El Espía que se Sentó junto a la Puerta (The Spook Who Sat by the Door)

Del tokenismo a la militancia negra

Por Emiliano Fernández

A Ivan Dixon en el Siglo XXI se lo recuerda sobre todo por dos dípticos, el primero como actor y el segundo ya como realizador: en primer lugar resultan inolvidables su Sargento James Kinchloe de Los Héroes de Hogan (Hogan’s Heroes, 1965-1971), la famosa serie bélica/ cómica creada por Bernard Fein y Albert S. Ruddy para la CBS, y su Duff Anderson de Nada más que un Hombre (Nothing but a Man, 1964), la maravilla neorrealista o proto indie de Michael Roemer y Robert M. Young, y en segunda instancia tenemos su dupla blaxploitation, El Hombre de los Problemas (Trouble Man, 1972), estupendo film noir de incriminación con un Robert Hooks hiper ampuloso que no tenía nada que envidiarle a Fred Williamson, Jim Brown o Richard Roundtree, y El Espía que se Sentó junto a la Puerta (The Spook Who Sat by the Door, 1973), gran clásico del cine político de resistencia negra armada contra el establishment blanco y su aparato represivo, amén de una clandestinidad dispuesta a morir por la causa y a matar a un igual si éste traiciona a los suyos. El señor fue uno de esos profesionales todo terreno de antaño que se hizo conocido en su faceta de actor por películas como Sangre sobre la Tierra (Something of Value, 1957), de Richard Brooks, Porgy & Bess (1959), de Otto Preminger, El Sol Brilla para Todos (A Raisin in the Sun, 1961), de Daniel Petrie, La Canción del Olvido (Too Late Blues, 1961), del inefable John Cassavetes, Cuando Sólo el Corazón ve (A Patch of Blue, 1965), de Guy Green, Claudine (1974), de John Berry, y Un Mundo Aparte (Car Wash, 1976), de Michael Schultz, muchas de ellas protagonizadas por Sidney Poitier, de quien incluso fue doble de riesgo en Fuga en Cadenas (The Defiant Ones, 1958), aquella odisea de Stanley Kramer, y por series también variopintas en línea con Laramie (1959-1963), Perry Mason (1957-1966), La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), El Agente de C.I.P.O.L. (The Man from U.N.C.L.E., 1964-1968), Rumbo a lo Desconocido (The Outer Limits, 1963-1965), Yo soy Espía (I Spy, 1965-1968), El Fugitivo (The Fugitive, 1963-1967), Ironside (1967-1975), Ladrón sin Destino (It Takes a Thief, 1968-1970), Patrulla Juvenil (The Mod Squad, 1968-1973), El F.B.I. (The F.B.I., 1965-1974) y la muy tardía Los Misterios del Padre Dowling (Father Dowling Mysteries, 1989-1991), entre otras joyas de un período dorado de la TV.

 

El Espía que se Sentó junto a la Puerta, título que hace referencia a la exhibición para nada sutil que las empresas y/ o los organismos estatales hacen de la discriminación positiva o tokenismo o políticas de cupo forzado de tipo racial/ sexual/ étnico, fue retirada de lleno de circulación por la distribuidora United Artists poco después de su estreno por sus diatribas antisistema capitalista en un acto de censura que en esencia reprodujo lo que ocurrió con el libro original homónimo de 1969 de Sam Greenlee, trabajo que fuera rechazado por todas las editoriales estadounidenses hasta que consiguiese ser publicado en el Reino Unido por obra y gracia de la editora ghanesa Margaret Busby. El mismo Greenlee firma el guión junto a Melvin Clay, ambos en su única aventura valiosa en el séptimo arte y el primero de hecho inspirándose en sus propias experiencias en el ejército norteamericano y la Agencia de Información de los Estados Unidos, un think tank propagandístico que en la Guerra Fría se utilizó para contrarrestar la influencia de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en diferentes partes del planeta. Un senador en campaña de reelección, Hennington (Joseph Mascolo), decide acusar a la CIA de discriminación contra la comunidad afroamericana porque de hecho no tiene ningún negro entre sus filas y debido a que el político necesita recuperar el voto de la minoría después de perderlo por un discurso sobre la seguridad y el orden, por ello el ignoto General (Byron Morrow) y su segundo al mando, Carstairs (Jack Aaron), organizan un proceso de selección entre diferentes morochos que esperan que queden eventualmente en el camino, sin embargo uno de ellos, Dan Freeman (el prodigioso Lawrence Cook), sobrevive al duro entrenamiento físico, psicológico y doctrinario y se transforma en un agente que primero es asignado a la fotocopiadora de la CIA y luego al plantel más cercano al General. Cinco años pasan y de repente Freeman decide abandonar la institución de inteligencia para regresar a su Chicago natal como asistente social en zonas vulnerables, lo que en realidad esconde su intención de reclutar a los integrantes de una pandilla local, los Cobras, y transformarlos en un eficaz movimiento de resistencia contra el statu quo caucásico hambreador, misión que lo lleva a convertirse sarcásticamente en el Tío Tom, Comandante en Jefe de los Luchadores Negros por la Libertad de América del Norte.

 

Mucho antes de la génesis en los años 90 de cineastas en mayor o medida combativos como Spike Lee, John Singleton o los hermanos Albert y Allen Hughes, nuestra sublime película, como decíamos anteriormente saboteada por motivos ideológicos por el mainstream yanqui y desaparecida en los años venideros hasta su edición en DVD en 2004, por un lado se centra en el entrenamiento a cargo del ex agente de la CIA, el cual les enseña a sus pupilos tiro, manejo de explosivos y tácticas de guerrilla y organización por células mientras los provee de recursos para una insurrección mediante el robo a un banco y la sustracción de fusiles automáticos de una base del ejército, y por el otro lado analiza con aplomo el círculo de relaciones de Freeman, en sintonía con su mejor amigo, Dawson (J.A. Preston), hoy un policía y otrora un compañero de correrías de la juventud, ese aprendiz de lo más bizarro, Willie (David Lemieux), un blanco que se siente negro y odia a los caucásicos, y los dos intereses románticos del protagonista, Joy (Janet League), una burguesa conservadora que fue la novia de Dan en la universidad para después contraer matrimonio con un médico que le dio estabilidad económica aunque no la hizo feliz, y aquella “Reina Dahomey” (Paula Kelly), una prostituta semejante a una de las soberanas del antiguo reino africano que con el tiempo muta en una escort vinculada al General, por ello opta por pasarle información a Freeman una vez que se desata una rebelión popular en Chicago cuando dos policías balean por la espalda a un narcotraficante negro, preámbulo para la llegada de la Guardia Nacional para la represión. Dixon, aquí produciendo junto a Greenlee y sin el presupuesto generoso de El Hombre de los Problemas, distribuida por la 20th Century Fox, no sólo satiriza con mano maestra la patética corrección política de ayer y hoy, por cierto dejando de manifiesto el racismo institucional de Estados Unidos, sino que aprovecha al máximo la exacerbación de identidades que trae aparejado todo conflicto discursivo o bélico en cualquier sociedad, tanto para lo positivo, léase la ayuda brindada por la meretriz y la madurez de un Willie que comprende que con detestar a los blancos no alcanza porque se debe amar a la libertad de todos los subyugados por el capitalismo, como para lo negativo, en este caso una Joy que lo denuncia ante Dawson, negro hipócrita que como ella quiere congeniar con ambos bandos.

 

Entre el thriller sucio de espionaje, la comedia negra, la gesta testimonial de izquierda, el suspenso político y el film de acción bien paradigmático del blaxploitation, El Espía que se Sentó junto a la Puerta en un mismo movimiento exalta el potencial revolucionario del lumpenproletariado marginal, en pantalla consagrado a la guerrilla urbana, el nacionalismo negro y la arremetida ofensiva -ya no sólo popular típicamente defensiva- con las mismas armas y herramientas conceptuales de la CIA y los muchos esbirros policiales y castrenses, y condena la perfidia egoísta de la burguesía profesional y todo su fariseísmo y mentiras risibles, esquema identitario que se ubica en las antípodas de valores como la igualdad, la justicia, la autonomía y la solidaridad entre los oprimidos, quienes efectivamente cuando unen fuerzas y dejan de reproducir los comportamientos individualistas y psicopáticos del poder, homologados a la rapiña sin freno, pueden desbancar a la lacra neoliberal genocida. Con un excelente soundtrack de Herbie Hancock que resulta comparable a lo hecho por Marvin Gaye en la ópera prima de Dixon y a la colección de joyas de la Motown Records de Nada más que un Hombre, el realizador crea una epopeya indie furiosa que se abre camino como una de las películas más valientes e insólitas de su tiempo y de Hollywood en su conjunto, abiertamente terrorista en su objetivo de burlarse del accionar farsesco de la CIA, siempre fabricando a sus propios enemigos en todas partes del globo, y del costado más inofensivo del movimiento por los derechos civiles, en este caso de modo tácito porque la jerga de militancia negra o Black Power deja muy en el ámbito de lo inofensivo/ naif al feminismo y la comunidad gay, otros pivotes de la lucha cultural de inicios de los 70. La experiencia debe haber sido muy amarga ya que Dixon no volvería a dirigir nunca más para cine y se consagraría a la televisión, colaborando en series como Starsky & Hutch (1975-1979), La Mujer Maravilla (Wonder Woman, 1975-1979), Brigada A (The A-Team, 1983-1987), Lobo del Aire (Airwolf, 1984-1986) y aquella Magnum (Magnum, P.I., 1980-1988), no obstante su segundo y último film aun hoy continúa siendo una propuesta fascinante que anticipa la sociedad caótica futura y canaliza aquel cenit de los Panteras Negras durante la década del 70 y los homicidios de Malcolm X en 1965 y de Martin Luther King en 1968…

 

El Espía que se Sentó junto a la Puerta (The Spook Who Sat by the Door, Estados Unidos, 1973)

Dirección: Ivan Dixon. Guión: Sam Greenlee y Melvin Clay. Elenco: Lawrence Cook, Janet League, Paula Kelly, J.A. Preston, David Lemieux, Byron Morrow, Jack Aaron, Joseph Mascolo, Paul Butler, Don Blakely. Producción: Ivan Dixon y Sam Greenlee. Duración: 103 minutos.

Puntaje: 10