El Último Tren de la Noche (L'Ultimo Treno della Notte)

La humillación erótica fetichizada

Por Emiliano Fernández

El discurso social fascistoide alrededor de lo “limpio y ordenado” en el Siglo XXI se aplicó extensivamente a la cultura y precisamente por ello hoy por hoy tenemos que soportar a legiones de puritanos risibles que se espantan si encuentran sexo en el mainstream porque la lógica dominante de la compartimentalización del arte y todos los consumos indica que la carnalidad debe estar presente únicamente en el porno, planteo que a la postre genera que no haya reflexión alguna en el nuevo milenio sobre los alcances, variantes y patologías de la intersección entre erotismo y poder ya que lo que prima entre los castrados de nuestra época es la masturbación culposa en la soledad y el anonimato cobarde de Internet como ocurría en las peores y más trogloditas dictaduras de la centuria pasada, esas que celebraban una cultura prostibularia escondida debajo de la alfombra de las “buenas costumbres” del conservadurismo derechoso/ neoliberal/ religioso, en esencia con el porno oficiando de servicio público que se acepta desde la hipocresía para descargar las tensiones que todos los planteos mojigatos -y el capitalismo mundano hambreador, por supuesto- generan en el día a día. Hasta no hace mucho tiempo, específicamente hasta la década del 80 porque en los 90 arranca en buena medida el neoascetismo para descerebrados y beatos de mierda, existía un cine onanista social que vendía muchísima carne transpirada e incluso incluía una pata semi seria que ayudaba a analizar los tabúes, fantasías, delirios y barrabasadas en torno a la libido, de hecho dentro de este grupo sobresalía el exploitation de violación y venganza/ “rape and revenge”, un gremio construido gracias al éxito y las polémicas que levantaron films como Perros de Paja (Straw Dogs, 1971), del maravilloso Sam Peckinpah, La Última Casa a la Izquierda (The Last House on the Left, 1972), de Wes Craven, y Escupiré sobre tu Tumba (I Spit on Your Grave, 1978), de Meir Zarchi, las tres realizaciones que sin duda sellarían aquella estructura narrativa por antonomasia en la que uno o un grupete de señores cachondos y crueles se ensañan con una ninfa para que luego ella misma encare el desquite -o lo delegue en un tercero- y la carnicería quede en primer plano en los momentos finales.

 

Más allá de los pilares señalados del rape and revenge, el rubro incluye muchas otras obras menos conocidas dentro de su época de oro, aquellos años 70 y 80, como Lady Snowblood (Shurayukihime, 1973), de Toshiya Fujita, Thriller: Una Película Cruel (Thriller: En Grym Film, 1973), de Bo Arne Vibenius, Foxy Brown (1974), de Jack Hill, El Último Tren de la Noche (L’Ultimo Treno della Notte, 1975), de Aldo Lado, Trágico Fin de Semana (Death Weekend, 1976), de William Fruet, Violación (Lipstick, 1976), de Lamont Johnson, Insiang (1976), del gran Lino Brocka, La Casa Perdida en el Parque (La Casa Sperduta nel Parco, 1980), de Ruggero Deodato, Señorita .45 (Ms .45, 1981), opus de Abel Ferrara, Acorralada (Extremities, 1986), de Robert M. Young, y Acusados (The Accused, 1988), de Jonathan Kaplan, amén del carácter pionero tangencial de Kuroneko (Yabu no Naka no Kuroneko, 1968), de Kaneto Shindô, Carne (1968), del argentino Armando Bó, La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971), de Stanley Kubrick, y El Vengador Anónimo (Death Wish, 1974), de Michael Winner, siendo El Último Tren de la Noche un caso bastante raro debido a que es una remake tácita de La Última Casa a la Izquierda, trabajo del siempre inquieto Craven que a su vez se inspiró en La Fuente de la Doncella (Jungfrukällan, 1960), clásico de Ingmar Bergman, y que tendría una remake oficial de la mano de La Última Casa a la Izquierda (The Last House on the Left, 2009), digna propuesta de Dennis Iliadis. El Último Tren de la Noche, también conocida por sus títulos para el mercado anglosajón, Last Stop on the Night Train y Night Train Murders, retrata el periplo desde Múnich, en Alemania, hasta las afueras de Verona, en Italia, de dos bonitas estudiantes secundarias que además son primas, la germana Margaret Hoffenbach (Irene Miracle) y la ninfa italiana Lisa Stradi (Laura D’Angelo), todo para pasar la Navidad con los padres de Lisa, Giulio (Enrico Maria Salerno) y Laura Stradi (Marina Berti), un matrimonio en crisis desde hace bastante tiempo porque el hombre, un importante cirujano que considera que está ajeno a la violencia social que lo rodea, posee un historial de infidelidades con enfermeras de la clínica donde trabaja.

 

La paradigmática situación de aislamiento se produce cuando el tren en el que viajaban se detiene por una amenaza de bomba en Innsbruck, Austria, y ante la prolongada demora las chicas deciden subir a otro convoy, uno nocturno y cuasi vacío que cubre precisamente el trayecto entre dicha metrópoli y Verona y en el que se suben dos delincuentes de muy poca monta, Fusto (Flavio Bucci) y Grasso (un siniestro Gianfranco De Grassi), que ya venían viajando en el tren previo después de escapar de la policía por cortarle el abrigo a una burguesa. Con la complicidad de una sexópata casada de alta alcurnia que intimó con Fusto en el baño y se escuda en la moral y un catolicismo de derecha para arremeter verbalmente contra los ateos y anarquistas, bautizada irónicamente la Señora Bien/ “Signora Perbene” (Macha Méril), los dos malandras interrumpen la cena de las primas en su compartimento y todo se desmadra de manera paulatina: Fusto golpea a Margaret por haber pateado a Grasso en los testículos mientras intentaba violarla, luego este último, un adicto a la heroína, obliga a Lisa a masturbarlo, para colmo un voyeur que espiaba desde el pasillo (Franco Fabrizi) se suma a los abusos y es semi obligado a violar a la alemana para luego escapar cuando todos se distraen por el vómito de la italiana. Fusto trata de detener a Grasso cuando, incentivado por la rubia adinerada, pretende acuchillar en la vagina a Lisa, una virgen, por no lograr romper su himen en un intento de violación, sin embargo no consigue parar al loquito y éste más su cómplice femenina asesinan a Stradi, cuyo cadáver arrojan por una ventana luego de que Margaret se encerrase en un baño y también perdiese la vida al intentar saltar desde el tren en movimiento. Los delincuentes desechan las pertenencias de las víctimas y les roban sus pasajes, por ello el guarda los obliga a bajar en la estación en la que esperan los padres de Lisa, en cuya casa el trío eventualmente termina porque el doctor se ofrece a curarle a la criatura de Méril una herida en su rodilla derecha. La reglamentaria matanza del desenlace excluye a la sexópata, una arpía a más no poder, ya que se hace pasar por víctima y de este modo satiriza por lo bajo la romantización de las mujeres en tantos productos semejantes.

 

Lado, otrora asistente de dirección de nada más y nada menos que Bernardo Bertolucci en El Conformista (Il Conformista, 1970), aquí sin duda entrega su mejor película junto con aquellas estupendas incursiones en el giallo, La Corta Noche de las Muñecas de Cristal (La Corta Notte delle Bambole di Vetro, 1971) y ¿Quién la Vio Morir? (Chi l’ha Vista Morire?, 1972), films también caracterizados por un primer acto un tanto flemático, un buen manejo de la atmósfera narrativa sórdida y la presencia de actuaciones eficaces, instantes dolorosos y mucho comentario social alrededor del fariseísmo de las elites burguesas, en El Último Tren de la Noche despachándose largo y tendido contra la represión sexual, el sadismo, la hipocresía cristiana, la ingenuidad, el oportunismo más mezquino, la psicopatía en ciernes, el hedonismo, la epidemia de heroína de los 70, el exhibicionismo, el aumento progresivo de la criminalidad, la respuesta del “ciudadano común” frente a la violencia, la humillación erótica fetichizada, los discursos tantas veces idiotas de clase media, la complicidad efímera comunal, la criminalización de la juventud, la sed de venganza, la pulsión ubicua de muerte y el culto a las mentiras. Desde una premisa vinculada al cine porno que deriva en drama, thriller y por supuesto terror y suspenso, el director asimismo exprime el motivo musical de harmónica de Ennio Morricone para Grasso, muy en línea con Érase una vez en el Oeste (C’era una volta il West, 1968), de Sergio Leone, y recupera otra de sus marcas registradas, las pinceladas de preciosismo/ esteticismo, en la escena del coito en el baño entre Fusto y la Señora Bien, esa luminosidad azulada en el segundo tren y los montajes paralelos floridos entre los abusos y la existencia idílica del matrimonio Stradi en su casona. A diferencia del otro rip-off de Lado, El Humanoide (L’Umanoide, 1979), floja e involuntariamente graciosa fotocopia de La Guerra de las Galaxias (Star Wars, 1977), el éxito del período de George Lucas, El Último Tren de la Noche sinceramente supera tanto al escuálido opus de 1972 de Craven como a la autoremake del italiano, Viernes Negro (Venerdì Nero, 1993), un trabajo que carece de la efusividad y el mega nihilismo verdaderamente necesarios para shockear…

 

El Último Tren de la Noche (L’Ultimo Treno della Notte, Italia, 1975)

Dirección: Aldo Lado. Guión: Aldo Lado y Renato Izzo. Elenco: Gianfranco De Grassi, Macha Méril, Laura D’Angelo, Irene Miracle, Flavio Bucci, Marina Berti, Franco Fabrizi, Enrico Maria Salerno, Richard Davis, Giovanni Di Benedetto. Producción: Pino Buricchi y Paolo Infascelli. Duración: 94 minutos.

Puntaje: 7