El Baño del Diablo (Des Teufels Bad)

Concédeme un hijo

Por Emiliano Fernández

El duro comienzo de The Devil’s Bath (Des Teufels Bad, 2024), con una tal Ewa Schickin (Natalija Baranova) robando un bebé recién nacido y arrojándolo de inmediato en una cascada de un bosque de la Alta Austria de 1750, preámbulo para que se quede sin cabeza al declararse culpable del suceso en un castillo de la burocracia estatal, parece una especie de venganza simbólica contra los purretes que tanto daño hicieron en las dos realizaciones previas de la dupla de cineastas austríacos compuesta por Severin Fiala y Veronika Franz, hablamos de Goodnight Mommy (Ich seh ich seh, 2014), aquel estudio sobre la maternidad mediante la historia de dos mocosos que se convencían de que mami no era mami y por ello había que amordazarla y torturarla hasta que dijese qué hizo con la progenitora real, y The Lodge (2019), debut anglosajón que versaba sobre el divorcio y sus terribles consecuencias a través de otros dos jóvenes que culpabilizaban a la nueva pareja de papá por el reciente suicidio de mamá y así pretendían conducirla hacia la locura aprovechando el hecho de que había sobrevivido por muy poco a un tétrico culto. Sin embargo esta nueva película está realmente volcada hacia una fase vital previa, el matrimonio, y si bien retoma tópicos muy preciados para los directores y guionistas, como la demencia, la desintegración familiar y una cultura de fondo de la crueldad que no entiende de paciencia o empatía, lo cierto es que el terror como “género madre” de aquellas aquí pasa a un segundo plano, jugada que desde ya enajenará a los fans de las odiseas anteriores, ante un drama intimista de frustración y claustrofobia in crescendo inspirado en Suicidio por Poderes en la Alemania Moderna: Crimen, Pecado y Salvación (Suicide by Proxy in Early Modern Germany: Crime, Sin and Salvation, 2023), investigación de Kathy Stuart centrada en los casos de Agnes Catherina Schickin y Eva Lizlfellnerin, los cuales ofician de ejemplos decididamente trágicos de un mecanismo indirecto de antaño para quitarse la vida respetando el quid del poder piadoso.

 

Así como aquel trabajo de análisis histórico de Stuart giraba en torno al disciplinamiento religioso social y cómo éste era evitado de manera paradójica por el pueblo, un manojo de individuos sin demasiadas luces que a lo largo de los Siglos XVII y XVIII esquivaban la condena eterna sin confesión del suicidio estándar asesinando a un tercero y haciéndose responsable del crimen frente a las autoridades para pronto ser ejecutados por decapitación, luego de la tan anhelada oportunidad de contarle todos los pecados a un miembro del clero católico o quizás hacer las paces con la fe protestante, The Devil’s Bath dramatiza y resume los dos casos de base, Schickin siendo ajusticiada en 1704 y Lizlfellnerin en 1762, a través del derrotero de Agnes (Anja Plaschg), una mujer ingenua de corta edad que pasa de vivir con su parentela, léase madre (Agnes Lampl) y hermano (Lukas Walcher), a mudarse por motu proprio a un pueblo no tan lejano para compartir su vida con su flamante y corpulento esposo, Wolf (David Scheid), y la madre de este último y suegra de Agnes, Gänglin (Maria Hofstätter), ceremonia bulliciosa de por medio en la que el novio deja entrever que está muy interesado en la “belleza” de su aparente mejor amigo, Lenz (Lorenz Tröbinger). La inquietud de Agnes -su obsesión, de hecho, correspondiente a toda hembra emparejada- es quedar embarazada de un Wolf un tanto rústico aunque respetuoso que no siente la más mínima atracción sexual hacia ella porque efectivamente es un maricón reprimido que no puede tener una erección con mujer alguna, planteo que despierta de a poco la angustia de la católica fervorosa en la piel de Plaschg y se suma a otros detalles no muy agradables de la existencia en la casita que él compró para ambos, como las caminatas interminables hasta el estanque donde la comunidad de Wolf suele abastecerse de peces o las constantes visitas y consejos/ reproches/ sermones de la suegra, veterana que técnicamente no vive con ellos pero está en otra vivienda de las inmediaciones para supervisar con tozudez a la muchacha.

 

Una vez más pasan a dominar la propuesta un ritmo narrativo pausado y un sustrato cuasi hipnótico en el que la espiritualidad, los prejuicios y los deseos insatisfechos provocan la tan temida hecatombe a pequeña aunque dolorosa escala, en esta oportunidad vinculada a la depresión de la protagonista por los traumas señalados y su propia incapacidad a la hora de lidiar con ellos, por un lado una víctima que se siente alienada y algo ninguneada y por el otro una adepta a la fantasía sacra y una inútil total en el trabajo familiar en esta especie de sociedad comunista bucólica, sostenida en una pesca que se complementa con la siembra de papas y la cría de animales como gallinas y cabras, contraposición con respecto al fetiche de Agnes con unas mariposas bien líricas. Luego del suicidio del amante gay en potencia del marido, Lenz, y la expulsión de su cadáver a un territorio no consagrado ya que sin confesión no hay paraíso, Agnes comienza el descenso hacia la locura con un intento de regreso al hogar de su progenitora y su hermano, donde es rechazada y por ello debe volver con Wolf y una Gänglin que la resiente porque deja pudrir la comida y agusanar una herida de una cabra que debe ser sacrificada. El barbero del pueblo, lo más cercano a un doctor de la comarca, le cose un mechón de pelo de caballo en la nuca que debe tirar de un lado hacia el otro para que el “veneno” de la melancolía abandone su cabecita, no obstante el asunto empeora cuando roba un crío, trata de matarse con un raticida y encima se lleva un muñeco de Jesús en modalidad bebé de la iglesia local. Ya sin saber qué hacer, el hastiado Wolf la regresa a su domicilio natal y ella por fin se levanta de la cama para elegir a una víctima cualquiera, un mocoso llamado Michael (Elias Schützenhofer), y acuchillarlo siguiendo el ciclo patológico de aquella Schickin del inicio, ahora con ella confesando el crimen ante las autoridades locales y siendo decapitada luego de hablar con un cura (Reinhold Felsinger), todo en medio de una bella ceremonia carnavalesca en la que la sangre es un elixir popular.

 

Las intenciones originales de Fiala y Franz, respectivamente sobrino y esposa del también director y hoy productor Ulrich Seidl, son más que loables, la denuncia del oscurantismo cristiano apestoso de siempre, y la progresión dramática está bastante bien, en esencia construyendo a la protagonista como otra de las tantas aberraciones coyunturales de una comunidad absurda, en síntesis parecida a la distancia a la nuestra del Siglo XXI porque carece de imaginación y allí no se puede hablar de casi nada ya que la mayoría del vulgo considera que las cosas son así y siempre lo serán desde la mentalidad del “buen esclavo”, sin embargo la película se extiende mucho más de lo debido, en esta ocasión mediante dos horas a las que les sobran por lo menos treinta minutos, y a veces cae en una redundancia que deja entrever cierta impericia a la hora de superar los clichés/ latiguillos del calvario de ella y del horror folklórico que enmarca a la faena en su conjunto, aquí a mitad de camino entre lo alegórico etéreo de The Virgin Spring (Jungfrukällan, 1960), de Ingmar Bergman, y The White Ribbon (Das Weiße Band: Eine Deutsche Kindergeschichte, 2009), del paisano Michael Haneke, y la pata más tradicional que se puso de moda a partir del éxito mundial de Midsommar (2019), de Ari Aster, esa vertiente que en el ecosistema anglosajón va desde Witchfinder General (1968), de Michael Reeves, The Blood on Satan’s Claw (1971), opus de Piers Haggard, y The Wicker Man (1973), de Robin Hardy, hasta The Witch (2015), de Robert Eggers, Apostle (2018), de Gareth Evans, y Antlers (2021), de Scott Cooper. Con una gran actuación de Plaschg y “rodada en un glorioso 35 mm”, como los créditos finales se encargan de explicitar, The Devil’s Bath es una propuesta digna que explora el tabú del suicidio, hoy vía una fábula algo menor de una hembra con su función social reproductiva anulada, sin llegar al nivel de calidad detrás de aquella brutalidad de Goodnight Mommy o la sutil paranoia de The Lodge, en pantalla reemplazadas por un naturalismo descarnado…

 

El Baño del Diablo (Des Teufels Bad, Austria/ Alemania, 2024)

Dirección y Guión: Severin Fiala y Veronika Franz. Elenco: Anja Plaschg, David Scheid, Maria Hofstätter, Natalija Baranova, Agnes Lampl, Lukas Walcher, Lorenz Tröbinger, Elias Schützenhofer, Reinhold Felsinger, Stefan Koller. Producción: Ulrich Seidl, Bettina Brokemper y Georg Aschauer. Duración: 121 minutos.

Puntaje: 6