La fascinación del ambiente anglosajón durante los años 60 y sobre todo los 70 con los vehículos y las carreteras abarcó la faceta naif primigenia de La Carrera del Siglo (The Great Race, 1965), de Blake Edwards, y Cupido Motorizado (The Love Bug, 1968), opus de Robert Stevenson, esa vertiente terrorífica de Reto a Muerte (Duel, 1971), de Steven Spielberg, y El Auto (The Car, 1977), de Elliot Silverstein, aquella desolación típicamente australiana de Los Coches que Devoraron París (The Cars that Ate Paris, 1974), de Peter Weir, y Mad Max (1979), de George Miller, las locuras modelo Roger Corman de Carrera Mortal 2000 (Death Race 2000, 1975) y Cannonball (1976), ambas de Paul Bartel, los motociclistas existenciales o simplemente forajidos de Motorpsycho (1965), del tremendo Russ Meyer, Los Ángeles Salvajes (The Wild Angels, 1966), de Corman, Nacidos para Perder (The Born Losers, 1967), de Tom Laughlin, La Chica de la Motocicleta (The Girl on a Motorcycle, 1968), de Jack Cardiff, Los Siete Salvajes (The Savage Seven, 1968), obra de Richard Rush, Busco mi Destino (Easy Rider, 1969), de Dennis Hopper, Electra Glide in Blue (1973), de James William Guercio, y Stone (1974), de Sandy Harbutt, la tragedia en puerta de Vanishing Point (1971), de Richard C. Sarafian, Loca Evasión (The Sugarland Express, 1974), también de Spielberg, y La Fuga del Loco y la Sucia (Dirty Mary Crazy Larry, 1974), de John Hough, e incluso el costado meditabundo o cuasi arty de Carretera Asfaltada en Dos Direcciones (Two-Lane Blacktop, 1971), de Monte Hellman, Malas Tierras (Badlands, 1973), de Terrence Malick, y El Conductor (The Driver, 1978), de Walter Hill, entre muchas odiseas similares que jugaron tanto con la mecanización del ser humano, de hecho reconvertido en una sola entidad con el coche o la motocicleta de turno, como con la libertad que ofrecen los caminos en consonancia con el tamaño colosal de los vehículos y el gran consumo de combustible, panorama que se vendría abajo con esa Crisis del Petróleo de 1973 que derivó en el achicamiento de los autos y la inflación en gasolina.
En el Siglo XXI, una época banal a más no poder que lamentablemente se toma demasiado en serio a sí misma, como hacen todos los narcisistas y psicópatas, y por ello se pierde la interesante reflexión que aportan las risas y especialmente la autoparodia, se suele pasar por alto el hecho de que en paralelo al sustrato adusto señalado de las rutas se desarrolló toda una corriente cómica con la misma temática que fue mucho más allá de los apuntes irónicos de epopeyas como Los Coches que Devoraron París, Loca Evasión, La Fuga del Loco y la Sucia y Cannonball, esta última basada en la célebre competencia ilegal del título que se corrió cinco veces entre los años 1971 y 1979 para conectar Nueva York con Los Ángeles, inspiración también para Carrera de Locos (The Gumball Rally, 1976), de Charles Bail, y Fiebre del Cannonball (Speed Zone, 1989), desastre de Jim Drake. El rubro sarcástico de la velocidad, en gran medida asimismo anticipado por el dejo caricaturesco de La Carrera del Siglo, tuvo en la figura de Burt Reynolds a un insólito adalid o campeón porque el señor se hizo conocido con Amarga Pesadilla (Deliverance, 1972), obra maestra de John Boorman centrada en las aventuras bucólicas más terroríficas, pero su verdadera metamorfosis en superestrella planetaria se produce de la mano de una retahíla de clásicos tontuelos de las carreteras, esa que va desde Los Traficantes (White Lightning, 1973), de Joseph Sargent, y El Simpático Farsante (W.W. and the Dixie Dancekings, 1975), de John G. Avildsen, hasta su “trilogía de oro” con su amigo Hal Needham, Dos Pícaros con Suerte (Smokey and the Bandit, 1977), Hooper (1978) y Los Locos del Cannonball (The Cannonball Run, 1981), esquema que por cierto deja de lado a las otras colaboraciones entre el actor y el director/ guionista por tratarse de bodrios o de productos fallidos, nos referimos a El As del Volante (Stroker Ace, 1983) y las secuelas Dos Pícaros con Suerte II (Smokey and the Bandit II, 1980) y Los Locos del Cannonball II (Cannonball Run II, 1984), esta última -como la faena original- también inspirada en aquella carrera creada por el periodista Brock Yates en 1971.
Needham, un stuntman o especialista en escenas de riesgo transformado en realizador por obra y gracia de un Burt que accedió a protagonizar el proyecto, homenajearía una y otra vez en pantalla a lo largo de su trayectoria el trabajo artesanal detrás de la espectacularidad hollywoodense, de manera explícita en Hooper y de modo tácito a través de la catarata de delirios de su filmografía, y dirigiría otras cosillas por fuera de sus colaboraciones con Reynolds, como las ridículas El Villano (The Villain, 1979), sátira del western estándar, Los Bicivoladores (Rad, 1986), parte constituyente del ciclo ochentoso de jóvenes intrépidos en bicicleta, y Body Slam (1986), clásico trash sobre lucha libre y rock and roll, sin embargo su producción artística quedaría pegada en la memoria de los espectadores veteranos a los coches veloces y sus dos éxitos mayúsculos en taquilla, Los Locos del Cannonball y la superior Dos Pícaros con Suerte, film muy entretenido que aprovecha la frescura de por un lado la fórmula narrativa pistera, una consagrada a las persecuciones, los automóviles destruidos, la iconografía sureña y los múltiples comentarios socarrones, y por el otro lado el propio Reynolds, por entonces uno de los intérpretes más famosos del mundo gracias a la combinación de humor insolente juvenil, un carisma todo terreno y porte de un sex symbol que no se esfuerza a la hora de derretir a las hembras. La historia en sí, como corresponde al rubro de las autopistas y carreteras, es inexistente y apenas si nos presenta una premisa rudimentaria que sirve de excusa para que Burt “haga lo suyo” y se acumule una andanada implacable de secuencias vertiginosas: el oligarca payasesco texano Gran Enos Burdette (Pat McCormick) y su hijo, Pequeño Enos (Paul Williams), le encargan por 80 mil dólares a un camionero legendario, Bo “Bandido” Darville (Reynolds), transportar de contrabando 400 cajas de cerveza Coors desde Texarkana hasta Atlanta en 28 horas, por ello recluta sin dilación a su fiel amigo Cledus “Hombre de Nieve” Snow (Jerry Reed), el cual conduce el camión mientras Darville despeja la ruta de policías con aquel Pontiac Firebird Trans Am.
Uno podría aclarar que el pretexto del relato es la intención de Burdette de celebrar a lo grande la eventual victoria de uno de sus corredores en Atlanta, porque aparentemente tiene inversiones en el circuito competitivo profesional de Estados Unidos, o incluso se podría decir que el grueso de las persecuciones también sirven para apuntalar primero a un interés romántico, Carrie (Sally Field), bailarina y “novia fugitiva” a la que Bandido bautiza como Rana por su costumbre de andar pegando saltos dentro del coche, y segundo a un villano farsesco y de lo más memorable, el Sheriff Buford T. Justice (Jackie Gleason), padre del idiota plantado en el altar, Junior Justice (Mike Henry), y un esbirro de la ley obsesionado con dar caza a nuestro Bandido porque lleva a Carrie con él luego de levantarla al costado de la ruta porque se averió de golpe el vehículo de la ninfa, desconocimiento cruzado de las intenciones del otro mediante, pero honestamente todos los detalles del montón, como los señalados o la presencia del enorme basset hound de Hombre de Nieve, llamado Fred, están orientados a exprimir los recursos principales de la propuesta, léase actuaciones magistrales y muy histriónicas, un tono de parodia antiinstitucional, aquella hilarante música country a cargo del mismo Reed, diálogos mordaces permanentes, alguna que otra mirada a cámara de Burt y por supuesto unas secuencias surrealistas dignas de Looney Tunes y/ o Fantasías Animadas de Ayer y Hoy (Merrie Melodies). Dos Pícaros con Suerte, en sí la ópera prima de Needham, anticipa muchas de las marcas registradas del director en materia de sus comedias futuras de acción como por ejemplo el carácter bufonesco e improvisado del relato y sus gags, desvaríos y lunáticos secundarios que ayudan al protagonista en su misión de base, aunque los montajes de bloopers o stunts hoy brillan por su ausencia porque recién debutarían en el opus siguiente, Hooper. Parafraseando la recordada canción de los títulos de Reed, la sublime The Legend, la película tiene asfalto corriendo por sus venas y por ello funciona como un bello elogio de la solidaridad, las tropelías y estas trampas del camino…
Dos Pícaros con Suerte (Smokey and the Bandit, Estados Unidos, 1977)
Dirección: Hal Needham. Guión: Hal Needham, Robert L. Levy, James Lee Barrett, Charles Shyer y Alan Mandel. Elenco: Burt Reynolds, Sally Field, Jerry Reed, Jackie Gleason, Mike Henry, Pat McCormick, Paul Williams, Macon McCalman, Susie Ewing, Alfie Wise. Producción: Mort Engelberg. Duración: 96 minutos.