Bob Marley: La Leyenda (Bob Marley: One Love)

Babilonia banaliza el legado

Por Emiliano Fernández

En la arena pública mundial a Bob Marley, nacido en la Jamaica más menesterosa bajo el nombre de Robert Nesta Marley (1945-1981), se lo sometió a un proceso de reduccionismo simbólico/ identitario semejante al que padeció post mortem John Lennon, uno de los pivotes fundamentales de The Beatles y del acervo cultural de la segunda mitad del Siglo XX, en esencia dos músicos muy pegados al activismo político polirubro y con vidas que se subdividieron en diversas vertientes paralelas o superpuestas que poco y nada tienen que ver con la estampita inofensiva o descafeinada o siempre lavada que el mainstream cultural capitalista ha construido alrededor de ellos cual productos privados de toda peligrosidad o sustrato verdaderamente revulsivo, pensemos que en el caso de Marley se puede hablar en simultáneo de su faceta ideológica (el panafricanismo de Marcus Garvey, líder de antaño del nacionalismo negro mesiánico, dominaba su concepción política, lo que implica la desconolización de África, el desarrollo autónomo del continente, la hermandad de todos sus habitantes y el regreso de las personas de color del globo -de credo antiimperialista- a su tierra de origen), aquella faceta religiosa (aquí es el rastafarismo, tantas veces reducido en Occidente a la marihuana y las rastas o dreadlocks, el núcleo de la filosofía espiritual de Marley, en sí una creencia popular jamaiquina de tipo híbrida/ sincrética que se inspira en el cristianismo y el hinduismo para pelear con la plutocracia occidental opresora, Babilonia, ponderar a África como la “tierra prometida”, Sion, y aseverar que la tercera reencarnación de Dios/ Jah, luego de Melquisedec y nada menos que Jesucristo, es Haile Selassie I alias Ras Tafari Makonnen, último Emperador de Etiopía y reformador del feudalismo imperante en su país que fue depuesto en 1974 y asesinado en 1975 por una junta castrense comunista conocida como el Derg o Consejo Administrativo Militar Provisional, a cargo de Mengistu Haile Mariam) y su faceta como militante pacifista (abogó incansablemente por la “no violencia” en la guerra civil tácita posterior a la independencia de 1962 entre la izquierda, aglutinada en el Partido Nacional del Pueblo, y la derecha financiada por la CIA, el Partido Laborista de Jamaica, enfrentamiento siempre empapado de masacres cruzadas de todo tipo que reproducían los esquemas mafiosos territoriales y sus venganzas o disputas cíclicas).

 

Se sabe muy bien que al amigo Bob jamás le interesó demasiado la existencia hogareña tradicional y que sus orígenes muy humildes y el caos de los años 60 y 70 en el Caribe lo llevaron a situar a la música, constantemente hermanada a las tres dimensiones señaladas, léase lo político, lo espiritual y la militancia cotidiana, por sobre cualquier preocupación romántica o planteo que se saliere del marco varonil del Movimiento Rastafari, así las cosas se acumularon una docena de vástagos con diferentes mujeres a pesar de que la “esposa oficial” siempre fue Alfarita Constantia “Rita” Marley, con quien se casó allá en 1966 y engendraría en 1968 al retoño más famoso del lote, David Nesta “Ziggy” Marley, el cual tendría una carrera musical con peso propio al igual que Rita, además partícipe del grupo de coristas de su marido desde 1974, The I Threes, dentro de la formación estándar de la banda histórica de Marley desde sus lejanos inicios en 1963 con Bunny Wailer y Peter Tosh, The Wailers. Con respecto a las aventuras musicales en sí del señor, otro aspecto de su figura que sufre el reduccionismo lastimoso posmoderno del mercado porque parecería que a nivel historiográfico y/ o comercial lo único valioso que hizo está condensado en el compilado póstumo Legend (1984), el disco de reggae más vendido del planeta, lo cierto es que su derrotero abarca dos períodos y diversas subetapas y en general sirvió de puente no sólo para la masificación internacional de la música jamaiquina sino también para unir géneros/ estilos previos, como el ska y el rocksteady, con enclaves formales futuros, en línea con el dub y el dancehall: los primeros cuatro álbums abarcan la fase lúdica de colaboración con el legendario productor Lee “Scratch” Perry, The Wailing Wailers (1965), Soul Rebels (1970), Soul Revolution Part II (1971) y The Best of the Wailers (1971), luego la banda firma un contrato con la Island Records de Chris Blackwell y lanza una joya archiconocida, Catch a Fire (1973), primer álbum de una seguidilla de mega clásicos que incluye Burnin’ (1973), Natty Dread (1974), Rastaman Vibration (1976) y la gran obra maestra del cantante y compositor, Exodus (1977), preámbulo semi funky para la etapa tardía y bien errática de Kaya (1978), Survival (1979), Uprising (1980) y otro lanzamiento póstumo, Confrontation (1983), que como los tres discos anteriores nos legó algunas canciones gloriosas aisladas.

 

Bob Marley: La Leyenda (Bob Marley: One Love, 2024), película biográfica dirigida por el estadounidense Reinaldo Marcus Green y escrita por el realizador, Zach Baylin, Frank E. Flowers y Terence Winter, es otro ladrillo más en el muro del insoportable reduccionismo occidental a la hora de tratar de comprender al embajador del reggae y el rastafarismo o a la primera superestrella musical del Tercer Mundo en términos prácticos, ahora por supuesto responsabilidad de la idiotez promedio del Hollywood del nuevo milenio y la incapacidad de Green y su equipo para articular un relato racional que le escape a la patética colección de viñetas sin pies ni cabeza alrededor del artista y su legado, ese que por cierto ya había sido explorado -y de manera magistral- en Marley (2012), documental de dos horas y media del cineasta escocés Kevin Macdonald que por supuesto lustraba el mito pero por lo menos trabajaba con maestría las distintas facetas de aquel “ser humano de a pie” y ofrecía una coherencia, profundidad y ambición que el opus norteamericano no posee desde el vamos. Con algunos flashbacks y hasta visiones varias centradas en la condición de mulato de Bob (Kingsley Ben-Adir) y el abandono por parte de su padre blanco, Norval Sinclair Marley (Daniel Melville Jr.), quien dejó en soledad a la madre adolescente del futuro músico, Cedella Malcolm (Nadine Marshall), el relato inexplicablemente comienza en 1976, época del concierto por la paz Smile Jamaica, el atentado contra su vida y la eventual mudanza a Londres, todo en el contexto de la guerra civil jamaiquina de siempre porque el recital se percibió como un apoyo tácito al primer ministro en funciones, Michael Manley (1972-1980), jerarca del Partido Nacional del Pueblo que pretendía capitalizar la fama de Marley en unas elecciones inmediatas que despertaron la furia de los escuadrones parapoliciales/ terroristas del Partido Laborista de Jamaica de Edward Seaga. El resto del rutinario planteo dramático se pasea por la génesis de Exodus con Blackwell (James Norton), la relación hipócrita que Bob mantiene con Rita (Lashana Lynch), el descubrimiento de los manejos espurios del manager demonizado infaltable, Don Taylor (Anthony Welsh), y desde ya el lento deterioro de su salud debido a una variante muy rara del cáncer de piel, el melanoma lentiginoso acral, que se manifiesta en primera instancia en el dedo gordo del pie derecho.

 

Green, responsable de las mediocres Monstruos y Hombres (Monsters and Men, 2018), El Buen Joe Bell (Good Joe Bell, 2020) y Rey Richard (King Richard, 2021), no sólo concibe una crónica fragmentaria y muy caprichosa sino que nunca logra convencernos que Ben-Adir, intérprete británico de medio pelo apenas recordado por sus escuetas participaciones en las series The OA (2016-2019), creada por Brit Marling y Zal Batmanglij para Netflix, y Peaky Blinders (2013–2022), de Steven Knight para la BBC, es efectivamente Bob Marley y no un actor cualquiera tratando de imitarlo con desesperación, un inconveniente que la propuesta no puede resolver y que se sostiene en una pose actoral involuntariamente risible que se mueve entre lo afectado, lo alegórico, lo ególatra, lo místico, lo rockero hedonista, lo soberbio y el estereotipo fumón/ rastafari del profeta existencial del empoderamiento negro vía África. La película le asigna demasiada importancia a Rita, como cabía esperar dentro del lenguaje mainstream de la corrección política contemporánea, a rasgos generales deja de lado a los hijos, tópico polémico por la promiscuidad del retratado y su poco apego real hacia la estructura familiar, recae en “villanos” de manual -el manager y el cáncer- en una jugada retórica que desaprovecha el rico contexto histórico, uno por demás ninguneado porque no hay análisis verdadero alguno del enfrentamiento político de entonces, una lucha crucial para entender al atentado en tanto catalizador narrativo, y finalmente se engolosina con la enfermedad de Bob, de hecho asignándole toda la media hora final del metraje, y con una iconografía juvenil fatalista bastante rudimentaria, nos referimos a esos flashbacks antojadizos y esas visiones con el fuego y el padre de por medio. Más allá de la simpática y fugaz aparición de Mick Jagger (Cosmo Wellings), para subrayar el ingreso a la aristocracia rockera, y de The Clash, en una escena incluso tocando White Riot con Joe Strummer (Sam Palladio) a la cabeza, Bob Marley: La Leyenda hace gala de su vacuidad ideológica total banalizando a Marley cual efigie new age o de autoayuda burguesa y sólo sirviendo como colección de canciones inmortales de la talla de Redemption Song, Three Little Birds, I Shot the Sheriff, Get Up Stand Up, War, Jamming, Is This Love, Turn Your Lights Down Low, Exodus, No Woman No Cry y aquella de 1965 que le da el título original al film en inglés…

 

Bob Marley: La Leyenda (Bob Marley: One Love, Estados Unidos, 2024)

Dirección: Reinaldo Marcus Green. Guión: Reinaldo Marcus Green, Zach Baylin, Frank E. Flowers y Terence Winter. Elenco: Kingsley Ben-Adir, Lashana Lynch, James Norton, Tosin Cole, Umi Myers, Anthony Welsh, Quan-Dajai Henriques, Nia Ashi, Nadine Marshall, Daniel Melville Jr. Producción: Ziggy Marley, Rita Marley, Cedella Marley, Jeremy Kleiner, Dede Gardner y Robert Teitel. Duración: 107 minutos.

Puntaje: 4