La denominada Nación Osage, uno de los pueblos indígenas ancestrales de América del Norte, sobrevivió a lo largo del tiempo a sucesivos encontronazos con otras tribus, con los colonos y fuerzas militares de Francia, Gran Bretaña y España, con misioneros cristianos de diversa índole y finalmente con el apestoso gobierno de Estados Unidos, el cual los terminó aculturizando y recluyendo durante el Siglo XIX en una reserva en el Estado de Oklahoma, el hoy llamado Condado de Osage. Entre el fin de esa centuria y el inicio de la siguiente se descubre petróleo en las tierras de la tribu y rápidamente se crea un sistema de despojo de lo más patético que funciona en correlación con respecto al genocidio y aquella expulsión sistemática en general de los pueblos originarios de América, así el Estado reconoce los derechos de explotación que se derivan de los derechos de propiedad sobre las tierras, opta por hacerse cargo del arrendamiento a los todopoderosos consorcios energéticos e incluso accede a permitir el pago de regalías a los indígenas aunque bajo la figura legal del tutelaje, léase una serie de intermediarios -abogados, tecnócratas del empresariado y políticos del montón- que controlan la flamante fortuna de unos “pieles rojas” que eran considerados unos minusválidos mentales tácitos que no podían administrar su propio dinero, capital que para colmo podían heredar los blancos que se casasen con miembros de la tribu según la legislación vigente hasta entrado 1925. El asunto, como era de esperar, no sólo derivó en una enorme red de corrupción y chantajes en Oklahoma, todo sostenido en esta burocracia que inflaba en los registros los gastos de los nativos según el porcentaje comunal de tierras para quedarse con la diferencia, sino también en una industria del matrimonio porque una infinidad de anglosajones ultra oportunistas llegaron a la región de turno para casarse con mujeres Osage que recibían los dividendos que la nación en su conjunto a su vez obtenía por la exploración y extracción de crudo de parte de compañías gigantescas de una mafia petrolera ya en auge, panorama que eventualmente eclosiona en cientos de asesinatos de indígenas entre 1918 y 1931 en función de esa codicia salvajona de siempre del capitalismo bajo la idea de los oligarcas ganaderos de la zona de controlar más y más tierras y hacerse de los derechos de propiedad de la Nación Osage, de sus jugosas regalías y de la riqueza en efectivo y en propiedades que hayan acumulado hasta el momento vía gestión tercerizada.
De entre la multiplicidad de homicidios del período, casi todos de hecho siguiendo una acepción masculina de la célebre “viuda negra” y respondiendo a la eliminación de testigos y al canibalismo intra sindicato mafioso, se destaca la figura de William Hale, precisamente el principal verdugo de los Osage ya que en el condado en cuestión era el barón ganadero por antonomasia, un oligarca inmundo que había amasado su fortuna mediante fraudes con pólizas de seguro, el mentado acopio de animales rumiantes y aquella estafa poco sutil que padecían los nativos, quienes cedían sus posesiones a Hale por cifras miserables dentro del típico paternalismo hipócrita y psicopático de quien se muestra en público como amigo de los “nuevos ricos” -y otrora marginados- aunque en privado teje una estructura de mentiras, favores, dependencia laboral y crímenes para despojarlos de sus bienes y derechos cuanto antes. Con la complicidad de la policía, el fiscal de distrito, la burocracia gubernamental del tutelaje y hasta los representantes de la Oficina de Asuntos Indígenas, el susodicho solía apelar a la mano de obra desempleada del sicariato local para sacarse de encima a hombres y mujeres Osage sobre los que tenía pólizas de seguro o que simplemente se ponían en su camino a la hora de heredar territorios de la tribu, así utilizó a sus sobrinos Ernest y Bryan Burkhart para infiltrarse en una familia indígena como parte de un complot a largo plazo en el que iría asesinando a cada uno de los integrantes del clan a posteriori del casamiento de Ernest con Mollie Kyle. Hale se sentía impune y por ello recurría al envenenamiento, las bombas y hasta los disparos en la cabeza que pretendían pasar por suicidios, no obstante la carnicería en secuencia entra en crisis cuando no puede detener la pesquisa de la versión primigenia del FBI, aquel Buró de Investigación que reclama competencia federal sobre delitos cometidos en la reserva y envía a un tal Tom White que comprende de inmediato el alcance del envilecimiento colectivo/ administrativo/ institucional y pronto consigue que Ernest testifique contra su tío y revele su red de secuaces y esbirros. Luego de una retahíla interminable de homicidios de testigos, investigadores privados e involucrados varios en la masacre, el barón finalmente pierde su poder de influencia y es condenado en 1929 por una mínima porción de sus muchísimos crímenes contra los Osage, de todos modos muriendo libre en 1962 a los 87 años de edad después de conseguir la libertad condicional en 1947.
No es de extrañar que el Martin Scorsese tardío se haya obsesionado con llevar a la gran pantalla semejante historia, evidentemente destinada a oficiar de “materia prima” para una fábula de proporciones épicas sobre la construcción nacional de yanquilandia en sintonía con la gloriosa trilogía de Sergio Leone de Érase una vez en el Oeste (C’era una volta il West, 1968), Los Héroes de Mesa Verde (Giù la Testa, 1971) y Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, 1984), porque el realizador norteamericano durante el Siglo XXI ha estado repensando una y otra vez el derrotero más mugroso y violento de su país en films como Pandillas de Nueva York (Gangs of New York, 2002), El Aviador (The Aviator, 2004), Los Infiltrados (The Departed, 2006), La Isla Siniestra (Shutter Island, 2010), El Lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013) y El Irlandés (The Irishman, 2019), todas propuestas que analizaron la descomposición moral, psicológica, social y/ o ideológica de Estados Unidos en distintos ámbitos, siendo Los Asesinos de la Luna (Killers of the Flower Moon, 2023) otro capítulo fascinante de este ciclo profesional y su primera incursión en el western revisionista, desde ya en gran medida vinculado al drama criminal modelo Boxcar Bertha (1972) y Calles Salvajes (Mean Streets, 1973) pero también Buenos Muchachos (Goodfellas, 1990) y Casino (1995). Ernest (Leonardo DiCaprio) efectivamente sigue el mandato de su tío, Hale (un Robert De Niro bien pícaro), y se casa con Mollie (Lily Gladstone), quien termina heredando los derechos de propiedad y regalías petrolíferas de su parentela Osage después del fallecimiento muy poco azaroso de su madre, Lizzie Q (Tantoo Cardinal), su prima, Reta (Janae Collins), y sus dos hermanas, hablamos de Minnie (Jillian Dion) y Anna (Cara Jade Myers). Burkhart, junto con su hermano Bryan (Scott Shepherd), lleva y trae recados del jefazo ganadero dentro de un entramado de contactos mafiosos que cubren tareas como matar a un pobre diablo por un seguro, Henry Roan (William Belleau), volar por los aires el domicilio de Reta y envenenar cotidianamente a la propia Mollie, con quien Ernest tuvo hijos, aprovechando que es diabética y necesita inyecciones de insulina, lo que por supuesto con el tiempo genera la llegada de White (Jesse Plemons). El metraje es monumental aunque sencillo y gira en torno al carácter masoquista/ culposo de Burkhart y esta avaricia de Hale, nuestro Mefistófeles aggiornado que compromete el alma de Fausto.
Scorsese, aquí firmando el guión junto con Eric Roth a partir del libro homónimo de no-ficción del 2017 de David Grann y nuevamente amparado en el genial montaje de Thelma Schoonmaker, la fotografía de Rodrigo Prieto y el soundtrack del recientemente fallecido Robbie Robertson de The Band, por un lado entrega una película muy atrapante que maneja de manera esplendorosa el suspenso, siempre jugando con la condición de “lobo con piel de oveja” de un Burkhart que consigue engañar a su esposa para carcomer a su familia, y por el otro lado respeta al pie de la letra su latiguillo conceptual favorito en lo que al nuevo milenio se refiere, este dualismo de una faceta pública mentirosa al servicio de los intereses del fluir privado más egoísta y desalmado, esquema que se ve complementado por la guerra ciega que estalla entre caucásicos e indígenas cuando los segundos daban por descontado el mestizaje y se habían rendido ante el aburguesamiento suntuario y algo mucho ridículo que llegó de manera imprevista con el petróleo, de allí el fetiche de las nativas de casarse con blancos cual signo de estatus a pesar de la discriminación generalizada del Estado central y el pueblo anglosajón contra todo lo que no sea un duplicado impoluto de ellos mismos. Los Asesinos de la Luna, coproducción entre Paramount Pictures y Apple TV+, en este sentido sigue a escala formal el planteo clasicista de la narración -como decíamos con anterioridad, una alegoría sobre los cimientos putrefactos de Estados Unidos- porque el amigo Martin limita sus paradigmáticos floreos posmodernos a una mínima cámara lenta en ese prólogo del descubrimiento del crudo, una toma secuencia con steadicam símil Buenos Muchachos en una casona familiar y un radioteatro en el epílogo que reemplaza la placa estándar sobre fondo negro que nos informa sobre el destino final de cada personaje, algo que recuerda al recitado de títulos de Fahrenheit 451 (1966), opus de François Truffaut, y Soberbia (The Magnificent Ambersons, 1942), de Orson Welles. DiCaprio está bien como Ernest pero sobreactúa un poco y ya está muy grande para el papel del soldadito de la Primera Guerra Mundial que el Tío Hale corrompe y transforma en un delincuente profesional, lo que nos deja con el excelente desempeño de Gladstone, De Niro, Plemons y unos Brendan Fraser y John Lithgow que aportan cameos en consonancia con el estupendo manejo de fondo de la ironía, muy utilizada para exacerbar el costado grotesco y burdo de tamaña expoliación…
Los Asesinos de la Luna (Killers of the Flower Moon, Estados Unidos, 2023)
Dirección: Martin Scorsese. Guión: Martin Scorsese y Eric Roth. Elenco: Leonardo DiCaprio, Robert De Niro, Lily Gladstone, Jesse Plemons, Tantoo Cardinal, John Lithgow, Brendan Fraser, Cara Jade Myers, Janae Collins, Jillian Dion. Producción: Martin Scorsese, Bradley Thomas, Daniel Lupi y Dan Friedkin. Duración: 206 minutos.