Si uno quisiese ser malo pero también justo, porque es divertido y necesario y porque el mundo está lleno de imbéciles, tendría que decir que un problema común de las sociedades globalizadas del Siglo XXI -y por correlato, de su cultura y sus estructuras de pensamiento- sin duda pasa por la nostalgia, el infantilismo y la tendencia a enfrascarse en el eterno bucle autoindulgente de pensar qué hubiese ocurrido si las condiciones del caso fuesen otras o si no hubiésemos tomado tal decisión o si el universo no nos hubiese “atropellado” con tal hecho o tal proceso histórico, social, económico, familiar, etc. Mientras que la centuria pasada fue en gran medida realista, léase volcada a extraer lo máximo a partir del catálogo disponible, y cuando optó por el idealismo lo llevó hasta sus últimas consecuencias, sobre todo en materia de masacres y demás, el nuevo milenio, en cambio, parece encerrado por motu proprio en un cinismo pueril que se la pasa llorando sobre cómo deberían ser las cosas y no lo son por esta razón o aquella, algo que tiene que ver con cierta noción enquistada de un gran volumen de conocimiento acumulado, lo que es verdad, sin que ese saber repercuta en un mayor bienestar general, más bien todo lo contrario porque cada día estamos peor con respecto a todos los estándares posibles de vida del pasado, lo que retroalimenta la cultura de la melancolía boba del presente, siempre presta a culpabilizar al otro por errores propios.
Vidas Pasadas (Past Lives, 2023), debut como directora de Celine Song, una inmigrante surcoreana en Canadá que luego se mudó a Estados Unidos, es una típica película de hoy en día en la que la eterna apatía de los personajes responde a la propensión señalada a pensar y pensar qué podrían haber cambiado de sus decisiones o su entorno para mejorar la situación en la que viven o más precisamente, alcanzar su misión u objetivo de fondo, en este caso estar juntos porque hablamos de un drama indie romántico que mete en la licuadora a John Cassavetes, Woody Allen, Jacques Rivette, Wong Kar-wai, Richard Linklater, Kim Ki-duk, Wim Wenders, Víctor Erice y Kenji Mizoguchi, entre otros. Utilizando de latiguillo esa reencarnación del budismo a la que hace referencia el título, la propuesta entrega de manera tácita una acepción microscópica del cliché mainstream contemporáneo de los universos paralelos a través de la abulia de una parejita de “no amantes”, Nora Moon (Greta Lee) y Hae Sung (Teo Yoo), en un principio separados por la distancia y las decisiones de sus progenitores y luego por el propio capricho, las ambiciones profesionales, las obligaciones contraídas o cualquier otra de las múltiples excusas que los bípedos del Siglo XXI suelen emplear para justificar su hedonismo e inmediatamente después empezar a llorar por todo lo que dejaron afuera en este proceso de privilegiar algo por sobre el resto de las opciones.
El guión de Song es casi inexistente porque divide al relato en tres actos hiper previsibles: en el primero los protagonistas son unos mocosos y mejores amigos (Moon Seung-ah y Leem Seung-min) que se tienen que separar cuando los padres de ella, la madre una artista y el padre un director de cine, deciden mudarse de Seúl a Toronto y así se dejan de ver, no obstante doce años luego Hae Sung la contacta después de su servicio militar y mientras estudia ingeniería y ambos desarrollan un amor vía Skype que nuevamente se interrumpe porque ella opta por dejarle de hablar para privilegiar su carrera de dramaturga, por ello la breve segunda parte se consagra a la separación o existencia de cada cual por su lado, él poniéndose de novio y consiguiendo un trabajo bajo el régimen de explotación asiático y ella mudándose a Nueva York y casándose con un escritor judío, Arthur (John Magaro), planteo que deja todo servido para el reencuentro del último acto, otros doce años luego, cuando Hae Sung viaja a yanquilandia para visitar a Nora y dispara el miedo de su marido, preso del pánico ante la posibilidad de que aquel “primer amor” reprimido de su mujer pretenda reclamarla, no obstante el asunto continúa en el terreno de lo platónico anodino a pesar de que él está separado de su novia y Arthur demuestra que quiere a su esposa pero adoptando esa pasividad cobarde actual a la hora de enfrentarse a la competencia amorosa.
Song satura al relato con detalles autobiográficos -la inmigración a Canadá, el reencuentro con un amigo del pasado, el padre realizador, los estudios en dramaturgia, etc.- y consigue una delicada unión de dudas, desarraigo, ambición, azar, anhelos, infelicidad, aislamiento y falta de comunicación, un cóctel molotov que nunca estalla porque la directora y guionista es un producto de su época, de hecho obsesionada con la nostalgia escapista patológica del primer vínculo infantil antes de que la sociedad destruya la supuesta providencia, y porque está más interesada en recuperar/ refritar aquel masoquismo romántico asexual de Lo que Queda del Día (The Remains of the Day, 1993), de James Ivory, el andamiaje de encuentros ritualizados a lo largo del tiempo de El Año que Viene a la Misma Hora (Same Time, Next Year, 1978), de Robert Mulligan, y las divagaciones seudo bergmaneanas o allenescas de aquellos amantes fugaces de Linklater, Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy), de la sobrevalorada trilogía de Antes del Amanecer (Before Sunrise, 1995), Antes del Atardecer (Before Sunset, 2004) y Antes de la Medianoche (Before Midnight, 2013). Song aquí logra buenas actuaciones de Lee, Yoo y Magaro y redondea una obra tan mundana y bella como poco original y exasperante sobre las vicisitudes del cariño y la fantasía de lo que podría ser si los protagonistas abandonasen todos sus pretextos y tomasen las riendas de sus vidas…
Vidas Pasadas (Past Lives, Estados Unidos/ Corea del Sur, 2023)
Dirección y Guión: Celine Song. Elenco: Greta Lee, Teo Yoo, John Magaro, Moon Seung-ah, Leem Seung-min, Ji Hye Yoon, Choi Won-young, Ahn Min-young, Seo Yeon-woo, Jojo T. Gibbs. Producción: Christine Vachon, Pamela Koffler y David Hinojosa. Duración: 106 minutos.