Uno podría homologar la mediocridad absoluta de la crítica de cine del Siglo XXI con la mediocridad absoluta del séptimo arte del Siglo XXI, tentación procedimental que parece ser avalada por la heterogeneidad y el buen nivel en general de ambos polos durante la centuria pasada, cuando la riqueza de propuestas artísticas muchas veces despertaba en la prensa la necesidad de formarse a escala intelectual y cultural, no obstante los problemas de nuestro presente en realidad son muchísimo más profundos y tienen que ver con cierta derrota -construida o sugerida por el capitalismo como ideología dominante, nunca real del todo- de una dimensión artística que ya no pretende cambiar el mundo y se conforma con ser “contenido” para la industria cultural posmoderna, donde el reduccionismo teórico o idiotez en simultáneo de periodistas, cineastas y público casi siempre tira hacia abajo el umbral de calidad de la época. De todos modos es posible hallar algo de verdad en la idea de pensar a la pobreza lobotomizadora y aburrida de la crítica de cine del nuevo milenio como un espejo de la torpeza conformista marca registrada del mainstream y el indie contemporáneos, en este sentido basta con pensar con qué facilidad una película fallida de antaño habilitaba análisis muy gratificantes para quien quisiera encararlos, algo que hoy ya no ocurre porque la prensa imbécil actual no le da el tupé cognitivo para semejante faena, mete todo en la misma bolsa y además se le suele escapar todas las películas interesantes problemáticas, sean las muchas de ayer o las pocas/ poquísimas del Siglo XXI. La Casa sin Fronteras (1972), opus de hecho sumamente imperfecto de Pedro Olea, constituye un buen ejemplo de cómo la riqueza discursiva puede presentarse en ropajes un tanto ajados aunque todavía brillantes ante ojos curiosos y adiestrados, en esencia una odisea muy valiente que carga contra el oscurantismo tanto del Tardofranquismo (1969-1975), la fase final de la dictadura de Francisco Franco, como del Opus Dei, secta mundial institucionalizada por la Iglesia Católica que formaba parte del gobierno despótico e históricamente siempre estuvo vinculada a los segmentos más opulentos y más concentrados de la sociedad occidental.
La osadía de la realización, sin embargo, no pasa tanto por denunciar aquella violencia en las sombras que aplicaba el régimen contra los ciudadanos díscolos que osaban criticarlo o militar en su contra, censura relajada de por medio a raíz de la senilidad del caudillo y las tensiones del Tardofranquismo entre “inmovilistas” y “aperturistas”, sino por atacar de manera muy poco sutil al Opus Dei, cuyo fundador Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975) todavía estaba con vida y era tratado con honores por el totalitarismo, ese mismo que le concedió el título nobiliario de Marqués de Peralta porque muchos de los miembros de la organización, los llamados con razón tecnócratas, pasaron a desempeñarse en distintos cargos públicos de la dictadura e incluso fueron los responsables principales de introducir el neoliberalismo -legislación promercado y reemplazo del trabajo por la especulación como fuente de ganancias- en calidad de sustitución del proteccionismo de los años 50 y del desarrollismo de los 60, así las cosas a partir de las décadas del 70 y 80 España se volcó a una acepción remozada del “laissez faire” que va bastante más allá de la Transición a la Democracia (1975-1982) y tiene que ver con ese nuevo capitalismo mucho más salvaje y psicopático que surge con la salida del patrón oro en 1971, la Crisis del Petróleo de 1973 y las sucesivas debacles de endeudamiento público en todo el mundo. No obstante el Opus Dei es más que un representante del cristianismo mafioso, oligárquico y fascista ya que a nivel doctrinario sí resulta ortodoxo, incluso pareciéndose al ascetismo automortificante del protestantismo o el marco católico previo al Concilio Vaticano II (1962-1965), pero si lo pensamos en términos de su política de reclutamiento se abre camino como una secta algo progresista para el semblante medieval de la Iglesia Católica, precisamente permitiendo la inclusión de laicos e incluso mujeres, por más que en el día a día se maneje con los criterios hilarantemente ridículos de la francmasonería, de allí que siempre quede muy expuesto a acusaciones de extorsión, secretismo, aislamiento, control deshumanizador y sobre todo raudo lavado de cerebro sobre su retahíla de miembros, “comiéndoles” todos sus ingresos.
Después de un prólogo bien lúgubre en el que el Opus Dei, rebautizado para la ficción La Casa sin Fronteras, le aplica el “castigo único” a un tal Óscar Fuentes (Eusebio Poncela), eso de clavarle estiletes en puntos no vitales del cuerpo hasta que muera desangrado bajo el peso de acusaciones ambiguas de traición y en medio de una tortura digna de la Inquisición, la trama propiamente dicha comienza con la llegada a Bilbao de Daniel Márquez (un Tony Isbert algo mucho inexpresivo), jovenzuelo de provincia que pretende prosperar en la gran ciudad y rápidamente cae en las garras de la secta mediante un anciano de anteojos que le ofrece un trabajo burocrático (José Orjas), suerte de paso previo para conocer a lo lejos al líder (William Layton) y en especial a una autoridad de segundo orden que se encarga de “manejar” a los nuevos miembros, la Señorita Elvira (Viveca Lindfors). Márquez recibe la primera misión de importancia, equivalente a una prueba de iniciación, cuando se le cambia el nombre, ahora rebautizado Raimundo Barclay, y se le ordena dar con una muchacha de 21 años llamada Lucía Alfaro (Geraldine Chaplin) y también rebautizada con otro apelativo dentro de la organización, Anabel Campos, quien huyera espantada por el acoso lésbico de Elvira y la ejecución de un cofrade que criticó a la secta (Julio Peña), cadáver que en la historiografía oficial se le achaca a la pobre chica luego de su fuga. La Casa sin Fronteras, cuyo credo se llena la boca con la purificación y mejora de la civilización basándose en “eficiencia, fe ciega, valor y espíritu de sacrificio”, provoca que nuestro Daniel/ Raimundo se enamore por fotos de Lucía/ Anabel, a la que confunde con su madre en una pesadilla edípica macabra e incluso cree ver en una furcia del montón (Patty Shepard). Gracias a la información aportada por un marmolista (José Franco) y una arpía de la alta burguesía que la empleó para que limpie el mausoleo de la familia Arévalo (Margarita Robles), el joven efectivamente la encuentra en su pueblo de origen, San Antonio de la Ribera, desde donde ambos pretenden huir en un barco pesquero pero el dueño de una fonda vernácula los delata y deja todo servido para que sean ejecutados sin clemencia ni defensa alguna (Luis Ciges).
Los problemas del film son evidentes, sobre todo un ritmo demasiado apaciguado, algunas escenas innecesarias, poco desarrollo de personajes, diálogos nada inspirados y un tono que de tanto querer ser hipnótico a veces desemboca en lo abiertamente insulso, sin embargo a escala conceptual el opus de Olea no tiene nada que envidiarle a sus dos mejores películas, El Bosque del Lobo (1970), exploración maquillada de licantropía sobre las supersticiones en el franquismo, y No es Bueno que el Hombre Esté Solo (1973), otro análisis subrepticio de la dictadura aunque ahora enfocado en la represión sexual y la hipocresía santurrona de la colectividad en su conjunto, pensemos que La Casa sin Fronteras se mete con tópicos todavía vigentes como el éxodo poblacional interno en el neoliberalismo, el desempleo y la precarización laboral extendida, las logias masónicas muy anacrónicas, la noción de castigo comunal, la necesidad de fuga en medio de la frustración social, el sometimiento disfrazado de aceptación por motu proprio, el menoscabo de lo individual dentro de las masas o lo institucional y por supuesto las estafas que subsisten a través del reclutamiento de nuevos socios símil Esquema Ponzi. Más allá de las referencias a la claustrofobia kafkiana, como las cucarachas en el tugurio donde se aloja Daniel o un ciego leyendo en braille El Castillo (Das Schloss, 1926), o las ironías alrededor de la ingenuidad popular, en línea con la sesión espiritista de la dueña de la pensión (María Arias) o la asimilación en la secta del desenlace del hermano de Márquez (Jesús Fernández), el verdadero eje de la propuesta se condice con esa fascinación de fondo con la derecha oscurantista, la logia secreta y ultra conservadora, que va girando hacia la izquierda a medida que se conocen sus delirios y su apego por las truculencias y el darwinismo social, un redireccionamiento en pantalla representado por el personaje del arrepentido en la piel de la maravillosa Chaplin, catalizadora del quiebre del conformismo lobotomizador de Escrivá de Balaguer y sus discípulos, quien fuera retratado en Encontrarás Dragones (There Be Dragons, 2011), aquel film anodino de Roland Joffé, y canonizado en 2002 por su gran defensor en la Iglesia Católica, el Papa Juan Pablo II…
La Casa sin Fronteras (España, 1972)
Dirección: Pedro Olea. Guión: Pedro Olea y Juan Antonio Porto. Elenco: Geraldine Chaplin, Tony Isbert, Viveca Lindfors, José Orjas, Patty Shepard, Julio Peña, Luis Ciges, María Arias, Eusebio Poncela, José Franco. Producción: Imanol Olea y Jesús Sánchez. Duración: 91 minutos.