Abigail

Jugando con la comida

Por Emiliano Fernández

Una buena parte del público veterano del terror modelo Siglo XXI es esclavo de la cultura tonta contemporánea de la nostalgia y anhela con ahínco una suerte de regreso espiritual imposible al cine de horror más hueco de los años 80, tanto porque se sienten identificados a nivel “intelectual” como porque es lo único que realmente conocen a fondo, y en esencia Abigail (2024), un producto de Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, es exactamente eso aunque encarado desde la corrección política del Hollywood actual, por ello las tetas y los culos de antaño brillan por su ausencia y ya no se pueden matar a hembras ni niños como antes, amén de sermones aleccionadores mucho más largos y aburridos que los del pasado y esa tendencia a reemplazar a la inefable sangre rojiza ochentosa con unos CGIs exagerados y demasiado veloces que insólitamente ennegrecen en promedio toda la hemoglobina. Los directores, que forman parte de un colectivo junto al productor Chad Villella llamado Radio Silence, aquí continúan en su eterna racha de mediocridad porque después de derrapar con sus secuelas/ reboots de la saga de metahorror creada por Wes Craven y Kevin Williamson, Scream (2022) y Scream VI (2023), reinciden en aquel “terreno remake” de Heredero del Diablo (Devil’s Due, 2014), relectura atrofiada de El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), de Roman Polanski, y Boda Sangrienta (Ready or Not, 2019), variación muy boba de la cacería humana de El Malvado Zaroff (The Most Dangerous Game, 1932), de Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack, ni siquiera acercándose al nivel de lo ofrecido en la errática Las Crónicas del Miedo (V/H/S, 2012) y la atractiva Southbound (2015), dos antologías que sinceramente son mucho mejores que las obras individuales que entregaron estos cineastas.

 

Si bien desde el punto de vista de Gillett y Bettinelli-Olpin de seguro Abigail se debe haber sentido como una “jugada a seguro” que los alejaba del escrutinio excesivo alrededor de la franquicia de Scream y los situaba en la comodidad creativa de una reformulación de su película más festejada hasta la fecha por la prensa y el público menos exigentes del nuevo milenio, precisamente Boda Sangrienta, lo cierto es que el corazón de Abigail no pasa tanto por la cacería humana de El Malvado Zaroff, a posteriori retomada bajo distintas variantes por La Prueba del León (The Naked Prey, 1965), de Cornel Wilde, Wolf Lake (1980), de Burt Kennedy, Depredador (Predator, 1987), la joya de John McTiernan, Carrera contra la Muerte (The Running Man, 1987), de Paul Michael Glaser, y Hard Target: Operación Cacería (Hard Target, 1993), de John Woo, entre una infinidad de propuestas semejantes, sino por otro latiguillo complementario que ha sido muy fetichizado por el mainstream y el indie posmodernos debido a lo mucho que se vincula con la desconfianza generalizada de nuestros días para con el prójimo, nos referimos al motivo del “delincuente que ingresa en una casa y descubre que el propietario es muchísimo más peligroso que él mismo”, cliché que nace en aquella La Gente Detrás de las Paredes (The People Under the Stairs, 1991), asimismo de Craven, y se extiende hacia relecturas siguientes como por ejemplo El Juego del Terror (The Collector, 2009), de Marcus Dunstan, El Anfitrión Perfecto (The Perfect Host, 2010), de Nicholas Tomnay, No Respires (Don’t Breathe, 2016), de Fede Álvarez, Latidos en la Oscuridad (Bad Samaritan, 2018), opus de Dean Devlin, y Villanos (Villains, 2019), interesante comedia negra de otro dúo, el compuesto por Dan Berk y Robert Olsen.

 

Inspirada muy a lo lejos y sin reconocerlo en la premisa de La Hija de Drácula (Dracula’s Daughter, 1936), amena obra de Lambert Hillyer que bebía del catálogo de monstruos de la Universal Pictures y jugaba con un trasfondo lésbico que en la epopeya que nos ocupa ha desaparecido por completo, Abigail gira alrededor del secuestro del personaje del título interpretado por la apenas correcta Alisha Weir, una nena fanática del ballet, por parte de seis tarados que trabajan para un tal Lambert (Giancarlo Esposito), así las cosas tenemos a la semi protagonista Joey (Melissa Barrera), un ex médica del ejército y una drogadicta en recuperación que tuvo que alejarse de su hijo pequeño, y a un popurrí conformado por la hacker burguesa Sammy (Kathryn Newton), el ex detective Frank (Dan Stevens), el matón canadiense Peter (Kevin Durand), el conductor sociópata Dean (Angus Cloud) e incluso un ex francotirador de los marines, Rickles (William Catlett). Todo marcha viento en popa, sin que los criminales conozcan la verdadera identidad de sus colegas y debiendo cuidar a la mocosa por 24 horas a cambio de siete millones de dólares para cada uno, hasta que Dean es decapitado, Rickles es mutilado/ mordido en su cuello y rostro y el resto pretende huir aunque un mecanismo de seguridad cierra puertas y ventanas como si la mansión de turno fuese una fortaleza. Desde ya que eventualmente se nos refriega en la cara que Abigail es la hija de un mafioso capitalista todopoderoso que responde al nombre de Kristof Lazar, que el sicario del anterior se llama Valdez y que la supuesta niñita en verdad tiene siglos de edad porque es un vampiro que confinó a sus presas, léase sus secuestradores, ya que gusta de cazar y matar a quienes tocaron los intereses del imperio de su padre de alguna manera.

 

Los problemas de la realización vuelven a ser los mismos de Boda Sangrienta y el díptico de Scream y Scream VI, en suma una introducción demasiado larga, un suspenso deficiente, diálogos torpes o excesivamente cínicos/ soberbios/ fatuos, una duración también inflada sin justificación alguna, sobreactuaciones ciclotímicas, una originalidad inexistente, poco o nulo vuelo narrativo o discursivo y una tendencia exasperante a tratar de combinar en vano diversos géneros como el slasher, el horror gótico, la comedia negra y el thriller de encierro y acecho sistemático. La mexicana Barrera, una “scream queen” consumada que ya pudo verse en las dos películas previas de Bettinelli-Olpin y Gillett, está muy bien como lo más parecido dentro del relato a un personaje simpático o “no odioso” y lo mismo puede decirse del querido Dan Stevens, actor de Vigilados (The Rental, 2020), de Dave Franco, Apóstol (Apostle, 2018), de Gareth Evans, y El Invitado (The Guest, 2014), de Adam Wingard, en el papel del reglamentario villano, un Frank que traiciona la confianza que Lambert deposita en él para desbancar a la seudo mocosa, no obstante la propuesta resulta muy predecible, los chistes no son graciosos ni mucho menos y la motivación de fondo de Abigail, eso de reventar a la competencia de su progenitor y/ o a traidores varios para ganarse su amor, es bastante idiota y para colmo no está desarrollada para nada más allá de una escena final con Matthew Goode como el papi chupasangre ausente. Encarado desde el melodrama barato y el conservadurismo del nuevo milenio, léase el hijito extraviado de Joey y la prohibición de matar a la niña vampira, el film se asemeja a una Clase B descerebrada de los 80 pero sin el encanto truculento y aparatoso de lo que verdaderamente implicaría jugar con la comida…

 

Abigail (Estados Unidos/ Canadá/ Irlanda, 2024)

Dirección: Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett. Guión: Stephen Shields y Guy Busick. Elenco: Alisha Weir, Melissa Barrera, Dan Stevens, William Catlett, Kathryn Newton, Kevin Durand, Angus Cloud, Giancarlo Esposito, Matthew Goode. Producción: Chad Villella, Tripp Vinson, James Vanderbilt, William Sherak y Paul Neinstein. Duración: 109 minutos.

Puntaje: 4