerzo en línea con Combustión Espontánea (Spontaneous Combustion, 1989), Peligrosa de Noche (I’m Dangerous Tonight, 1990), Terrores Nocturnos (Night Terrors, 1993), aquella Alianza Macabra (The Mangler, 1995), El Complejo de Departamentos (The Apartment Complex, 1999), Cocodrilo (Crocodile, 2000), Los Asesinatos de la Caja de Herramientas (Toolbox Murders, 2004), La Morgue (Mortuary, 2005) y esa tardía Djinn (2013), una verdadera catarata de fiascos que se debatían entre el delirio, lo rutinario y un desastre ya dolorosamente impresentable al extremo de hacer mella en la reputación del director y guionista como un artesano valioso o quizás astuto y en verdad experimentado.

 

Mucho antes de los múltiples pasos en falso correspondientes a las últimas décadas de su trayectoria, un ciclo de decadencia en el que por suerte se salvan algunas anomalías como el telefilm Bolsa de Cadáveres (Body Bags, 1993), un trabajo codirigido junto al también legendario John Carpenter, y aquellas participaciones variopintas en Cuentos Asombrosos (Amazing Stories, 1985-1987), la serie de Steven Spielberg para la NBC, Las Pesadillas de Freddy (Freddy’s Nightmares, 1988-1990), el show de Wes Craven con el cáustico Krueger de Robert Englund oficiando de maestro de ceremonias, Cuentos de la Cripta (Tales from the Crypt, 1989-1996), la querida antología de William Gaines y Steven Dodd para HBO, y Maestros del Horror (Masters of Horror, 2005-2007), ese recordado producto de Mick Garris para Showtime en el que el amigo Tobe dirigió apenas dos episodios, el flojo pero interesante Danza de los Muertos (Dance of the Dead, 2005) y el relativamente digno La Cosa Maldita (The Damned Thing, 2006), Hooper entregó la injustamente olvidada en el Siglo XXI o más bien ninguneada Devorados Vivos, una película todavía polémica entre sus admiradores, quienes por cierto no se ponen de acuerdo acerca de su estatuto positivo, neutro o negativo dentro del colorido derrotero del señor, que no sólo cimentó su fama de autor visceral dentro del ecosistema específico del horror sino que ayudó mucho en su automitologización tácita y para nada sutil a través del ardid de burlarse sin medias tintas del éxito inmediatamente previo y su obra más famosa e influyente, La Masacre de Texas, un mega clásico del rubro de las familias desquiciadas y brutales del enclave bucólico cuyos ecos se sienten fuerte en la odisea que nos ocupa, film que supera a La Masacre de Texas 2 y se abre camino como una mixtura insólita de comedia negra, erotismo, sátira social, película de monstruos, epopeya gore, thriller de asesino en serie, terror histérico y/ o cuasi surrealista, hicksploitation o cine de explotación de campesinos necios, cachondos y violentos, convite absurdo de índole sádica y desde ya ese infaltable gótico sureño aquí elevado hasta la hipérbole del nihilismo “marca registrada” de los 70, todo gracias a unas agresividad y lascivia transformadas en el único lenguaje común que entienden los lúgubres y desequilibrados personajes o el único marco que les permite relacionarse a nivel prosaico.

 

Judd (un histriónico Neville Brand que hace de la ciclotimia su principal recurso actoral) es un demente que gusta de hablar solo, parece haber estado en las fuerzas armadas, tiene de mascotas a un monito moribundo y un viejo cocodrilo del Nilo y atiende un establecimiento demacrado, el Hotel Starlight, en una zona inhóspita y pantanosa de Texas, donde se carga con un rastrillo por furcia a una tal Clara Wood (Roberta Collins), pobre chica que acababa de ser echada del prostíbulo cercano de la Señorita Hattie (Carolyn Jones) por negarse a una sesión de sexo anal con Buck (Englund), a su vez un empleado desagradable de un zoológico que sale con una menor de edad, la putona Lynette (Janus Blythe), y de hecho le consigue cocaína a Judd, quien perdió su pierna derecha después de que el cocodrilo se la devorase. No pasa mucho tiempo hasta que llega al hotel una familia encabezada por la linda Faye (Marilyn Burns) y el esquizofrénico Roy (William Finley), el cual desea matar al gigantesco reptil con una escopeta porque se comió a Snoopy, el perro mascota de la hija del matrimonio, una niña llamada Angie (Kyle Richards) que cojea por haber padecido poliomielitis, sin embargo el protagonista lo revienta con una guadaña y arroja el cadáver del hombre a su “tacho de basura” oficial, precisamente las fauces del cocodrilo. Mientras Faye permanece atada a una cama y la mocosa gritona se esconde debajo de la estructura del hotel, de repente se aparecen en el lugar el padre de la meretriz asesinada, Harvey (Mel Ferrer), y su hermana mayor, Libby (Crystin Sinclaire), dúo que pregunta por el paradero de Clara e incluso consulta al sheriff local, Martin (Stuart Whitman), y a una Hattie ridícula y con la cara deforme que convenientemente niega haberla visto. Judd mata con la guadaña a Harvey porque descubre a Angie debajo del hotel y empuja al pantano a un Buck que es engullido por el reptil y que pretendía tener sexo con Lynette en una habitación del antro, así la chica escapa entre la niebla nocturna a bordo de un coche pasajero y Libby rescata a Faye y su hija en medio de una batalla que termina con Judd devorado por accidente por el simpático animal con escamas, uno de los primeros de este rubro antropófago posmoderno junto con aquellos de El Río del Gran Caimán (Il Fiume del Grande Caimano, 1979), opus del tremendo Sergio Martino, y El Cocodrilo Mortal (Alligator, 1980), de Lewis Teague.

 

La propuesta incluye algo del ambiente surrealista/ experimental de Cáscaras de Huevo y en especial cita todo el tiempo a La Masacre de Texas, por un lado invirtiendo el punto de vista narrativo, ya no las presas del montón sino el propio villano y su tótem anfibio del espanto, y por el otro lado duplicando sarcásticamente el mítico desenlace del film de 1974 mediante la huida de una Lynette que hace las veces de Sally Hardesty (Burns) y la furia de un Judd con guadaña que sustituye al animalizado Cara de Cuero/ Leatherface (Gunnar Hansen) y su paradigmática motosierra, amén de ese Joe Ball que inspiró el relato con su colección de caimanes y homicidios del mismo modo que el necrófilo extremo de Ed Gein había hecho lo propio con motivo de La Masacre de Texas. Hooper en particular demuestra su mano maestra primero en la estructuración de la aparentemente caótica masacre, siempre tracción a alaridos y bizarreadas cruentas de toda calaña, segundo en la utilización de los ruidos ensordecedores y la música para generar intranquilidad, tanto las canciones anodinas del country de la época que suenan de fondo como el soundtrack disonante que el mismo director compuso con Wayne Bell, y tercero en el aprovechamiento de un guión sencillo de parte de Kim Henkel, socio habitual del cineasta en sus comienzos y aquí trabajando sobre una trama previa de los también productores Alvin L. Fast y Mardi Rustam, que en pantalla muta en un cóctel molotov de nocturnidad ad infinitum, ecosistema rural freak, criaturas lunáticas, tono narrativo excéntrico, vehemencia grotesca y muy claustrofóbica, desarrollo realmente imprevisible y por sobre todas las cosas una artificialidad símil Clase B ultra kitsch que tiene que ver con el rodaje barroco en estudios y todo este constante desfile de luminarias de otros tiempos como esos gloriosos Brand, Jones, Ferrer y Whitman, además de la reincidente Burns y un bisoño e hilarante Englund. Más allá de la ironía del final, eso de la mascota comiéndose al amo, y su condición de pionera en el campo de las películas de lagartos hogareños tenebrosos, Devorados Vivos es una joyita de la efusividad maniática que pondera la inocencia conceptual de un Judd que como Cara de Cuero está enajenado, es un puritano aparatoso y parece creer que limpia a la sociedad de putas y metiches, mujeres y hombres, con un reptil mucho más memorable que aquel del convite del 2000 de Tobe…

 

Devorados Vivos (Eaten Alive, Estados Unidos, 1976)

Dirección: Tobe Hooper. Guión: Kim Henkel, Alvin L. Fast y Mardi Rustam. Elenco: Neville Brand, Robert Englund, Mel Ferrer, Carolyn Jones, Marilyn Burns, William Finley, Stuart Whitman, Roberta Collins, Kyle Richards, Crystin Sinclaire. Producción: Alvin L. Fast y Mardi Rustam. Duración: 91 minutos.

Puntaje: 9