Si pensamos la carrera del querido realizador y guionista cubano Tomás Gutiérrez Alea en términos de sus cuatro opus más famosos, léase esos dos dípticos compuestos en primera instancia por La Muerte de un Burócrata (1966) y Memorias del Subdesarrollo (1968) y en segundo lugar por Fresa y Chocolate (1993) y Guantanamera (1995), estas dos últimas codirigidas junto a su colega y amigo Juan Carlos Tabío porque Gutiérrez Alea para aquella época había caído enfermo, tranquilamente se puede trazar un paralelo con respecto a los cambios en el régimen de Cuba ya que las dos obras primigenias están atravesadas por un fuerte dejo experimental símil collage vanguardista, suerte de retratos agridulces de las promesas efervescentes detrás de la Revolución Cubana y sus dos consecuencias negativas más notorias en el corto plazo, precisamente la burocratización extendida del Estado y la pauperización del pueblo tanto por el bloqueo estadounidense como por la dependencia para con el Consejo de Ayuda Mutua Económica o COMECON, entidad de cooperación general entre los países del Bloque del Este, y las dos realizaciones de la década del 90, por su parte, ya adoptan a pleno un clasicismo narrativo mucho más manifiesto -y cercano al cine independiente cuasi minimalista de aquellos años- que tiene por objetivo analizar la lastimosa decadencia del socialismo en todo el planeta durante las postrimerías del Siglo XX, ahora en el contexto de la desaparición de la Guerra Fría por el colapso entre 1989 y 1991 del campo comunista y sobre todo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, lo que generó el llamado Período Especial en Tiempo de Paz, en suma una extenuante crisis noventosa en la que Fidel Castro tuvo que enfrentarse al recrudecimiento del embargo yanqui por parte de George H.W. Bush y a la ausencia del petróleo ruso mediante medidas hasta el momento impensadas en sintonía con la apertura definitiva de la isla al turismo, la utilización del dólar para todos los intercambios comerciales, el ingreso de conglomerados privados, la descentralización administrativa y bancaria y especialmente esos impuestos sobre las transferencias o remesas varias de activos de los cubanos viviendo en el exterior.
Por supuesto más cerca del sustrato marginal, doloroso o quizás algo mucho estrafalario de Caballos Salvajes (1995), de Marcelo Piñeyro, Estación Central (Central do Brasil, 1998), de Walter Salles, o París-Tombuctú (1999), de Luis García Berlanga, que de la pomposidad criminal anglosajona de Thelma & Louise (1991), de Ridley Scott, Kalifornia (1993), de Dominic Sena, o Escape Salvaje (True Romance, 1993), de Tony Scott, por nombrar otras road movies o cuasi road movies, Guantanamera, la última realización de Gutiérrez Alea antes de fallecer en 1996 a los 67 años de edad, funciona como una comedia negra con pinceladas satíricas, románticas y costumbristas bastante esperpénticas con la doble idea de fondo de por un lado poner en ridículo a esa utopía institucional vernácula de eficiencia comunista, quimera que se choca con la realidad, su propia idiotez y unas paradojas que a su vez se convierten en sinónimos de límites materiales cargados de sarcasmo y desenfreno, y por el otro lado retratar la paradigmática picardía latinoamericana del sobreviviente, una disposición de tipo idiosincrásica que se mezcla en la praxis cotidiana con el ventajismo, la improvisación, el grotesco, la nostalgia, el cinismo, lo hiperbólico y desde ya una pasión que en pantalla tiene mucho de quid caribeño explosivo. El guión de los directores y Eliseo Alberto comienza con el regreso a su Guantánamo natal de Georgina Travieso García alias Yoyita (Conchita Brando), una cantante que llega desde La Habana luego de 50 años para recibir una distinción y reencontrarse con su sobrina Georgina (Mirtha Ibarra, genial esposa de Gutiérrez Alea) y que de repente fallece en una especie de “cita tardía” con un amor de juventud, Cándido (Raúl Eguren). El encargado de trasladar el cuerpo de la visitante desde Guantánamo, en el extremo sur de la isla, hasta La Habana, en el norte, es nada menos que el marido de Georgina, Adolfo (Carlos Cruz), un funcionario fúnebre local que pretende poner en práctica un plan sumamente ridículo para evitar las habituales disputas entre pares por falta de combustible y de coches que consiste en cambiar de auto en cada provincia de Cuba, diversas jurisdicciones que se harían cargo de todos los gastos en viáticos y gasolina.
En gran medida recuperando el humor negro y deliciosamente macabro de La Muerte de un Burócrata, estupenda fábula sobre un derrotero accidentado en pos de tramitar una pensión, y combinándolo con el influjo buñueliano de La Última Cena (1976) y Los Sobrevivientes (1979) y el estudio sobre la incomunicación y las batallas entre los sexos de Hasta Cierto Punto (1983) y Cartas del Parque (1988), Guantanamera también se sirve de la inmediatez del cine de los 80 y 90 y -de una forma similar a Fresa y Chocolate, de hecho, porque la angustia económica desdibujaba por completo la dimensión cultural nacional- aprovecha el relajamiento de la censura comunista para mofarse explícitamente de los fracasos del régimen aunque sin nunca atacar su base teórica socialista, postura semi contradictoria de siempre de un Gutiérrez Alea que fue parte del Nuevo Cine Latinoamericano de la década del 60 y jamás renunció a los postulados antiimperialistas y anticolonialistas del marxismo clásico ya que para el señor la distancia entre el plano de las ideas y esta decepción en la realidad concreta no mancha para nada al primero en función de un contexto geopolítico siempre complejo y de la indisimulable torpeza u ortodoxia o triste imprevisión o falta de perspectiva a largo plazo de las cúpulas dirigentes. Mediante el ardid narrativo de combinar la odisea principal, esa de Adolfo, su esposa, Cándido y el chofer del vehículo funerario, el asimismo contrabandista Tony (Luis Alberto García), con la historia clandestina de amor entre Georgina, ex docente de economía política que se encuentra sometida a la voluntad del narcisista insoportable de Adolfo, y un camionero llamado Mariano (Jorge Perugorría, gran actor ya visto en Fresa y Chocolate), carilindo y mujeriego que escapa de una amante embarazada, Marilis (Luisa Pérez Nieto), viaja con un colega adepto a las gordinflonas, Ramón (Pedro Fernández), y fue alumno tres años atrás de Georgina, el film nos presenta un periplo kafkiano de puro delirio estatal/ burocrático/ procedimental en el que el Estado Cubano no puede controlar al pueblo y sus traslados constantes para sobrevivir, intentar ser feliz o rendir tributo a sus fallecidos, éste un eje fundamental de toda reproducción cultural.
Si bien resulta muy importante en el relato la melancolía ante el paso del tiempo y el arribo de una vejez que recuerda sus años mozos con cariño, astucia y una sonrisa burlona o más bien sardónica, la película subraya además las migraciones en tiempos aciagos desde el campo a las grandes ciudades y el archiconocido éxodo hacia Estados Unidos de un buen número de cubanos anticastristas o simples amigos de los dólares del vecino del Primer Mundo, de allí el carácter seco o dictatorial de Adolfo hacia Georgina ya que la culpa por el exilio de la hija de ambos hacia Miami, amén de este desplazamiento en general por las carreteras del país en tanto excusa para sistematizar los distintos factores y/ o características del punto más álgido del mentado Período Especial, en este sentido pensemos por ejemplo en el boom del turismo, la burocracia comercial minorista, la miseria popular extendida, la precariedad administrativa, la corrupción a pequeña escala, la desesperación por comida y recursos escasos y el fetiche con la moneda extranjera ante la pérdida de valor del peso y la novedad del bimonetarismo. Con detalles surrealistas como esa leyenda de Ikú -la parca, según el pueblo yoruba de origen africano- narrada por José Antonio Rodríguez, la fantasía de autototemización del funcionario fúnebre o las apariciones ante Cándido de Ikú como una nena (Suset Pérez Malberti), la película reversiona con maestría la célebre canción del título de Joseíto Fernández, utilizada para comentar la acción en diferentes oportunidades, y homologa el hecho de satirizar a la Revolución Cubana con serle infiel al marido o a la amante en busca de una libertad o prosperidad negadas, precisamente lo que representa la pareja de Georgina y Mariano, así esta circularidad del absurdo típica de Gutiérrez Alea se mueve en torno a binomios conceptuales como el nacimiento y la muerte, el amor y el desamor o la sensatez y la locura ya que cualquier vehículo puede transportar pasajeros, el óbito aquí de épico tiene poco y nada y la cultura del reciclaje en naciones pobres, chicas o dependientes se abre camino como la única regla consuetudinaria posible en una coyuntura social insensible o hasta petrificada donde el movimiento en última instancia es una farsa…
Guantanamera (Cuba/ España/ Alemania, 1995)
Dirección: Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío. Guión: Tomás Gutiérrez Alea, Juan Carlos Tabío y Eliseo Alberto. Elenco: Jorge Perugorría, Mirtha Ibarra, Carlos Cruz, Raúl Eguren, Pedro Fernández, Luis Alberto García, Conchita Brando, Suset Pérez Malberti, Luisa Pérez Nieto, José Antonio Rodríguez. Producción: Gerardo Herrero. Duración: 102 minutos.