William Castle, gran héroe de la Clase B celebrado por gente como Joe Dante, Robert Zemeckis y John Waters, muchas veces es reducido en la historiografía hollywoodense a su rol de productor esquizofrénico de obras para terceros como La Dama de Shanghái (The Lady from Shanghai, 1947), de Orson Welles, El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), de Roman Polanski, Motín (Riot, 1969), de Buzz Kulik, e Invasión Infernal (Bug, 1975), aquella trasheada de Jeannot Szwarc sobre cucarachas pirómanas mutantes, o a sus truquillos comerciales de promoción extracinematográfica de marco absurdo, interactivo o demencial en línea con algo de vandalismo apócrifo sensacionalista, gritones y desmayados asimismo falsos colados entre el público, pólizas de seguro de vida para los espectadores, enfermeras en los vestíbulos de los cines, ambulancias y coches fúnebres varios, esqueletos flotadores que atravesaban las salas, butacas que vibraban en momentos específicos del film o incluían cinturones de seguridad, “visores” rojos y azules para detectar fantasmas, votaciones para decidir el destino de algún que otro protagonista, souvenirs que replicaban amuletos en la pantalla o truculencias del montón, diferentes versiones de la película en cuestión para cada país con señoritas distintas y desde ya esas legendarias promesas de reembolso al público en caso de no resistir la experiencia tenebrosa hasta el desenlace. Sin embargo el señor fue un realizador prolífico que desde la década del 40 hasta su temprana muerte en 1977 de un infarto, a los 63 años de edad, entregó un calidoscopio de películas en géneros como las aventuras, la comedia, el thriller, el western clásico, el espionaje, el melodrama, el film noir, las epopeyas bélicas, el misterio, el cine de acción, el péplum, el romance de trasfondo histórico, la fantasía, la ciencia ficción y ese terror minimalista y de grandes ambiciones a nivel de la recepción o quizás la publicidad en general, desde ya su marca registrada en una época en la que la inocencia retórica de décadas previas comenzaba a quedar en el pasado y de a poco despuntaba la modernización de un cine de género cada día más rimbombante y adepto a incomodar al espectador que ansiaba emociones fuertes.
En esencia su carrera está caracterizada por una etapa iniciática de dramas criminales de bajo presupuesto que deja paso primero a un período de westerns y aventuras estrafalarias heterogéneas, todas condenadas al olvido en el nuevo milenio, y después a ese ciclo de suspenso y terror un tanto camp aunque siempre intenso que todos los cinéfilos avezados conocemos de sobra, núcleo de su fama de artesano tendiente al espectáculo ampuloso pero también humilde. De los años volcados al policial negro sólo sobrevivieron en la memoria cultural Pacto con la Muerte (The Whistler, 1944) y Cuando dos Extraños se Casan (When Strangers Marry, 1944), sutil preludio para el período de gloria profesional en el horror y el misterio de anclaje serio de la mano de las queridas Macabro (Macabre, 1958), Mansión Siniestra (House on Haunted Hill, 1959), El Aguijón de la Muerte (The Tingler, 1959), 13 Fantasmas (13 Ghosts, 1960), Homicida (Homicidal, 1961) y El Barón Sardonicus (Mr. Sardonicus, 1961), con aquellas Mansión Siniestra y El Aguijón de la Muerte resultando particularmente exitosas por la presencia del inconmensurable Vincent Price. A posteriori sobreviene la fase de decadencia en el terror ya de impronta cómica berreta/ cutre, modelo El Caserón Misterioso (The Old Dark House, 1963) y Está Sobrando un Fantasma (The Spirit Is Willing, 1967), en el hagsploitation especializado en Joan Crawford, ese cruel de Camisa de Fuerza (Strait-Jacket, 1964) y la bizarra Broma Macabra (I Saw What You Did, 1965), y en el espanto onírico convulsionado de Amor entre Sombras (The Night Walker, 1964), sin duda una de sus mejores obras de aquellos años y una de las dos colaboraciones de William con el célebre Robert Bloch, siendo la otra Camisa de Fuerza, amén de delirios desconcertantes como su insólito opus de ciencia ficción, Proyecto X (Project X, 1968), o sus incursiones en la fantasía freak, Zotz, la Moneda Mágica (Zotz!, 1962) y Jugando con la Vida y la Muerte (Shanks, 1974), locura total con Marcel Marceau. Tantas veces opacada por otros productos propios y ajenos, Homicida es una de las joyitas del director que pide a gritos ser tenida más en cuenta al momento de hablar de su vasta y laberíntica trayectoria.
Con un guión de Robb White, el mismo de Macabro, Mansión Siniestra, El Aguijón de la Muerte y 13 Fantasmas más un par de films aventureros autobiográficos descartables, Isla Virgen (Virgin Island, 1958), de Pat Jackson, e Infierno bajo el Agua (Up Periscope, 1959), de Gordon Douglas, y un clásico menor de las odiseas de supervivencia, Salvajes (Savages, 1974), convite televisivo de Lee H. Katzin que sería objeto de una remake, Duelo al Sol (Beyond the Reach, 2014), de Jean-Baptiste Léonetti, al igual que otras dos realizaciones en verdad fundamentales de Castle, ejes explícitos para las mediocres La Casa en la Montaña Embrujada (House on Haunted Hill, 1999), de William Malone, y 13 Fantasmas (Thirteen Ghosts, 2001), de Steve Beck, Homicida cuenta con una trama bastante compleja para el promedio accesible o más bien sencillo de Castle que empieza en Ventura, metrópoli del Estado de California, vía una bella señorita llamada Emily (Jean Arless) convenciendo con dos mil dólares al botones de un hotel para que se case con ella, Jim Nesbitt (Richard Rust), muchacho que se sorprende cuando la ninfa rubia asesina con un cuchillo quirúrgico al juez de paz, Alfred S. Adrims (James Westerfield), y huye de inmediato para regresar a la casa que comparte con una veterana en silla de ruedas que sufrió una apoplejía y ya no puede hablar, Helga Swenson (Eugenie Leontovich), de la cual parece ser su enfermera desde que ambas volviesen de Dinamarca con el supuesto esposo de la joven, Warren (Arless de nuevo), quien a su vez está a punto de heredar la fortuna de su sádico padre por ser varón y aproximarse a los 21 años, condiciones del testamento en cuestión. La hermana de Warren, una tal Miriam Webster (Patricia Breslin) dueña de una floristería, está cerca de contraer matrimonio con el propietario de una farmacia, Karl Anderson (Glenn Corbett), unión que genera los celos de una Emily que destroza el local de la competencia romántica, le parte un jarrón en la cabeza al boticario, por cierto muy amigo del metiche Doctor Jonas (Alan Bunce), y eventualmente decapita a Helga mientras que el Teniente Miller (Gilbert Green) investiga el asesinato de Adrims, ocurrido delante de su esposa, Martha (Hope Summers).
Desde ese típico prólogo de William interpelando al espectador o fanático estándar, en el que cita a Mansión Siniestra, El Aguijón de la Muerte y 13 Fantasmas, hasta el prodigioso final, basado en la promesa señalada con anterioridad de reembolso del precio de la entrada si los potenciales cobardes del otro lado de la pantalla no soportan la resolución por venir, todo mediante una hilarante interrupción de 45 segundos denominada Pausa de los Sustos/ Fright Break, Castle aquí retoma los enigmas de Las Diabólicas (Les Diaboliques, 1955), de Henri-Georges Clouzot, y Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, y anticipa esa claustrofobia de ¿Qué Pasó con Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?, 1962), de Robert Aldrich, y Repulsión (1965), de Polanski, aunque desde ya su idea excluyente es construir un rip-off del éxito de taquilla del cineasta inglés unificando en la figura de Arless los personajes de Janet Leigh y Anthony Perkins, léase Marion Crane y Norman Bates, una movida en esta oportunidad no tanto empardada a la locura pasional clásica sino a la simple codicia porque Warren en realidad nació siendo mujer y su madre -fallecida en un accidente automovilístico con su esposo con alcohol de por medio- orquestó la farsa por temor a la misoginia bien grotesca del patriarca, así surgió Emily como una válvula de escape que le permite sacarse de encima por un rato la imposición social de travestirse y de paso reventar a los testigos del engaño, Adrims, otrora secretario del condado, y Swenson, la enfermera del parto. William aprovecha muy bien el manto de suspenso, gore, confusión e histeria que trae aparejado el duelo espiritual entre la normalidad inmaculada de Miriam, la beneficiaria del testamento en el caso de que se descubriese que Warren en realidad es Emily, y todas las frustraciones psicopáticas de esta última, la cual está enamorada de Karl desde pequeña y ve con espanto que el farmacéutico se quiera casar con Webster. La genial Arless, actriz televisiva en verdad llamada Joan Marshall, es la arcilla de la que Castle se sirve para crear uno de sus mejores exponentes en el ecosistema de los circos macabros que compensan con desparpajo u osadía aquello que les falta en pericia técnica, recursos o lustre mainstream…
Homicida (Homicidal, Estados Unidos, 1961)
Dirección: William Castle. Guión: Robb White. Elenco: Jean Arless, Eugenie Leontovich, Glenn Corbett, Patricia Breslin, Alan Bunce, Richard Rust, James Westerfield, Gilbert Green, Hope Summers, Ralph Moody. Producción: William Castle. Duración: 88 minutos.