El realizador canadiense David Cronenberg, hoy bastante relegado en la monocromática y conservadora industria cinematográfica del Siglo XXI, es uno de los pocos directores, sino el único, cuya obra suele ahondar en la oscuridad detrás de los avances tecnológicos y la transformación de la humanidad a partir de la utilización de los medios técnicos a su alcance y la relación de lo sexual con la muerte. En Videodrome (1983), film que conseguiría una buena distribución y marcaría un crecimiento exponencial en la financiación disponible de Cronenberg, el director de Scanners (1981) se adentra en el escabroso complot de una corporación para popularizar el contenido de una señal prohibida sirviéndose de la curiosidad y la ambición del dueño de un canal de cable.
Max Renn (James Woods), el director de una emisora de cable de Canadá de contenido para adultos, se encuentra en la búsqueda de un material disruptivo que genere un impacto y le ayude a aumentar el rating. Con ese norte se topa con Videodrome, una señal pirata que transmite escenas sadomasoquistas y snuff en las que los participantes son torturados y asesinados. Creyendo que es una ficción, Renn le pide a un técnico y encargado de encontrar contenido de este calibre, Harlan (Peter Dvorsky), que descubra la procedencia para así intentar ponerse en contacto con los creadores de Videodrome. Max descubre que el programa se produce en Pittsburgh, la segunda ciudad con más habitantes de Pensilvania, lo que genera que su espíritu inquisitivo lo lleve a la fuente del show que puede cambiar la forma de consumir entretenimiento para adultos. Gracias a Masha (Lynne Gorman), una colega productora que se ofrece a ayudar a Max en su aventura, éste descubre que a pesar de no tener trama ni argumento Videodrome es un programa político de nicho entre clandestino y subterráneo, con una filosofía detrás, dirigido por personas inescrupulosas. Lo que Renn al principio no sabe y después no cree, pero que descubrirá a través de su involucramiento, es que el contenido de Videodrome no es ficción, es real, y que los que participan son verdaderamente torturados y asesinados. A través de Masha, Renn llega al santuario de Brian O’Blivion (Jack Creley), la Misión de Rayos Catódicos, un lugar donde a cambio de un almuerzo, Bianca O’Blivion (Sonja Smits), la hija del profesor, inmuniza a personas sin hogar contra los peligros del contenido televisivo, exponiéndolos precisamente a ese material. La exposición a la señal de Videodrome le genera a Max alucinaciones que intentan controlar su comportamiento con la finalidad de que el dueño de Civic TV mate a sus socios y les ceda el canal para transmitir Videodrome. Así las cosas, Renn deberá convivir con una nueva realidad alucinada, el enigma de los rayos catódicos, el de la televisión hecha carne. Pronto Max se dará cuenta de que no hay forma de resistirse y que la única manera de enfrentar esta flamante realidad es abrazarla.
A través de los videos del profesor O’Blivion, el protagonista descubre que Videodrome causa un tumor en su audiencia, que es en realidad un nuevo órgano que genera una nueva forma de percibir la realidad, una realidad trastocada. Si las alucinaciones son un efecto del control, la sumisión a este nuevo órgano, a la nueva carne, es la única forma de recuperar el control perdido y enfrentar a Videodrome, a las corporaciones que se quieren hacer con la hegemonía de la mente. Solo el cuerpo, la carne, puede enfrentarse a la manipulación de la que la mente es objeto. A pesar de ser un cínico Max no puede escapar a la máxima de que el contenido televisivo afecta la percepción. La realidad de la conspiración abre paso a la alucinación y Renn ya no sabe qué es realidad y qué es fantasía inducida, por ello su sentido del equilibrio desaparece y tan solo en el final inicia el camino para encontrar una nueva armonía ante la praxis alucinada.
Videodrome es un film crudo, deudor de la trama conspirativa y de la estética y las ideas de El Almuerzo Desnudo (Naked Lunch, 1959), la extraordinaria novela del escritor estadounidense William S. Burroughs, que combina la ciencia ficción y el horror para adentrarse en el submundo de las transmisiones piratas, algo muy común a principios de los años ochenta en Estados Unidos y Canadá. Estas transmisiones piratas algunas veces tenían un carácter sexual pero otras tantas un talante más político, conspirativo, o tan solo casero amateur. Cronenberg aprovecha esta moda, así como la búsqueda desesperada de contenido novedoso y de bajo costo por parte de los incipientes y pequeños canales de cable, para contextualizar esta historia alrededor del control de la mente y el cuerpo por parte de las corporaciones.
Por dar un ejemplo significativo del contenido político y filosófico de Cronenberg en Videodrome, en una de las primeras escenas de la película Max Renn es confrontado con un especialista en la nueva cultura audiovisual, el mencionado O’Blivion, y la estrella de la radiofonía Nicki Brand (Debbie Harry, de Blondie) en un talk show conducido por una celebridad televisiva, Rena King (Lally Cadeau), sobre la violencia y el sexo en su canal de cable, a lo que el controversial director de Civic TV responde con una transgresión al conservadurismo. Para Renn la violencia y el deseo sexual ya están en la sociedad, no son generados por la programación del canal de cable sino que, al contrario, el contenido televisivo es una fantasía que ayuda a reducir la pulsión. En su defensa, Nicki Brand, que posteriormente se convertirá en la pareja de Max y en víctima de Videodrome, enfatiza la necesidad del estímulo constante como una adicción de la época, de la que ella se considera una víctima. El profesor O’Blivion, que en realidad ha fallecido por un tumor causado precisamente por la exposición a Videodrome, responde a la pregunta de la conductora acerca de si el contenido erótico y violento produce una deshumanización y desensibilización con una grabación reproducida por su hija, Bianca, en la que explica que la televisión se ha convertido en la retina de la mente.
El profesor O’Blivion representa las ideas del teórico canadiense de los medios de comunicación Marshall McLuhan acerca de que los medios de comunicación de masas del Siglo XX se han transformado en extensiones de la sensibilidad humana. Pero en Videodrome el cineasta introduce las nociones acerca de los medios de otro de sus pensadores preferidos, Burroughs, un autor del que Cronenberg siempre toma muchas ideas y cuyos polémicos ensayos y novelas siempre han provocado la vehemencia de adeptos y detractores por igual. Para Burroughs el lenguaje es un virus que anida en la mente, en el cerebro, y que las corporaciones pretenden manipular a través del control del intelecto a partir de la combinación de la palabra y la imagen. En Videodrome Cronenberg propone que son las imágenes las que disparan un tumor que comienza a controlar al cuerpo a través de la mente y, siguiendo a Burroughs, considera que frente a estos dispositivos del control hay que oponer una resistencia, un mecanismo que permita retomar la autonomía, en el caso de Videodrome aceptar que hay una forma de la existencia en la que el cuerpo no tiene lugar, una forma de existir representada televisivamente.
A través de las cintas del profesor O’Blivion, un nombre de guerra en la batalla por la hegemonía de la mente, Cronenberg expone una de las constantes que marcan su cine, la predominancia de las mutaciones de la carne. Aquí la mutación se produce a partir de tumores cancerígenos, más precisamente de un tumor cerebral que genera alucinaciones. Pero en el cine de Cronenberg siempre hay que tener en cuenta que los nuevos órganos son capaces de alterar la realidad que conocemos, en este caso controlando las alucinaciones que Videodrome produce y creando una nueva praxis fantástica. El realizador, de esta manera, se adentra en un problema filosófico de larga data, la cuestión de la percepción. Lo que vemos y experimentamos es lo que percibimos con nuestros cuerpos, nuestros sentidos, una parte pequeña de la realidad. Si obtenemos un nuevo órgano, lo que en un principio parecería un tumor que amenaza con matarnos sería en realidad una expansión de nuestra percepción, tal vez una nueva forma de estar vivos o un mecanismo para estar muertos o vivir en otro plano de la existencia. Todo es posible.
Videodrome es uno de los proyectos más conscientes de Cronenberg, pensados y pulidos durante varios años de trabajo, con escenas que fueron dejadas de lado, secuencias introducidas a último momento y mucha expectativa por parte de todos en la producción por el resultado final de uno de los films más caóticos y políticamente más viscerales del realizador de La Mosca (The Fly, 1986). A pesar de los recortes de presupuesto, los efectos especiales a cargo de Rick Baker, que venía de ser muy aclamado por la terrorífica Un Hombre Lobo Americano en Londres (An American Werewolf in London, 1981), una de las mejores películas del director estadounidense John Landis, son excelentes y muy avanzados para la época, proponiendo un surrealismo exuberante y grotesco que se convertirá en un estilo que Cronenberg explotará en varias obras futuras.
Es importante destacar que a pesar del interés de los grandes estudios y de la financiación que Videodrome recibió, ni ésta ni las anteriores películas de Cronenberg podrían haber existido sin el sistema de exención impositiva que promovió canalizar inversiones al cine desde fines de los años setenta en Canadá, principal motor del séptimo arte del país en aquel período histórico que murió con la finalización de esta política impositiva basada en la protección estatal y el impulso de proyectos alternativos que escapasen al paradigma comercial de siempre vinculado a Hollywood.
Gracias a esta política Cronenberg pudo tener una libertad que le permitió retrotraerse espiritualmente al sustrato experimental de las primeras transmisiones televisivas, aquellas de mediados del Siglo XX, y exponer sus fantasías y temores, como la conexión entre la sexualidad y la pulsión de muerte, el rechazo a lo nuevo, la tecnología como una técnica que puede ser utilizada para ganar dinero o manipular e intentar consolidar alguna especie de control social, y la necesidad de los individuos de buscar formas de eludir estos intentos de opresión para ganarle al poder pequeños espacios de libertad, cuestiones que todos deberíamos tener en cuenta especialmente en la era de la post verdad, las mentiras de las redes sociales y esas noticias falsas que proliferan en los dispositivos que todos utilizan/ consumen a diario en una hipnosis desinformativa semejante a las adicciones.
Videodrome (Canadá, 1983)
Dirección y Guión: David Cronenberg. Elenco: James Woods, Sonja Smits, Debbie Harry, Peter Dvorsky, Leslie Carlson, Jack Creley, Lynne Gorman, Julie Khaner, Reiner Schwarz, David Bolt. Producción: Claude Héroux. Duración: 89 minutos.