Corazones Bondadosos y Coronas (Kind Hearts and Coronets)

Monstruos de arrogancia y crueldad

Por Emiliano Fernández

Ya casi nadie lo tiene presente porque en el Siglo XXI casi todos tienen la memoria -o el interés por el pasado y la historia- de una ameba o de un crío de apenas unos meses de vida pero a mediados de la centuria previa se acumularon tres carreras de directores británicos que después de un puñado de obras iniciales gloriosas se pincharían de repente, basta con considerar al querido Jack Clayton de Un Lugar en la Cumbre (Room at the Top, 1959), Los Inocentes (The Innocents, 1961) y Esclava y Seductora (The Pumpkin Eater, 1964), sin duda el más famoso del lote, y a aquel Seth Holt que nos regaló dos de los mejores thrillers de la Hammer Film Productions, El Sabor del Miedo (Taste of Fear, 1961) y La Niñera (The Nanny, 1965), joyitas con guiones del inefable Jimmy Sangster. El menos conocido del trío es Robert Hamer, alcohólico como Holt aunque no tan meticuloso como Clayton y en esencia un señor que se las arregló para redondear una de las pocas películas perfectas que nos haya legado el cine inglés e internacional en general, Corazones Bondadosos y Coronas (Kind Hearts and Coronets, 1949), conocida en el mundo hispanoparlante como Los Ocho Sentenciados u Ocho Sentencias de Muerte, una obra maestra que fue realizada bajo el amparo de la principal productora vernácula del período subsiguiente a la Segunda Guerra Mundial, Ealing Studios, y que sería fundamental en el desarrollo posterior de la comedia negra como género en lo que atañe al séptimo arte en su conjunto, sobre todo en materia de la unificación de las ironías, el melodrama y esas desigualdades sociales que vienen de por sí sintetizadas en el título, referencia socarrona al poema Lady Clara Vere de Vere (1842), de Alfred Tennyson alias Lord Tennyson, “el corazón bondadoso vale más que una corona/ y la fe sencilla más que la sangre normanda”. Estrenada el mismo año de Pasaporte para Pimlico (Passport to Pimlico, 1949), de Henry Cornelius, y ¡Whisky en Abundancia! (Whisky Galore!, 1949), del gran Alexander Mackendrick, otras dos comedias extraordinarias de la colección de Ealing, la propuesta anticipó por mucho el tono narrativo entre nihilista y bien macabro de los otros dos clásicos absolutos de Mackendrick para el estudio, El Hombre del Traje Blanco (The Man in the White Suit, 1951) y El Quinteto de la Muerte (The Ladykillers, 1955), convites que bebieron a sus anchas del diminuto opus de Hamer y de su elegancia a toda prueba, tan literaria y visual como discursiva e ideológica.

 

La historia, escrita por el director y John Dighton, éste responsable de El Hombre del Traje Blanco y La Princesa que Quería Vivir (Roman Holiday, 1953), de William Wyler, a partir de una novela de hilarante influjo antisemita para nada camuflado de Roy Horniman, Israel Rank: La Autobiografía de un Criminal (Israel Rank: The Autobiography of a Criminal, 1907), gira alrededor de la ostentación capitalista y la soberbia e inequidades de todo tipo de la Época Eduardiana (1901-1910), período de transición hacia la decadencia del Imperio Británico luego del esplendor industrial y colonialista de la Época Victoriana (1837-1901). El relato es un racconto que sigue las memorias de Louis Mazzini alias Duque de Chalfont (Dennis Price), quien está en prisión esperando ser ahorcado por un crimen que no cometió mientras conserva su sutil impunidad en ocho homicidios o “pretendidos homicidios” que abarcaron a la familia D’Ascoyne, serie de personajes interpretados por Alec Guinness. En realidad el derrotero de Louis comienza cuando su madre (Audrey Fildes) se casa con un cantante italiano de ópera (Price de nuevo) y es expulsada de los aristocráticos D’Ascoyne por intimar con un miembro de una clase social inferior, así las cosas pronto nace el niño y fallece su progenitor de un ataque al corazón que deja en la miseria a la viuda, la cual a su vez para sobrevivir acepta a un huésped en su humilde casa y con los años envía cartas a su parentela pidiendo ayuda y trabajo para el vástago, obteniendo sólo ninguneo o negativas. La progenitora eventualmente muere atropellada por un tranvía y el duque de turno prohíbe su ingreso en la cripta familiar, por lo que el protagonista salta de vendedor de vestimenta a empleado bancario para codearse con los miembros del clan y llevar a cabo una venganza que incluye el ascenso social y aquel título de nobleza, lo que supone eliminar a los ocho idiotas que se interponen entre Louis y el ducado ya que los D’Ascoyne pueden heredar por línea materna: a uno lo lleva a ahogarse en un río con su novia vía las corrientes agitadas de una represa, a otro lo mata cambiando la parafina de una lámpara por gasolina, a posteriori envenena el oporto de un clérigo aburrido, a una sufragista le baja de un flechazo su globo aerostático, a un general le manda caviar con una linda bomba adentro, un almirante fallece en una colisión en el mar, al duque le pega un tiro con una escopeta después de caer en una trampa y por último el oligarca bancario muere del shock al enterarse que sería el heredero.

 

Aquí no sólo hablamos de una parodia cultural/ económica/ política/ social del período en cuestión y de las sociedades capitalistas en términos macros, en suma denunciando desde la hipérbole criminal el costado esperpéntico de los ricachones y nobles o como Mazzini los llama en sus magistrales locuciones en off, “monstruos de arrogancia y crueldad”, sino que además la realización puede leerse como un estudio del fariseísmo y la represión sexual ya que la retahíla de asesinatos está complementada por un triángulo amoroso que se extiende a cuatro individuos, en este sentido Louis renuncia a su amor verdadero, una amiga y otrora compañera de colegio, Sibella (la deliciosa Joan Greenwood), para casarse con la viuda de una de sus víctimas del montón, Edith (Valerie Hobson), una mojigata tremenda que se enamora del protagonista o más bien de la máscara que el varón utiliza para infiltrarse en la alta burguesía de entonces y manipularla a gusto, decisión que tiene que ver tanto con el rechazo de Sibella a una propuesta de matrimonio de Louis, cuando éste aún era pobre y ella ya pretendía casarse con un payaso especulador y muy autoindulgente e hijo de papis adinerados, Lionel Holland (John Penrose), como con lo fácil que calza Edith en el molde de “posible/ futura duquesa”, una elección romántica pancista que pinta de pies a cabeza la acertada opinión que de los aristócratas tiene este Mazzini que es pura contradicción, por un lado detestando a más no poder a los D’Ascoyne por lo que le hicieron a su madre y por el otro lado abrazando el pragmatismo maquiavélico porque para poder ajusticiarlos como es debido, no sólo matándolos sino privándolos de sus privilegios, resulta fundamental la metamorfosis en duque, detalle sarcástico por antonomasia que da vuelta el mundo como lo conocemos haciendo que el menesteroso reclame lo que por derecho le corresponde, desde ya esa plusvalía que surge de la explotación en el trabajo cotidiano. El retrato caricaturesco y muy agresivo que Corazones Bondadosos y Coronas construye de la nobleza, a mediados del siglo pasado todavía con muchas de sus prerrogativas intactas, debe extrapolarse a la burguesía, su sucesora histórica, ya que está sostenido en igual medida en los trabajos de Guinness, hoy prefigurando la garra multifacética de Peter Sellers, y de Price, un intérprete exquisito que en los años venideros sería condenado a roles secundarios y que en pantalla construye una genial amalgama de odio de clase, condena moral y dandismo/ esnobismo.

 

Como decíamos antes, toda la producción artística de Hamer, quien llegó a desempeñarse como editor en Las Calles de Londres (The Sidewalks of London, 1938), de Tim Whelan, y La Posada Maldita (Jamaica Inn, 1939), de Alfred Hitchcock, y como guionista en 55 Días en Pekín (55 Days at Peking, 1963), de Nicholas Ray, y Todos Murieron Riendo (They All Died Laughing, 1964), de Don Chaffey, se movería alrededor de la gigantesca sombra que dejaría en la memoria cinéfila Corazones Bondadosos y Coronas, en sí parte constituyente de su segunda etapa para Ealing Studios, la madurez de las dignas Cuerda Rosa y Cera de Sellar (Pink String and Sealing Wax, 1945) y Siempre Llueve en Domingo (It Always Rains on Sunday, 1947), sendos exponentes de su otra faceta profesional favorita -más allá de la comedia- vinculada al film noir y en simultáneo dos propuestas hermanadas al trasfondo marginal de San Demetrio (San Demetrio London, 1943) y Los Amores de Joanna Godden (The Loves of Joanna Godden, 1947), ambas atribuidas a Charles Frend, y el segmento El Espejo Embrujado (The Haunted Mirror) de la mítica antología de terror Al Morir la Noche (Dead of Night, 1945). Fue a partir de su regreso fugaz a Ealing, la mediocre Su Excelencia (His Excellency, 1952), luego de probar suerte en Mayflower Productions con La Araña y la Mosca (The Spider and the Fly, 1949), que el director comenzó a desbarrancar en serio debido a proyectos entre olvidables, correctos e impersonales que despertaron frustración porque lo alejaron aún más del opus irrepetible de 1949, léase La Memoria Persistente (The Long Memory, 1953), Padre Brown, Detective (Father Brown, 1954), A París con Amor (To Paris with Love, 1955), Su Sombra Siniestra (The Scapegoat, 1959) y Escuela para Sinvergüenzas (School for Scoundrels, 1960), completada por Cyril Frankel y el productor Hal E. Chester por el alcoholismo de Hamer. Este primer capítulo de la tetralogía de Robert con Guinness, una que abarca Padre Brown, Detective, A París con Amor y Su Sombra Siniestra, incluye un final abierto sublime que con el transcurso del tiempo demostraría ser muy influyente en los análisis por venir sobre la hipocresía y la dignidad en un abanico que va desde Un Lugar en la Cumbre, A Pleno Sol (Plein Soleil, 1960), de René Clément, y El Sirviente (The Servant, 1963), de Joseph Losey, hasta Relaciones Peligrosas (Dangerous Liaisons, 1988), de Stephen Frears, y Saltburn (2023), opus clonado de Emerald Fennell…

 

Corazones Bondadosos y Coronas (Kind Hearts and Coronets, Reino Unido, 1949)

Dirección: Robert Hamer. Guión: Robert Hamer y John Dighton. Elenco: Dennis Price, Alec Guinness, Valerie Hobson, Joan Greenwood, Audrey Fildes, Miles Malleson, Clive Morton, John Penrose, Cecil Ramage, Hugh Griffith. Producción: Michael Balcon. Duración: 106 minutos.

Puntaje: 10