Turquía, uno de los Estados más importantes del globo en términos comerciales, militares y geopolíticos por su estratégica ubicación entre Europa y Asia y por tener salida hacia el Mar Mediterráneo, el Mar de Mármara y el Mar Negro, tras la caída del Imperio Otomano en 1918 como consecuencia de la derrota en la Primera Guerra Mundial desarrolló una nueva estructura administrativa, de tipo republicana laica para ya reemplazar al islamismo previo, luego de la denominada Guerra de Independencia Turca (1919-1923), en esencia un conflicto entre el flamante Movimiento Nacional Turco y las fuerzas de ocupación de los otrora aliados que condujo a la disolución de la monarquía/ sultanato y a la génesis de una Turquía moderna cada vez más y más amiga de las potencias occidentales, esas que fueron superando a los turcos desde los Siglos XVII y XVIII debido a la Revolución Industrial, el nuevo armamento y una maquinaría económica capitalista mucho más aceitada. De hecho, tanto se enamoraron los sucesivos gobiernos turcos del dinerillo y las armas de los Estados Unidos bajo la Doctrina Truman, léase el intervencionismo anticomunista de los yanquis durante la Guerra Fría con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que dejaron que los extranjeros defensores del lindo capitalismo instalasen bases castrenses en su territorio, preludio primero para la participación tardía del país en la Segunda Guerra Mundial contra Alemania y segundo para la incorporación de Turquía en las Naciones Unidas, el Consejo de Europa y la Organización del Tratado del Atlántico Norte u OTAN, esa alianza militar internacional subordinada a Estados Unidos y su predilección por las dictaduras genocidas y neoliberales de extrema derecha, como todas aquellas latinoamericanas de los años 70.
Mucho de este panorama intrincado, más el Golpe de Estado de 1960 contra el prontamente ahorcado Primer Ministro Adnan Menderes bajo el cargo de ser responsable del Pogromo de Estambul de 1955 contra los griegos, fue a parar a la que sería la primera película turca en recibir verdadera distribución global, Verano Seco (Susuz Yaz, 1963), diminuta maravilla de Metin Erksan que fue restaurada en 2008 por la World Cinema Foundation de Martin Scorsese y que retrata, precisamente, las implicancias de la tiranía por parte del vecino y las movidas espurias cruzadas que pueden surgir a partir de la disputa en torno a un recurso estratégico que en pantalla hace las veces de Turquía en su conjunto, el agua, sutil excusa además para pensar las limitaciones de una sociedad dependiente de la agricultura como principal fuente de riqueza y con un marco estatal siempre inestable que tiende a abandonar a los ciudadanos a la buena de Dios cuando de problemas urgentes -y de los otros también, los más complementarios- se trata. Erksan, por entonces todo un experto en melodramas, comedias y faenas criminales de variada entonación, tuvo una carrera relativamente común para la época porque se paseó por muchos géneros más y hoy por hoy sólo sobreviven un puñado de sus películas en la memoria cinéfila mundial, hablamos de la presente y esa suerte de precuela espiritual de marco cuasi neorrealista, la también exquisita La Venganza de las Serpientes (Yilanlarin Öcü, 1961), una propuesta romántica insólitamente abstracta, la interesante Tiempo de Amar (Sevmek Zamani, 1965), y uno de los ejemplos más famosos del turksploitation, Seytan (1974), aquella hilarante remake no oficial de El Exorcista (The Exorcist, 1973), la gran obra maestra de William Friedkin sobre un catolicismo descocado.
Basada en la novela corta homónima de 1962 de Necati Cumali, la historia transcurre en una zona rural de Turquía dominada por la producción de tabaco en la que los hermanos Kocabas, el mayor Osman (un estupendo Erol Taş) y el menor Hasan (el también productor Ulvi Dogan), controlan un manantial porque forma parte de sus tierras, situación que en el pasado se resolvía con un canal que irrigaba los campos de los agricultores vecinos durante el cultivo y más allá. Osman, a sabiendas de que se viene un verano muy seco que puede agotar todo el suministro de agua, de repente decide construir una represa para bloquear el manantial y de paso condenar a la miseria a la competencia circundante, algo que Hasan reprueba pero consiente por la mayor edad de su hermano, por cierto a su vez erotizado con la bella y joven novia del susodicho, Bahar (Hülya Koçyiğit), con la que le recomienda casarse de inmediato sin la aprobación de la madre de la señorita. Los vecinos no se quedan de brazos cruzados y comienzan una batalla judicial ya que consideran que el agua es un recurso público que no puede ser monopolizado, por ello primero consiguen que la represa sea abierta pero eventualmente pierden el litigio y se deciden a pasar a la violencia matando de un tiro al perro de Osman, Karabas, detalle que a su vez hace que los hermanos monten guardia armada durante las 24 horas. Cuando un par de campesinos desesperados vuelan la esclusa con dinamita, el mayor de los Kocabas mata de un disparo a uno de ellos, Veli Sari (Hakki Haktan), aunque convence a Hasan de que se haga cargo del asunto porque siendo más joven supuestamente recibirá una pena menor, en suma 24 largos años que se reducen a ocho por tratarse de un homicidio después de una provocación símil sabotaje guerrillero.
El film de Erksan no le esquiva a las resonancias de la fábula bíblica de Caín y Abel, abraza las paradojas de fondo del relato y de Turquía y en este sentido contrapone una modernidad positiva, en esencia el quiebre de los mandatos familiares de hierro a través del casamiento impetuoso de Hasan y Bahar, con una modernidad negativa, en este caso la especulación confiscatoria de ese recurso comunal, el oro líquido o “la sangre de la tierra”, que termina transformado en una propiedad privada más dentro del canibalismo de un mercado que siempre tiende a las injusticias, el despotismo y la concentración monopólica/ oligopólica de los productos e implementos fundamentales para la vida; del mismo modo una tradición negativa del mundo árabe, el valor de la palabra del hermano mayor por sobre la opinión del menor, se opone a una tradición positiva, en esta ocasión representada en la solidaridad y lucha colectiva de los agricultores ninguneados contra los poderosos egoístas de turno, tanto el autor intelectual de la represa como el cómplice pasivo, Osman y Hasan. Verano Seco no sólo explora la pugna fratricida y siempre absurda en sí y la ausencia de un Estado desaparecido o convalidante para con el statu quo, por entonces más preocupado por sus luchas intestinas de poder y por contentar al “amo” estadounidense y sus socios apestosos europeos, sino que además equipara la mercantilización del agua con la propia del cuerpo femenino, núcleo de una disputa muda porque luego del matrimonio Osman hace todo lo posible para aislar a Bahar hasta que finalmente la viola y la convierte tácitamente en su pareja mientras Hasan está tras las rejas sin recibir carta de apoyo ni dinero alguno, por ello la batalla explícita del agua de la primera mitad del metraje pronto muta en guerra implícita o sigilosa, cercana a un sometimiento sexual que es existencial, durante la segunda parte de la faena. Muy dinámica en fotografía, edición y música, destacándose sobre todo lo hecho por los geniales Ahmet Yamaci y Manos Hatzidakis en este último apartado, la propuesta se asemeja a una especie de western testimonial con pinceladas de melodrama y tragedia griega y analiza con maestría este trayecto que va de la soberbia y la ruindad del enclave capitalista estándar hacia el deseo y la traición, claros ejemplos de cómo la especulación cosificadora no deja nada en pie y pretende convertir en moneda/ objeto de cambio o de disputa o conquista a cualquier ser vivo que se desee controlar o por el contrario, destruir…
Verano Seco (Susuz Yaz, Turquía, 1963)
Dirección: Metin Erksan. Guión: Metin Erksan, Ismet Soydan y Kemal Inci. Elenco: Erol Taş, Ulvi Dogan, Hülya Koçyiğit, Hakki Haktan, Zeki Tüney, Yavuz Yalinkiliç, Alaettin Altiok, Murat Baran, Selahattin Genç, Halil Korabay. Producción: Ulvi Dogan. Duración: 92 minutos.